Mi tío vino a desconectar y acabó eligiéndome a mí
Marcos no estaba en casa para cuidar a su sobrino. Venía porque acababa de separarse y necesitaba «desconectar». Su hermana ya le había avisado de que se iban una semana al pueblo. «El chico se queda», le había dicho, «pero ya conoces a Bruno. Será casi como si estuvieras tú solo».
Bruno había visto a su tío unas cuantas veces, siempre acompañado por la rancia de la tía Adela. Pero nunca lo había encontrado tan fascinante como esa mañana en la piscina. Marcos no parecía tener casi cuarenta años. El bañador verde lima, ajustado y hasta medio muslo, le quedaba de escándalo. Y su cuerpo de gladiador depilado, uf.
En cuanto los padres dejaron la casa, Bruno se despatarró en calzoncillos sobre la tapicería marfil. Marcos le había dado permiso implícito: «Tranquilo, en estos días no me voy a meter en tus cosas».
***
Pasadas las seis, Marcos apareció por el salón. Seguía en bañador, con una camiseta de tirantes ajustada por encima.
—Perdona que te moleste —dijo levantando la mano en la que sujetaba un porrito fino bien liado—. Ahora que tus padres no están, me gustaría sacar a relucir alguno de mis hábitos privados.
—Ningún problema, también es vicio mío. Dentro de casa no me los fumo porque mi padre tiene olfato fino, pero en el jardín los que quieras.
Marcos se lo agradeció y le expuso otra de sus costumbres: hacer nudismo. Bañarse y tomar el sol sin nada encima.
—Es cómodo y liberador. Pero si te incomoda, puedo prescindir.
—No, qué va. Vergüenza ninguna.
A Bruno se le acaloraron las mejillas. Apartó la vista hacia la tele, avergonzado de recordar que esa misma mañana se lo había estado imaginando sin bañador.
—¿Estás seguro de que tú no lo practicas? —preguntó Marcos guiñándole un ojo.
Miró sin pudor hacia el slip rojo que llevaba su sobrino sobre el sofá color marfil. Una prenda poco discreta que dejaba intuir su juvenil masculinidad.
—Lo digo porque la diferencia es ínfima. Entre llevar eso y no llevar nada, me refiero.
A Bruno le ardieron los mofletes. Pero Marcos le cortó el rollo de cuajo al pasar a su lado y acariciarle la cabeza como si fuera un cachorrito indefenso.
—Ay, qué sobrinito más adorable tengo.
Con esa frase remató la humillación.
***
Quince minutos después, Bruno estaba metido en su cuarto. Escondido tras la cortina, con el móvil en una mano y agarrándose la polla con la otra. No se pajeaba como un mono; era una estimulación lenta, de esas que quieres que no se acaben.
Si acercaba el objetivo, la imagen se veía pixelada. Pero le bastó para comprobar que Marcos tenía el pubis arreglado y la verga gordota desfondada sobre los huevos. Le calculó un mínimo de seis dedos en estado de reposo. Y soñó despierto con verla crecer y multiplicarse.
Entonces saltó una llamada de improviso. Bruno se sobresaltó y se echó a un lado.
«Mierda», se maldijo. Se alejó de la ventana con el móvil pegado a la oreja.
—Ostras, Iván, ¿para qué coño me llamas? —dijo sin alzar la voz.
—Tú qué crees, macho. Para que me invites a tu casa. ¡Ya!
—No seas imbécil. Las fotos te las mandé solo para darte envidia.
—Qué hijoputa, primo. Yo también quiero que me visite un tío así de buenorro. ¿Ya se la has chupado o me estás esperando?
—Ni de coña te dejo venir. Ya nos conocemos y sé que eres un animal. Además, este pavo no cojea de lo nuestro. Lleva media vida casado y tiene dos hijas.
—¿Tú no me dijiste ayer que estaba divorciado?
—Casi. De momento se han separado. Por eso le pidió a mi madre venir unos días para desconectar de sus movidas.
—Bueno, sí, «desconectar». Lo que yo veo es que está ahí fumando porros y despelotándose delante de su sobrino, sabiendo que no hay nadie más en casa. A lo mejor para él desconectar no es otra cosa que conectar contigo. Dale una vuelta. Yo pillo la moto y en media hora me tienes ahí.
Bruno colgó con el runrún en la cabeza. Por más que a Iván se le fuera la pinza cuando iba caliente, de tonto no tenía nada. ¿Qué interés podía tener su tío en pasar unos días a solas con él, sabiendo que era gay? Porque eso lo sabía la familia entera.
Decidió tantear el terreno antes de meter la pata.
***
—Uy, no sabría decirte si me acuerdo de él —le dijo Marcos un rato después, cuando Bruno bajó al jardín a enseñarle una foto—. ¿Cómo dices que se llama?
—Iván. Es este. Mira.
Marcos seguía tirado en pelotas sobre la tumbona. Bruno había dejado sin acabar la paja, así que iba con el rabo apretado bajo el slip rojo y, por encima, un bañador floreado para no dar el cante. Le enseñó una foto del verano anterior en la playa. Iván con bañador de competición porque tenía cuerpazo como para competir en lo que le diera la gana.
Enseguida se dio cuenta de que a su tío le gustaba lo que estaba viendo. Marcos amplió la imagen como si tratara de recordar la cara, pero le estaba mirando el paquetón.
—Pues no me acuerdo, la verdad —fingió desinterés, devolviéndole el móvil—. ¿Y dices que va a venir?
—Solo si a ti no te importa. En verano viene a veces. Como él no tiene piscina, viene sobre todo para bañarse.
—Es tu casa y él tu primo. Lo que tú decidas me parece bien. Solo tengo una duda. ¿Es necesario que me tape?
Bruno sonrió volviendo a sentir el calor en las mejillas. Tres maricones en casa. Sin padres, sin normas, sin ropa. Qué más podía pedir.
—No creo que haga falta. A Iván, que es como yo, tampoco le va a importar que vayas por ahí desnudo.
—Ya, claro. Anda que menudo pajarraco estás tú hecho.
Sonriendo de oreja a oreja, Marcos se incorporó. Sus majestuosos pectorales mostraban unos pezones enormes, granates y puntiagudos. A Bruno se le fueron los ojos.
—Vas listo si crees que voy a ser el único que se pasee en pelotas por aquí, para alegraros la vista a ti y al marica de tu primo. Si quieres montar una casa nudista, tendrá que ser nudista para todos, ¿no?
Bruno se alejó con el móvil. A Iván no lo llamó, le escribió:
«Por lo visto, a mi tío le apetece tenernos por aquí en pelotas, así que ni te molestes en preparar mochila. Pilla la moto y vente con lo puesto».
La respuesta fue al nivel esperado: «Pues dile al macizo de tu tío que no se preocupe. Que llegaré con la polla fuera».
***
—Ha dicho que él se adapta a lo que sea —le contó poco después.
Bruno estaba en el borde de la piscina, viéndolo bracear por la zona profunda.
—Bien —dijo Marcos con poco entusiasmo—. Pero yo te sigo viendo en bañador.
—Y en bañador me vas a ver hasta que venga Iván.
Bruno le guiñó un ojo y se dejó caer al agua. El primer golpe de frescor le enfrió las ideas. Dentro de la piscina podía separar los muslos sin que la polla le tirase tanto.
Marcos caminó hacia el murete y se ayudó de sus bíceps de acero para auparse. Por un instante fugaz, Bruno solo vio su tremendo culazo emergiendo chorreante. Luego su tío se sentó en el borde con los pies sumergidos. Sus dos buenos cojones rozando las baldosas. Y el pollón rechoncho, que no se había encogido con el frío, goteando por la punta.
—Igual me meto donde no me llaman —empezó a decir su tío—, pero algo me dice que vosotros ya habéis practicado el nudismo en la intimidad. ¿Me equivoco?
Bruno respondió solo con la cabeza, moviéndola de lado a lado para confirmar que no se equivocaba.
—Con tu primo, ¿eh? —No sonó acusatorio. Solo fue un pensamiento en voz alta—. Es una perspectiva refrescante. Que seáis familia y aun así no sientas pudor para mirarlo con deseo. Además de veros desnudos, ¿puedo saber qué más habéis hecho juntos?
—No sé si debería contarte esas cosas, tío Marcos —ronroneó el sobrino fingiendo recato.
—¿Por qué no? Si fuera una de mis hijas lo entendería. Pero siendo un primo tuyo por parte de padre, alguien que ni siquiera conozco, ¿por qué no ibas a contármelo?
El glande sin pellejo de Marcos se alejaba poco a poco del saco. Su verga iba tomando consistencia mientras hablaban. Al joven no se le escapaba el detalle.
Por eso decidió quitarse el bañador. Sin más. Confió en que a su tío se le acabaría poniendo el rabo duro y así él podría desnudarse del todo sin sentir pudor.
—¡Eso es trampa, chaval! —le dijo enseguida—. Así ya te he visto antes en el sofá.
Marcos atisbó el llamativo color rojo de su pequeño calzoncillo. Con la mejor sonrisa, Bruno lanzó el bañador mojado lejos.
—Créeme que no, Marcos. No me has visto así. Al menos, no exactamente así.
—Ya entiendo. Te da vergüenza desnudarte porque te has puesto durillo, ¿no?
—Un poco durillo —falseó el dato—. Suele pasarme siempre que va a venir mi primo.
—Y solo es por eso, ¿verdad? Cuéntame algo más de él.
—¿De Iván? Es un poco bruto cuando va caliente. Se le va mucho la olla y arrasa con todo lo que tenga cerca. Y si lo único que tiene cerca soy yo… pues eso. Arrasa conmigo.
—Oh, joder —murmuró su tío. El carajo le pegó tal brinco que se le quedó casi en posición vertical—. ¿Qué quieres decir con que arrasa contigo?
—Por ejemplo, ahora mismo. Si tú fueras él, seguro que me habría arrancado el gayumbo con los dientes y me tendría sentado encima. Clavado en su polla.
—Uf, ¿en serio? —musitó Marcos.
Sin mover otra cosa que la mano, se escupió en la palma y agarró su cipote. Se dio un par de meneos antes de volver a escupirse.
—Yo no voy a arrancarte nada con los dientes, chaval. Pero si el calzoncillo te lo quieres quitar tú solito, desde luego que estaré encantado. Para que puedas sentar tu precioso culito sobre la polla que desees.
Apenas media hora antes Bruno estaba en su cuarto fantaseando con ver crecer aquel rabo maduro. Y lo estaba viendo crecido hasta su máximo esplendor, a un metro escaso de su rostro.
Se quitó el slip rojo, lo escurrió frente a su cara y se lo lanzó con suavidad al pecho del tío. Marcos no hizo nada para evitarlo. Se le quedó adherido a los pectorales de un modo morboso.
—Antes de chupártela, necesito preguntarte una cosa. ¿Has venido estos días solo para intentar follar conmigo? Porque yo creo que sí.
—Joder, dicho así suena retorcido. Prefiero pensar que he venido para conocerte mejor.
—Eso no me vale. Llevas todo el día exhibiéndote.
—Vale, lo confieso. He venido sabiendo que tus padres no iban a estar. Pero solo porque no conozco a otros hombres a los que les gusten los hombres. Es posible que el único seas tú. ¿La he cagado?
Bruno guardó silencio. Avanzó hacia la sombra de Marcos. A este se le escapó un gemido cuando sintió los dedos del sobrino apartando los suyos del cipote.
—Así que en realidad me has elegido para estrenarte como marica —dijo el joven en tono provocador.
—Si quieres la verdad, te la cuento luego. Pero no me hagas sufrir más.
La nueva sonrisa del chaval fluyó tan dulce como la miel que le mostró en forma de lengua. Agarrando el tremendo vergajo desde la base, Bruno se lo metió en la boca bien profundo, hasta que la garganta le hizo tope y emitió un sonido gutural. Con la punta de la nariz acariciando el cortito vello púbico.
La sintió palpitar entre sus mejillas. Marcos jadeó como si acabara de correrse, y se le doblaron los codos. Quedó algo más recostado sobre la hierba. En el pecho seguía teniendo expuesto el slip rojo.
—Era esto, joder —murmuró complacido—. Era esto lo que buscaba, Bruno. Tener a un tío chupándome la polla.
Bruno se la sacó de la boca para recorrerla entera a lengüetazos, sin dejar de mirar a su tío a los ojos. Se la siguió chupando, más tragón que apresurado, porque no quería que se corriese pronto. Y siendo tan fetichista como era, tener su slip rojo pegado al pecho de Marcos le estaba poniendo burrísimo.
Se pajeó sin contemplaciones bajo el agua. Le daba igual soltar una buena lefada porque sabía que después iba a seguir cachondo. Se corrió como un mono salido mientras le comía los huevazos, llenando la superficie de goterones blancos.
—¿Te ha gustado? —preguntó después, las manos sobre los muslos recios del tío.
—Joder que si me ha gustado. La mejor mamada que me han hecho nunca.
—Ahora dime: ¿a mí también vas a follarme de espaldas, para imaginar que soy otro?
Los ojos de su tío se abrieron como platos. Negó con la cabeza. Enseguida tomó a Bruno de las axilas y lo alzó como si no pesara. Demostró que sus hercúleos brazos no eran solo para salir bien en las fotos. El chaval dobló las piernas y las enredó en la cintura de aquella grúa de carne que lo sentó sobre sus muslos.
—A ti quiero follarte de frente —susurró el machote—. Para que me enseñes a darte placer.
Bruno sonrió feliz. Le entusiasmó la idea de ser el primero. El primer tío al que le había comido el rabo, y el primero al que se lo iba a meter por el culo.
—Estoy floja porque me acabo de correr. Pero tranquilo, se pondrá dura otra vez en cuanto estés dentro de mí.
Se llevó los dedos a la boca y los bajó hasta su culo. El semental lo mantenía agarrado de las nalgas, y la propia inercia del peso se las dejaba abiertas. Más saliva, ahora para la verga. Acopló el extremo del ariete en su agujero. Era sin duda la parte más gorda. Bruno la apretó con sus dedos babeados hasta que se le cerraron los ojos. Sintió el gozo y también la tirantez. Los volvió a abrir cuando ya tenía todo el capullo perforando su cueva.
—Hostia puta, qué bien me lo voy a pasar con tu pedazo de rabo —rumió mientras se sentaba lentamente.
El otro brazo lo tenía rodeando el cuello del tío. Aupándose para no clavársela de golpe. Se inclinó para besarle los labios. Le dio solo un pico, para tantear el terreno. Con los ojos le pidió permiso para el morreo, y fue Marcos el que sacó la lengua.
Bruno siguió sentándose despacio, penetrándose sin prisa al tiempo que se morreaban con la misma calma. Ya podía sentir bajo sus huevos el cosquilleo del pubis del tío.
Marcos deslizó las manos hasta su cintura. Por más que nunca se la hubiera metido a otro tío, el impulso de todo semental le salió de forma primitiva. Apretó el cuerpo de su sobrino hacia abajo y empujó con sus glúteos hacia arriba. Así que el resto de la polla se la metió él de un tirón.
—¡Aagh, joder! ¡Ahora sí, cabrón! —gruñó Bruno al sentir ese último empuje, el que lo dejó completamente clavado. Marcos sonrió mientras el chaval iniciaba la cabalgada.
No dejaron de mirarse a los ojos. Aquel momento fue pura intimidad, regalándose suspiros y miradas de gozo. El joven no tardó en ponerse duro de nuevo, alentado por la mano con que se pajeó por segunda vez. No apartó el slip rojo que había caído sobre su polla empinada. Al contrario, lo usó para envolverse el rabo. Se ayudó del morbo que le daba esa prenda desde que antes, en el sofá, Marcos la había mirado con ojos de lobo y piel de cordero.
Al sentir las palpitaciones y ver que su tío estaba a punto de correrse, Bruno se mantuvo algo alzado para que marcase el ritmo veloz de las últimas embestidas. Se deleitó observando la sensual tensión de sus músculos, oyéndolo jadear y luego viendo cómo se mordía el labio mientras eyaculaba dentro de él.
La suya no fue muy cargada y se quedó toda en el gayumbo rojo. Aquel contraste de colores lo acompañó en un orgasmo que el pollón de Marcos, todavía tieso en su culo, hizo mucho más placentero que el de la piscina.
Con cuidado, se fueron hacia atrás, agotados, respirándose uno al otro. Tumbados volvieron a morrearse sin prisa. Un morreo largo que les duró hasta que la verga del tío se descolgó del culo de su sobrino.
***
—Mi estrategia iba en otra dirección, te lo juro —confesó Marcos un rato después, ya echados en la hierba—. Solo iba a pedirte que me presentaras a alguien. Un amigo, un conocido con quien pudiera tener sexo para decidir si merece la pena mandar a la mierda mi matrimonio.
—Ya. ¿Y nunca pensaste que a lo mejor yo me ofrecía voluntario?
—Te juro que no. La última vez que nos vimos, parecías un poquito menos hombre que ahora. Por eso te sacaba de la ecuación. Ha sido esta mañana, cuando he visto cómo me mirabas, cuando me he dejado llevar.
—Pues ya me has follado, mira tú qué rápido —bromeó Bruno antes de reírse los dos.
—Espero no parecerte patético.
—No me lo pareces. —Se volcó sobre su tío para volver a besarle—. Y si después de estos días decides seguir casado, tampoco te voy a juzgar. Solo soy tu sobrino marica, el que está feliz de poder follar contigo durante una semana. Lo que pase luego es cosa tuya.
Como toda respuesta, Bruno recibió un nuevo beso. Otro largo morreo que los volvió a poner erectos.
Aquella iba a ser, sin duda, la mejor semana del verano.