Leía sus relatos cada noche y empecé a desearlo
Llevaba tres meses en una rutina que me estaba consumiendo. Trabajo, cena, series, dormir. Repetir. Mi cama era un desierto al que llegaba cada noche demasiado cansada para sentir nada y demasiado inquieta para dormir. Fue en una de esas noches de insomnio cuando encontré su perfil.
Se llamaba Adrián, o al menos ese era el nombre que usaba en la red. Su cuenta era un rincón discreto donde publicaba relatos cortos, fragmentos de historias que no tenían pudor ni pretensiones. No era pornografía barata. Era otra cosa. Algo que te envolvía desde las primeras líneas y no te soltaba hasta que terminabas con el pulso acelerado, el coño empapado y la respiración rota.
Leí el primer texto por curiosidad. Trataba de una mujer que se quedaba sola en un hotel durante un viaje de trabajo y lo que sucedía cuando un desconocido le dejaba una nota bajo la puerta. Era explícito, sí, la mujer terminaba con la polla de aquel extraño hundida hasta el fondo de la garganta mientras él le tiraba del pelo y le decía guarradas al oído. Pero lo que me atrapó no fueron solo las escenas de sexo. Fue la forma en que describía el deseo. Como algo que te quema el clítoris por dentro antes de que nadie te toque.
Esa noche leí cinco relatos más. A las tres de la mañana apagué el teléfono, me giré en la cama y me quedé mirando el techo. Tenía la piel caliente, las bragas mojadas y una sensación extraña en el estómago, como si hubiera descubierto algo que llevaba tiempo buscando sin saberlo.
***
Durante las siguientes semanas, su perfil se convirtió en mi ritual nocturno. Llegaba a casa, me duchaba, me servía una copa de vino y me metía en la cama con el teléfono. No necesitaba nada más. Sus palabras hacían el trabajo que ningún hombre había logrado en meses. Me corría con dos dedos metidos en el coño y el pulgar en el clítoris, mordiéndome el labio para no gritar, mientras en la pantalla otra mujer imaginaria era follada contra una pared.
Adrián publicaba tres o cuatro veces por semana. Cada texto era un mundo distinto: una profesora que citaba a un alumno después de clase y terminaba con la falda subida hasta la cintura y la verga del chico partiéndola sobre la mesa; dos vecinos que compartían balcón y mucho más que miradas, ella acabó mamándosela a través de la baranda mientras él le apretaba las tetas por encima del camisón; una mujer que descubría las cartas eróticas que su marido le escribía a otra y se masturbaba leyéndolas, imaginando ser la destinataria. Las historias eran diferentes, pero todas tenían algo en común: la tensión. Ese momento en que sabes que van a follar y el coño se te adelanta a la lectura.
Una noche, después de terminar un relato que me dejó con las manos temblando y los dedos pegajosos de mi propia corrida, hice algo que llevaba semanas resistiendo. Le escribí un mensaje.
«Tu último relato me dejó sin aliento.» Eso fue todo. Sencillo, directo. Pulsé enviar y dejé el teléfono boca abajo como si quemara.
Respondió a la mañana siguiente. Un mensaje breve que no esperaba: «Gracias. ¿Cuál fue la parte que más te enganchó?»
No era un simple agradecimiento cortés, sino una invitación a hablar sobre lo que me había provocado. Me quedé mirando la pantalla durante diez minutos antes de contestar.
«La escena del ascensor. Cuando ella le dice que lleva toda la cena pensando en quitarle la corbata y arrodillarse a chupársela ahí mismo.»
Su respuesta llegó casi inmediata: «Esa es mi favorita también. El deseo puesto en palabras a veces hace que te corras antes que la propia polla.»
Tenía razón. Y él era la prueba.
***
Los mensajes se hicieron frecuentes. Primero una vez al día, después varias. Nunca hablábamos de cosas banales. No me preguntaba qué había cenado ni yo le contaba sobre mi trabajo. Nuestras conversaciones giraban alrededor de algo más íntimo que la vida cotidiana: fantasías, deseos, esas cosas que piensas mientras te metes los dedos en la oscuridad y no le dices a nadie.
—¿Qué te excita más —me preguntó una noche—, que te cuenten cómo te van a follar o que te sorprendan sin aviso, te empujen contra la pared y te la metan hasta el fondo?
Tardé en responder. No porque no supiera la respuesta, sino porque decírsela a él se sentía como quitarme las bragas delante de un desconocido.
«Que me lo cuenten. Cada detalle. Que las palabras me lleguen antes que la polla. Que me describas cómo me vas a abrir de piernas antes de tocarme.»
Hubo un silencio largo. Después apareció su mensaje: «Entonces voy a escribir algo para ti. Y cuando lo leas, quiero que tengas la mano metida entre las piernas.»
Pasaron cuatro días sin que publicara nada. Cuatro días en los que revisé su perfil más veces de las que me atrevo a admitir. Al quinto día apareció un texto nuevo, sin título, solo con una dedicatoria: «Para la que lee en la oscuridad con los dedos entre los muslos.»
Era yo.
El relato describía a una mujer que llegaba a su casa después del trabajo, se servía una copa de vino y se metía en la cama con el teléfono. Hasta ahí, podría haber sido coincidencia. Pero después describía lo que esa mujer sentía mientras leía: el calor que empezaba en los pezones y bajaba despacio hasta el coño, la forma en que se mordía el labio sin darse cuenta, cómo su mano libre se colaba bajo el elástico de las bragas casi por instinto y encontraba el clítoris ya hinchado y palpitando.
Era como si me estuviera observando. Como si supiera exactamente lo que yo hacía cada noche mientras leía sus historias. Me sentí expuesta y excitada a la vez, una combinación que no había experimentado jamás.
El texto continuaba. La mujer del relato empezaba a tocarse despacio, siguiendo el ritmo de las palabras que leía en la pantalla. Se separaba los labios del coño con dos dedos y trazaba círculos lentos sobre el clítoris. Cada párrafo subía la intensidad. Los dedos encontraban su propio ritmo, entraban y salían, se untaban en su propio flujo, la respiración se aceleraba, y en el momento exacto en que el relato llegaba a su punto más alto, cuando la mujer tenía tres dedos hundidos y el pulgar apretando el clítoris, recibía un mensaje del escritor: «¿Estás leyendo esto ahora?»
Levanté la vista del texto. Tenía un mensaje de Adrián: «¿Estás leyendo esto ahora?»
Se me cortó la respiración. No fue una metáfora. Literalmente dejé de respirar durante tres segundos. Después solté el aire despacio y le respondí con los dedos temblorosos y mojados de mi propio coño.
«Sí.»
«¿Y estás haciendo lo mismo que ella? ¿Tienes los dedos metidos en el coño mientras lees?»
Cerré los ojos. Tenía la mano derecha entre los muslos, dos dedos empapados dentro de mí, moviéndose despacio desde hacía diez minutos. No le mentí.
«Sí. Dos dedos. Estoy chorreando.»
***
—Te voy a llamar —escribió—. No contestes si no quieres. Y si contestas, no saques los dedos del coño.
El teléfono vibró quince segundos después. Vi su nombre en la pantalla, respiré hondo y deslicé el dedo para aceptar la llamada. No dije nada. Él tampoco, durante unos segundos. Solo se oía su respiración, tranquila, profunda.
—No voy a preguntarte cómo te llamas —dijo. Su voz era más grave de lo que había imaginado. Pausada, como si midiera cada sílaba—. No necesito saberlo. Solo necesito que escuches y que hagas exactamente lo que te diga.
—Estoy escuchando —susurré.
—Cierra los ojos. Y saca los dedos del coño. Todavía no.
Obedecí. Retiré la mano y sentí un espasmo de frustración recorrerme el vientre.
—Imagina que estoy ahí, en tu habitación. No me has oído entrar. Estás acostada exactamente como estás ahora, con la sábana hasta la cintura, las bragas empapadas y la piel todavía caliente por lo que acabas de leer. Abres los ojos y me ves de pie junto a la puerta. Con la bragueta ya abierta y la polla dura por debajo del pantalón.
Su voz me envolvía como algo físico. No era solo lo que decía, era cómo lo decía. Sin prisa, sin ansiedad, como si tuviéramos toda la noche por delante. Y la teníamos.
—No te asustas —continuó—. Llevas semanas esperándome, aunque no lo sabías. Llevas semanas metiéndote los dedos pensando en la polla del hombre que te escribe. Me miras y no dices nada, solo separas un poco las piernas bajo la sábana. Yo me acerco despacio. Me siento en el borde de la cama. No te toco. Solo te miro. Miro cómo el bulto de tu ropa interior se marca contra la tela.
Podía verlo. Con los ojos cerrados y su voz en el oído, podía verlo con una claridad que me asustó. La silueta de un hombre sentado al borde de mi cama, observándome con una calma que era casi cruel, con la polla asomando por la bragueta.
—Te pregunto si puedo quitarte la sábana. Tú asientes. La bajo despacio, centímetro a centímetro. Veo tu camiseta, tus piernas desnudas, el triángulo oscuro de tus bragas mojadas. Todavía no te toco. Deslizo las yemas de los dedos por el aire, a medio centímetro de tu piel. Lo suficientemente cerca para que sientas el calor de mi mano sin que llegue a rozarte. Ahora ábrete de piernas para mí. Del todo.
Las abrí. En mi cama, sola, las abrí como si él estuviera ahí de verdad.
—Bien. Ahora quiero que metas dos dedos en la boca. Chúpalos. Empápalos de saliva. Que estén bien mojados.
Lo hice. Me chupé los dedos despacio, imaginando que era su polla la que tenía en la boca, saboreando la punta salada, deslizando la lengua por debajo del glande.
—¿Los tienes mojados? —preguntó.
—Sí —contesté con los dedos aún en los labios.
—Ahora sácatelos de la boca y bájatelos por el cuello, entre las tetas, por el vientre, hasta que llegues al elástico de las bragas. Pero no las metas dentro. Todavía no. Restriega los dedos por encima de la tela. Quiero que sientas lo mojada que estás por debajo.
Hice cada gesto tal como me lo pedía. Cuando llegué al coño por encima de las bragas, la tela estaba tan empapada que se pegaba a los labios. Un gemido se me escapó sin quererlo.
—Te oí —dijo él, y su voz también sonaba más ronca—. Ahora sí. Aparta las bragas hacia un lado. No te las quites. Solo apártalas. Y con dos dedos, ábrete despacio. Yo estoy mirándote hacer todo esto. Estoy viendo tu coño abierto, rosa, brillante. Estoy viéndote de una forma en que no te ha visto nadie.
Me temblaba la mano. Aparté la tela y me abrí los labios con dos dedos. La otra mano sostenía el teléfono contra la oreja como si fuera mi último punto de contacto con la realidad.
—Ahora tócate el clítoris. Un dedo. Un solo dedo. Círculos lentos. No metas nada dentro todavía. Solo el clítoris.
Obedecí. El primer roce me arrancó otro gemido, más largo esta vez.
—¿Está duro? —preguntó.
—Muy duro —dije—. Hinchado.
—Sigue. Despacio. No aceleres. Yo te estoy mirando desde el borde de la cama. Me he sacado la polla y me la estoy acariciando mientras te miro. Está durísima. Chorreando pre-semen. Y tú lo sabes. Sabes que cada vuelta que te das en el clítoris me pone más duro a mí.
Podía oír, o creí oír, el sonido rítmico de su mano al otro lado del teléfono. La imagen me atravesó como una descarga: él, sentado en algún sitio, con la polla en la mano, masturbándose al ritmo de mi voz mientras yo me masturbaba al ritmo de la suya.
—Ahora mete un dedo —dijo—. Uno solo. Despacio. Hasta el fondo.
Lo metí. Estaba tan mojada que entró sin ninguna resistencia.
—¿Estás dentro?
—Sí.
—Muévelo. Adentro y afuera. Como si fuera mi polla la que te está entrando por primera vez.
Empecé a moverlo. Lento. Adentro. Afuera. Sentía las paredes del coño apretarse cada vez que salía, pedirlo cada vez que volvía a entrar.
—Ahora dos —dijo—. Mete dos. Yo tengo la polla gorda. Necesitas abrirte para mí.
Añadí el segundo. La sensación de plenitud me hizo arquear la espalda contra la almohada. Estaba tan resbaladiza que los dos dedos entraban y salían con un sonido húmedo, obsceno, que se oía por la línea.
—Te estoy oyendo —dijo con voz cargada—. Oigo lo mojada que estás. Oigo el sonido de tu coño tragándose los dedos. Sigue. Más rápido.
Aceleré. Con el pulgar de la misma mano encontré el clítoris y empecé a apretarlo mientras seguía metiendo y sacando los dos dedos. La combinación me hizo perder el ritmo un segundo, jadear contra el teléfono.
—Eso es —dijo él—. Ahora imagina que soy yo. Que estoy encima de ti. Que te separo las piernas todavía más, te subo las rodillas hasta el pecho y te la meto hasta el fondo de una sola embestida. Sin avisar. De golpe. Toda.
—Adrián —gemí.
—Y ahí no paro. Empiezo a follarte fuerte. Sin pedir permiso. Escuchando cómo tus tetas rebotan con cada embestida. Viendo cómo se te desencaja la cara. Tú me arañas la espalda y me dices al oído que no pare, que te folle más fuerte.
—No pares —dije, aunque no era él quien me estaba follando, era yo con tres dedos ahora, hasta el nudillo, embistiéndome sola al ritmo que él marcaba con las palabras.
—Te doy la vuelta —siguió—. Te pongo a cuatro patas. Te agarro del pelo y te la meto por detrás. Y con la otra mano te doy una palmada en el culo. Fuerte. Y otra. Y te sigo follando.
La imagen me llevó al borde. Sentí ese tirón inconfundible en el vientre, ese punto de no retorno.
—Estoy cerca —jadeé—. Adrián, estoy cerca.
—Aguanta —dijo él con la voz cortada—. Aguanta hasta que yo te diga. Yo también estoy cerca. Quiero que nos corramos a la vez.
Reduje el ritmo, apretando los dientes, notando cómo el orgasmo se enroscaba en la base de la columna esperando la orden. Oía su respiración descomponerse al otro lado, oía el ritmo húmedo de su mano acelerarse.
—Ahora —dijo por fin, con la voz rota—. Córrete. Córrete conmigo. Ya. Ahora.
Y me corrí. Con tres dedos hundidos hasta el fondo del coño y el pulgar aplastando el clítoris, arqueada, mordiéndome el labio para no gritar y gritando de todas formas su nombre entre los dientes. Sentí las contracciones apretar mis propios dedos, oleada tras oleada, mientras al otro lado del teléfono lo oía a él gruñir bajo, largo, con esa voz de hombre que se está vaciando entero.
Me quedé quieta durante un minuto largo, con los dedos todavía dentro, sintiendo los últimos espasmos apretarme. Solo se oía mi respiración entrecortada y la suya, que también se había alterado. No estaba tan sereno como al principio.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
—No sé si esa es la palabra —dije, y me reí. Una risa nerviosa, liberada, con los muslos todavía temblando—. Estoy abrumada. Y empapada. Tengo la sábana hecha un desastre.
—Yo también —admitió—. Imaginarte mientras te lo contaba fue más intenso de lo que esperaba. Acabo de correrme sobre mi propio vientre como un adolescente.
Se me escapó otra risa. Hubo un silencio que no necesitaba llenarse. Uno de esos silencios compartidos que valen más que cualquier conversación.
—¿Vas a escribir sobre esto? —pregunté.
—Ya lo estoy escribiendo en mi cabeza —contestó—. Pero esta vez no lo voy a publicar. Este relato es solo nuestro.
***
Colgamos cerca de las cuatro de la mañana. No nos dijimos adiós. Simplemente uno de los dos cortó la llamada y el silencio que quedó fue distinto al de todas las noches anteriores. Un silencio lleno, tibio, como una sábana después de compartir la cama, aunque la sábana que yo tenía estaba manchada de mi propia corrida y del vino que había derramado sin darme cuenta.
Me giré y hundí la cara en la almohada. Olía a mi champú, a la copa de vino que se había quedado a medias en la mesita y a algo que no podía nombrar pero que tenía que ver con haber compartido la parte más íntima de mí, el coño más abierto y la garganta más ronca, con alguien cuya cara ni siquiera conocía.
A la mañana siguiente, mientras esperaba el café, abrí su perfil. Había un texto nuevo publicado hacía veinte minutos. Sin título. Sin dedicatoria esta vez. Solo una línea al final que decía: «Algunas fantasías no necesitan hacerse realidad para ser perfectas. Basta con la voz adecuada en el momento exacto y unos dedos dispuestos a obedecerla.»
Sonreí. Me serví el café. Y esperé a que llegara la noche.