El secreto que compartí con mi mejor amigo aquel verano
Hay recuerdos que no envejecen. Se quedan ahí, intactos, como si el tiempo no los tocara. A veces los revisito sin querer, en una ducha demasiado larga o en esas noches en las que el insomnio me obliga a rebuscar entre cajones que creía cerrados. Tengo treinta y ocho años y sé que lo que voy a contar no debería seguir provocándome lo que me provoca. Pero lo hace.
Diego apareció en mi vida en tercero de primaria. No nos elegimos; simplemente nos sentaron juntos y nunca más nos separamos. Era de esos amigos con los que no necesitas hablar para entenderte, de los que bastan una mirada y media sonrisa para saber exactamente qué está pensando el otro. Crecimos pegados, como si fuéramos extensiones del mismo cuerpo.
De niños, las bromas eran estúpidas e inofensivas. Tirones de pelo, motes ridículos, carreras absurdas por el patio. Pero la adolescencia tiene esa forma de retorcer las cosas, de empujar los límites sin que te des cuenta, como una marea que sube tan despacio que cuando quieres reaccionar ya tienes el agua al cuello.
Una tarde de febrero nos juntamos en su casa para terminar un proyecto de historia. Éramos tres: Diego, un compañero de clase llamado Tomás y yo. Subimos a la buhardilla que Diego tenía encima del garaje, un cuarto con un sofá viejo, una mesa de madera y una bombilla que parpadeaba cuando hacía viento. Era nuestro refugio, el sitio donde nadie nos buscaba.
Abrimos los libros, sacamos los apuntes y fingimos durante quince minutos que estábamos concentrados. Pero la conversación fue derivando, como siempre. Primero chistes, después provocaciones, después el tema inevitable: el porno que habíamos visto la noche anterior. Cada uno quería demostrar que sabía más que el otro, que había visto cosas más fuertes, que no le daba vergüenza nada.
Y en algún punto de esa conversación el aire cambió. Se espesó. Los silencios entre frase y frase se hicieron más largos, las miradas más rápidas, más esquivas. Había una tensión nueva que ninguno de los tres se atrevía a nombrar.
Diego fue el primero. Sin decir una palabra, se desabrochó el pantalón, se sacó la polla —ya completamente dura— y empezó a tocarse con una naturalidad que me dejó paralizado. Era la primera vez que la veía así, erecta, gruesa, moviéndose entre sus dedos con un ritmo que parecía ensayado. Hasta ese momento, Diego era simplemente mi mejor amigo. De pronto era otra cosa.
Tomás lo imitó casi al instante, como si llevara rato esperando una excusa. Y entonces yo también me bajé los pantalones, con el corazón golpeándome las costillas y una mezcla de vergüenza y excitación que me recorría entero.
Tomás acabó rápido. Apenas aguantó un par de minutos. Se limpió con un pañuelo y se quedó mirándonos, inmóvil, con los ojos brillantes. Diego y yo seguimos. Hablábamos entre nosotros mientras nos tocábamos, soltando guarrerías que habíamos oído en los vídeos, riéndonos con esa risa nerviosa que delata más de lo que esconde.
Diego terminó con un suspiro hondo, casi de alivio. Y entonces solo quedé yo.
Recuerdo la sensación con una nitidez obscena: los pantalones en las rodillas, la polla dura, la respiración cortada. Y sobre todo la mirada de Diego, clavada en mí sin disimulo, sin pestañear, como si quisiera grabarse cada detalle de cómo terminaba.
Me corrí bajo esa mirada. Y en ese momento entendí, sin palabras, que nuestra amistad acababa de cruzar una línea invisible que no tenía camino de vuelta.
***
Lo curioso es que aquello no se repitió. Pasó una vez y quedó guardado en ese rincón de la memoria donde almacenamos las cosas que no sabemos clasificar. Durante semanas seguimos viéndonos con normalidad, con las mismas bromas de siempre, pero con algo flotando entre nosotros que ninguno se atrevía a mencionar.
Hasta que llegó el verano.
Las clases terminaron y los días se estiraron como chicle. Diego me propuso apuntarnos juntos al gimnasio del barrio. Era la excusa perfecta: queríamos ganar músculo, impresionar a las chicas, sentirnos menos blandos. Teníamos esa obsesión adolescente por el cuerpo, por la imagen, por demostrar algo que ni siquiera sabíamos definir.
El primer día fue normal. Entrenamos, nos despedimos en la puerta y cada uno se fue a su casa. Pero al día siguiente, cuando terminamos, Diego me dijo que lo acompañara, que quería enseñarme algo. Lo dijo con un tono que reconocí al instante.
Subimos a su cuarto. Lo primero que hizo fue encender la televisión y buscar los canales de pago. Sin rodeos, sin excusas. Me miró con esa media sonrisa suya y soltó:
—¿Nos hacemos una buena paja viendo esto?
Ni siquiera esperó respuesta. Ya se estaba bajando los pantalones, ya tenía la polla en la mano, ya estaba instalado en esa seguridad suya que no admitía réplica. Yo me senté en la otra butaca, al otro lado de la mesa. Estaba duro antes de que empezara el primer vídeo.
Después de aquella vez no hubo incomodidad. No hubo silencios raros ni necesidad de justificarse. Simplemente se convirtió en rutina. Gimnasio por la mañana, su casa después, porno en la tele, paja en compañía. Diego incluso dejaba papel preparado sobre la mesa, como quien pone servilletas antes de comer.
***
Todo cambió la semana que sus padres se fueron de vacaciones.
Diego se quedaba solo unos días antes de reunirse con ellos. La tarde siguiente al gimnasio volví a su casa como siempre, pero al entrar al salón noté algo distinto. Había puesto una toalla sobre cada butaca. Las había colocado con cuidado, como quien prepara una escena.
Me senté en mi sitio habitual. Diego desapareció por el pasillo y volvió completamente desnudo. Entró en el salón sin pudor, con la polla balanceándose a cada paso, y se plantó delante de mí con los brazos abiertos.
—Ya que estamos solos de verdad… así mucho mejor. Quítate todo.
Lo hice. Me desnudé delante de él sin pensarlo demasiado, como si mi cuerpo llevara tiempo esperando esa orden. Y así, como llegamos al mundo, nos sentamos a tocarnos mientras el porno llenaba la habitación de gemidos ajenos.
Diego acabó primero. Se corrió con fuerza, manchándose el vientre y el pubis, y en vez de limpiarse se quedó exactamente así, mirándome, con los restos brillantes sobre la piel y esa expresión de quien disfruta tanto mirando como siendo mirado.
—A ver hasta dónde te llega a ti —me dijo con una sonrisa lenta.
Esa imagen, él desnudo frente a mí con su corrida encima, sumada a lo que sonaba en la pantalla, me desbordó. Me corrí manchándome la mano y el abdomen, con una descarga que me dejó temblando. Diego me observaba con los ojos entrecerrados, casi hipnotizado.
—¿Alguna vez la has probado? —preguntó en voz baja.
No contesté con palabras. Me llevé los dedos manchados a la boca y los chupé despacio, sosteniéndole la mirada. Cuando terminé, le dije:
—No sé si con eso te respondo.
Vi cómo su polla empezaba a reaccionar otra vez, llenándose de sangre, endureciéndose como si mi gesto le hubiera encendido algo que creía apagado.
Me fui a duchar. Cuando salí, le pregunté si me vestía o si seguíamos así. Diego se apoyó en el marco de la puerta del baño con total naturalidad.
—Hace un calor de muerte. Mejor nos quedamos desnudos.
Y eso hicimos. Preparamos la comida sin ropa, moviéndonos por la cocina como si fuera lo más normal del mundo. Abriendo cajones, sacando platos, rozándonos al pasar. Nuestras pollas oscilando libres con cada movimiento, visibles, presentes, como un recordatorio constante de que lo que estaba pasando entre nosotros no tenía nombre pero era muy real.
***
Después de comer, Diego volvió del fregadero con la polla a media asta. Lo miré desde el sofá, medio riendo.
—¿Ya quieres otra?
Sonrió con esa cara de quien sabe exactamente lo que está haciendo.
—Hay que aprovechar la casa vacía.
Encendió la tele. Pero esta vez, en lugar de los vídeos de siempre, empezó a pasar canales hasta llegar a escenas distintas. Transexuales primero, después directamente sexo entre hombres. Me quedé mirándolo unos segundos y él, sin inmutarse, me confesó que últimamente le llamaban la atención esos vídeos. Que le provocaban curiosidad. Que quería explorar.
—Por lo menos pon los de transexuales —le dije, intentando mantener el tono de broma—. Así al menos veo algo que me guste.
Se rio, pero dejó los vídeos puestos, alternando escenas, tanteándome. No era lo que yo habría elegido, pero la situación compensaba de sobra. Estar ahí, los dos desnudos, con esa confianza llevada a un punto sin retorno, generaba un morbo que tenía poco que ver con lo que salía en la pantalla.
Nos tocamos otra vez. Diego volvió a acabar primero, respirando fuerte, y en vez de quedarse en su sitio se levantó y se puso delante de mí. Quería verme. Quería estar cerca cuando me corriera. Su mirada descarada, fija en mi polla, me excitaba más de lo que habría querido admitir.
Cuando llegó el momento, vio todo desde apenas medio metro. Me manchó la mano y volví a llevarme los dedos a la boca. Diego tragó saliva sin decir nada.
Fuimos a ducharnos juntos. En ese espacio reducido, con el vapor y el jabón, los roces eran inevitables. Al principio parecían accidentales: un brazo contra un costado, una cadera contra otra, el choque fugaz de nuestras pollas al girarnos. Pero los dos sabíamos que no eran accidentes.
Después de los vídeos que había puesto y de lo que estaban provocando esos roces, me quedó claro que la curiosidad de Diego iba mucho más allá de un juego. Que llevaba tiempo queriendo cruzar esa línea. Y que yo estaba justo ahí, a su alcance.
En la ducha, los dos volvimos a estar completamente duros. Empecé a tocarme sin disimulo, con el agua cayéndome por el pecho, mientras Diego se sentaba en el borde de la bañera para hacer lo mismo. En esa posición, mi polla le quedaba a la altura de la cara. Y mientras se tocaba, no me quitaba los ojos de encima. No apartaba la vista ni un segundo.
Se corrió primero, como siempre, pero no se movió. Se quedó ahí, acariciándose despacio, devorándome con la mirada mientras yo aceleraba el ritmo. Justo cuando sentí que estaba a punto, paré en seco. Fue un espasmo involuntario, un intento de retener la descarga, y me corrí así, sin tocarme, solo por la inercia del momento. Diego, con un reflejo que no esperaba, me agarró la polla y me dio los últimos movimientos, ayudándome a vaciarme del todo.
—Espero que no te moleste —dijo cuando me soltó, con la voz ronca.
—No me lo esperaba —le contesté, recuperando el aliento—. Pero no pasa nada.
***
Pasamos el resto de la tarde tirados en el sofá, desnudos, jugando a la consola como si nada hubiera pasado. Era una normalidad absurda, casi cómica. Dos cuerpos desnudos compitiendo en un videojuego con la misma intensidad con la que antes compartían otra cosa.
Al caer la noche pedimos comida. Nos vestimos solo para abrir la puerta al repartidor y en cuanto la pizza estuvo sobre la mesa la ropa volvió al suelo. Salimos al patio trasero a cenar al aire libre, envueltos en el calor pegajoso de la noche.
Fue ahí, entre bocado y bocado, donde Diego se abrió del todo. Me contó que con Tomás habían seguido viéndose a solas después de aquel día en la buhardilla. Que habían pasado de las pajas individuales a tocarse mutuamente. Que Diego había ido más lejos: había probado a usar la boca y le había gustado. Me lo dijo con una mezcla de orgullo y timidez que nunca le había visto.
—Si tú quieres —me dijo, mirándome fijo—, a mí no me importaría hacértelo.
—Prefiero que eso me lo haga una chica —le respondí, intentando sonar amable pero claro.
La negativa no enfrió nada. Eran más de las diez y el calor seguía apretando, así que agarramos la manguera del patio para refrescarnos. Lo que empezó como un juego de agua se transformó en otra cosa. Diego empezó a buscarme, a rozarme, a pasarme la mano por la espalda y tantearme entre risas. No tardamos en estar duros otra vez.
—Probemos algo —me pidió—. Las juntamos y las tocamos a la vez.
Acepté. Ver las dos pollas apretadas una contra la otra, calientes, mientras su mano las recorría juntas, era una imagen de un morbo brutal. Diego se corrió primero, manchándome los muslos. Después se arrodilló entre mis piernas y me pidió seguir él solo conmigo. Yo estaba sentado en la silla del patio, viéndolo desde arriba mientras se esmeraba con su mano, relamiéndose, con los ojos clavados en la punta de mi polla. Me respetó. Pero cuando mi corrida saltó y le salpicó la mano entera, fue él quien se llevó los dedos a la boca para saborearla, despacio, disfrutando de cada gota.
La noche terminó en calma. Durante los días siguientes la rutina se mantuvo: gimnasio por la mañana, desnudez y pajas en su casa después. No volvimos a los tocamientos directos, aunque él no perdía ocasión de recordarme que estaba practicando y que le encantaría ir más lejos conmigo.
Nunca lo hicimos. Pero aquellos días quedaron grabados en un lugar de mi memoria al que vuelvo más de lo que debería. Diego fue mi mejor amigo durante años. Compartimos secretos, risas, silencios y una intimidad que no he vuelto a tener con ningún otro hombre. A veces me pregunto si él también recuerda aquellas tardes con la misma nitidez, con el mismo calor, con esa mezcla de nostalgia y deseo que ni los años ni la distancia han conseguido apagar.