Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Ocho años mirándolo sin que me viera como quería

La villa de Ibiza pertenecía a la familia de Cristina Bou, una herencia de sus padres valorada en varios millones que ella trataba como si fuera el escenario personal de su vida entera. Esa noche de agosto, la piscina desbordaba de gente: chicos de Barcelona, chicas de Madrid, algún italiano con yate propio y varios europeos que nadie sabía muy bien de dónde venían pero que traían bolsillos profundos y ganas de hacer el cabrón hasta el amanecer. Las luces del agua la teñían de azul y verde. El aire olía a sal, a tabaco rubio y al perfume de alguien que estaba siempre demasiado cerca.

Sofía Aranda tenía veintitrés años y llevaba casi una hora sentada en el mismo sitio sin moverse, con un mojito tibio en la mano que no había terminado. Bikini negro, pelo oscuro recogido con descuido, cara bonita que varios tíos habían mirado esa noche sin que ella se enterara porque sus ojos no se apartaban de él.

Marcos Izquierdo. Veintiséis años, barcelonés, criado en el Eixample y educado en el internado San Ramón, donde se conocieron los dos cuando ella tenía quince y él diecisiete. Estaba tumbado en una hamaca al otro lado de la piscina, con la camisa de lino abierta hasta el ombligo, un vaso de gin en la mano y esa manera suya de reír que hacía que todo el mundo se girara a mirarlo. Moreno, con esa sonrisa que prometía cosas que nunca se decían en voz alta, y unos ojos color avellana que Sofía había soñado demasiadas veces.

Era gay. Abiertamente, completamente, sin ninguna duda. Desde los dieciséis. Y ella era su mejor amiga. Ocho años siéndolo. Ocho años de confidencias en voz baja, de noches en las que él le contaba sus historias mientras ella asentía y preguntaba y se iba después a casa a masturbarse con rabia y con culpa.

—¿Seguro que estás bien? —preguntó Diego Reina, sentándose a su lado en el bordillo de la piscina. Diego era amigo de los dos desde el internado: el tipo que siempre tenía algo irónico que decir y que era, en realidad, mucho más sensible de lo que aparentaba.

—Perfectamente —mintió Sofía.

Diego la miró de la forma en que te mira alguien que te conoce demasiado bien.

—Te estás comiendo con los ojos a Marcos otra vez.

Ella no contestó.

—Sofía. Han pasado ocho años.

—Ya lo sé.

—Y él es…

—Ya lo sé, Diego. Ya lo sé.

Él no dijo nada más. Le puso una mano en el hombro durante un segundo y luego se levantó a buscar otra copa. Sofía se quedó sola, mirando cómo Marcos se reía de algo que le decía Karim, un marroquí que él había conocido en un festival el año anterior y que ahora formaba parte del grupo habitual. Karim le susurró algo al oído y Marcos soltó esa risa baja, casi privada, que Sofía reconocería en cualquier parte del mundo.

***

Fue la historia del sanitario lo que la rompió del todo.

Karim había pedido que Marcos contara algo, cualquier cosa, con esa curiosidad malsana que tenía para las vidas ajenas. Y Marcos había accedido, como siempre, con esa facilidad suya para hablar de sexo como si fuera lo más natural del mundo. El tío se llamaba Rubén, veinticinco años, trabajaba en el puerto, espalda ancha, manos enormes. Lo había conocido en una aplicación y habían quedado en su piso del barrio de Gracia. Marcos describió cada detalle con una precisión que no dejaba nada a la imaginación: la lengua, las manos, la posición exacta, el ruido de los muebles contra la pared.

Sofía apretó el vaso hasta que le dolieron los nudillos.

Ocho años. Ocho años escuchando esto. Ocho años siendo la chica de al lado.

Se levantó sin decirle nada a nadie. Cogió las llaves del coche de Cristina que estaban en el cuenco de la entrada, una costumbre que tenían entre todos de viejo, y condujo sin rumbo por las carreteras del interior de la isla, sin saber muy bien adónde iba hasta que vio las luces.

Una masía restaurada detrás de un muro de piedra seca. Música baja que salía de dentro. Dos hombres en la puerta miraron su teléfono durante dos segundos sin pedirle nada más y la dejaron pasar.

Dentro había poca luz y muchos cuerpos. Olía a velas y a algo más difícil de identificar, algo dulce y oscuro al mismo tiempo. No era el tipo de fiesta que Sofía había imaginado desde fuera: no había escándalo ni voces altas, todo era lento y deliberado, como si cada persona que estaba allí supiera exactamente por qué había ido.

Y entonces lo vio a él.

No supo cómo se llamaba hasta que él se lo dijo. Alto, serio, traje negro sin corbata, piel aceitunada, ojos que parecían calcular todo con una precisión que incomodaba un poco. Se acercó a Sofía sin que ella lo hubiera invitado y se quedó a su lado en silencio durante un momento, mirando la sala.

—Llevas mucho tiempo queriéndolo —dijo al final. No como pregunta.

Sofía lo miró.

—No te conozco.

—No. —Él tampoco la miró a ella—. Pero conozco esa cara. La cara de alguien que lleva años deseando algo que el mundo le dice que no puede tener.

Ella no respondió, pero tampoco se fue.

El hombre se llamaba Zoran. Le ofreció una copa que ella no había pedido y la llevó a una salita lateral, más tranquila, donde había un sofá de cuero oscuro y una lámpara de pie que daba una luz amarilla y cálida.

—¿Qué querrías? —preguntó Zoran, mirándola ahora directamente—. Si pudieras tener cualquier cosa esta noche.

Sofía pensó que era el tipo de pregunta que hace alguien que intenta ligar con un rodeo. Pero algo en la forma en que lo dijo hizo que respondiera con honestidad.

—Quiero ser el hombre que él desea. Quiero que me mire como mira a los demás.

Zoran asintió como si eso fuera lo más razonable que hubiera escuchado en toda la noche. Sacó del bolsillo interior de la chaqueta un pequeño frasco de vidrio oscuro, del tamaño del pulgar. Dentro había un líquido casi negro, denso, que se movía con demasiada lentitud para ser agua.

—Una sola gota —dijo—. Te dará exactamente lo que pides. Pero tendrás que decidir, antes de que amanezca, qué parte de ti quieres conservar.

Sofía pensó que era una locura. Que Zoran era un farsante o un loco o las dos cosas. Pensó en levantarse y marcharse.

Luego pensó en Marcos riéndose con Karim. En la historia del tío del puerto. En ocho años.

Cogió el frasco.

***

El dolor llegó primero como calor. Empezó en el centro del pecho y se expandió hacia los brazos, las piernas, la cara. Sofía tuvo que apoyarse en la pared para no caer. Sintió su propio cuerpo reordenándose desde adentro con una precisión que no era humana: los hombros se ensancharon con un crujido sordo, el pecho se aplanó y se endureció, los músculos de los brazos y los muslos se densificaron bajo su propia piel. Su cintura se tensó, sus caderas perdieron la curva que habían tenido siempre.

Y entre sus piernas, algo completamente nuevo empezó a existir.

Cuando el dolor se fue, Erik se miró en el espejo del baño de esa salita. La cara era diferente pero no del todo irreconocible: la misma nariz, los mismos pómulos, pero todo más afilado, más anguloso. El pelo seguía siendo oscuro pero más corto ahora, cayéndole sobre la frente. Los ojos seguían siendo los mismos. Los ojos de Sofía, dentro de un cuerpo que no reconocía del todo pero que sentía, con una extrañeza que no era desagradable, como propio.

Esto soy yo.

No fue un pensamiento de miedo. Fue casi de reconocimiento.

Se puso la ropa que Zoran había dejado doblada en la silla —pantalón negro, camiseta oscura— y volvió a la villa.

***

Marcos estaba solo en la terraza del piso superior cuando Erik subió las escaleras. Apoyado en la barandilla de piedra, miraba el mar negro y el horizonte donde las luces de algún barco parpadeaban a lo lejos. Tenía la camisa abierta y sostenía el vaso de gin ya casi vacío. No se giró cuando escuchó los pasos.

—¿Quién anda ahí? —preguntó sin moverse.

—Alguien que llevas mucho tiempo esperando —dijo Erik.

Marcos se giró. Miró a Erik con esa atención calmada que tenía para todo, sin prisa, evaluando. Luego sonrió lentamente.

—No creo que nos hayamos presentado.

—No hace falta.

Erik se acercó. No dejó espacio para la duda: una mano en la nuca de Marcos, directa, firme, y la boca sobre la suya antes de que él pudiera decir nada más. Marcos tardó un segundo en responder, el tiempo justo de sorprenderse, y luego respondió con una intensidad que a Erik le temblaron las rodillas.

—Dios —murmuró Marcos contra su boca—. ¿Dónde estabas?

No respondió. Lo empujó suavemente hacia la pared, sin brusquedad pero sin timidez, y le bajó el bañador con las dos manos. Marcos dejó que lo hiciera. Erik se arrodilló en el suelo de piedra de la terraza, bajo el cielo abierto y las estrellas, y lo tomó en la boca despacio, con toda la atención del mundo.

Marcos exhaló un sonido largo y ronco que no era una palabra.

Erik no tenía experiencia en esto. Pero tenía ocho años de imaginación y una memoria perfecta de cada historia que Marcos le había contado. Sabía, sin que nadie se lo hubiera enseñado, lo que Marcos necesitaba: paciencia primero, luego profundidad, luego la presión exacta en el momento exacto. Marcos le puso las manos en el pelo con cuidado, como quien no quiere romper algo que acaba de encontrar.

—Para —dijo Marcos al cabo de un rato, con la voz ronca—. Para, que si seguimos así termino antes de querer.

Erik se levantó. Marcos le cogió la cara con las dos manos y lo miró a los ojos durante un segundo largo, con esa intensidad que Sofía había soñado tantas veces.

—¿Qué quieres? —preguntó Marcos.

—Todo —dijo Erik.

Marcos sonrió. Lo giró con suavidad y lo colocó contra la barandilla, pegado a su espalda, con el mar abajo y el cielo arriba. Sus manos recorrieron el cuerpo de Erik con una calma que era lo contrario de la urgencia, como si tuviera toda la noche y supiera exactamente cómo usarla. Le preguntó en voz baja si estaba seguro.

Erik dijo que sí con una firmeza que no dejaba dudas.

Lo que vino después fue lento al principio y brutal después, de la mejor manera posible. Erik apretó la barandilla con los dos puños y dejó que Marcos lo abriera centímetro a centímetro, sintiendo cada momento como algo que no tenía equivalente en ninguna experiencia anterior. El dolor era real y lo era también el placer, mezclados de una forma que no se podía separar ni se quería separar. Golpes que empezaron lentos y profundos y que fueron ganando fuerza hasta que la piedra de la terraza temblaba un poco bajo sus pies.

—No pares —dijo Erik entre dientes—. No pares.

Marcos no paró. Le mordió el cuello, le habló al oído con palabras que Erik no iba a olvidar nunca. Cada embestida llegaba hasta el fondo y le dejaba sin aliento durante un segundo antes de retirarse y volver. El ruido del mar abajo, la música lejana desde el piso inferior, la brisa cálida de agosto sobre la piel sudada.

Cuando llegaron al final, juntos y sin ningún decoro, Erik sintió que algo dentro de él se cerraba por primera vez en ocho años. No un vacío que se llenaba. Algo más parecido a una deuda que se saldaba. Una cuenta larga y silenciosa que nadie más sabía que existía.

***

Después estuvieron un rato en silencio, apoyados en la misma barandilla, mirando el mar. Marcos encendió un cigarrillo aunque hacía tiempo que había dejado de fumar. Lo compartieron sin decir nada.

—No sé cómo te llamas —dijo Marcos al final.

—Erik.

—Erik. —Lo repitió como si lo probara—. ¿Y de dónde vienes?

De ocho años de esperar. De un frasco oscuro en la mano de un desconocido. De un cuerpo que era mío y que yo no sabía que era mío.

—De lejos —dijo Erik—. Pero ya no tengo prisa.

Marcos lo miró de lado con esa media sonrisa que Sofía había amado siempre, la misma que ahora Erik reconocía desde un lugar diferente, más cerca, más suyo.

—Bien —dijo Marcos—. Yo tampoco.

Abajo, en la piscina, Diego levantó la vista un momento hacia la terraza oscura y le pareció que había dos siluetas allí arriba, muy juntas. Pensó en Sofía y luego pensó que se lo estaba imaginando. Volvió a su copa.

Erik apoyó la cabeza en el hombro de Marcos y miró el horizonte. En algún lugar de su interior, muy al fondo, Sofía también miraba. Y por primera vez en ocho años, no sentía que le faltaba nada.

Aunque sabía, con esa certeza que no se puede ignorar, que antes de que amaneciera tendría que elegir quién seguiría mirando desde ahí adentro. Y que esa decisión iba a costarle algo que todavía no podía calcular.

Valora este relato

Comentarios (7)

NoraCba_lect

Dios mio, 8 años... eso es mucho tiempo cargando con algo así. Me llegó al corazón.

lectorsombra

Excelente relato, de los mejores que lei en esta categoria. Sigue publicando!

CarlosM77

Queremos segunda parte!! No podes dejarnos asi jaja

LunaVerde22

Me quede sin palabras. Rara vez un relato me hace sentir tanto sin ser explicito. Muy bien escrito.

AnaSol72

La parte del silencio de 8 años me mato... eso es real, eso lo conoce cualquiera que haya querido a alguien que no podia corresponder

martin_rr

Tremendo!! No esperaba ese giro, me engancho desde el principio

Alfonso24

se hizo corto, quiero mas :)

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.