Esa noche con mi mejor amigo gay rompió todas las reglas
Le dije que sí sin pensarlo demasiado. Era viernes, no tenía planes para el fin de semana y mi cabeza era un campo de batalla después de la ruptura. Mi ex me había dejado por su antigua novia, esa que durante meses me juró por todos los santos que ya no significaba nada para ella. Había caído como una idiota en el cuento clásico de las lesbianas que nunca terminan de cortar con el pasado.
—¿Venís o no? —insistió Mateo por teléfono—. Hoy bailás hasta olvidarte de tu nombre, te lo prometo.
—Voy.
Mateo era mi amigo desde los siete años. Crecimos en la misma cuadra, con las mismas bicicletas oxidadas y los mismos raspones en las rodillas. Cuando salió del clóset a los veintidós, tardó casi un año en dormir tranquilo. Su padre no le habló durante meses. Su madre lloraba cada vez que lo cruzaba en el pasillo. Yo fui la primera persona en saberlo, antes incluso de que él se animara a decírselo a sí mismo en voz alta.
A diferencia de algunos amigos del ambiente, a Mateo nadie le adivinaba la orientación. No tenía gestos amanerados, ni la voz cantarina, ni nada de eso. Las plumas solo le aparecían cuando se emborrachaba: ahí se transformaba en una diva insoportable que se sabía todas las canciones de Rocío Jurado y se animaba a subirse a las mesas. Pero esa versión de él era un privilegio que no muchos podían presumir.
El bar al que íbamos quedaba en una esquina del centro y se llamaba Tres Hermanas. Cuando entramos, el aire era una mezcla densa de transpiración, perfume y algo dulce que se quemaba en algún rincón. Las luces estroboscópicas me golpeaban en la cara cada dos segundos y la música hacía vibrar el piso. Era exactamente lo que necesitaba esa noche.
—¡Hoy no te dejo sola, te lo juro! —me gritó Mateo al oído, peleando con el volumen de los parlantes—. A menos que aparezca algo mejor para vos, claro.
—Mentira, siempre me dejás tirada por cualquier culo bonito.
Nos reímos los dos con esa complicidad de años. Era nuestro pacto desde los diecinueve: cuando salíamos a levantar, ninguno se interponía. Si yo encontraba a alguien, él se iba; si él encontraba a alguien, me iba yo. Funcionaba a la perfección. La amistad seguía intacta, el sexo también, y nadie sufría.
El alcohol entró rápido. La primera cerveza se me fue como agua. La segunda también. A la tercera, la euforia ya me estaba lavando el dolor por dentro como detergente. Bailamos durante horas sin parar. Mateo se sabía cada canción y yo me dejaba llevar por su energía, por las luces de colores, por la sensación deliciosa de no pertenecer a nadie por una noche.
No era la primera vez que bailábamos pegados. Lo habíamos hecho mil veces, con su pecho contra mi espalda o el mío contra la suya. Era parte del juego, una intimidad de hermanos que nunca había significado nada. Esa noche, sin embargo, algo se torció.
Sentí su pelvis moviéndose despacio contra mis nalgas, al ritmo de un reguetón lento que sonaba en ese momento. Sus brazos me rodeaban el pecho sin tocar nada que no debieran tocar. Su aliento, caliente y con olor a menta y cerveza, me golpeaba el cuello justo detrás de la oreja. Y en mi vientre se empezó a formar un nudo que no tenía ningún sentido.
Es Mateo. Es Mateo. Es Mateo.
Me lo repetía como un mantra. Disimuladamente cambié la posición, intentando bajarle el volumen a la repentina humedad entre mis piernas. No fue una decisión inteligente. Al voltearme quedé frente a él, y su muslo terminó metiéndose entre los míos como si siempre hubiera estado destinado a estar ahí.
Pude haberme detenido. Pude haber ido al baño, mojarme la cara, recordar quién era él y quién era yo. En cambio, di otro trago de cerveza y dejé que la fricción de su pierna contra la mía me arrancara un suspiro que no supe disimular.
—Ey, Cami, ¿estás bien? —me preguntó.
—¿Eh? Sí, sí, tranquilo.
—No jodas, con esos gemiditos hasta yo me caliento, eh.
—Idiota. Estoy disfrutando, nada más.
Se rió y siguió bailando. Pero ninguno de los dos se alejó. Sus manos bajaron a mi cintura y después a mis caderas, acortando todavía más una distancia que ya era demasiada. Y entonces lo sentí. Algo duro contra mi espalda baja, perfectamente distinguible incluso a través del jean.
No es real. No puede ser real.
Me volteé. Mi cara debía estar roja como un farol porque él levantó las cejas y abrió la boca para decir algo, pero no le di tiempo.
—¿Qué estás haciendo? —le susurré con una voz que no reconocí.
—¿De qué hablás? Estoy bailando, nada más.
—Necesito aire.
***
Salí prácticamente corriendo. La calle estaba vacía y el aire frío de junio me golpeó la cara como un cachetazo. Solté el aire que llevaba reteniendo desde hacía cinco minutos y me apoyé contra la pared, con las palmas pegadas a los ladrillos rugosos.
Esto no me podía estar pasando. Yo era lesbiana. Él era gay. Éramos amigos desde antes de saber lo que era el deseo. ¿Qué clase de cortocircuito había sufrido mi cabeza esa noche?
—Cami, ¿adónde vas? ¿Qué hice mal?
Mateo apareció detrás de mí, sin abrigo, con la frente brillante de sudor.
—Decime que estoy loca —le pedí sin mirarlo a los ojos.
—No te entiendo.
—Decime que lo de adentro no fue lo que yo creo que fue.
Hubo un silencio largo. Eterno. El tipo de silencio que pesa más que cualquier palabra que pudiera salir después.
—No puedo decirte eso, Cami.
Lo miré. Tenía esa cara de cachorro arrepentido que ponía cuando rompía una taza o cuando llegaba tarde a una cita. Y al mismo tiempo había algo más, algo que no le había visto nunca: un brillo confundido, asustado, hambriento.
—¿Qué nos está pasando? —pregunté.
—No sé. Te juro que no sé.
Me abrazó. Fue un abrazo de los nuestros, de los que me daba cuando lloraba por una mina o cuando me reprobaban en la facultad. Pero algo se torció también ahí. Cuando empezamos a separarnos, nuestras miradas se quedaron pegadas un segundo demasiado largo.
Le miré la boca. Tenía los labios brillantes por el bálsamo que se ponía siempre, ese de cereza que olía a infancia compartida. Pensé en mordérselos. Pensé en borrarle el sabor dulce con el mío. Y me lancé sin pensarlo dos veces.
Me recibió con los labios entreabiertos. La mezcla de cereza y cerveza me activó algo en la nuca, un escalofrío que me bajó por la espalda hasta la cintura. Lo agarré por la cintura y profundicé el beso. Cuando nuestras lenguas se encontraron, sentí la humedad mojarme la ropa interior de un solo golpe.
—Vamos a casa —me dijo con la voz quebrada.
No respondí. Solo lo seguí.
***
El taxi tardó quince minutos en llegar a su departamento. Quince minutos en silencio, mirando por la ventana, con la mano de él apoyada sobre la mía sin presionar. Cada tanto me apretaba un dedo y yo sentía la sangre bajarme directo entre las piernas como si tuviera dieciséis años otra vez.
Cuando entramos al departamento, mi seguridad empezó a evaporarse de golpe.
—Mateo, no sé si esto es buena idea. Yo no soy tu tipo, vos no sos el mío. Esto puede arruinarlo todo.
—¿Y cómo sabés exactamente qué es lo que yo siento ahora? —me dijo acercándose, peligrosamente cerca.
—Esto es distinto. Nunca estuviste con una mujer. Nunca estuve con un hombre.
—¿Y si me dejás decidir a mí?
No me dio tiempo a contestar. Me besó el cuello, primero con timidez, después con un hambre que no le conocía. Sus labios se abrieron paso desde la mandíbula hasta la clavícula y me chuparon la piel sin pedir permiso. Mis suspiros me delataban. En mi cabeza yo le rogaba en silencio que siguiera bajando, que no se detuviera, que me arrancara la ropa de una vez.
Como si me hubiera leído la mente, sus besos descendieron y nuestra ropa empezó a caer al piso. Mi blusa, su remera, mis jeans, los suyos. Cuando me empujó hacia la cama y me miró desnuda por primera vez, su cara tenía una concentración nueva, casi reverencial, como si no supiera muy bien qué hacer pero estuviera dispuesto a aprender todo en una noche.
Empezó por mis pechos. Su lengua, no muy delicada, no muy brusca, encontró el equilibrio justo para volverme loca. Yo le presionaba la cara contra mí, queriendo más. Necesitaba un poco más de fuerza, un poco más de urgencia, un poco menos de cuidado.
—Mateo, ¿estás seguro? Si querés parar…
—Cami, dejá de preguntarme. ¿No te das cuenta de que me tenés a mil?
No le pude discutir. Cuando bajé la vista, su erección era más imponente de lo que jamás había imaginado, gruesa y dura contra su vientre. La tomé en la mano con cuidado, casi con curiosidad de bióloga. Empecé a acariciar la punta y él soltó un bufido que me sonó a victoria.
—No tengo mucha experiencia con esto, te aviso —le dije medio riéndome.
Él colocó su mano sobre la mía y empezó a guiarme. Yo le tomé la otra mano y la llevé entre mis piernas.
—Yo también te guío.
Su respuesta fue otro beso largo, profundo, sin aire. Estuvimos así un buen rato, masturbándonos al mismo tiempo, aprendiendo el cuerpo del otro como dos adolescentes en un sótano prestado. Mi clítoris estaba hinchado, latiendo, y la vista de su cuerpo trabajado encima del mío no me ayudaba a calmarme nada.
—Necesito más —le supliqué.
—¿Cómo querés?
—Vos abajo. No me hagas pensar.
Caímos en la cama. Lo monté yo. Le besé el cuello, los hombros, el pecho marcado. Cuando llevé su erección a mi entrada y empecé a bajar despacio, los dos gemimos al mismo tiempo, como si compartiéramos un mismo sistema nervioso.
—Dios, Cami. Estás muy mojada.
—Y vos sos enorme, bestia.
Empezamos a movernos sincronizados. Los roles se borraron por completo en algún punto. No sabía si era yo la que se lo cogía a él o él el que me cogía a mí. Solo sabía que cada movimiento me llenaba más, y que escuchar su voz quebrada repitiendo mi nombre era lo más erótico que me había pasado en años.
Después de un rato, cambiamos de posición. Me acostó de costado y se metió detrás. Mientras me embestía despacio, su mano libre encontró mi clítoris y empezó a hacer círculos firmes y constantes. Mordí la almohada cuando sentí venir el orgasmo. Todo el cuerpo se me sacudió como si me hubieran enchufado a la red eléctrica.
No esperé a recuperarme. Me incorporé, lo empujé boca abajo y le repartí besos por toda la espalda. Cuando llegué a sus nalgas, no lo dudé ni un segundo. Le levanté las caderas y empecé a chupárselo con la lengua plana, sin rodeos.
Él agarraba las sábanas con las dos manos. Sus jadeos se transformaron en una serie de sonidos guturales que me prendían cada vez más. Me mojé dos dedos con saliva y los hundí dentro de él, lentos pero firmes. Pegó un grito ahogado y empezó a gemir como nunca lo había escuchado gemir a nadie en mi vida.
—Decime que tenés un consolador —le pedí.
—En la mesita de luz, primer cajón —jadeó.
Abrí el cajón. El primero, encima de todo, era un consolador de colores arcoíris. Se me escapó una carcajada y al mismo tiempo se me hinchó el deseo de partirlo en dos con esa cosa.
Mientras se lo metía a un ritmo constante, él se masturbaba frenético. Sus frases se desarmaban entre maldiciones. Lo único que entendía era «más fuerte» y «no pares». Yo le tiraba del pelo corto, le apretaba la nuca, lo sentía fundirse contra el colchón.
—Cami, me vengo, me vengo.
Le tomé el pene con la mano libre y empecé a masturbarlo al ritmo del consolador. Eyaculó sobre las sábanas con un grito que debió escucharse en todo el piso. Yo me derrumbé encima de él, todavía respirando agitada, con el corazón a mil.
***
Amanecimos abrazados, desnudos, con el sol entrando por una persiana mal cerrada. Cuando abrí los ojos y lo vi durmiendo a mi lado, tuve un segundo de pánico puro. Después llegó el flashback de la noche anterior, completo y vívido, y la vergüenza se mezcló con un calor nuevo entre las piernas.
—¿Querés hablar de lo de anoche? —le pregunté cuando se despertó.
—Sí. Pero no precisamente con vos.
Lo miré confundida. Hasta que me di cuenta de adónde miraba él. Bajó por mi cuerpo, deslizó la lengua por mi monte de Venus y se hundió entre mis pliegues con una destreza que no debería existir en alguien que nunca había hecho eso antes.
—¡Mateo! —grité.
Aprendía rápido. Eso lo confirmé tres veces antes de las diez de la mañana.
Lo cuento ahora, casi un año después, porque todavía no entiendo del todo qué pasó esa noche. Él sigue siendo gay. Yo sigo siendo lesbiana. Y a veces, cuando nos cruzamos a tomar algo, nos miramos un segundo demasiado largo y los dos sabemos. ¿Cómo podés decir que algo no es para vos si todavía no lo probaste?