La noche que el bosque fue testigo de mi secreto
Hay excursiones que uno da por sentadas. Esta era una de esas: tres días en la sierra con un grupo de alumnos de ecología y agronomía, tomar muestras, registrar fauna, levantar un campamento sin más pretensiones que cumplir con las horas prácticas del semestre. El autobús estaba a veinte minutos y nadie iba a pasar frío de verdad. Una salida de campo de manual.
Me llamo Valeria y por aquel entonces tenía veintitrés años y cursaba tercer año. Me vestí con lo que correspondía: pantalón cargo color oliva, camisa de lino crema, chaleco con muchos bolsillos y las botas de media caña que reservaba para estas ocasiones. También llevaba una pernera de tela atada al muslo derecho, donde guardaba lo imprescindible: encendedor, linterna pequeña, toallitas húmedas, protección femenina y, en teoría, bálsamo labial para el frío de la sierra.
En teoría.
Fui cuidadosa en las preparaciones. Acababa de terminar mi período esa semana, así que decidí no depilarme en la zona íntima. Una compañera que había hecho varias salidas de campo me lo había recomendado: cuando sabes que vas a orinar al aire libre en terreno difícil, menos superficie expuesta significa menos incomodidad. Es un truco práctico que pocas chicas admiten conocer aunque la mayoría lo aplica.
La primera jornada fue exactamente lo que esperaba. Divididos en grupos, los de ecología tomaron muestras de suelo y colocaron cámaras trampa junto al arroyo y entre los robles. Los de agronomía, entre los que me contaba yo, recogimos datos de cobertura vegetal y registramos huellas de mamíferos medianos en el barro de la orilla. Un trabajo de campo normal y corriente.
Al atardecer levantamos el campamento. Las tiendas, la hoguera comunitaria, el olor a madera quemada mezclado con el de los pinos. Y, como era previsible en cualquier salida universitaria, el alcohol apareció sin que nadie lo convocase de manera oficial. El profesor responsable lo vio, optó por no intervenir y se retiró a la cabaña de guardabosques con la advertencia de que no quería escándalos.
Nadie montó ningún escándalo. O no el tipo de escándalo que él imaginaba.
Tomé un par de copas. Quizá tres. El frío de la sierra baja de golpe cuando cae la noche y el vino barato que alguien había metido en la mochila es un argumento convincente cuando llevas horas caminando. Me puse a conversar junto a la hoguera, y en algún momento la vejiga empezó a reclamar atención.
Fui a buscar la linterna a la tienda. La luna estaba alta y casi llena, lo bastante para orientarse entre los árboles sin necesitar luz artificial, así que la dejé en el bolsillo exterior de la mochila y salí sola.
Caminé hacia el arroyo. Lo había visto por la tarde y recordaba que había una piedra grande en la orilla que serviría como paravientos natural. El sonido del agua se oía antes de verla. Las luciérnagas aparecieron casi de inmediato, destellando entre los helechos en las zonas donde el terreno estaba más húmedo. Me quedé un momento parada, mirándolas. Son escasas hoy en día. Verlas en esa cantidad resultaba extraño, como si el bosque guardase algo que el resto del mundo había perdido.
Me agaché junto a la piedra y oriné. El alivio fue inmediato y notable, como siempre después de aguantar más de lo que debería. Cuando terminé, busqué las toallitas en la pernera, palpando en el orden habitual: encendedor, linterna, toallitas.
La mano no las encontró.
Me levanté con el pantalón todavía a medio subir para poder abrir mejor la pernera con ambas manos y mirar dentro con la poca luz disponible. El encendedor, la linterna, el envase de protección femenina. Y un cilindro pequeño de plástico metalizado que supuse que era mi bálsamo labial hasta que lo saqué y lo sostuve frente a la luna.
No era mi bálsamo labial.
Era mi vibrador. El pequeño, el que compré después de que una amiga me dijera que esos que venden disfrazados de cosméticos son lo mejor cuando viajas y no quieres dar explicaciones. Lo había guardado en el cajón de la mesilla. O eso creía. Al parecer, en alguna de las noches de la semana anterior lo había sacado, y al empacar para la excursión lo confundí con el bálsamo porque los dos tienen exactamente el mismo tamaño y el mismo acabado dorado.
Me quedé un momento mirándolo en la palma de la mano, con el trasero literalmente al aire, junto a un arroyo en el centro de un bosque, con las luciérnagas haciendo su espectáculo a tres metros de donde estaba.
¿Por qué no?
No había nadie. El campamento quedaba a suficiente distancia como para que el ruido de la hoguera y las conversaciones cubrieran cualquier cosa que pudiera salir de entre los árboles. La luna daba una luz suave y fría, el tipo de luz que aplana los contornos y hace que todo parezca existir un poco fuera de la realidad.
Me senté sobre la piedra grande. La superficie estaba fría a través de la tela, y ese contraste me despertó algo.
Encendí el vibrador. El zumbido era discreto, apenas audible por encima del agua del arroyo. Me lo pasé por encima de la blusa, sobre el esternón, y la vibración llegaba amortiguada. Así no valía. Me quité el chaleco, lo doblé sobre la piedra, y saqué el sujetador por debajo de la blusa sin necesidad de quitarme nada más, uno de esos movimientos automáticos que todas las mujeres hacemos sin recordar cuándo lo aprendimos.
Me puse la punta del vibrador sobre el pezón izquierdo. Estaba duro por el frío antes incluso de tocarlo, y cuando el zumbido lo alcanzó, la corriente subió directa al estómago.
Cerré los ojos un momento. La piedra debajo de mí, el frío del aire en la espalda, el ruido del agua, el olor a tierra húmeda y a pino. Me sentía fuera del tiempo. No era una alumna de tercero con un trabajo de campo por entregar. Era simplemente un cuerpo en el bosque, respondiendo a lo que el bosque le provocaba.
Fui despacio. No tenía prisa. Pasé el vibrador de un pecho al otro, variando la presión, alejándolo un centímetro y volviendo a acercarlo para dejar que la anticipación hiciera parte del trabajo. Mis dedos libres recorrían la tela de la blusa hacia abajo, rozando el borde del pantalón.
Separé las piernas. El frío del aire entró de golpe, y ese contraste con el calor que ya había empezado a acumularse fue casi violento. Metí la mano entre mis muslos y me toqué sobre la tela. Estaba mojada. No solo por lo que había ocurrido cinco minutos antes, sino por una humedad diferente, más espesa, que no tenía nada que ver con el arroyo.
Me bajé el pantalón hasta las rodillas. La luna me iluminaba de lleno. Deslicé los dedos entre mis labios con cuidado. El vello que normalmente no estaba ahí cambiaba la textura, hacía que cada movimiento fuera más consciente, más deliberado. Tiré de él levemente, experimentando. Recordé por qué mi ex tenía esa costumbre de hacer lo mismo mientras estábamos juntos: esa mezcla de incomodidad leve y placer que te mantiene presente, que no te deja quedarte cómoda demasiado tiempo.
Acerqué el vibrador a la entrada. No podía penetrarme con algo tan pequeño de manera significativa, pero no era eso lo que buscaba. La vibración en ese punto, apenas en la entrada, era una sensación completamente distinta a cualquier otra. Tuve que apretar los dientes para no hacer ruido.
Empecé a moverlo en arcos cortos, subiendo desde ahí hasta el clítoris y volviendo, siguiendo el ritmo de mi respiración. El frío había desaparecido por completo. Solo existía ese punto de calor concentrado entre mis piernas y el zumbido sordo del vibrador y el agua del arroyo mezclados en algo que sonaba extrañamente musical.
Con la mano libre tiré del vello púbico con más fuerza. El pequeño dolor agudo me cortó la respiración. Lo hice otra vez. Mi cadera se movió sola hacia adelante.
No me había dado cuenta de que estaba tan cerca hasta que ya no había vuelta atrás. Presioné el vibrador contra el clítoris y lo mantuve ahí, sin moverlo, dejando que la vibración sola hiciera su trabajo. La tensión subió de golpe, se acumuló en algún punto entre las costillas y el estómago, y cuando rompió lo hizo en oleadas lentas que me hicieron doblar la espalda hacia atrás. Solté un sonido que no planifiqué, algo a medio camino entre un jadeo y un gemido, cortado a la mitad por la consciencia de que estaba en un bosque donde había otras personas a doscientos metros.
Hubo un pequeño squirt. Sobre las botas.
***
La realidad volvió de golpe, como siempre ocurre después. El frío llegó con ella. Me di cuenta de que llevaba varios minutos sentada con el pantalón en las rodillas sobre una piedra en el bosque con varios grados bajo la temperatura que hubiera sido sensata.
Me puse en pie. Busqué el sujetador que había dejado sobre la piedra. No lo encontré. Lo busqué durante dos minutos completos, moviendo el chaleco, mirando entre los helechos más cercanos con la linterna. Nada. Decidí que ya lo buscaría a la mañana siguiente con más luz.
Subí el pantalón, me até los cordones de las botas y volví al campamento. Me metí directamente en el saco de dormir sin hablar con nadie, y tardé bastante rato en entrar en calor. Fuera, el bosque seguía igual: el arroyo, la luna, las luciérnagas. Todo completamente indiferente a lo que acababa de pasar.
***
El ruido me despertó antes de que sonara ninguna alarma. Voces, risas, el tipo de carcajadas que no se intentan disimular porque todo el mundo da por hecho que los demás ya están despiertos.
Salí de la tienda con los ojos todavía medio cerrados. El grupo estaba reunido alrededor de un portátil que alguien había conectado a una batería externa. Revisaban las imágenes de las cámaras trampa del día anterior.
Me acerqué.
—Por fin —dijo alguien—. Creíamos que ibas a dormir hasta la hora de volver.
—¿Qué están viendo?
—Fauna nocturna —respondió otro, con una sonrisa que no tenía nada que ver con la fauna—. Muy interesante la fauna de anoche.
Alguien giró el portátil hacia mí.
Era yo. En la pantalla, iluminada por la luna, sentada sobre la piedra junto al arroyo, con las piernas separadas y el vibrador en la mano. La cámara trampa había capturado todo desde un ángulo lateral, perfectamente encuadrado. Zoom suficiente para que no hubiera lugar a ninguna duda sobre lo que estaba ocurriendo.
—Lindo labial —dijo alguien desde el fondo—. ¿De qué marca es? Le pregunto para mi pareja.
Uno de los chicos agitó algo en el aire. Mi sujetador.
—Lo encontré junto al arroyo. Por si alguien quería saberlo.
Miré hacia abajo por instinto. A través de la camiseta fina con la que había dormido, los pezones eran perfectamente visibles. Me crucé de brazos.
El profesor apareció por detrás del grupo. Miró el portátil, me miró a mí, volvió a mirar el portátil.
—Valeria —dijo en un tono completamente neutro—, creo que deberíamos hablar. Cámbiate y ven cuando estés lista.
Se llevó el portátil consigo.
La conversación que vino después fue larga. Y bastante más interesante de lo que cualquiera hubiera esperado de una charla con un profesor a primera hora de la mañana en el bosque. Pero eso es otra historia.