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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el todoterreno camino a Olmedo

Bernardo y Anselmo eran socios desde hacía más de quince años. Ambos rondaban los cincuenta, ambos casados, ambos hartos de las mismas conversaciones sobre el negocio de mantenimiento de carreteras que les había hecho ricos. Aquella mañana habían cerrado la compra de una finca a doscientos kilómetros de casa, y el camino de regreso prometía ser el mismo de siempre: gasolina, comida, whisky y conversación de viejos amigos.

Bernardo era alto, ancho de espaldas, con el pelo entrecano y una nariz partida que recordaba a un púgil retirado. Anselmo, en cambio, era bajo, enjuto, con la cara chupada y una calva que llevaba años extendiéndose sin que él hiciera nada por disimularla. Eran opuestos físicos y, sin embargo, encajaban como dos piezas que llevaban tanto tiempo juntas que ya nadie las recordaba por separado.

—Bueno, ya tenemos la finca. Ahora solo nos toca el viaje de vuelta —dijo Bernardo desde el volante de su Range Rover.

—Podemos darnos por satisfechos —respondió Anselmo.

—¿Has decidido ya dónde mandas a la niña a estudiar?

—A la privada de Estefanía. Allí enseñan administración como Dios manda. Y total, Anselmo, ¿qué estudios tenemos tú y yo? Justos los nuestros, y no nos ha ido nada mal.

—Mientras sigamos invitando a los concejales a comer, no nos faltará trabajo —rió Bernardo—. ¿Sabes que le compré el Mercedes nuevo a mi mujer? Yo me sigo quedando con este. Soy más de todoterreno.

—La mía tira más al BMW. Oye, ¿no hay un sitio decente por aquí para comer? Llevo dos horas con el estómago pegado al espinazo.

Tomaron un desvío que les llevó hasta un restaurante a la orilla del mar. Comieron langosta regada con vino blanco frío, fumaron cigarrillos largos y bebieron un whisky de veinte años que el camarero les recomendó. Después, salieron a estirar las piernas por una pequeña cala antes de seguir camino.

Fue allí donde la oyeron por primera vez. Música a todo volumen saliendo de un altavoz portátil sobre la arena. Una pareja joven, ambos rondando los veinte años, descansaba junto a sendas mochilas. Ella era pequeña, pelirroja, con pecas, piernas delgadas, los pechos dibujados sin sostén bajo una camiseta blanca de tirantes, una minifalda vaquera y un piercing en la ceja. Él, de mediana estatura, llevaba el pelo recogido en una coleta, pendientes y un piercing en el tabique. Una camiseta sin mangas dejaba ver brazos cubiertos de tatuajes. Ambos tenían las uñas pintadas.

—Mira los chavales —murmuró Bernardo—. Antes llevaban radiocasetes, ahora altavoces Bluetooth. Cambia el embalaje, no el ruido.

Al verlos llegar, el chico cambió de canción. Sonaba un reguetón explícito, casi grosero, y la chica empezó a moverse al ritmo, primero despacio, luego acercándose hasta quedar frente a ellos. Les dio la espalda, dobló las rodillas y comenzó a girar las caderas describiendo círculos cada vez más amplios. Bajo la falda apenas se intuía un tanga. Iba bajando, bajando, hasta apoyar las palmas en la arena.

Bernardo silbó por lo bajo. Anselmo soltó una risa breve.

—¿Qué tal, señores? ¿Nos invitarían a un cigarro? —preguntó la chica enderezándose, sonriente.

—Veo que os lo pasáis bien —respondió Bernardo acercándose con el mechero.

—Me gusta perrear bien —dijo ella sin pestañear.

—Para entretener a lo más selecto —ironizó Bernardo.

—¿Estáis de vacaciones? —preguntó Anselmo.

—No, vinimos por trabajo. Hostelería de temporada. Pero ya cerró todo y volvemos a Valle de Olmedo. Son ochenta kilómetros y vamos cortos de pasta. ¿No pasarán por allí, por casualidad? Ese todoterreno se ve cómodo desde aquí.

Bernardo miró a Anselmo. Anselmo miró el todoterreno. Después, los dos miraron a la pareja.

—Subid —dijo Bernardo.

Llevaban un poco de hierba y papel de liar. Pararon en una carretera secundaria, tras unos matorrales, y montaron un par de cigarros. Bernardo dio una calada profunda, aguantó el humo y lo soltó por la nariz.

—Buena mercancía, chavales.

—Veo que entiendes —dijo el chico, que se llamaba Tobías.

—Entiendo de muchas cosas.

—¿Cómo os llamáis vosotros? —preguntó la chica.

—Pedro y Paco —respondió Bernardo guiñándole un ojo a Anselmo.

Volvieron al coche y la chica, que respondía al nombre de Lía, pidió ponerse de copiloto. Llevaba un pendrive en el bolso y enchufó música otra vez: otro reguetón, otro estribillo repetitivo y otro baile sentada que arrastraba la mirada de Bernardo hacia su tanga cada vez que se movía. Atrás iban Anselmo y Tobías. Bernardo, por el retrovisor, los vio mirarse demasiado tiempo, los vio rozarse las rodillas, los vio susurrarse al oído.

Y de pronto, vio a Anselmo deslizar la mano bajo la camiseta del chaval.

—Veo que ya están mariconeando atrás —dijo Bernardo en voz baja, casi divertido.

—Ya veo, ya —respondió Lía sin sorprenderse.

A la altura del primer túnel, la respiración de Tobías era ya un jadeo entrecortado. Anselmo le había bajado las bermudas hasta los tobillos y le mamaba con una calma que solo se aprende con los años. Tobías se agarraba al asiento con los nudillos blancos.

—Llevas la coleta moderna —dijo Anselmo levantando un instante la cabeza—. Aunque sea entrecana, te queda bien.

—Si vieras la mía —respondió Tobías, tocándose el bulto del pantalón.

—Tu amigo va a saco —dijo Lía mirando atrás.

—Anselmo folla a diestro y siniestro —respondió Bernardo.

—Necesitamos lubricante —pidió Anselmo desde atrás—. Algo, lo que sea.

—En la guantera —dijo Bernardo sin apartar la vista de la carretera—. Hay de todo.

Lía abrió la guantera y encontró preservativos, gel y toallitas. Le pasó un bote a Anselmo por encima del asiento.

—¡Qué preparados venís! —exclamó—. ¿No queréis funda?

—No creo que me preñe —respondió Tobías con la voz temblando.

Tobías se acomodó entre los asientos, doblado sobre sí mismo, mientras Anselmo le untaba el gel con dedos pacientes. Después, el chaval se sentó sobre él de espaldas, mirando hacia adelante, y empezó a moverse despacio, encontrando el ritmo. Anselmo le agarraba las caderas con manos huesudas. Bernardo veía por el retrovisor cómo subía y bajaba.

—¿Hace tiempo que estáis juntos? —preguntó Bernardo a Lía.

—Desde críos. Lo dejamos al cumplir los dieciocho. Quería vivir un poco. Me fui a trabajar a la costa.

—Y empezaste a follar con otros.

—Algunos. Tú también pareces bastante rodado. Y los dos seguís llevando alianza, ¿eh? Ni siquiera os la quitáis.

—Chica lista.

—Cuando tenéis oportunidad…

—He follado con un millón de mujeres —presumió Bernardo.

—Exagerao.

—Tú tampoco pareces de las que se hacen de rogar.

—Cuando lo dejé con Tobías, en el local donde curraba, casi cada noche caía alguno. Cogía un pedo, sonaba una canción, y ya estaba.

—Una facilona.

Atrás, los gemidos eran ya cada vez más rotundos.

—Cuando estos terminen —dijo Bernardo bajando la voz—, me apetece probar la mercancía. Llamémoslo peaje.

—Qué cabrón eres.

Detrás, Anselmo y Tobías se vinieron casi al mismo tiempo, con un grito ahogado y una sacudida que dejó un churretón blanco sobre la palanca de cambios. Bernardo soltó una carcajada grave.

—Cagoendios, qué disparo.

—Limpia eso, anda —ordenó a Tobías mientras pegaba un volantazo y tomaba un camino de tierra.

Paró en un descampado, lejos de la carretera. Anselmo y Tobías bajaron del coche y se alejaron unos metros para mear. Bernardo encendió un cigarro, le pasó otro a Lía. Mientras ella lo encendía con la cabeza inclinada hacia él, Bernardo se abrió la cremallera. Sus diecinueve centímetros, todavía a media asta, salieron a tomar el aire.

—Joder —dijo Lía—. Eso es un rabo y lo demás son cuentos.

—No me llaman por nada lo que me llaman.

Bernardo la besó sin avisar. La agarró por el culo con las dos manos y apretó hasta sentir cómo la chica se ponía de puntillas. La lengua de Lía sabía a tabaco caliente y a algo dulce, quizás un caramelo que se había metido a escondidas.

Anselmo y Tobías volvían caminando hacia el coche.

—Tu chica está al caer —dijo Anselmo con la voz tranquila de quien ya ha desfogado.

Bernardo se quitó los pantalones antes de subir al asiento del copiloto y echarlo hacia atrás. Lía se desnudó delante de él. Tenía un cuerpo lleno de pecas, caderas estrechas, pechos como peras, un tatuaje de un pájaro entre los pechos, un conejito en la ingle y un corazón en la nalga izquierda.

—No tienes mucho pecho —dijo Bernardo tirando de un pezón—. Pero parecen alfileres.

Lía se inclinó sobre él y empezó a mamarle con una técnica que Bernardo reconoció como aprendida en muchas noches y muchas pollas distintas. Le succionaba los testículos uno por uno, hilos de saliva le caían por el mentón, los ojos abiertos como platos. Esta chiquilla sabe lo que hace, pensó.

Fuera del coche, Anselmo y Tobías encendían el segundo cigarro y miraban con la curiosidad del que ya ha terminado y se siente ajeno.

—Buena técnica —comentó Anselmo.

—No es la primera. Cuando lo dejamos como pareja, pasaba de polla en polla como si llevara cuenta —respondió Tobías sin amargura.

Y entonces oyeron el motor.

Era un tractor verde, viejo, ruidoso, que se acercaba dando tumbos por el camino. Lo conducía un hombre de unos cincuenta años, cara curtida, gorra calada, cigarro en la comisura de la boca. Detuvo el motor con un siseo metálico y se quedó mirando la escena desde el asiento, sin bajar.

—¿Les puedo ayudar en algo? —preguntó.

Dentro del coche, Bernardo tenía a Lía bocarriba en el asiento del copiloto, las piernas levantadas hasta los hombros. La penetraba con un ritmo extraño, casi musical: cinco embestidas rápidas y dos profundas, lentas, hasta el fondo. Otra vez. Cinco rápidas, dos al fondo. Cinco rápidas, dos al fondo.

—Ya ve —respondió Anselmo encogiéndose de hombros, sin perder la calma—. Aquí mi compañero y la chica querían un rato.

—Joder, qué potencia —dijo el tractorista bajándose de un salto y acercándose hasta el parabrisas.

—Es un tumbahembras —dijo Anselmo.

—¿Puta de carretera?

—No, aquí tiene al cornudo —respondió Anselmo señalando a Tobías.

—¿Y eso te pone, chaval?

—Cualquier agujero es bueno —terció Anselmo con sorna—. A él ya lo desfogaron antes.

—Mariconazos.

El tractorista no se movió. Se quedó pegado al cristal, las manos temblándole un poco, mirando cómo las nalgas de Lía rebotaban contra Bernardo a cada embestida.

—¿Qué te apuestas a que me hago una paja aquí mismo? —preguntó.

—Sírvase usted mismo —respondió Anselmo dándole una calada al cigarro.

El tractorista se desabrochó el pantalón y empezó a machacársela apoyado en el todoterreno, mirando por la ventanilla del conductor. Apretaba las mandíbulas, sudaba bajo la gorra. Dentro, Lía empezaba a temblar, los dedos clavados en la espalda de Bernardo.

—¡Me voy a venir! —gritó—. ¡No pares, no pares!

Bernardo se salió de ella con un movimiento brusco y le terminó encima del pecho y la barbilla con un bramido que pareció venir del estómago. El tractorista soltó la suya un segundo después, un chorro denso que fue a parar contra el guardabarros.

Cuando Bernardo bajó del coche, encontró al tractorista limpiándose las manos en su propia camisa, todavía con la cremallera abierta. Lo miró sin entender. Con el tanga rojo de Lía, que había quedado en el suelo, se limpió el glande.

—Cuando se vayan no pisen el sembrado —dijo el tractorista subiéndose la cremallera—. Y la chica, oiga, está cojonuda. Pequeña, pero cojonuda.

Encendió el tractor y se fue tan tranquilo, como quien vuelve de regar.

***

Dos días después, en el lavadero de coches del polígono, sonaban las aspiradoras a pleno rendimiento. Olía a jabón y a ambientador barato.

Una mujer de cuarenta y muchos, vestida de seda estampada, con joyas en ambas muñecas, gafas de sol Chanel y el pelo recién hecho, entró por la puerta de cristal con un ticket entre los dedos.

—Vengo a recoger este todoterreno —dijo dejando el resguardo sobre el mostrador—. Land Rover Defender, a nombre de Bernardo Villaseca. Mi marido está indispuesto.

—¿Algo grave, señora?

—Un cólico nefrítico.

El encargado salió a buscar el coche. Volvió poco después con la factura en la mano.

—Aquí lo tiene.

—¿Doscientos cincuenta euros no es un poco caro?

—Voy a consultar con los chicos.

Volvió a entrar al taller. Los dos operarios fumaban junto al coche, ya brillante por fuera.

—¿Qué tal estaba el Land Rover?

—Apestaba a polla y a lefa que no veas. Díselo a la señora con un poco de tacto, anda.

El encargado salió de nuevo, oliendo el Chanel desde la puerta.

—Señora, hemos tenido que limpiar la tapicería entera. Las manchas no salían fácil. Incluso había en el salpicadero.

—No lo entiendo —murmuró ella sacando la tarjeta—, pero está bien.

—También —añadió el encargado tendiéndole una bolsa de plástico—, hemos puesto aquí una prenda que apareció bajo el asiento. No quisimos abrir la guantera, por respeto.

La mujer tomó la bolsa, todavía sonriendo. Antes de salir, levantó el plástico contra la luz del techo. Dentro había un tanga rojo, pequeño, con manchas oscuras secándose en el centro.

Sonrió un poco menos.

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Comentarios (6)

EduardoR_Cba

Excelente!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Dani_Bsas

por favor una segunda parte, quede con las ganas de saber como termino todo entre los dos socios

RoqueRuta

Me recordó a un viaje largo que hice con un compañero de trabajo hace años. Esas situaciones en ruta tienen algo especial. Muy bien contado, se siente autentico.

pedro_nocturno

increible, no lo vi venir para nada

VioletaK_99

Y cómo quedaron los dos socios despues de eso?? esa parte me intriga mas que el resto jaja

lector_pampa77

Me gusto mucho como lo narraste, sin pasarte de la raya. Se nota que paso de verdad y eso le da otro sabor. Seguí así!

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