El video que grabamos juntos y nunca debí volver a ver
Eran casi las doce de la noche y el techo de mi habitación se había convertido en mi único paisaje. Llevaba horas dando vueltas entre las sábanas, con el teléfono encendido sobre la almohada y la mente demasiado activa para rendirse al sueño. Había agotado las redes sociales, los artículos absurdos, los videos cortos que no decían nada. Nada funcionaba.
El silencio de la casa era total. Mis padres dormían al fondo del pasillo y mi hermana menor llevaba horas en su cuarto con la puerta cerrada. Solo se escuchaba el zumbido suave del aire acondicionado y, de vez en cuando, un auto lejano cruzando la calle.
Fue entonces cuando la sentí. Esa vibración baja en el vientre, ese calor que empieza sin aviso y se instala como si siempre hubiera estado ahí. Conocía bien esa sensación. La había descubierto con Andrés hacía poco más de un año, y desde entonces me acompañaba en las noches largas, cuando el coño pedía algo que la cabeza intentaba ignorar. Sentí cómo se humedecía la entrepierna del shortcito que usaba para dormir, esa humedad tibia que se filtra sin permiso cuando el cuerpo decide por una.
Cerré los ojos e intenté concentrarme en alguna imagen, en algún recuerdo, pero el cansancio me lo impedía. Mi imaginación se sentía seca, incapaz de construir nada que me llevara a donde necesitaba ir. Y entonces lo recordé.
El video.
Lo había grabado un par de semanas atrás, un domingo por la tarde en su departamento. Andrés vivía solo desde hacía unos meses, en un estudio pequeño cerca de la universidad, y ese día habíamos decidido quedarnos en la cama en lugar de salir. Pedimos comida, pusimos una serie de fondo que ninguno de los dos miraba realmente, y dejamos que el tiempo se consumiera entre besos lentos y caricias cada vez menos inocentes. Para cuando terminamos de comer él ya tenía la mano metida bajo mi vestido y yo sentía su polla dura empujando contra mi muslo por encima del jean.
La idea surgió de la nada. Mientras él se quitaba la camiseta, tomé mi teléfono de la mesita de noche, abrí la cámara y lo apoyé contra una pila de libros, buscando el ángulo que capturara la cama completa. Andrés me miró con las cejas levantadas.
—¿En serio? —preguntó, con esa media sonrisa que siempre me desarmaba.
—En serio. Quiero verme después cómo me cogés —respondí, y presioné grabar.
Lo vi tragar saliva. Esas palabras siempre lo encendían más rápido que cualquier otra cosa. Se desabrochó el pantalón ahí mismo, con la cámara ya corriendo, y su polla saltó hacia afuera tiesa, gruesa, con la punta brillando. Yo me arrodillé delante de él en la cama y lo agarré con las dos manos antes de meterlo entero en la boca.
El video quedó guardado en una carpeta protegida de mi galería. Un archivo que pesaba demasiado para lo que contenía. Nunca lo habíamos vuelto a ver juntos, nunca lo habíamos mencionado. Era nuestro secreto más silencioso.
Pero esa noche, sola en mi cama, con el pulso acelerado y los muslos apretados bajo las sábanas, decidí abrirlo.
***
Desbloqueé la carpeta con el código que solo yo conocía. Ahí estaba, entre fotos que prefiero no describir y capturas de conversaciones subidas de tono. El archivo duraba veintitrés minutos. Me puse los auriculares, subí el volumen apenas lo suficiente y le di a reproducir.
La pantalla se iluminó con la penumbra de su habitación. La única luz venía del televisor encendido, que proyectaba sombras azuladas sobre las sábanas arrugadas. En el centro del cuadro estaba yo, desnuda, recostada sobre la almohada con el cabello suelto cayéndome sobre los hombros y las piernas abiertas sin ninguna vergüenza. Me costó reconocerme al principio. Me veía distinta desde fuera, más expuesta, más vulnerable, más perra. Tenía el coño afeitado y enrojecido, los labios ya hinchados de las caricias previas, brillando bajo la luz del televisor.
Andrés aparecía de rodillas entre mis piernas. Sus manos grandes me sostenían los muslos abiertos a la fuerza y su boca bajaba despacio, besándome la cara interna de la rodilla, subiendo centímetro a centímetro mientras yo, en la pantalla, contenía la respiración. Cuando llegó a la entrepierna se detuvo a propósito, respiró hondo encima de mi coño y soltó el aire caliente sobre él. Me vi temblar.
Y yo, en mi cama, también temblé.
Su lengua salió y dio el primer lametón largo, de abajo hacia arriba, recorriéndome los labios mojados y deteniéndose justo en el clítoris. Lo chupó con los labios cerrados, succionando despacio, y mi versión grabada soltó un gemido grave que casi sonó a sollozo. Después subió. Sus manos recorrieron mi cintura con los dedos extendidos y se detuvieron en mis tetas. Las rodeó con las palmas, apretándomelas, separándomelas, acariciándome los pezones con los pulgares en círculos lentos hasta que se endurecieron como dos piedras bajo su tacto. Se inclinó y se metió uno en la boca, mordiéndolo apenas con los dientes mientras tiraba del otro con los dedos. En el video solté un gemido corto, casi involuntario, que me llegó directo a través de los auriculares como si me lo estuviera susurrando al oído.
—Qué rica estás —se le escuchó decir, con esa voz ronca que se le ponía cuando estaba caliente.
Sentí un tirón húmedo entre las piernas. Mi mano ya estaba sobre mi pecho izquierdo sin que me hubiera dado cuenta, apretando la tela fina del camisón, imitando lo que veía. Pellizqué mi pezón con suavidad, luego con un poco más de fuerza, y un escalofrío me cruzó el cuerpo de arriba abajo. Con la otra mano me subí el camisón hasta el cuello y me dejé las tetas al aire. La piel se me erizó al sentir el aire frío sobre los pezones mojados de mi propia saliva, donde acababa de chuparme los dedos para imitar el calor de su boca.
***
El video avanzaba. Ahora era yo quien tenía el control. Estaba arrodillada frente a él, con su polla entre mis manos. La acariciaba con la lengua, sin prisa, recorriéndola de la base a la punta antes de cerrar los labios alrededor y bajar con ese ritmo que había aprendido a leer en sus reacciones. Lento al principio, firme después. Le saqué los huevos del pantalón con la mano libre y los acuné mientras mi boca subía y bajaba sobre su polla, dejando un hilo de saliva que le caía por la base. Me vi sacarla entera, con un sonido húmedo y obsceno, golpearme las mejillas con ella, lamerla de costado como si fuera un helado, y volver a tragármela hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta. Tuve una arcada que me arrancó lágrimas pero no la solté.
—Así, puta, mamámela así —gimió en la grabación, agarrándome del pelo y empujándome más a fondo.
En el video, Andrés echó la cabeza hacia atrás y gimió mi nombre con una voz rota que me empapó al instante. Yo, en mi cama, sentí cómo me corría una gota tibia por el pliegue del muslo hasta la sábana.
Mi mano libre bajó por mi vientre, cruzó el elástico del short que usaba para dormir y se deslizó entre mis muslos. Estaba empapada. Mucho más de lo que esperaba. Los dedos se me hundieron entre los labios sin ninguna resistencia y los saqué brillantes, pegajosos. Me los llevé a la boca y los chupé, sintiéndome el sabor mientras seguía mirando la pantalla. Después volví a bajar y mis dedos encontraron mi clítoris hinchado y comenzaron a trazar círculos lentos, imitando la cadencia que Andrés siempre usaba conmigo, esa que él conocía mejor que yo misma.
En la pantalla, él me sacó la polla de la boca con un tirón del pelo y me recostó de nuevo sobre la cama. Se inclinó entre mis piernas y su boca se posó sobre mí con una dedicación que me hizo morderme el labio viéndolo. Su lengua se movía despacio, separando cada pliegue, lamiéndome el coño con esa paciencia que me volvía loca. Después me la metió. La sentí entrar, mover dentro, salir y volver. Se chupó el dedo medio y me lo deslizó adentro mientras seguía lamiéndome el clítoris, curvándolo hacia adelante, encontrando ese punto que me hacía gritar. Yo me veía en la grabación con las manos aferradas a las sábanas, las caderas levantadas, la boca entreabierta, los muslos cerrándose alrededor de su cabeza.
—Me vas a hacer correr así, no pares —se me escuchó suplicar, con una voz que apenas reconocía como mía.
En mi cama repetí cada movimiento. Mis dedos se movían más rápido ahora, resbalando sobre la humedad con una facilidad que me arrancaba suspiros que intentaba ahogar contra la almohada. Me chupé el dedo índice y lo metí junto al medio, sintiendo cómo el coño se me estiraba alrededor de los nudillos. El sonido de mis propios gemidos grabados me excitaba de una manera que no esperaba. Era como estar dentro y fuera al mismo tiempo, ser la protagonista y la espectadora de mi propia cogida.
***
La posición cambió. En el video estaba a cuatro, mirando directamente a la cámara sin querer, con el pelo cayéndome sobre la cara y el culo en el aire. Andrés estaba detrás, de rodillas, con la polla en la mano apuntando hacia mí. Se la pasó por mi raja, de arriba abajo, mojándosela con mi flujo, golpeándome el clítoris con la punta. Después se posicionó en mi entrada y empujó. Me sujetaba las caderas con las dos manos y entraba despacio, centímetro a centímetro, hasta que sentí —recordé sentir— esa presión perfecta cuando llegaba al fondo y los huevos me rozaban el clítoris.
—Mirá cómo te entra entera —dijo en la grabación, dándome una nalgada que sonó como un disparo en los auriculares.
El sonido húmedo de nuestros cuerpos encontrándose llenaba los auriculares con una claridad obscena. Chap, chap, chap. Sus huevos golpeándome contra el coño cada vez que me embestía hasta el fondo. La cama crujiendo. Mis gemidos cada vez más altos, sin filtro, esos gritos de puta que solo soltaba con él porque sabía que él no iba a juzgarme por gozar.
Me vi la cara en ese momento. Los ojos entrecerrados, los labios hinchados, el sudor pegándome el pelo a la frente, la baba colgando hacia la sábana. Me vi entregada de una manera que jamás había observado desde fuera. No era solo placer. Era abandono total, una rendición que me pareció, viéndola ahora, casi hermosa. Y casi obscena. Las dos cosas a la vez.
Un gemido se me escapó de verdad. Tuve que morder la almohada para no hacer ruido. Mis dedos ya no se conformaban con círculos exteriores. Introduje dos dentro de mí, curvándolos hacia arriba para encontrar ese punto rugoso que siempre me hacía temblar. Lo encontré casi de inmediato, hinchado y sensible, y la presión me arrancó un espasmo que me arqueó la espalda. Con la otra mano me apreté una teta tan fuerte que me dolió, retorciéndome el pezón entre los dedos como si fuera la boca de él la que me lo mordía.
En la pantalla, Andrés aumentó el ritmo. La cogida se volvió bruta, animal. Me agarró del pelo con una mano y me tiró la cabeza hacia atrás mientras con la otra me sujetaba la cadera y se metía hasta el fondo con embestidas que me empujaban hacia adelante. Después tomó el teléfono con una mano y apuntó hacia donde nuestros cuerpos se unían. La vi entrar y salir, brillante por mi humedad, abriéndome los labios alrededor de su polla, con un anillo blanco de mi flujo formándose en la base cada vez que se enterraba entero. Bajó el plano y se vio cómo mi culo recibía cada estocada, cómo el coño se tragaba todo y aún pedía más. El contraste entre su piel y la mía, la manera en que mi cuerpo lo recibía, me resultó tan íntimo y tan crudo que sentí que el orgasmo empezaba a construirse como una marea.
—Te voy a llenar entera —se le escuchó decir, jadeando—. Vas a quedar chorreando.
—Sí, lleñame, lleñame el coño, no pares —respondí yo, en una voz que no parecía mía, en una voz de hembra rota.
Mis dedos imitaban cada embestida. Entraban y salían con un ritmo que ya no controlaba mientras mi pulgar seguía frotando mi clítoris sin detenerse. Las sábanas estaban húmedas debajo de mí. Una mancha tibia se extendía por debajo de mi culo. Mi respiración era un desastre de jadeos entrecortados que luchaba por mantener en silencio, mordiéndome el dorso de la mano libre para no despertar a nadie.
***
El video llegó a su momento final. Andrés me había puesto de espaldas otra vez, con las piernas levantadas y los tobillos apoyados sobre sus hombros. Me cogía mirándome a los ojos, profundo, golpeándome el fondo del coño con cada estocada. Se inclinó sobre mí, doblándome casi en dos, me apartó el pelo del cuello y me besó justo debajo de la oreja. Su voz, grave y rota, susurró algo que los auriculares me devolvieron con una nitidez devastadora.
—Corréte para mí, puta. Corréte conmigo adentro.
En la pantalla, mi cuerpo entero se tensó. Me vi contraerme alrededor de él, vi cómo mis manos se aferraban a las sábanas, escuché mi propio grito ahogado contra el colchón. Las piernas se me cerraron alrededor de su cuello en un espasmo. El coño me palpitaba visiblemente alrededor de la base de su polla, ordeñándolo, succionándolo hacia adentro. Andrés sacó la polla en el último segundo, justo cuando empezaba a corrérsele, y eyaculó sobre mi vientre con tres chorros gruesos que me llegaron hasta entre las tetas. Me vi llevarme el dedo a la barriga, recoger un poco de su corrida tibia y metérmelo en la boca, chupándomelo mientras lo miraba a los ojos.
Eso fue lo que me desbordó.
El orgasmo me golpeó con una fuerza que no esperaba. Empezó en el punto exacto donde mis dedos presionaban y se extendió como una descarga eléctrica por el vientre, los muslos, la espalda. Arqueé la espalda hasta levantar el culo de la cama y apreté los dientes mientras mis músculos internos se contraían alrededor de mis dedos en oleadas que parecían no terminar. Una, dos, tres, cuatro, cinco contracciones largas que me empaparon la mano entera, que me hicieron escupir un chorro tibio que mojó la sábana hasta la altura de las rodillas. Me corrí gimiendo bajito contra la almohada, sintiendo cómo el coño me seguía latiendo aún después de sacar los dedos, vacío y palpitante, pidiendo más.
En los auriculares, Andrés también llegaba al clímax. Su gemido ronco se mezcló con los últimos espasmos de mi cuerpo, como si todavía estuviéramos sincronizados a pesar de la distancia, del tiempo, de todo lo que ya se había roto entre nosotros.
Cuando abrí los ojos, el video seguía corriendo en silencio. La pantalla mostraba su habitación vacía, las sábanas revueltas con una mancha húmeda en el centro, la luz del televisor parpadeando sobre nadie. Mis manos temblaban. Mi cuerpo entero temblaba. Tenía los dedos pegajosos hasta el segundo nudillo y el muslo derecho me brillaba bajo la luz del teléfono.
Me quité los auriculares despacio, como si fueran algo frágil. Bloqueé el teléfono y lo dejé boca abajo sobre la mesita de noche. El silencio de mi cuarto me envolvió de golpe, y con él vino una mezcla extraña de satisfacción y melancolía que no supe cómo nombrar. Me chupé los dedos uno por uno antes de bajar la mano y limpiarla en el borde de la sábana.
***
Andrés se fue dos meses después. Una oferta de trabajo en otra ciudad, una conversación difícil en un café que olía a pan recién hecho, una despedida que ninguno de los dos quiso alargar. No hubo drama. Solo la certeza tranquila de que algunas cosas terminan no porque dejen de importar, sino porque la vida las empuja hacia lados distintos.
Borré el video una semana después de que se fue. No por rencor ni por tristeza, sino porque sentí que era lo correcto. Que guardarlo sería aferrarme a algo que ya no me pertenecía.
Pero a veces, en noches como aquella, todavía puedo verlo con los ojos cerrados. Cada detalle, cada sonido, cada sombra azulada sobre nuestra piel. Cada gemido, cada nalgada, cada chorro de corrida sobre mi vientre. No necesito la pantalla. La película sigue reproduciéndose en algún rincón de mi memoria, intacta, perfecta en su imperfección.
Y me pregunto si él, en su departamento nuevo, en su ciudad nueva, también tiene noches así. Noches en las que el insomnio le trae de vuelta aquella tarde de domingo, aquella cámara apoyada contra los libros, aquella versión de nosotros que ya no existe pero que, de alguna manera, sigue siendo la más real. Me pregunto si se hace la paja pensando en mi boca alrededor de su polla, igual que yo me corro pensando en la suya entrando en mi coño. Probablemente sí. Probablemente los dos seguimos siendo, en algún lado de nosotros, esos dos cuerpos sudados de aquella tarde, follando para siempre frente a una cámara que ya nadie va a mirar.