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Relatos Ardientes

Mi pecado más dulce en el silencio del convento

4.7 (50)

La primera vez que lo vi fue en la misa de Pentecostés. Yo llevaba tres años en el convento de las Hermanas del Sagrado Nombre, en las afueras de Segovia, y me había convencido de que esa vida de silencio y oración era exactamente lo que necesitaba. La disciplina. El orden. La ausencia de complicaciones.

Rodrigo Vidal entró por las puertas de la capilla acompañado de dos asistentes y se sentó en el primer banco sin pedir permiso. Medía metro noventa. El uniforme verde oliva le ajustaba los hombros anchos y el pecho corpulento, cubierto de condecoraciones que yo no supe descifrar. El cabello rapado. La mandíbula cuadrada. Un bigote oscuro con algunas canas. Un hombre de cincuenta y tantos que llevaba su peso como si fuera una armadura.

No debería haberlo mirado tanto.

Pero lo miré.

Esa noche recé el doble de lo acostumbrado y me impuse una hora de silencio adicional. No sirvió de nada. Su imagen se quedó pegada detrás de mis ojos: la espalda recta, las manos grandes apoyadas sobre las rodillas, esa manera de estar en cualquier lugar como si le perteneciera.

***

Durante los meses siguientes, Vidal visitó el convento en tres ocasiones. Siempre por cuestiones protocolares: donaciones, reuniones con la madre superiora, actos de representación. Yo lo observaba desde la distancia, con el hábito negro bien puesto y las manos cruzadas sobre el vientre, fingiendo que rezaba.

Él nunca me miraba directamente. Eso lo hacía todo más difícil.

Una vez me tocó servirle el té en el locutorio. Me acerqué con la bandeja y cuando la dejé sobre la mesa, nuestros dedos estuvieron a punto de rozarse. Solo a punto. Él levantó los ojos hacia mí un segundo, nada más, y dijo en voz baja:

—Gracias, hermana.

Esa noche no pude dormir. Me arrodillé frente al altar de mi celda y recé durante horas. Pedí fuerza. Pedí claridad. Pedí que ese deseo que llevaba meses creciendo como una mala hierba en mi interior se extinguiera de una vez. No soy esta persona, pensaba. No quiero ser esta persona.

Pero lo era. Y lo quería.

Empecé a buscar información sobre él en los periódicos que llegaban al convento una vez por semana. Un militar reconvertido en figura pública, conocido por su firmeza, acostumbrado a liderar sin pedir disculpas. Lo describían como autoritario. Algunos lo admiraban, otros lo temían. A mí esas etiquetas me parecían completamente irrelevantes. Lo que yo sentía no tenía que ver con su cargo ni con su reputación, sino con algo mucho más simple y mucho más difícil de nombrar.

Probé con el ejercicio. Probé con el cilicio. Probé con el trabajo físico en el huerto hasta quedar agotada. Nada funcionó. Cada vez que cerraba los ojos en la oscuridad de mi celda, la imagen de sus manos grandes, de su voz grave y contenida, se instalaba con una naturalidad que me avergonzaba y me fascinaba a partes iguales.

***

La noche en que todo cambió era de finales de noviembre. Había nevado sobre Segovia y el frío dentro del convento era tan intenso que la piedra de las paredes parecía sudar hielo. Yo llevaba el hábito puesto incluso para dormir y había apagado la vela antes de las nueve, con la esperanza inútil de que el sueño llegara rápido.

Escuché los pasos cuando daban las dos de la madrugada.

No eran los pasos ligeros de las hermanas. Eran pasos pesados y deliberados, el sonido de botas gruesas sobre el suelo de piedra fría. Me incorporé en la cama con el corazón en la garganta y la respiración cortada.

Llamaron dos veces a mi puerta. Despacio.

No abras, me dije. No puede ser él. Es imposible.

Abrí la puerta.

Era él.

Rodrigo Vidal llevaba el uniforme completo, aunque la gorra la sostenía en la mano derecha. La luz tenue del pasillo lo iluminaba de espaldas, convirtiendo su silueta en algo enorme y oscuro. Me miró desde arriba, sin decir nada al principio. Estudié su cara: seria, tensa, con algo parecido a la duda que no esperaba encontrar en un hombre así.

—Hermana Esperanza —dijo al fin, con esa voz que le salía del pecho como un trueno contenido.

—General —respondí. No supe qué más decir.

—¿Puedo pasar?

Tendría que haberle dicho que no. Tendría que haber cerrado la puerta y haber ido corriendo a despertar a la madre superiora. En cambio, me aparté a un lado y lo dejé entrar.

Cerró la puerta despacio, sin hacer ruido.

***

Se quedó de pie en medio de la celda, mirando el altar pequeño, la cama estrecha, la única silla de madera. Era demasiado grande para ese espacio y eso, por alguna razón, me resultó tierno.

—Llevo semanas intentando no venir —dijo sin voltearse.

—Yo también intenté no... —empecé, y no pude terminar la frase.

Se volvió hacia mí entonces. En su cara había algo que no había visto en las otras ocasiones: vulnerabilidad. Un hombre con toda esa autoridad encima, mirándome como si yo tuviera el poder de mandarlo lejos o de quedármelo. La diferencia de altura era evidente: yo pequeña y delgada dentro del hábito, él imponente con el uniforme lleno de insignias.

Me acerqué yo primero.

Puse las manos sobre su pecho, encima de las condecoraciones metálicas y frías, y sentí el calor de su cuerpo filtrándose hasta mis dedos. Él no se movió. Respiraba despacio, controlándose.

—Si esto es un error —dijo en voz muy baja—, dímelo ahora.

—Cállate —le dije.

Y lo besé.

***

Sus labios eran suaves pero el bigote me raspaba las mejillas y ese contraste me encendió de una manera que no esperaba. Él respondió al beso con una lentitud calculada que me desesperó. Las manos grandes y cálidas me rodearon la cintura, apretándome sin brusquedad, con una precisión que decía que sabía perfectamente lo que hacía.

Me besó el cuello. La clavícula. El borde del velo.

—Eres tan pequeña —murmuró contra mi piel.

—No me trates como si fuera a romperme —le pedí.

Algo cambió en él entonces. El control se aflojó. Me tomó la cara con ambas manos y me besó con una urgencia que me quitó el aliento.

Nos movimos hacia el banco de piedra que había junto a la pared. Él se sentó, con las piernas abiertas, y yo me arrodillé frente a él. El velo todavía puesto, el hábito intacto. Le desabroché la camisa despacio, botón a botón. Debajo había un pecho ancho cubierto de vello oscuro y canoso, los pezones endurecidos por el frío. Le pasé los dedos por las costillas, por el vientre firme y prominente.

Él respiraba con dificultad.

Le bajé el pantalón y los calzoncillos lo necesario. Lo que apareció era grande, oscuro, completamente duro. Lo tomé con la mano y noté cómo pulsaba contra mis dedos.

—Esperanza... —dijo mi nombre como si fuera a la vez una advertencia y una súplica.

Lo miré a los ojos un momento. Después bajé la cabeza y lo tomé en la boca despacio.

El sonido que hizo fue grave y largo, casi un gemido que intentó contener. Puse una mano en su vientre y la otra en la base mientras mis labios se movían con calma, aprendiendo su peso, su calor, el sabor salado de su piel. Él puso una mano sobre mi velo, sin quitármelo, solo sosteniéndome la cabeza con una firme suavidad que me hizo cerrar los ojos.

—Así —murmuró—. No pares.

Seguí. Lo escuchaba respirar cada vez con más dificultad, los muslos tensándose bajo mis manos. Yo estaba empapada bajo el hábito, con los muslos apretados, sintiendo ese calor acumularse sin salida. Hay algo en esa posición —arrodillada mientras él permanece sentado con toda su autoridad encima— que no supe explicarme entonces y que tampoco quiero explicarme ahora. Solo sé que nunca me había sentido así.

Cuando llegó al clímax lo hizo con un sonido profundo que intentó ahogar, una mano cerrándose sobre mi velo, el cuerpo sacudiéndose una sola vez. Bebí todo lo que me dio. Y en ese momento llegué yo también, sin que nadie me tocara, solo con la fricción de mis muslos y la intensidad de lo que estaba viviendo. Las manos me temblaban.

Silencio.

Solo se escuchaba la respiración de los dos recuperándose y el viento golpeando la ventana pequeña.

***

Me levantó del suelo con un cuidado que me sorprendió. Me tomó la cara entre las manos y me miró largo tiempo sin decir nada.

—Ven —dijo al fin.

Me llevó hasta el lavabo de la celda. Con manos lentas y casi ceremoniales me quitó el velo, después el hábito, dejándome desnuda bajo la luz escasa. Yo lo dejé hacer sin moverme, sin taparme. Él me miraba con una expresión que ya no era solo deseo.

Abrió el grifo de la ducha y me metió bajo el agua caliente. Se quedó a un lado, todavía vestido a medias, y me enjabonó con las manos grandes y cuidadosas: los hombros, el cuello, los pechos pequeños, la cintura, los muslos. No había nada apresurado en sus movimientos. Era como si quisiera memorizar cada parte.

—Tan tranquila —murmuró.

—No estoy tranquila en absoluto —le dije.

Sonrió. Por primera vez esa noche lo vi sonreír de verdad, con arrugas profundas alrededor de los ojos y el bigote curvándose hacia arriba.

Cuando me sacó de la ducha me envolvió en la toalla y me abrazó sin decir nada. Yo lloraba un poco, aunque no sabría explicar exactamente por qué. Él me dejó llorar sin preguntar.

—¿Te arrepientes? —dijo después de un rato.

Tardé en responder.

—No —dije—. Tendría que arrepentirme, pero no puedo.

—Bien —dijo—. Yo tampoco.

***

Me puse el camisón blanco. Él se quitó el uniforme hasta quedarse en los calzoncillos oscuros y se metió conmigo en la cama estrecha. Éramos ridículos, los dos en ese espacio mínimo, su cuerpo enorme ocupando más de la mitad. Me acomodé contra él con la cara en su pecho y las piernas enredadas con las suyas, sintiendo el calor que irradiaba su cuerpo y el latido lento y regular de su corazón.

—¿Puedes dormir así? —pregunté.

—Mejor que en años —respondió.

No sé cuándo me dormí.

***

Me desperté con la luz gris del amanecer entrando por la ventana. Él estaba despierto, mirando el techo, con una mano detrás de la nuca y la otra rodeando mis hombros. El pecho peludo subía y bajaba con una respiración tranquila que contrastaba con la inquietud que yo todavía sentía en el estómago.

—Buenos días —dije.

—Buenos días, hermana Esperanza —respondió, con un tono entre serio y burlón.

—No me llames así ahora.

—¿Cómo te llamo entonces?

—Por mi nombre —le dije.

—Esperanza —repitió despacio, como si probara el sabor de la palabra. Como si fuera la primera vez que la decía en voz alta.

Me acerqué y besé su pecho, la piel cálida y áspera, el olor a hombre mezclado con el frío de la piedra. Él me acarició el cabello sin decir nada durante un rato largo.

—Tengo que irme antes de que amanezca del todo —dijo.

—Lo sé.

—¿Puedo volver?

Pensé en los votos. En la madre superiora. En todo lo que había prometido y en todo lo que esa noche había elegido romper con los ojos bien abiertos.

—Sí —dije—. Puedes volver.

Se vistió despacio, en silencio. Cuando tuvo la camisa abotonada y la gorra de nuevo en la mano, se detuvo frente a la puerta y se volvió hacia mí una última vez.

—Cuídate, Esperanza.

—Tú también, Rodrigo.

La puerta se cerró. Sus pasos se alejaron por el corredor de piedra fría. Me quedé en la cama mirando el altar pequeño donde la vela todavía no estaba encendida, pensando que debería arrepentirme y sabiendo con absoluta certeza que no lo haría.

Fuera, Segovia se despertaba bajo la nieve.

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4.7 (50)

Comentarios (10)

Sandra_Mdq

Que historia... me quede sin palabras. De las mejores confesiones que lei aca.

Manu1987

Tres años aguantando?? yo no hubiera durado ni tres semanas jaja. Espero que haya segunda parte!

lector777

La forma en que describe esa lucha interna es increible. Se siente muy real, no como esos relatos armados. Felicitaciones de verdad.

Miranda_ok

Buenisimo!!!

RosaRocio_Ok

Me recordo a una situacion parecida que viví hace años. Esa tension antes de dar el paso... tremendo relato. Gracias por compartirlo

Caro88

Y despues que paso? Seguiste en contacto o fue una sola noche?

Juan

la madrugada siempre traiciona jajaja

LectorBA77

Este tipo de confesiones son las que mas vale leer. Se nota que hay emociones reales detras, no solo descripcion. La espera de tres años le da una profundidad que no se ve seguido. Muy bueno, esperando mas.

Estrella

Dios mio que tension desde el principio. No pude parar de leer.

Gonzalo_81

Muy bien escrito, se nota que es algo vivido. Eso se siente al leerlo.

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