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Relatos Ardientes

El día que fui a la oficina sin ropa interior

Ese martes comenzó de una manera que difícilmente podría describir sin sonrojarme. No me sonrojaré.

Me desperté antes del despertador, con esa sensación cálida y persistente entre las piernas que solo aparece cuando el cuerpo ha soñado algo que la mente ya olvidó. No recuerdo qué estaba soñando exactamente. Solo sé que cuando abrí los ojos, la sábana estaba demasiado caliente y yo sentía una necesidad imperiosa de tocarme ahí mismo, en ese instante, antes de hacer cualquier otra cosa. La palma de mi mano se deslizó por mi vientre casi sin que yo lo ordenara.

Me detuve.

Decidí que no. Que iba a dejarlo crecer durante todo el día. Que iba a ver hasta dónde llegaba.

Es un juego que me hago a mí misma a veces: postergar. Dejar que la excitación se acumule como agua detrás de una represa. Saber que al final del día voy a explotar y disfrutar de la espera. La anticipación tiene su propio placer, más difuso y constante que el clímax mismo. Me levanto, me ducho, desayuno, salgo al mundo, y todo ese tiempo llevo conmigo una urgencia silenciosa que nadie puede ver.

Ese martes decidí llevarlo más lejos que de costumbre.

Me levanté, me duché con agua fría y, mientras me secaba frente al espejo del baño, empecé a pensar en qué ponerme.

***

Tenía claro que no iba a usar ropa interior.

No es algo que haga todos los días. De hecho, casi nunca. Pero ese martes específico, con esa humedad pegada entre las piernas y ese zumbido sordo que no cedía, me pareció la decisión natural. Como si mi cuerpo lo hubiera decidido antes que yo.

Abrí el armario y busqué los pantalones que más me ajustan: unos negros de tela gruesa, con la cintura alta, que me cierran en la cadera y me aprietan ligeramente en el muslo. No incómodos. Solo presentes. Esa clase de prenda que te recuerda constantemente que la llevas puesta, que no te deja olvidarlo ni un momento.

Los deslicé por las piernas sin bragas debajo y me los abroché. La tela tocó directamente mi piel, sin mediación. Sentí el contraste entre el exterior áspero del pantalón y esa zona interior mía que seguía sensible desde el amanecer. Respiré despacio.

Por arriba elegí una blusa de satén azul oscuro, sin estampado, con un escote en V que yo misma podía regular desabrochando el botón superior. Me la puse con sujetador porque eso sí lo necesitaba para la oficina, para mantener la apariencia. Para que nadie pudiera sospechar que bajo esa fachada ordenada y profesional, yo llevaba absolutamente nada entre el pantalón y mi propio calor.

Me miré al espejo. Parecía una mujer normal a punto de ir a trabajar. Con la agenda en la mano, el café en un termo, los auriculares en el bolso.

Nadie va a saberlo, pensé.

Y salí.

***

El trayecto al trabajo dura aproximadamente veinte minutos a pie. Suelo hacerlo escuchando música, con el piloto automático puesto, pensando en lo que me espera cuando llegue. Ese martes no pude pensar en otra cosa.

Cada paso activaba algo. La fricción era mínima, casi imperceptible si te descuidas, pero yo no me descuidé en ningún momento. Estaba completamente atenta. Sentía el movimiento de mis piernas contra la tela, la leve presión cuando aceleraba el paso, el peso del pantalón asentándose sobre mi pelvis en cada zancada.

Crucé un semáforo esperando que cambiara de color y en esos treinta segundos de quietud pensé en lo que me esperaba: ocho horas de reuniones, informes, llamadas, correos electrónicos. Todo lo habitual. Y debajo de todo eso, esto. Solo mío.

Qué día tan largo me espera, pensé. Qué bien.

***

En la oficina todo era como siempre.

Mi compañera Valentina me saludó desde su escritorio con un gesto de la mano y siguió mirando su pantalla. El jefe de área pasó por el pasillo con una carpeta bajo el brazo y asintió en mi dirección. El chico nuevo del departamento de logística, cuyo nombre todavía no había logrado retener, me sostuvo la puerta del ascensor.

—Gracias —dije.

—De nada.

Y eso fue todo. Conversación normal. Mundo normal. Yo completamente fuera de lo normal, aunque nadie lo supiera.

Me senté en mi silla y encendí el ordenador. La reunión de las diez empezaba en cuarenta minutos. Tenía que revisar tres informes antes. Abrí el primero y empecé a leer, pero mi atención se desviaba constantemente hacia una sola cosa: la presión del pantalón contra mí cada vez que me movía en la silla, cuando cruzaba o descruzaba las piernas, cuando me inclinaba hacia adelante para acercarme a la pantalla.

Era constante. Suave. Absolutamente imposible de ignorar.

Al cabo de diez minutos me di cuenta de que estaba más mojada que cuando salí de casa. Eso no era inusual en sí mismo. Lo inusual era notarlo con tanta claridad, sin la mediación de ninguna tela que lo absorbiera o lo borrara. El cuerpo haciendo exactamente lo que haría cualquier día, pero esta vez sin nada que lo ocultara.

Bien, pensé. Así es como debería ser siempre.

***

La reunión de las diez duró hora y media.

Me senté en la silla plegable junto a la ventana porque todas las demás estaban ocupadas cuando llegué. Tenía el cuaderno sobre las rodillas y el bolígrafo en la mano. Asentía cuando era necesario, tomaba notas, hacía preguntas en los momentos precisos. Nadie habría dicho que había algo fuera de lo ordinario en mí.

Pero cuando el jefe de área proyectó los datos del trimestre y toda la sala se giró hacia la pantalla, yo aproveché ese instante de indiferencia colectiva para cruzar los muslos con más fuerza que de costumbre. Solo un segundo. Solo para sentir.

Fue suficiente para que tuviera que contener la respiración.

Anoté algo en el cuaderno que no tenía nada que ver con el presupuesto trimestral.

***

A las doce y media fui a la cocina a calentar la comida que había traído de casa.

Estaba sola. El microondas marcaba los segundos con ese pitido lento y monótono, y yo estaba de pie apoyada en la encimera, mirando girar el táper sin ver nada en realidad. Pensando. Sintiendo el peso de mi propio estado acumulado, ese calor que no había disminuido en absoluto desde la mañana, que si acaso había ido en aumento con cada hora que pasaba.

Me pregunté si se notaría algo en mi cara. Si había alguna señal externa que yo no pudiera controlar: algún rubor, alguna tensión en la mandíbula o en los hombros. Me pregunté si Valentina, que llevaba varios años sentada frente a mí, habría intuido algo.

Decidí que no. Que era imposible.

Y sin embargo, la idea de que tal vez sí, de que tal vez alguien en esa oficina sospechara algo, me generó una nueva oleada de excitación que tuve que disimular apretando los puños sobre la encimera.

El microondas pitó. Saqué el táper y me fui a comer a mi mesa.

***

La tarde fue más dura que la mañana.

No en el sentido de que las tareas fueran más complicadas. Fue más dura porque el estado físico en el que me encontraba ya no era simplemente placentero, ya era urgente. Habían pasado seis horas desde que me levanté de la cama y lo que en la mañana era una sensación difusa se había ido concentrando, precisando, convirtiéndose en algo muy concreto que pedía atención.

Fui al baño a las tres y a las cinco. No para tocarme. Solo para respirar. Para ver en el espejo si seguía pareciendo normal. Para tomar distancia de la pantalla del ordenador, de las hojas de cálculo, de las conversaciones que transcurrían completamente ajenas a lo que yo estaba viviendo en paralelo.

En el espejo del baño me miré durante un momento más largo de lo habitual. Seguía pareciendo una mujer normal. Pelo recogido, blusa azul, carmín que ya casi no se notaba. Ojos brillantes, quizás. Las mejillas un poco más rosadas de lo habitual. Nada que nadie fuera a comentar.

Aguanta, me dije. Ya casi.

***

Salí a las seis y cuarto con el bolso al hombro y los auriculares puestos pero sin música. Solo quería escuchar la calle, el ruido del tráfico, los pasos de la gente. El mundo exterior que seguía su curso completamente ajeno a lo que yo llevaba encima. O mejor dicho, a lo que no llevaba.

La parada del metro estaba a tres minutos. El andén estaba lleno porque era la hora punta y el tren anterior había tardado más de lo previsto. Me metí entre la gente sin buscar un hueco concreto, simplemente dejando que la corriente me llevara hacia el interior del vagón cuando las puertas se abrieron.

El vagón iba lleno.

Me agarré a la barra central con una mano y busqué un sitio donde los pies tuvieran espacio. Lo encontré, aunque no con mucha holgura. A mi derecha había un hombre con maletín que miraba el teléfono. A mi izquierda, dos chicas hablando entre ellas en voz baja. Delante de mí, un chico joven con mochila que miraba hacia otro lado.

Nadie me prestaba la menor atención.

Saqué el teléfono con la mano libre y fingí revisar los mensajes. Lo que realmente estaba haciendo era calibrar el estado de mi cuerpo, que en ese momento, de pie en el metro lleno, levemente apretada por los cuerpos de los demás, había alcanzado un nivel que ya era casi insostenible. Todo el día acumulado en ese punto, sin salida todavía.

Cada frenada del tren me hacía adelantar el peso sobre un pie, y ese pequeño desequilibrio, esa mínima variación en la presión, era suficiente para que tuviera que controlar la respiración conscientemente. Lo hacía en silencio. Nadie sabía nada.

Desabroché el botón superior de la blusa. Solo ese. Lo hice sin dramatismo, como si sintiera calor, porque efectivamente sentía calor. El escote se abrió un par de centímetros. La tela de satén rozó ligeramente la parte superior de mi pecho.

Nadie se fijó.

O quizás alguien sí se fijó.

Esa ambigüedad, esa imposibilidad de saberlo con certeza, me produjo algo más intenso que cualquier cosa que hubiera sentido durante toda la jornada. Estaba en público. Rodeada de desconocidos. Completamente anónima. Y sin embargo completamente expuesta, aunque nadie pudiera verlo realmente.

En la curva antes de la penúltima parada, el tren se inclinó hacia la derecha y todos los pasajeros de pie se compactaron ligeramente. Sentí el hombro del hombre del maletín rozar el mío, y la mochila del chico de delante empujó suavemente mi costado. Fue un contacto breve, completamente involuntario, completamente inocente.

Mi cuerpo respondió como si no lo fuera.

Tuve que mirar hacia la ventana oscura del túnel para no hacer ningún sonido. En el cristal podía ver mi propio reflejo borroso: una mujer de pie en el metro, sujetando una barra, con la blusa ligeramente más abierta que cuando entró, con los ojos demasiado brillantes, con los labios apenas entreabiertos.

Qué bien me lo he pasado hoy, pensé.

***

Bajé en mi parada, subí las escaleras, crucé los dos semáforos de siempre, giré en la esquina de siempre.

La puerta de mi edificio. El ascensor. Mi piso.

Entré, dejé el bolso en la entrada, las llaves en el gancho. Me quité los zapatos. Caminé descalza hasta el dormitorio y me senté en el borde de la cama.

No me quité nada todavía.

Me quedé así un momento, sentada en silencio, con el pantalón puesto, sintiendo ese peso familiar y urgente que había llevado conmigo durante todo el día. Lo había construido hora por hora, reunión por reunión, paso por paso, desde el amanecer. Era completamente mío. Nadie me lo había dado. Yo lo había cultivado con paciencia, con deliberación, con la satisfacción de quien sabe exactamente lo que está haciendo.

Me tumbé.

Y me tomé el tiempo que me apetecía.

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Comentarios (7)

Laura_pba

jajajaja me mato!! quiero saber si alguien en la oficina se dio cuenta algo 😂

NocheReader22

Esa tension de cargar ese secreto todo el dia laboral... genial. Se siente muy real como lo contas

Marcos_Cba

Fantasias cotidianas como esta son las mejores, mas cercanas a lo real. Muy bueno!

Mirtha_leo

Me recordo a algo que hize una vez, diferente pero con ese mismo nervio en el cuerpo todo el tiempo jeje. Muy bien contado

SilencioK

se hizo cortisimo nooo, quiero la segunda parte!!

VeroBA

Que malo que me fue leyendo esto en el trabajo, literalmente no podia concentrarme jaja. Tremendo

viajero_nocturno

Lo que mas me gusto es como transmitis esa sensacion de saber algo que los demas no saben. Eso es lo que lo hace especial

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