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Relatos Ardientes

La noche que me toqué pensando en todo lo que hice mal

Caminé por el pasillo con el corazón en la garganta. Cada paso resonaba contra las baldosas como un pequeño tambor de guerra, y yo solo quería llegar a mi cuarto antes de que Daniela me interceptara. No tuve esa suerte.

La puerta de nuestra habitación se abrió de golpe. Mi hermana mayor estaba plantada en el marco con los brazos cruzados y esa expresión que siempre me hacía sentir de seis años otra vez. La luz del pasillo le daba por detrás, y parecía más alta, más imponente, más furiosa de lo que realmente era.

Me quedé clavada en el piso. Las excusas se me amontonaron en la lengua, pero ninguna se atrevió a salir.

—Valentina, ¿me podés explicar qué carajo estabas haciendo? —su voz era hielo puro.

—Dani, yo... —intenté, pero la voz me salió rota.

—No me vengas con el "yo". ¿En nuestro cuarto? ¿Con mamá y papá mirando la tele a veinte metros? ¿Tenés idea del quilombo que podría haberse armado?

Hice una mueca, algo entre sonrisa nerviosa y cara de circunstancia. Fue lo peor que pude haber hecho.

—¿Y encima te parece gracioso? —levantó la voz y enseguida la bajó, mirando hacia la escalera—. Nada de esto es gracioso, Valentina. Te llamé cuatro veces. Cuatro. Si mamá y papá no hubieran estado, habría tenido que quedarme afuera como una pelotuda esperando a que terminaras tu show.

Quise defenderme. Quise decirle que fue un descuido, que no estaba pensando, que las cosas simplemente pasaron. Pero ella no me dejó meter ni una sílaba.

—¿Cuándo vas a dejar de actuar como una pendeja? —siguió, sin respiro—. ¿Y quién era ese tipo? Sé perfectamente que no tenés novio.

—Es... alguien con quien estoy saliendo —murmuré, sintiéndome cada vez más chiquita—. Nos estamos conociendo todavía.

—Parece que ya te conoce bastante a fondo —replicó con un sarcasmo que me cortó como vidrio.

La humillación me quemó la cara. Sentí un fogonazo de rabia subirme por la columna, las ganas de gritarle que no era mi madre, que no tenía derecho. Apreté los puños, lista para explotar.

Pero Daniela se me adelantó.

—No quiero volver a ver a ese tipo por acá. Ni en esta casa, ni cerca tuyo —dijo con una autoridad que no admitía réplica.

Se dio vuelta y se fue. Así, sin más. Me dejó sola en medio de la habitación con la boca abierta y la rabia evaporándose tan rápido como había llegado, reemplazada por un vacío amargo que me pesaba en el pecho.

Cerré la puerta con suavidad, como si el ruido pudiera romper algo. Me dejé caer en la cama y apagué la luz. La única claridad era el brillo del celular contra mi cara, la pantalla desbloqueada en nada, mirando sin ver.

Hipócrita, pensé. La palabra me supo a verdad y me dio más rabia todavía.

***

La oscuridad del cuarto era un alivio. Estaba boca arriba, con los ojos fijos en el techo que no podía ver, y las palabras de Daniela rebotándome en la cabeza como una pelota que nadie ataja. Estaba enojada, sí. Pero había una parte chiquita y odiosa de mí que sabía que mi hermana tenía razón. Siempre tenía razón, la muy hija de puta.

Me sentía mal. Pero mientras la culpa intentaba agarrarme, mis pensamientos se escaparon solos, llevándome a un lugar donde Daniela no existía. Un lugar donde lo único que importaba era lo que me hacía sentir bien.

Recordé mis trece años. Mi primer novio, un pibe tímido con manos torpes que no sabía dónde ponerlas. Y después, a los quince, la primera vez. La torpeza se convirtió en descubrimiento, en exploración. Recordé cómo aprendí a usar la boca, no por obligación sino por curiosidad pura, y después por gusto. Me encantaba la sensación de poder. Ese control absoluto que sentía cuando notaba cómo el otro perdía el suyo. Empecé a calentarme bajo las sábanas, y la vergüenza de la discusión se fue disolviendo en el calor de los recuerdos.

Mis manos empezaron a moverse solas por mi cuerpo, todavía sensible, todavía marcado por lo que había pasado con Tomás hacía un rato. Cerré los ojos y mi cuarto desapareció. Estaba de vuelta en el aula de mi antiguo colegio. De rodillas en el piso, entre los bancos, mientras el resto del curso estaba en el recreo. Santiago, mi novio de entonces, parado frente a mí con el pantalón en los tobillos.

—Más rápido, Vale... —me susurraba con la voz cortada entre el miedo y el placer—. Puede entrar alguien...

Yo no le hacía caso. Disfrutaba de la adrenalina más que del acto en sí. Mi boca se movía con una habilidad que a mí misma me sorprendía, sintiéndolo crecer y ponerse duro contra mi lengua. El recuerdo era tan nítido que mi propia mano se fue hasta mi boca, chupándome los dedos, mordiéndome el labio. La otra mano se deslizó bajo el short y encontró el calor y la humedad que ya se habían acumulado ahí.

—Ahhh... —gemí en silencio, mientras mis dedos encontraban mi clítoris y empezaban a frotarlo despacio, con esa lentitud que me hacía temblar.

El recuerdo cambió. Ahora estaba en la sala de la casa de Santiago, una tarde que sus viejos no estaban. Llevaba una pollera corta y una remera suelta, nada debajo. Estaba montada sobre él, saltando con una energía que ni yo sabía de dónde sacaba, mis tetas rebotando bajo la tela mientras él me agarraba de las caderas con fuerza.

—¡Sí, Vale, así! —gemía, clavándome los dedos en la piel—. ¡La puta madre, cómo te movés!

La imagen me excitó tanto que me senté en la cama, imitando los movimientos de aquella tarde. Me acomodé sobre mis talones con las piernas abiertas y metí dos dedos adentro mío, profundo. El recuerdo de sentirlo entrar y salir era tan real que me mojé más, mucho más.

—Hmmmm, sí... —suspiré, mientras mi mano libre subía por mi torso, metiéndose bajo la remera para tocarme los pechos, pellizcándome los pezones que ya estaban duros como piedra.

Y entonces el recuerdo dio un giro peligroso. La puerta de la sala empezó a abrirse. Entró el padre de Santiago. Me quedé petrificada, con el corazón en la boca. Tuvimos que fingir que solo estábamos abrazados en el sillón. Pero yo lo sentía adentro. Sentí cómo se acababa, cómo su semen caliente me llenaba, y tuve que apretar con todas mis fuerzas para que no me chorreara por las piernas mientras le sonreía a ese hombre como si nada estuviera pasando.

La adrenalina de ese recuerdo me empujó al límite. Me puse en cuatro sobre la cama, exactamente como había estado con Tomás un rato antes. Mi cuerpo recordaba esa posición, esa forma de ser penetrada. Llevé la mano por la espalda, alcanzándome desde atrás, y seguí masturbándome con más fuerza, más rapidez, imitando el ritmo que Tomás me había marcado.

—¡Ahhh, sí, así! —gemí contra la almohada, que ahogaba todo—. ¡Más rápido, más rápido, por favor!

Mis dedos se movían con una urgencia desesperada, frotando una y otra vez ese punto que me hacía perder la cabeza. El recuerdo de Tomás, de Santiago, de todos los pibes que había tenido, se mezclaba en una única y aplastante ola de placer que me iba tragando entera.

—¡Sí, sí, sí... me acabo! —grité con la cara hundida en la almohada, la voz irreconocible.

El orgasmo me pegó como una descarga eléctrica. Levanté la cola, el cuerpo temblándome sin control mientras una ola de calor me recorría desde los dedos de los pies hasta la nuca. Me quedé así unos segundos, suspendida en la cúspide, antes de desplomarme sobre el colchón como un peso muerto, jadeando, con el corazón desbocado y la mente completamente en blanco.

***

El orgasmo me dejó flotando en un agotamiento delicioso. Me quedé tirada sobre la cama con la respiración agitada y el cuerpo pesado y satisfecho. Durante unos minutos solo existió el sonido de mi propio corazón volviendo a su ritmo. La furia, la culpa y la humillación se habían ido con la oleada de placer, dejando una calma rara, una paz que sabía que no iba a durar.

Me acomodé entre las sábanas con un suspiro. Me arreglé la remera arrugada y transpirada, me tapé con la frazada. El colchón nunca se había sentido tan cómodo, y las sábanas me acariciaban la piel como si quisieran consolarme. Cerré los ojos, lista para dejarlo todo atrás y dormirme de una vez.

Pero mi mente, recién liberada del placer, decidió que ese era el momento perfecto para una introspección que nadie le pidió.

Las palabras de Daniela volvieron, pero esta vez sin el filo de la rabia. ¿Cuándo vas a dejar de actuar como una pendeja? La pregunta flotaba en la oscuridad. ¿Acaso no era madura? Siempre había sido responsable con el estudio, o al menos lo intentaba. Me iba bastante bien, sacaba buenas notas cuando me esforzaba. El problema era justamente eso: el esforzarme. Siempre lo hacía con una pereza de fondo, una flojera crónica que me impedía ir por más. Nunca tuve una meta clara, una ambición grande que me empujara.

Me acordé de la facultad. Había estado a punto de recibirme, pero dejé trámites colgados. Unos papeles acá, una firma allá... cosas que podría haber resuelto en una tarde, pero que fui posponiendo una y otra vez hasta que los plazos se vencieron. Y ahora acá estaba, sin título, sin laburo fijo para pagarme mis cosas, sin una dirección clara.

¿Estaba haciendo las cosas bien? ¿Esta vida de impulsos y placeres inmediatos era suficiente? La duda, un gusano chiquito y persistente, empezó a taladrarme la calma. Tal vez Daniela tenía razón. Tal vez necesitaba ponerme seria de una buena vez, como ella. Pensé en el futuro, en el mañana, y por primera vez en mucho tiempo me pareció un lugar aterrador y vacío.

Me revolví en la cama, la paz rota. El peso de mis decisiones y de todo lo que no hice empezaba a sentirse como una piedra sobre el pecho.

Pero mi cabeza, aunque podía ser brutalmente autocrítica, también tenía un talento prodigioso para el autoengaño. La duda creció, llegó a su punto máximo... y se desinfló con la misma rapidez con la que había aparecido.

Me encogí de hombros en la oscuridad, un gesto que nadie veía.

No es para tanto, me dije con una convicción repentina y total.

La vida era larga. Siempre iba a haber tiempo para ponerse seria mañana. O pasado. O el año que viene. Por ahora estaba cansada. Satisfecha. Y dormir era lo único que me importaba.

Con esa resolución, la última chispa de preocupación se apagó. Mi mente se relajó, la respiración se me hizo profunda y regular, y me hundí en un sueño denso y sin sueños, donde no existían las responsabilidades, ni las hermanas molestas, ni los mañanas que siempre me pedían más de lo que yo estaba dispuesta a dar.

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