Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Desperté desnudo en la cama de mi rival de la facultad

Diego se despertó con un dolor de cabeza que le aplastaba las sienes contra la almohada. Lo primero que notó fue la luz: entraba en líneas oblicuas por una persiana que no era la suya, sobre una pared blanca que tampoco lo era. Lo segundo, la sábana. Pesaba demasiado y olía a un perfume cítrico que reconoció antes de poder ponerle nombre.

Se incorporó despacio. Bajó la mano por debajo de la sábana y confirmó lo que ya sospechaba: estaba completamente desnudo. Ni calzoncillos, ni camiseta, ni siquiera los calcetines.

Mierda.

Cerró los ojos y trató de reconstruir la noche anterior. La fiesta en el departamento de Camila. Demasiados tragos de tequila. Adrián apareciendo desde el otro lado del salón con esa sonrisa de suficiencia que llevaba años queriendo borrarle de la cara. Una discusión a gritos. Algo más, después. Algo borroso que prefería no recordar.

Se vistió rápido, sin hacer ruido. La ropa estaba doblada sobre una silla, lo cual no le cuadraba. Cuando uno se desnuda borracho, no dobla nada. Apretó los dientes y abrió la puerta del dormitorio.

El pasillo olía a café. Desde la cocina llegaba el sonido del agua corriendo y unas tazas chocando entre sí. Diego avanzó de puntillas hasta la entrada. Estaba a un paso del picaporte cuando la voz le alcanzó por la espalda.

—¿Ya te vas?

Diego se quedó congelado con la mano en el aire. Se giró despacio. Adrián estaba apoyado en el marco de la puerta de la cocina, con el pelo rubio recogido en un nudo flojo, descalzo y sin más ropa que unos bóxer negros que no dejaban demasiado espacio a la imaginación. Sostenía una taza humeante entre las manos y los hombros aún le brillaban por la ducha. Lo miraba como si Diego hubiera llegado tarde a una cita en la que él no había aceptado estar.

—Sí —dijo Diego, intentando que la voz no le temblara—. Gracias por dejarme dormir aquí.

Adrián dio dos pasos hasta él, lentos, y apoyó la palma de la mano contra la puerta para cerrarla suavemente.

—¿No vamos a hablar de lo que pasó?

—No pasó nada —respondió Diego de inmediato, demasiado rápido—. Ayer estaba borracho. Tú… tú me dijiste que no podías dejarme manejar así.

Eso lo recordaba. La poca cosa que recordaba.

—No te acuerdas de nada, entonces. Qué conveniente.

—¿Qué pasó anoche, Adrián? —Una duda le subió desde la boca del estómago—. ¿Fue consentido?

Adrián soltó una risa baja, ronca por el café.

—Aunque seas mi rival académico, no soy un cabrón. Si te pasara algo, ¿quién iba a obligarme a esforzarme en clase? Eres el único que está a mi altura.

Diego sintió cómo le subían los colores. No supo si era por la rabia o por algo distinto, más incómodo, que llevaba meses tratando de no nombrar.

—Te traje en mi auto. Te dejé en el sofá. Tú te levantaste, te metiste en mi cuarto y empezaste a desnudarte. Cuando llegaste a la cama te caíste boca abajo y te quedaste dormido al instante.

—¿No pasó nada más?

—No pasó nada de lo que puedas arrepentirte.

Adrián dijo eso último mirándole los labios. Diego apretó la mandíbula.

—¿Qué fue ese suspiro?

—Nada —Adrián desvió la mirada hacia un cuadro abstracto que colgaba detrás de Diego—. Lástima. Lástima por ti.

—¿Lástima?

—Me dijiste que llevas más de seis meses sin acostarte con un chico.

Diego cerró los ojos. La conversación entera le volvió de un golpe seco. Le había echado en cara cosas que llevaba años tragando. Que Adrián se llevaba a todos los chicos que a él le gustaban en cada fiesta, que parecía hacerlo a propósito, que estaba harto. Y, encima, esa confesión sobre la sequía. Borracho. Frente a Adrián, de toda la gente del mundo.

—Está bien —dijo, intentando recomponerse—. Lo dije. Pero no quiero tu lástima. Guárdatela.

—¿Te das cuenta de que es la primera conversación que tenemos sin que termine a gritos?

—Pues entonces no ha ocurrido. Esta noche tampoco. —Diego respiró hondo—. Te debo una por cuidarme. Espero que no se te ocurra ir contando por ahí que pasó algo.

—Tomo nota de que me debes una. —Adrián sonrió de medio lado, esa sonrisa que Diego odiaba con todas sus fuerzas—. Pero no voy a decir nada. No me conviene a mí tampoco.

El silencio que siguió fue el más incómodo que Diego recordaba haber compartido con nadie.

—Bueno. Nos vemos el lunes en clase. Aunque preferiría no verte.

—¿Estás incómodo por lo que pasó o por lo que no pasó?

Diego no contestó. Abrió la puerta y se metió en el rellano. Pulsó el botón del ascensor; el indicador marcaba la planta baja y no tenía paciencia, así que bajó los tres pisos por la escalera. En el primer descanso oyó la voz de Adrián por el hueco.

—El que calla, otorga.

***

En la calle, Diego se metió la mano en el bolsillo del pantalón y comprobó que las llaves del auto no estaban donde deberían. Suspiró, volvió al portal y pulsó el portero eléctrico con un dedo seco.

—Pensé que no nos veríamos hasta el lunes. —La voz de Adrián sonó tranquila, casi divertida.

—Me dejé las llaves arriba.

—Te las bajo.

Cuando la puerta del portal se abrió, Adrián llevaba unos jeans cortos y una camiseta blanca. No le miró a los ojos al dejarle caer las llaves en la palma, evitando el contacto.

—El auto está estacionado allá, entre el seat blanco y el escarabajo amarillo —dijo, señalando hacia el final de la calle.

—Gracias.

Diego se alejó dos pasos hacia atrás, sin saber qué decir.

—Me hubiera gustado que te quedaras a desayunar —añadió Adrián antes de meterse en el portal y desaparecer tras la puerta de cristal.

Diego se quedó plantado en la acera con las llaves clavándole la palma. Esa frase le había descolocado más que toda la conversación junta. Avanzó hasta el auto con paso lento, sintiendo un nudo en el pecho que no sabía cómo deshacer. Sacó el celular. Eran casi las dos de la tarde.

Al activar el cierre automático le vino, también de golpe, el recuerdo de haber vomitado. Hizo una mueca y se preparó para el peor olor de su vida. Pero al abrir la puerta del conductor, el auto olía a pino y a desinfectante. No había mancha, no había nada. Sobre el volante, una nota: «De nada por limpiarte el auto. No hace falta que me lo pagues. A.»

Diego apoyó la frente contra el volante. Algo no encajaba. Adrián nunca había sido amable con él. Lo había picado, retado, humillado en clase delante de los profesores. Pero amable, jamás.

Marcó el primer número de su lista de favoritos.

—Diego —respondió Camila al segundo tono—. ¿Dónde te metiste anoche? Te busqué hasta las tres y no estabas en ningún lado.

—Cami, necesito que me cuentes todo. Todo. Desde que llegamos a la fiesta hasta que me fui. Y rápido.

—¿Estás bien?

—No.

—Bueno. Llegamos a las once. Te tomaste tres tequilas en menos de veinte minutos. Discutiste con Adrián porque, según tú, te había vuelto a quitar a un chico que llevabas mirando toda la noche. Le gritaste de todo. Después se fueron al baño.

—¿Se fueron al baño?

—Es el de hombres, Diego. Yo no entro ahí.

—Cami, esta mañana me desperté en su cama. Desnudo.

—¡¿Qué?! ¿Y por qué no empezaste por ahí?

—Estoy intentando reconstruirlo. Él dice que no pasó nada.

—¿Y le crees?

Diego dudó. Conocía a Adrián desde el primer año de la facultad. Lo había visto comportarse de mil maneras, casi todas insoportables, pero nunca como un cabrón con nadie. No con borrachos, no con chicas, no con chicos.

—Creo que sí. Pero algo pasó. Alguien tuvo que vernos.

—Mateo entró al baño. Justo después que ustedes. Salió al minuto con cara de haber visto un crimen.

Diego sintió cómo se le iba la sangre de la cara.

—Gracias, Cami. Te llamo después.

Colgó sin esperar respuesta y marcó a Mateo con dedos torpes. Mateo era su mejor amigo desde la secundaria. Si alguien le iba a contar la verdad sin filtros, era él.

—Por fin despiertas, bello durmiente —saludó Mateo con una risa que sonaba demasiado nerviosa.

—Déjate de chistes, Mati. Esta mañana me desperté en casa de Adrián. Camila me dijo que entraste al baño anoche. ¿Qué viste?

Hubo un silencio largo al otro lado.

—No te lo puedo contar. Le prometí a Adrián que no diría nada.

—¿Le prometiste a Adrián? —La voz de Diego subió media octava—. ¿Tú? ¿A él? ¿Desde cuándo le haces favores?

—Diego…

—O me lo cuentas o le digo a Camila que llevas dos años colado por ella.

—¡No te atreverías!

—Ponme a prueba.

Mateo soltó un suspiro larguísimo.

—No sé por qué sigo siendo tu amigo. Está bien. Pero esto no sale de aquí.

—Cuenta.

—Cuando entré, lo tenías acorralado contra los lavabos. Le estabas devorando la boca como si te fuera la vida en ello. Tenías una mano agarrada a su nuca y la otra metida debajo de su camiseta. Él tenía los ojos cerrados y respiraba como si le costara. Cuando los oí gemir, di media vuelta para irme, pero Adrián te empujó hacia uno de los cubículos. Después se giró hacia la máquina de condones que hay junto al espejo, sacó la cartera y entonces me vio. Me pidió por favor que no contara nada.

El celular resbaló por la pierna de Diego hasta caer en el asiento del copiloto. Lo recuperó con manos que ya no le obedecían.

—Será cabrón. —La voz le salió rota—. Me dijo que no pasó nada. Se aprovechó de mí.

—Diego, escúchame —la voz de Mateo se dulcificó—. Cuando entré, era él el que estaba contra los lavabos. No tenía cara de querer escapar, eso es verdad. Pero el que llevaba la voz cantante eras tú. Tú no le dejabas moverse. Y tú fuiste el que empezó a meterle mano.

—Tengo que volver allí.

Diego lanzó el celular al asiento del copiloto y giró la llave en el contacto.

***

Tres pisos más tarde, Adrián abrió la puerta con cara de no esperar esa visita tan pronto. Diego entró sin pedir permiso.

—Quiero la verdad. Sin recortes.

Adrián cerró la puerta y se cruzó de brazos. Ya se había puesto una camiseta, pero seguía descalzo.

—Está bien. Te mentí en parte. En el baño me besaste tú. Me dijiste que tenías curiosidad por saber qué tenía yo que tanto te quitaba a los demás.

Diego le miró fijamente. Tras ocho años de rivalidad, sabía leer los gestos de Adrián como si fueran los suyos. La mandíbula apretada, el pulgar rozándole el meñique, la respiración alta en el pecho y no en el abdomen. Estaba mintiendo. O al menos, no contaba todo.

—¿Y qué más?

—Nada más.

—¿Por qué ibas a sacar un condón, entonces?

—No llegué a sacarlo. Me interrumpió Mateo. Te salvó de una tontería de la que te hubieras arrepentido toda la vida.

El timbre del portero sonó en ese momento. En la pantalla apareció la cara de Mateo. Adrián lo miró, miró a Diego, suspiró y abrió. Dos minutos después, Mateo entraba en el salón con cara de estar deseando que la tierra se lo tragara.

—¿Me has mentido? —fue todo lo que Diego le dijo a modo de saludo.

Mateo y Adrián cruzaron una mirada que duró medio segundo más de lo que debía durar.

—No te he mentido. No me dejaste terminar.

—Pues termina ahora.

—Cuando los encontré, era él el que estaba contra los lavabos —repitió Mateo con un cuidado quirúrgico—. Tú lo tenías agarrado por la camiseta. Él te empujó al cubículo y se acercó a la máquina. Cuando me vio, me pidió que no dijera nada. A cambio, me prometió que no iba a pasar lo que parecía que iba a pasar. Que iba a impedirlo. Y no pasó.

Diego miró a uno, miró al otro. Algo, en algún rincón de su cabeza, hizo un clic muy pequeño que prefirió ignorar.

—De acuerdo. Les creo. —Soltó el aire que llevaba reteniendo medio diálogo—. Gracias. Por impedir que metiera la pata hasta el fondo.

Salió del departamento sin despedirse. Mateo se quedó.

***

Cuando la puerta se cerró tras Diego, Adrián se dejó caer en el sofá y cerró los ojos.

—¿Fue como lo habías imaginado? —preguntó Mateo sentándose a su lado.

—Fue mucho peor. Cuando me besó estuve a un segundo de mandar el plan al carajo y arrastrarlo al cubículo yo mismo. Menos mal que entraste cuando entraste.

—Como habíamos hablado.

Adrián se frotó la cara con las dos manos.

—¿Algún día vas a contarle que llevas enamorado de él desde los catorce años? ¿Que llevamos ocho años siendo rivales académicos solo porque era la única forma que se te ocurría de obligarlo a fijarse en ti?

—Eso tendré que contárselo yo —Adrián sonrió con cansancio—. Tú solo me estás ayudando a conquistarlo. Bastante haces.

—Me duele mentirle. Es mi mejor amigo.

—Lo sé. Y le voy a contar la verdad. Cuando esté preparado para no salir corriendo. —Adrián abrió los ojos y miró el techo—. Si no te hubiera mandado a ti aquel mensaje por error, hoy no estaríamos conspirando en mi salón.

—Yo, por una vez, agradezco que metieras la pata. Si no, ustedes seguirían tirándose cosas a la cara en el aula magna durante otros ocho años.

Adrián se rió por primera vez en toda la mañana. Una risa corta, baja, que sonó a alivio.

—Va a volver, ¿sabes? —dijo Mateo poniéndose de pie—. Con la cabeza más fría. Y entonces se va a acordar de lo que sintió cuando te besó. Y te va a preguntar por qué le besaste tú también, en lugar de apartarlo.

—Que pregunte —Adrián se incorporó—. Esta vez no pienso mentirle.

Mateo le palmeó el hombro y se dirigió a la puerta.

—Por cierto, Mati —dijo Adrián cuando Mateo ya tenía el picaporte en la mano—. ¿De verdad estás colado por Camila?

—Eso —Mateo abrió la puerta con una sonrisa— es una historia para otro día.

Valora este relato

Comentarios (7)

NicolasMdq

tremendo!!! me enganche desde la primera linea, no podia parar

lector_nocturno

La tension que se arma desde el principio es increible. Esperando con ansias la continuacion!!

SantiagoK

jajaja la situacion del despertar me mato, y despues ya no da tanto para reirse. Muy bueno el giro

PatricioR

Se siente muy real, ese momento de desorientacion lo describiste perfecto. Segui asi por favor

Enrique77

Buenisimo el planteo. Un rival nada menos, eso le da una tension especial al relato desde el vamos

Fercho_G

Me recordo vagamente a algo que me paso en la facu, aunque la historia fue muy distinta al final jaja. Saludos desde Cordoba

TomásRN

No me esperaba ese giro!!! Tiene que haber una segunda parte, quede con muchisimas ganas de mas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.