Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La confesión del día después del peor San Valentín

Llevaba con Mateo desde la facultad. Siete años. Y aunque seguíamos enamorados —de eso no había duda—, el sexo se había vuelto una rutina cómoda. Los miércoles, los sábados, las mismas posiciones, los mismos quince minutos antes de dormir. Lo quería más que a nadie y, aun así, hacía meses que no me corría sin pensar en otra cosa.

Mateo era guapo a rabiar. Treinta y un años, abogado en un despacho del centro, metro ochenta y dos, ojos verdes, un pecho marcado de gimnasio que se notaba debajo de la camisa. La gente se giraba a verlo en la calle. Yo lo sabía, él lo sabía, y aun así le seguía pareciendo absurdo cuando se lo decía.

Joel era su mejor amigo desde primero de carrera. Puertorriqueño, treinta años, también abogado pero en el departamento de litigios de la competencia. Casi metro noventa, piel oscura, cuerpo fibroso de jugar baloncesto los fines de semana, brazos venosos, una sonrisa blanca que paraba conversaciones. Cuando los veía a los dos juntos en una terraza, parecían el cartel de una serie cara.

Y yo, Carolina, veintiocho años, abogada en el mismo despacho que Mateo. Nos habíamos conocido en prácticas y desde entonces no me había soltado. Pelo largo y oscuro, piel cálida de herencia latina, un cuerpo que mantenía a base de correr y de comer poco. La gente decía que éramos guapos juntos. Yo no me veía así, pero acababa creyéndomelo cada vez que salíamos los tres.

Hicimos planes para San Valentín. Cena en casa, lencería que había comprado dos semanas antes, velas, una botella de cava esperando en la nevera desde Navidad. Mateo me lo prometió.

Y rompió la promesa a las nueve de la noche, cuando Joel lo llamó para «una cerveza rápida» con dos compañeros del bufete que celebraban un fallo a favor.

—Una hora —me dijo Mateo desde la puerta, ya con la chaqueta puesta—. Te lo juro.

A la una de la madrugada me llamó Joel desde un taxi: Mateo no podía caminar solo y él iba a quedarse a dormir en el sofá porque tampoco podía conducir. Llegaron diez minutos después. Mateo se desplomó en la cama vestido. Joel se disculpó como veinte veces antes de dejarse caer en el sofá del salón.

Yo me quedé mirando el techo hasta las cuatro. Vestida con un conjunto que me había costado una fortuna y que nadie iba a ver.

Feliz San Valentín, Carolina.

***

A las dos de la tarde del día siguiente todavía no se habían levantado. Cuando bajé a la cocina ya me había duchado y vestido con unos shorts cortos y una camiseta de tirantes blanca, sin sujetador, porque hacía un calor de junio aunque fuera quince de febrero. Estaba preparando café cuando los oí salir.

Mateo apareció primero, con el pelo revuelto y solo en bóxer. Cara de cadáver. Joel detrás, en unos calzoncillos deportivos negros, con el torso desnudo brillando bajo la luz amarilla de la cocina. Yo intenté no mirarle el cuerpo y mirar cualquier otra cosa, pero la encimera no daba para tanto.

—Buenos días —dije, con un tono que ni yo me creí.

—Hola, mi amor —murmuró Mateo, abrazándome por detrás—. Lo siento muchísimo.

Olía a alcohol y a sudor de la noche. Me besó el cuello flojo.

Joel se apoyó en la encimera, cruzando los brazos.

—Carolina, perdóname. Yo te lo arranqué del plan. Soy el peor amigo del mundo.

Solté una risa amarga.

—Vaya San Valentín de mierda.

Los dos se quedaron callados.

Y entonces yo, no sé de dónde, saqué algo que llevaba meses pensando sin atreverme. La frustración, la calentura acumulada de la noche anterior, la rutina, el cuerpo de Joel a un metro de mí. Todo se mezcló en una decisión que tomé antes de que mi cabeza pudiera bloquearla.

—¿Sabéis qué? Estoy cachonda desde ayer y no se me pasa. Llevo años aguantándome ciertas cosas. Y vosotros me debéis un San Valentín.

Mateo se separó un poco para mirarme.

—¿Qué quieres decir?

Me giré hacia los dos. Joel se había quedado quieto.

—Que arregléis el día. Los dos.

Mateo abrió la boca, la cerró.

—¿Los dos? —repitió.

Me acerqué a Joel y le pasé un dedo por el pecho fibroso. Él no se movió. Vi cómo se le marcaba el pulso en el cuello y cómo, despacio, se le tensaba algo dentro del calzoncillo deportivo.

—Siempre os he visto cómo os miráis. Las bromas, los abrazos largos, las miraditas cuando creéis que no veo. Y tú, Joel, que te haces el muy hetero pero llevas años flirteando con Mateo y con medio bufete.

Joel sonrió con la comisura del labio.

—Carolina…

—No mientas. ¿Te ha gustado siempre?

Hubo un silencio largo. Joel miró a Mateo, no a mí.

—Desde primero de carrera. Pero nunca dije nada. Eras hetero. Estabais juntos. No iba a romper nada.

A Mateo se le subieron los colores hasta las orejas. Pero también se le marcó algo más debajo del bóxer, y eso ya no era tan fácil de disimular.

Me acerqué a él. Le toqué la mejilla.

—¿Y tú nunca pensaste en él?

—Es mi mejor amigo —dijo Mateo, con la voz más baja de lo normal.

—No es lo que te pregunté.

Tragó saliva.

—A veces. Sin querer. Pero nunca lo iba a hacer.

—Pues hoy quiero verlo. Hoy quiero que él te toque y tú lo dejes. Y yo voy a participar. Y vamos a darnos los tres lo que no nos dimos ayer.

Hubo otro silencio, más largo. Yo sentía el corazón en las orejas.

Joel habló primero.

—Solo si tú lo quieres, Mateo. No te voy a forzar a nada.

Mateo me miró a mí, no a Joel. Buscaba permiso, o miedo, o reproche futuro. Yo le sonreí.

—No vamos a hablar de esto mañana si no quieres. Pero hoy lo quiero.

Mateo asintió despacio. Luego asintió más fuerte.

—Vale. Pero con una condición.

—¿Cuál?

Bajó la voz, casi avergonzado.

—Quiero que tú me lamas mientras él me la come. Tú nunca has querido. Si yo voy a probar algo nuevo, quiero que tú también.

Lo había pedido tres veces en siete años y yo siempre le había dicho que no. No por asco, sino porque me parecía un gesto demasiado entregado para nuestra rutina cómoda. Pero ahora, con Joel mirándonos, con la cocina llena de tensión, con mi propio cuerpo pidiéndome que hiciera cualquier cosa antes que volver a la normalidad de siempre, la respuesta cambió.

—Lo voy a hacer. Hoy lo voy a hacer.

***

Pasamos al salón. La cocina era demasiado fría, demasiado funcional para lo que iba a pasar. La alfombra del salón era nueva y gruesa y olía todavía a tienda.

Joel se quitó los calzoncillos primero, tranquilo, como si lo hubiera hecho mil veces delante de nosotros. Su polla salió larga, oscura, recta, con la cabeza brillante. Le marcaba una vena gruesa por debajo. Me quedé mirándola sin disimular y a Joel le hizo gracia.

—¿Te gusta lo que ves, Carolina?

—Sí —dije, sin pudor.

Mateo se bajó el bóxer. Su polla, que conocía mejor que mi propia mano, se veía distinta esa tarde. Más gruesa, más roja, más viva. Como si el contexto la hubiera transformado en algo que yo no había follado nunca.

Joel se acercó a Mateo despacio. Le pasó la mano por la nuca, lo miró a los ojos.

—¿Seguro?

Mateo respiró hondo.

—Seguro.

Joel se arrodilló y se la metió en la boca despacio, sin prisa, bajando hasta la base como quien lleva años esperando ese momento. Mateo abrió los ojos enormes, soltó un gemido que nunca le había oído.

—Joder, Joel…

Yo me senté en el sofá, mirándolos, con los shorts ya empapados. Me los bajé y empecé a tocarme mientras los veía. Mateo apoyaba una mano en el pelo rizado de Joel, sin presionar, dejándose. Joel tragaba con una técnica que claramente no era la primera vez que aplicaba. Algún día, pensé, le iba a preguntar cuánto de «hetero declarado» era marketing.

—Carolina… ven —dijo Mateo con voz ronca.

Me levanté. Mateo se puso a cuatro patas en la alfombra. Joel se incorporó, le acercó la polla a la cara. Mateo dudó un segundo, miró aquel miembro largo y oscuro a centímetros de su boca y luego se inclinó. Sacó la lengua. Lamió la cabeza despacio, como quien prueba algo por primera vez sin saber todavía si le va a gustar.

—Despacio… así… —murmuró Joel, acariciándole el pelo.

Yo me coloqué detrás de Mateo. Le separé las nalgas con las dos manos. Vi su ano apretado, virgen de cualquier lengua, esperándome. Me incliné y lo besé despacio, como quien besa una boca por primera vez. Mateo se estremeció entero.

—Carolina… dios…

Lamí con la lengua plana primero, de abajo arriba, sin prisa. Luego con la punta, círculos pequeños, presionando un poco. Mateo gimió contra la polla de Joel y al gemir se la metió más profunda sin darse cuenta. Joel le agarró el pelo suave.

—Buen chico… así… relaja la garganta…

Yo seguía lamiendo, hundiendo la lengua un poco, sintiendo cómo Mateo temblaba cada vez que la metía más. Era extraño descubrir a tu pareja de siete años en un cuerpo que no conocías del todo. Había una intimidad nueva ahí, distinta a cualquier cosa que hubiéramos hecho. Más cruda. Más mía.

Mateo chupaba a Joel cada vez con más confianza. Bajaba más, se atragantaba un poco, volvía a bajar. Joel gemía con los ojos cerrados.

—Joder, hermano… qué bien lo haces…

A los pocos minutos, Joel se separó.

—Para, para o me corro.

Mateo levantó la cabeza, los labios brillantes, una expresión nueva en la cara que no le había visto nunca. Yo dejé de lamer y me incorporé.

—Ahora yo quiero algo —dije.

***

Me tumbé en la alfombra boca arriba. Los dos se miraron y entendieron sin palabras. Mateo se colocó entre mis piernas y entró en mí de una embestida. Conocía mi cuerpo de memoria, pero esa tarde me follaba distinto, más fuerte, como si tuviera algo que demostrar. Joel se arrodilló a un lado de mi cabeza y me acercó la polla a los labios. La cogí con la mano y empecé a lamerla. Estaba más caliente de lo que esperaba, casi ardiendo.

—Así… métela toda…

La metí hasta donde pude. Era larga, llegaba al fondo. Joel apoyó una mano en mi pelo, la otra en mi pecho por encima de la camiseta arrugada, y empujó despacio mientras Mateo me embestía abajo. Estar penetrada por los dos a la vez, sin descanso, era otra cosa. El ritmo de uno se contagiaba al otro. Cuando Mateo aceleraba, Joel también. Cuando Joel paraba para tomar aire, Mateo bajaba el ritmo.

—Cambiad —pedí, con la voz rota.

Rotaron sin discutir, como si lo hubieran hecho mil veces. Joel se colocó entre mis piernas, me miró un segundo. Yo asentí. Entró despacio, abriéndome más de lo que estaba acostumbrada. Solté un gemido largo que sonó casi a queja. Mateo se acercó por arriba y me ofreció la suya. La chupé con hambre, mirándolo a los ojos, mientras su mejor amigo me abría por dentro.

—¿Te gusta verme así, Mateo?

—Me encanta —dijo él, con una sinceridad nueva.

Joel embistió más fuerte. Yo sentía el orgasmo subir, retorcerse, casi explotar y volver atrás. Cambiamos otra vez. Cambiamos tres veces más. Yo perdí la cuenta de quién estaba dónde. Solo sabía que estaba llena, que estaba ardiendo, que llevaba siete años esperando algo así sin saberlo del todo.

En algún momento, cuando Joel me follaba por detrás y Mateo me besaba la boca, los vi. Mateo levantó la cabeza por encima de mi hombro y miró a Joel. Joel se inclinó. Se besaron. Lengua con lengua, mientras seguían moviéndose dentro y fuera de mí. No fue un beso amistoso. Fue un beso de años contenidos.

Eso me hizo correrme. Fuerte. Largo. Grité tanto que pensé que iban a llamar los vecinos.

Mateo se vino primero, dentro de mí, gimiendo contra el cuello de Joel. Joel aguantó un poco más, salió, se masturbó dos veces y me llenó el vientre con un chorro espeso que me llegó hasta los pechos por encima de la camiseta arrugada en el cuello.

Nos quedamos los tres jadeando. Yo con el pelo pegado a la cara, los muslos temblando, una sonrisa que no podía esconder.

—Joder —dijo Joel.

—Joder —repitió Mateo.

—Feliz San Valentín atrasado —dije yo, riéndome.

Nos miramos los tres. Y nos echamos a reír como críos.

***

Más tarde, los tres metidos en la ducha grande del baño principal, lavándonos sin prisa, hablamos. De qué iba a pasar el lunes en el bufete. De si esto iba a ser una cosa de una vez o algo más. De qué le íbamos a contar a la gente —nada—. De qué le íbamos a contar a Joel cuando empezara a salir con alguien. De cómo Mateo no se sentía menos hombre, sino más libre. De cómo yo nunca había deseado a mi novio tanto como esa tarde, viéndolo con otro.

No tomamos ninguna decisión definitiva. No la necesitábamos.

Pero esa noche, cuando Joel se fue a su casa y Mateo y yo nos metimos en la cama, follamos otra vez. Como si nos acabáramos de conocer. Como si no nos hubiéramos rozado en años. Como si todo el deseo dormido se hubiera despertado de una bofetada y ahora no quisiera volver a dormirse.

Y antes de quedarme dormida, con la cabeza en su pecho, le pregunté:

—¿Lo repetirías?

Mateo tardó un segundo en contestar. Pero contestó.

—¿Y tú?

Sonreí contra su piel.

—Mañana mismo.

Valora este relato

Comentarios (7)

Pato_76

Que buenisimo, me enganche desde el primer parrafo. Queremos la segunda parte ya!!

ConfesaLectora

Me encanto como lo contaste, tan directo pero sin ser bruto. Se siente que paso de verdad.

RobertoCR_78

Tremendo relato jaja, la parte de la resaca me recordo a algo muy parecido que me paso hace unos años. Muy bueno

Maxi_3009

corto pero intenso!! mas asi por favor

Sil_77

Uf, ese momento de tomar la decision... los que lo vivimos sabemos bien de que habla. Muy real todo.

nocturno88

Excelente! Espero que te hayas animado a contar que paso despues, quedo muy abierto el final

DeltaLector

Lo lei dos veces. Se nota que es confesion de verdad y no inventado. Segui escribiendo!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.