Dos reinas en la arena y el duelo que ardió en deseo
Dos cuerpos brillantes de aceite, un círculo de hombres mirando y una pregunta sin respuesta: ¿iban a pelear por la atención o a repartírsela como cómplices?
Dos cuerpos brillantes de aceite, un círculo de hombres mirando y una pregunta sin respuesta: ¿iban a pelear por la atención o a repartírsela como cómplices?
Detrás de cada antifaz había una invitación que nadie se atrevía a decir en voz alta, y esa noche decidiste aceptarla sin pedirme permiso.
Pensé que el ruido entre las cajas eran ratas. Era ella, agazapada en la oscuridad, y en cuanto olió mi miedo supe que esa noche no volvería a casa siendo el mismo.
Abrió la puerta sin mirar por la mirilla y reconoció esa sonrisa de mil pantallas. Su vecina era ella. Y acababa de pedirle un favor de lo más inocente.
Sabía que esa blusa lo pondría nervioso. Lo que no imaginé es hasta dónde estaría dispuesta a llevarlo aquella tarde, con el departamento vacío y la puerta cerrada.
Desde la muerte de Tomás abracé mi lujuria sin freno, pero el paquete envuelto en terciopelo negro que llegó esa noche escondía algo que mis fantasías nunca imaginaron.
Adoro la siesta cuando estoy sola en casa. Hoy el fresco de la tormenta me erizó la piel y, sin darme cuenta, solo podía pensar en cómo me mirarías tú.
A los treinta años no me había besado nadie. La noche que espié a mi compañero por la rendija de su puerta, algo dentro de mí despertó por fin.
Su mensaje llegó antes que el café: «¿Qué me harías?». Y yo, desnudo y a medio despertar, supe que esa pregunta me iba a costar la mañana entera.
Marcos lo tenía todo preparado. A mí solo me dijo que me pusiera el vestido gris y llegara puntual a la sala de exposiciones.
La noche que vi salir a esa chica del cuarto de la hermana Graciela, debí haber seguido caminando. En cambio, me quedé. Y eso lo cambió todo.
Llevaba meses con esta doble vida, y esa semana era solo mía. Hasta que la puerta del club se abrió y vi entrar al último hombre que debía verme.
Hace tres años acepté la solicitud de un desconocido que escribe poesía erótica. Desde entonces, cada noche, leo sus palabras a oscuras y no le he escrito nunca.
Cuando entendí que ella lo había visto todo, lo primero que sentí no fue vergüenza sino algo mucho más difícil de controlar.
Me prometí esperar. Que cuanto más me lo negara, más intenso sería. Pero el cuerpo tiene sus propias razones y esa noche no estaba dispuesto a ceder.
Éramos los mejores amigos desde el colegio. Nadie habría sospechado lo que hacíamos a solas cuando sus padres se iban de casa.
No supe quiénes eran ni cuántos. No podía verlos ni tocarlos. Solo sentirlos. Y eso era exactamente lo que Rodrigo había planeado desde que se lo conté.