El vecino maduro que me esperaba con la puerta abierta
Nadie contestó al telefonillo, pero la puerta se abrió igual. Ahí entendí que ya no había marcha atrás y que aquel hombre iba a hacer conmigo lo que quisiera.
Nadie contestó al telefonillo, pero la puerta se abrió igual. Ahí entendí que ya no había marcha atrás y que aquel hombre iba a hacer conmigo lo que quisiera.
Eligió el urinario de al lado sin pensarlo. Cuando sus miradas se encontraron en el espejo, supo que ninguno había entrado solo para lavarse las manos.
Solo iba a ser la excusa para que su mujer no sospechara. Nunca imaginé que terminaría sentado frente a ellos, sin poder apartar la vista de lo que hacían.
En cuanto sus padres se metieron en la cocina, el chico le agarró el paquete por encima del vaquero. Nadie en esa casa imaginaba cómo iba a acabar la cena.
Esperaba desnudo junto al olivo, con la mochila a los pies y el móvil en la mano, sin imaginar que aquella noche fría me dejaría dos sabores distintos en la boca.
Bajó la voz hasta un susurro ronco al otro lado del tabique, y supe que jamás volvería a sentarme frente a él en una reunión sin recordarlo.
Eneko se rompió esa noche, así que Unai hizo lo único que sabía calmarlo: lo llevó a la cama donde Mikel y Asier ya esperaban despiertos.
Llegué a esa fiesta en bañador creyendo que sería un día más con mi novio. No imaginaba que acabaría de rodillas, mostrándole a otro lo que se estaba perdiendo.
Cerré la puerta con llave y fue como apretar un interruptor: por primera vez iba a desnudarme frente a la cámara para que alguien, del otro lado, me deseara.
Cuando vi su foto, supe que esa noche no dormiría: la desnudé con la mente y dejé que mi imaginación cruzara los kilómetros que el cuerpo no podía.
Bastaba con poner cierto tono de voz y mi hijo soltaba el mando, mi mujer se desnudaba. Tardé dos semanas en entender qué hacer con algo así.
Sentado en el sillón, con la llave colgando entre sus pechos, supe que esa noche por fin la vería entregarse a otro hombre mientras yo permanecía encerrado.
Abrió las piernas en el suelo del salón y me lanzó un reto que no supe rechazar: enséñamela, y tócate para mí. Su amiga seguía dormida en el sofá.
Bajó el peluche de la repisa más alta, eligió el vídeo correcto y se preparó para una sesión que nadie más conocería jamás.
Eran las diez de la mañana, estaba sola en casa y solo podía pensar en sus manos. Hoy, al fin, estaríamos a solas y necesitaba calmar lo que él había despertado en mí.
Nunca quise hacer cámara. Hasta que una noche aposté por la curiosidad y un usuario sin rostro me pidió quedarse a solas conmigo.
Pensaban que dormía. Desde el pasillo escuché cada palabra, cada risa baja, cada cosa que decían sobre mí. Y en lugar de indignarme, me quedé quieta, escuchando.
Llevábamos casi un año desnudándonos frente a la cámara sin conocernos. Cuando entré en la cafetería y me senté a su lado, los dos nos quedamos sin aire.
Volví a mi cuarto temblando, me planté desnuda frente al espejo y dejé que su recuerdo guiara cada uno de mis dedos. No pude parar hasta el final.
Eran las nueve de la mañana, llevaba un vestido fácil de apartar y un secreto vibrando entre las piernas. Ningún conductor a mi lado imaginaba lo que estaba haciendo.