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Relatos Ardientes

La noche que salí al parque sin nada bajo el blusón

Eran las dos y cuarto de la madrugada cuando el calor me arrancó del sueño. La habitación olía a sábanas húmedas y a piel mía, y el ventilador giraba sin servir de nada, removiendo aire tibio sobre los muslos. Me incorporé despacio, con la respiración pegada al techo del pecho, sintiendo cómo el blusón negro se me había trepado hasta la cintura mientras dormía.

Me lo bajé sin pensar. Algodón fino, sin mangas, hasta la mitad del muslo cuando estoy de pie. Lo había elegido esa noche porque era lo más cercano a no llevar nada. Sin ropa interior, claro. Nunca uso cuando hace este calor.

Caminé descalza por el pasillo. Sentía cada paso como un anuncio: la tela me rozaba los pezones a la altura del pecho y el dobladillo se levantaba un milímetro con cada zancada. Llegué a la cocina, abrí la nevera, bebí agua del pico de la botella. El frío bajó por mi garganta y se cruzó con otra cosa, otra corriente que ya estaba subiendo desde más abajo.

No iba a poder dormir. Lo supe entonces.

***

Hay un parque pequeño a tres calles de mi edificio. Es de esos que nadie usa salvo los dueños de perros por la mañana y algún anciano insomne. A esa hora estaría vacío. Solo unos minutos, me prometí. Solo respirar. Aunque sabía, aunque sabía perfectamente, que no era aire lo que me hacía falta.

Me puse unas zapatillas planas, agarré las llaves y bajé los cinco pisos a pie porque el ascensor me daba pereza esperar. La caja de la escalera era una sauna. Cuando empujé el portal y salí a la calle, el aire fresco me golpeó las piernas, subió por debajo del blusón, y me arrancó un suspiro tan inesperado que tuve que pararme un segundo en la acera para no perder el equilibrio.

La calle estaba muerta. Una farola amarilla parpadeaba sobre los coches aparcados. Caminé pegada a las fachadas, mirando las ventanas oscuras de los edificios. Nadie. Nadie de verdad. Y aun así, cada brisa que se metía por debajo del blusón me hacía caminar más despacio, alargando el paso para sentirla bien. Empecé a notar el dobladillo subiendo, milímetro a milímetro, y a cada zancada se me ocurría que no haría falta mucho viento para que cualquiera me viera entera.

Llegué al parque por la entrada lateral, la que no tiene farola. Los árboles tapaban la luz de la luna y el suelo crujía con hojas secas a pesar de no ser otoño. Encontré la banca que buscaba sin pensarlo, la del fondo, escondida tras un seto de boj. Era el rincón más oscuro y, al mismo tiempo, el más cercano al sendero principal. Quien pasara podría no verme. O sí.

***

Me senté.

El metal estaba tibio. El blusón se me arrugó debajo y, al cruzar las piernas, sentí el dobladillo subir hasta el final del muslo. Si alguien hubiera estado de pie a tres metros, lo habría visto todo. La idea me trajo otro suspiro, este más hondo, más ronco, y apreté las rodillas como si quisiera contener algo que ya se había escapado.

Llevaba la espalda apoyada en la banca. La cabeza tirada hacia atrás. Miré las copas de los árboles moverse muy despacio contra el cielo malva. Pensé en la cantidad de veces que había imaginado escenas como esta y nunca me había atrevido. Pensé que era una mujer adulta, con trabajo y rutinas y reuniones por la mañana, y que ahí estaba, descalza por dentro de las zapatillas, con un trozo de tela como única protección frente al mundo.

Putita silenciosa, me dije, y la palabra me dio risa y vergüenza al mismo tiempo. Las dos cosas me calentaron.

Bajé una mano al muslo. Solo una. Apenas dos dedos, deslizándose hacia el interior, cada centímetro más caliente que el anterior. Cuando rocé la humedad, di un pequeño respingo. Estaba empapada. Tanto que el dobladillo del blusón ya tenía una mancha oscura, una mancha que iba a seguir creciendo si seguía ahí parada un minuto más.

No me toqué del todo. No quería todavía. Quería estar al borde, sostenida ahí, con las piernas medio cruzadas y la respiración cada vez más corta. Acaricié con la yema de un dedo, alrededor, sin entrar en ningún lado. La piel temblaba sola. Cada vez que el viento se metía entre el seto y me rozaba el cuello, se me erizaba todo el cuerpo, hasta los pezones que sobresalían debajo del algodón.

***

Y entonces empecé a imaginar.

Imaginé que alguien aparecía detrás de mí. Un cuerpo, sin cara, sin nombre. Manos grandes que se apoyaban en el respaldo de la banca a la altura de mis hombros, cerrándome ahí. Una respiración cerca de la oreja, demasiado cerca para ser educada. No te muevas.

Imaginé que esas manos bajaban por mis brazos, despacio, midiendo, como si supieran que cualquier movimiento brusco me asustaría. Imaginé que una de las dos se metía bajo el dobladillo del blusón y subía por mi muslo sin tocarme del todo, dejando un rastro de electricidad. Imaginé que se detenía justo antes, ahí donde mis dedos estaban ahora, y que esperaba. Que jugaba con esperar.

Le pedía que siguiera, en mi cabeza. Le pedía sin voz, arqueando la espalda, ofreciéndome. La fantasía se hizo más nítida. Sentí los nudillos rozarme la cara interna del muslo, la otra mano subiéndome el blusón hasta dejarme expuesta sobre la banca, los pies todavía calzados, las rodillas cediendo solas.

Imaginé también que no estábamos solos. Que había alguien más al otro lado del seto, mirando, sin interferir. Que respiraban callados detrás de las hojas y que sabían exactamente lo que pasaba en aquella banca. La idea me cortó el aire de un golpe. Me llevé la otra mano al pecho, por encima del blusón, y apreté hasta que el algodón quedó marcado contra el pezón.

***

Estuve así no sé cuánto tiempo. Quizás veinte minutos. Quizás cuarenta. El cuerpo me pesaba y, al mismo tiempo, no me pesaba nada. Cuando una rama crujió a lo lejos, abrí los ojos de golpe, asustada, y me di cuenta de que estaba sola y de que parte de mí lo había lamentado. Una parte pequeña, escondida, que no iba a admitir delante de nadie.

Me levanté con las piernas temblorosas. El blusón se me había pegado a la espalda y a la entrepierna. Sentí el líquido cálido bajar dos dedos por la cara interna del muslo izquierdo cuando di el primer paso. Tuve que apretar la mandíbula para no soltar un gemido en plena acera. Me bajé el dobladillo con un gesto rápido, casi torpe, y empecé a caminar de vuelta como si fuera tarde para algo.

Volví a casa caminando como una sonámbula. Cada paso era una caricia que no servía para calmar nada. La tela rozándome los pezones, el aire colándose por debajo, la humedad insistente entre los muslos. No llegues corriendo, me dije. No es eso lo que quieres.

Lo que quería era seguir así, prolongar el filo, hasta entrar por la puerta de mi casa y dejarme caer sin testigos.

***

No encendí ninguna luz. Cerré la puerta despacio, eché el cerrojo y me apoyé en la pared con las palmas hacia atrás. La oscuridad me envolvió de golpe. La respiración se me había vuelto ruidosa, tan ruidosa que pensé que iba a despertar a alguien que no existía.

Me subí el blusón hasta arriba, hasta dejarlo arrugado bajo los pechos. El aire del recibidor me dio en la piel y se me tensaron los pezones todavía más. Bajé una mano y, esta vez, no me detuve antes de tiempo. Los dedos se deslizaron sin esfuerzo, resbalando, y un sonido que no había planeado se me escapó de la garganta. Un gemido bajo, de animal. Ronco. Mío.

Caminé así, con el blusón arriba y la otra mano apoyada en la pared, hasta el salón. No quise llegar al dormitorio. Quería el suelo. Quería la madera fría debajo de las rodillas y un poco de espacio alrededor para no contenerme.

Me arrodillé en el centro de la alfombra. Abrí las piernas. Me toqué con dos dedos primero, dibujando círculos pequeños, sin prisa, recordando todo lo que había sentido en la banca y todo lo que no me había permitido. La fantasía volvió, y esta vez la dejé venir entera.

Imaginé una boca entre mis piernas. Una lengua que no preguntaba, que sabía. Imaginé una segunda persona detrás, sosteniéndome los brazos cruzados sobre el pecho. Imaginé estar expuesta del todo, dada, ofrecida, en una banca de un parque que ya no estaba vacío. Imaginé los ojos del que miraba desde el otro lado del seto y la sonrisa de la que me lamía y todo a la vez, todo posible, todo ahí dentro de mi cabeza.

Me corrí ahí mismo, con los muslos apretados contra mi propia mano y un grito tragado entre los dientes. El cuerpo se me dobló hacia adelante, la frente casi tocando la alfombra, y me quedé temblando un rato largo, escuchando cómo se me calmaba la respiración. Las puntas de los dedos seguían latiendo. Los muslos también. Todo.

***

Cuando logré moverme, me senté en el suelo con la espalda contra el sofá. Tenía el blusón aún arrugado bajo el pecho, los dedos pegajosos, el pelo pegado a la frente y una sonrisa idiota que no se me iba.

Pensé en volver a la cama. Pensé que mañana iba a recordar esto cada vez que pasara cerca del parque, cada vez que cruzara el portal, cada vez que abriera el cajón donde guardo el blusón negro. Pensé que probablemente lo haría otra vez. Probablemente no en mucho tiempo. Y que la próxima vez quizás esperaría un poco más en la banca, hasta que de verdad pasara alguien.

Me levanté con cuidado, todavía descalza, todavía sintiéndome al borde de algo. Caminé hasta la cocina, bebí agua otra vez. La luna entraba por la ventana en una franja larga sobre las baldosas. Me quedé un minuto ahí, mirándola, con el blusón finalmente bajado y el cuerpo entero zumbando en una nota baja.

Al final me reí sola, despacio. Y supe que esa noche no la iba a contar a nadie, y que justo por eso era mía del todo.

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Comentarios (9)

Romi_Sur

excelente!!! me tuvo pegada hasta el final

NocheBonaerense

por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo

MarcosR77

jajaja que valiente, yo nunca hubiera aguantado tanto tiempo ahí afuera

SilviaFromRos

me recordó a una noche de verano que yo también salí tarde a caminar. esas sensaciones adrenalinicas son únicas, no se comparan con nada

curiosoLector

y no pasó nadie por el parque? me quedé con esa duda al terminar

Lau_mdp

increible como lo narraste, la tension se siente en cada parrafo. espero la continuacion!

Mauro_baires

cortito pero intenso, de esos que te dejan queriendo mas

PatriciaNqn

Que morbo lindo!! seguí escribiendo así :)

Tomas_BsAs

la descripcion del parque de noche esta genail, te mete en el relato al instante

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