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Relatos Ardientes

Mi hermano me confesó lo que hizo en esa finca

Aquel lunes festivo, después de la cena, mis padres se metieron en su cuarto y mi hermano Iván me siguió al mío con la excusa de matar la noche en la consola. Los dos sabíamos que la consola era el pretexto. Lo que de verdad queríamos era cruzar lo que cada uno había vivido durante el puente largo, lejos del otro.

Empecé yo. Le conté lo del berrinche de papá con el primo de Pereira, el roce del cumpleaños, todo eso que sé que le saca una risa breve. Mientras hablaba, Iván fue acomodándose en mi cama. Primero la pierna izquierda sobre la mía, después la cabeza apoyada sobre mis muslos, el control de la consola olvidado en la sábana. Por debajo del pantalón fino de pijama se le marcaba la verga dura. Yo tampoco estaba mejor.

—Te toca —le dije cuando terminé de hablar.

Iván giró un poco la cara, miró el techo y empezó.

***

Eran cinco en la finca de Samuel. Bruno, Nicolás, Samuel, Diego e Iván. Todos por los diecinueve, todos universitarios, todos con ese mismo cansancio del semestre y esas mismas ganas de no acordarse de nada hasta el martes. La finca de los papás de Samuel era de revista: piscina amplia, jacuzzi, una zona de billar, parrilla cubierta, árboles altos que regalaban sombra hasta encima del agua.

Iván no se detuvo en describirme a Bruno. Bruno era Bruno, un chico común, ni feo ni guapo. Pero a Nicolás sí lo dibujó con detalle: piel canela, cejas marcadas, cuerpo trabajado en el gimnasio, buena pierna y un culo que se le notaba a través de cualquier pantaloneta. Samuel, el anfitrión, medía casi uno con ochenta, fuerte, pecho y abdomen marcados, dos tatuajes en el pecho derecho. Diego era de piel negra clara, alto, delgado, con el pelo trenzado y, según ya circulaba el rumor entre ellos, una verga delgada y larga.

—Pero los que me partieron la cabeza no fueron ellos —dijo Iván—. Fueron los papás de Samuel.

La mamá, Beatriz, una rubia de unos cuarenta, voluptuosa, con pechos grandes y un culote de los que cuesta ignorar. Iván me confesó que más de una vez se la había imaginado encima suyo. Pero esa tarde, por primera vez, fue al papá quien le robó la mirada. Ricardo. Cuarenta y tres años, uno con ochenta y cinco, cabeza rapada, barba negra recortada, brazos tatuados gruesos por el gimnasio, voz que retumbaba al hablar.

—Es la primera vez que lo vi como hombre —dijo mi hermano—. Y me jodió.

***

La tarde transcurrió en piscina, cervezas, reguetón, retos y bromas. Los padres entraban y salían del juego. Cuando cayó la noche, le tocó a los chicos cocinar. Diego, que tenía mano de cocinero, hizo unos espaguetis. Cenaron livianos porque más tarde Ricardo prendería la parrilla. La cerveza la cambiaron por aguardiente. Ricardo tomó el control del bafle y empezaron a sonar salsa, vallenato, popular. Iván se acomodó en la mesa de billar como pareja del padre, buscando excusa para acercarse, ganarse confianza, escuchar esa voz de cerca. Beatriz se rindió al licor antes que nadie y subió a dormir.

En algún momento de la madrugada, Iván vio que Diego salía discretamente hacia la parte trasera de la casa y se perdía entre los árboles. La curiosidad lo movió. Salió por otro lado, dio una vuelta y lo encontró fumándose un porro escondido detrás de un eucalipto.

—Marica, qué susto —dijo Diego cuando lo vio aparecer—. Pensé que era don Ricardo.

—Tranquilo. Pásame uno.

Fumaron en silencio un rato. La luna asomaba entre las ramas, las lámparas circundantes daban una luz tenue. Diego habló primero.

—Falta una hembra —dijo—. Imagínate acá, fumando, con una boca chupándote la verga.

—Esa sería —respondió Iván, jugando.

—A mí el ron me deja más caliente que un putas. Lo que coja esta noche lo parto en dos.

—Y con esa vergota tuya, no te dudo.

Diego se rió bajito, se bajó la pantaloneta sin pensarlo y dejó la verga al aire, mostrándola a la luz de la luna. Subió y bajó el prepucio con la mano libre, despacio, mientras chupaba el porro.

—Qué chimba sería tener a alguien arrodillado mientras fumo.

—Sí —dijo Iván—. Sería.

—No habrá un gay o un bisex en esta finca para que me lo chupe.

Iván se quedó callado. Diego no apartaba los ojos.

—¿En serio te lo dejarías chupar de un man? —preguntó al fin Iván.

—De un man de confianza, papi. De un pelado chimba como vos. Además, no sería la primera vez.

—No sabía esa.

—Hágale, marica. Los dos queremos.

Iván sonrió sin mover la cara, dio un paso, le agarró la verga y se hincó. Era lo que decían: larga, derecha, una vena gruesa subiendo por el tallo hasta la cabeza. Se la tragó como si llevara semanas pensando en hacerlo. Diego le sostuvo la cabeza con suavidad, sin forzar, dejándolo decidir el ritmo. Iván chupó los huevos, volvió a la verga, lo hundió hasta sentir la garganta romperse.

Y entonces se oyeron pasos y la voz de Bruno gritando sus nombres. Iván se levantó, Diego se subió la pantaloneta a la velocidad del miedo.

—Después seguimos —murmuró Diego—. No me dejes así.

***

Volvieron al sector de la piscina como si nada. Ricardo cantaba apoyado en el bafle. Preguntó por dónde andaban, Samuel respondió por todos diciendo que recorrían la finca. Iván se sentó en una tumbona pegada a la del padre y lo enganchó en charla. Hablaron de fútbol, de la universidad, de los papás de Iván. Después Ricardo derivó al tema de las mujeres, le preguntó si tenía novia, qué le gustaba, si ya conocía mujer. Iván respondió lo que tenía que responder. Lo que en realidad pensaba era cómo se vería ese hombre sin la pantaloneta azul puesta, qué pasaba debajo de esa tela.

—Caballos en la piscina —gritó Nicolás desde el agua—. El que no entra, lo lanzamos.

Se armaron tres parejas: Diego con Samuel, Bruno con Nicolás, e Iván sobre los hombros de Ricardo. Para Iván era una broma del cielo. Sentir las manos del padre sujetándole los muslos, el cuello del hombre entre las piernas, la espalda ancha y caliente debajo. La verga se le paró por debajo del bañador y el roce era constante. Ricardo no dijo nada, ni una palabra, ni un gesto. Disimulación absoluta.

Iván ganó una ronda y pidió como castigo que las parejas perdedoras se quitaran los bañadores. Diego empezó, sacó la verga al aire una vez más, los demás siguieron entre risas. La siguiente ronda Iván se dejó vencer a propósito. Diego, con cara seria, dictó la sentencia: que Ricardo y él se quitaran las pantalonetas. Ricardo se negó al principio, no quería cargar al chico con el culo pelado y la verga pegada al cuello. Su hijo lo convenció entre risas. Cedió.

Cuando volvió a montarse sobre los hombros del padre, Iván sintió la piel desnuda de Ricardo entre las piernas. Se le paró tan rápido que tuvo que rezar para que el agua lo cubriera. Después invirtieron los roles. Ricardo, ya bastante borracho, ni siquiera puso una camiseta entre su culo y los hombros del chico. Iván lo cargó. La verga del padre rozándole la nuca, los muslos sobre los hombros, el peso, la voz, el calor. Se le paró otra vez, escondida bajo el agua.

El juego terminó en agarrones y nalgadas. Diego, ganador, ordenó que cada jinete le agarrara la verga a su caballo. Bruno apretó la de Nicolás y le hizo gritar. A Iván le tocaba apretar la de Ricardo. Dudó por delicadeza, todos cantaban «que se la coja, que se la coja». Ricardo sacó la pelvis hacia adelante, ofreciéndose por debajo del agua. Iván la cogió. Ricardo le aguantó la mano un buen rato sobre su verga, descarado, sonriente, sin soltarlo. Después salió de la piscina entre risas, se sirvió un trago largo y se sentó en una tumbona declarando que ya no jugaba más, que el juego estaba peligroso.

***

A las cinco de la mañana Ricardo se despidió, le pasó la mano por la cabeza a Iván al pasar y se fue a dormir. Bruno y Nicolás ya estaban derrotados en una tumbona. Quedaban Samuel, Diego e Iván. Diego se cruzaba miradas con Iván que ya no eran disimuladas: se sobaba la verga por encima del pantalón corto cada vez que Samuel miraba a otro lado.

Apagaron luces, cargaron a Bruno hasta su cama, Samuel se metió a su cuarto. Diego tocó el hombro de Iván.

—Vamos a fumar afuera.

Salieron hacia la zona oscura, la misma de antes, ahora más densa porque las primeras luces del día empezaban a perfilarse por encima de la copa de los árboles.

—Vas a terminar lo que empezaste —dijo Diego.

—Eso fue un accidente, parce.

—Vuélvete a accidentar.

Le sostuvo la cabeza con una mano y la dirigió a su entrepierna. Esta vez Iván fue más despacio. Le bajó la pantaloneta, le besó la verga sobre el calzoncillo, después por encima de la piel, después la metió entera. Diego gemía por encima, fumaba el porro entre calada y calada, soltaba un «uff qué chimba, papi» cada tanto. Iván le abrazó las nalgas, duras, contraídas. Le hizo garganta profunda hasta sentir lágrimas en los ojos.

Después de un rato Diego lo levantó, lo giró contra el árbol, le bajó la pantaloneta, escupió en la mano y empezó a tantearle el culo para meterse. Iván se separó.

—Si me lo vas a meter, lo preparas bien.

—¿Cómo, parce?

—Chúpamelo.

—No, eso no. Nunca lo he hecho.

—Entonces nada.

Negociaron un rato en susurros. Diego confesó que con mujeres lo hacía y le encantaba, pero con un hombre nunca. Iván le dijo lo de siempre: imagínate que soy una hembra, que esto no se cuenta, que esto no salió de aquí. Diego cedió. Se hincó detrás de él. Iván se inclinó, separó las nalgas y se las ofreció.

—Qué chimba de culo, parce.

Las manos enormes de Diego le abrieron más. Sintió la respiración primero, después un lengüetazo corto, otro, y de repente la lengua entera, decidida, hambrienta. Diego se olvidó de que comía culo de su parcero, su compañero de equipo, su amigo de cuatro años. Lo chupó como si llevara meses sin comer.

Cuando Iván sintió el ano abierto, dilatado, listo, Diego se levantó y volvió a apuntar. Esta vez entró sin resistencia. Empezó a moverse despacio, después con fuerza. Le agarró los hombros, le puso una pierna sobre la raíz del árbol y aceleró. Lo puso en cuatro, lo cogió de la cintura, lo embistió a verga corrida. La respiración de Diego, agitada, con olor a aguardiente y porro, le quemaba la nuca. El día empezaba a colarse entre las ramas.

—Uff qué chimba, qué mera hembra.

Diego se vino dentro. Sacó la verga, todavía con restos de leche, y la metió en la boca de Iván para que se la limpiara. Iván chupó hasta sacarle las últimas gotas, arrodillado en la tierra húmeda, masturbándose con una mano. Antes de que pudiera terminar, Diego lo sostuvo del pelo, dirigió la verga a un costado y empezó a orinar.

Iván no supo si fue la borrachera, los porros, la calentura acumulada o algo más íntimo, pero sintió que ese chorro también le pertenecía. Le agarró la verga y la dirigió a su cara, a su pecho, a la boca abierta. Se bañó en orina caliente mientras se masturbaba. Se vino con una intensidad que nunca había sentido, tragando un hilo delgado, mezclado con saliva y leche.

Se quedaron unos minutos respirando. Después Iván se tiró a la piscina vestido para limpiarse, se metió a la ducha, se fue a la cama. Diego ya dormía. Tardó en pegar el ojo. Diego siempre había sido un amigo de salones y canchas, jamás un cuerpo deseable. Esa noche descubrió un tesoro escondido. Pensó en la verga, en las manos enormes, en la lengua, en la orina caliente bajándole por el cuello, y antes de dormir se hizo otra paja larga y silenciosa.

***

El domingo y el lunes pasaron entre piscina, parqués, billar y siesta. Diego nunca volvió a tocar el tema. Ricardo, en cambio, estuvo extrañamente atento. Lo emparejaba en cada juego, le decía que era la pareja que necesitaba, le pasaba el plato primero. Pero no pasó nada concreto. Iván volvió a casa con la cabeza llena de imágenes, sin saber bien si lo de la finca había sido una sola vez o el principio de algo.

***

Cuando terminó de hablarme, los dos teníamos las vergas afuera. Cada uno había agarrado la del otro casi sin darse cuenta, masturbándonos en silencio mientras él contaba. Ya conocíamos el ritmo del otro: lo que necesitaba mi hermano de mi mano y lo que yo necesitaba de la suya. Nunca habíamos hablado de esto. Nunca lo íbamos a hablar. Iván giró el cuerpo, llevó mi verga a su boca y empezó a chupármela con los ojos cerrados, todavía caliente del relato. Después fue mi turno. Lo atendí del mismo modo. Cuando los dos terminamos, sin una palabra, él se acomodó la pijama, me deseó buenas noches y se fue a su cuarto a dormir.

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Comentarios (6)

leo85

tremendo relato!!! me dejo con la boca abierta

Tomas_MX

Por favor seguí con esto, quede enganchado desde el principio y se corto justo cuando mas queria leer

GuitarreroK

me recuerda a cuando mi primo me confeso algo parecido jajaja, esas charlas tarde a la noche son las mejores

RodriMDQ

Esperando ansioso la segunda parte. El final fue perfecto, te sabe a poco

CarlosViajero

Que bien escrito, se siente completamente real. Esa tension del principio cuando dice que guarda algo... demasiado bueno

NocheVerde

y bueno los hermanos y sus secretos jajaja tremendo

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