Lo que pasó en la piscina cuando mis padres se fueron
Mis padres se marcharon a mediodía con las maletas cargadas y la lista de encargos pegada en la nevera. Una semana en el pueblo de mi abuela, sin más. Mi tío Andrés los acompañó al coche, les dio un abrazo a cada uno y volvió a entrar en casa con esa calma que tienen los hombres que acaban de separarse y que todavía no saben bien qué hacer con tanto tiempo libre.
Yo los vi alejarse desde la ventana del salón. Luego me tiré en el sofá en calzoncillos.
—¿Vas a pasarte el día así? —me preguntó Andrés al pasar.
—Probablemente sí —le contesté.
—Bien pensado.
Y se fue hacia el jardín sin más comentarios. Eso fue lo primero que me gustó de él: no intentó hacerse el padre durante esa semana. Solo era mi tío, recién separado de la tía Cristina, buscando unos días lejos de abogados y de conversaciones incómodas.
Lo que no me esperaba era el bañador.
Era de los cortos, de los que dejan poco a la imaginación. Color azul marino, ceñido. Y el cuerpo que había debajo del bañador era el de alguien que hacía algo más que pasear al perro los domingos. Tenía treinta y ocho años, pero en la piscina parecía tener diez menos. Espalda ancha, abdomen plano, brazos que no eran solo decorativos.
Yo tenía mi consola, mi sofá y mis calzoncillos. Pero la vista del jardín me distrajo más de lo que debería haberme distraído.
***
Pasadas las seis de la tarde, Andrés apareció en el salón con una camiseta de tirantes y algo en la mano derecha.
—Oye, Marcos. Ahora que estamos solos tengo que pedirte algo —dijo.
Levanté la vista de la pantalla.
Sostenía un cigarro fino, bien liado. Me lo mostró con naturalidad, como si me estuviera enseñando un bolígrafo.
—Ningún problema —le dije—. Yo también tengo el vicio, pero dentro no me los fumo porque mi viejo es de olfato muy fino. En el jardín puedes dar todos los que quieras.
—Gracias. —Se sentó en el brazo del sofá—. También hay otra cosa. Un hábito que tengo cuando estoy solo en casa. O con gente de confianza.
Hizo una pausa. Yo esperé.
—Nudismo —dijo—. Me gusta bañarme y tomar el sol sin ropa. Si te parece raro o te incomoda, lo dejo. Es una manía personal.
Sentí que se me calentaban las mejillas antes de poder contestar. Aparté los ojos hacia la televisión apagada.
—No me parece raro. Haz lo que quieras.
—¿Seguro?
—Seguro.
Andrés me miró un segundo. Luego bajó la vista, muy despacio, hacia los calzoncillos grises que llevaba puestos. Solo eso. Y levantó una ceja.
—La diferencia entre lo que tú llevas y no llevar nada es bastante pequeña, Marcos.
No supe qué responder. Me ardieron las orejas. Él sonrió, me revolvió el pelo con la mano como si tuviera diez años y se marchó hacia el jardín.
Tardé exactamente cuatro minutos en subir a mi cuarto.
***
Me aposté detrás de la cortina con el móvil levantado y la respiración contenida.
Andrés estaba en la tumbona. Sin bañador. La luz de la tarde le llegaba de lado y no dejaba nada sin iluminar.
Tenía el vello del pubis muy corto, casi inexistente. La verga descansaba sobre sus testículos con esa tranquilidad que tienen los hombres que no sienten vergüenza de nada. Era gruesa incluso en reposo, con el glande bien marcado, larga de una manera que no invitaba a apartar la mirada.
Dios mío.
Le calculé unos dieciséis centímetros en blando. Preferí no imaginar el resto porque iba a ser difícil bajar las escaleras.
El móvil vibró en mi mano. Era Diego.
Me alejé de la ventana antes de contestar.
—¿Qué quieres? —susurré.
—Que me invites. Ahora mismo. Tus padres no están, tienes piscina y según lo que me mandaste antes tienes visita muy interesante —dijo él, tan directo como siempre.
—Las fotos eran para darte envidia, no para que aparezcas aquí de improviso.
—Venga, Marcos. ¿Ya te la has chupado o todavía me estás esperando?
—Baja la voz aunque sea —le dije, aunque él no supiera que hablaba en susurros desde el pasillo de mi propia casa.
Diego era primo mío lejano, de los que casi parecen amigos porque los ves en todas las reuniones familiares desde que tienes uso de razón. Dos años mayor que yo, con un físico que hacía que la gente en la playa se diera la vuelta. Y tan deslenguado que era capaz de decirle cualquier cosa a cualquier persona sin pestañear.
Por eso no lo dejaba venir sin pensármelo antes. Con mi tío recién separado y todavía tanteando terreno, Diego era perfectamente capaz de arruinarlo todo en treinta segundos.
—Mi tío no va por ahí —le expliqué—. Lleva años casado. Tiene hijas.
Silencio al otro lado. Y luego:
—¿Está separado o no?
—Separado. Casi.
—Un hombre separado que aparece en casa de su sobrino gay, en bañador, en cuanto los padres se largan... ¿y tú me dices que no va por ahí? —repitió.
No respondí.
—Dale una vuelta a eso, Marcos. Y si cambias de opinión, escríbeme. —Hizo una pausa—. Que yo pillo la moto y en veinte minutos me tienes ahí.
Colgó.
Me quedé sentado en el borde de la cama con el móvil en la mano. Pensando en lo que Diego acababa de decir. Y pensando también en el momento anterior, en el salón, cuando Andrés había bajado la vista hacia mis calzoncillos de esa manera. No como mira un tío a su sobrino. Como mira alguien que está calculando algo que no dice en voz alta.
Decidí bajar a la piscina.
***
—¿Tienes un amigo que se llama Diego? —le pregunté desde el borde, con los pies metidos en el agua.
Andrés estaba en el extremo opuesto, braceando sin prisa. Se detuvo.
—Diego... No me suena. ¿De dónde lo conozco?
—De la boda de mi hermana, quizá. Es primo mío por parte de padre.
—No caigo. ¿Por qué me lo preguntas?
—Porque quiere venir. Tú decides si te importa tener compañía.
Andrés nadó hasta la escalerilla. Salió del agua con esa facilidad irritante que tienen los hombres que hacen ejercicio de verdad, se apoyó en los brazos y quedó sentado en el borde. A metro y medio de mis pies. Con todo a la vista y el sol pegándole por la espalda.
—Enséñame una foto —dijo.
Busqué en el móvil. Le mostré una de ese verano en la playa: Diego con bañador de competición, con el cuerpo que se había ganado en el gimnasio durante tres años, mirando al horizonte.
Andrés tomó el teléfono. Amplió la imagen más de lo necesario para reconocer una cara. Se quedó así unos segundos.
—No me acuerdo de él —dijo al final, devolviéndome el móvil con una sonrisa que no era del todo inocente—. ¿Y dice que quiere venir a bañarse?
—Eso dice.
—¿Sabe que aquí se hace nudismo?
Sonreí antes de poder evitarlo.
—Se lo puedo preguntar.
—Hazlo —dijo Andrés—. Pero avísale de que si viene, la casa nudista es para todos. No pienso ser el único que pasee en cueros para daros el espectáculo a los dos.
Saqué el móvil y le escribí a Diego cuatro palabras: «Ven. Sin mochila. Sin ropa.»
La respuesta llegó antes de que guardara el teléfono.
«Veinte minutos. Estoy saliendo.»
***
Pero antes de que Diego llegara, todavía quedaba tiempo.
Andrés seguía sentado en el borde de la piscina. Yo me metí al agua y me acerqué hasta quedar justo debajo de él, con la cara a la altura de sus rodillas y el sol dándome en la nuca.
—¿Puedo preguntarte algo? —dije.
—Lo que quieras.
—¿Sabías lo que podía pasar cuando vinieras aquí estos días?
Andrés tardó un momento en responder. Se apoyó hacia atrás en las manos, quedando medio recostado. La verga le descansaba sobre el muslo, ya no del todo tranquila.
—No exactamente —dijo—. Vine pensando en pedirte algo distinto. Que me presentaras a alguien. Un amigo, un conocido... Alguien con quien pudiera estar para saber de una vez si valía la pena tirar mi matrimonio por la borda.
—¿Y no pensaste en pedírmelo a mí directamente?
—Te juro que no. La última vez que te vi eras... diferente. Más joven, supongo. Esta mañana fue cuando me di cuenta de que eras tú el que me miraba, y fue ahí cuando empecé a pensar que a lo mejor me había equivocado de plan desde el principio.
Me incorporé un poco dentro del agua. Apoyé las manos sobre sus rodillas.
—¿Y el nudismo? —pregunté—. ¿El nudismo también formaba parte de la estrategia?
Sonrió. Bajo mis manos, sus músculos se tensaron levemente.
—El nudismo siempre —dijo—. Lo otro fue improvisado.
Deslicé las manos por sus muslos. Él no las retiró.
—¿Alguna vez has estado con un hombre? —le pregunté.
—Una vez. Hace muchos años. Fue en una situación rara, con unos amigos y unas chicas de por medio. No llegué a nada concreto, pero supe lo que sentía al ver a los demás. Lo que me encendía y lo que no. —Bajó la voz—. Y desde entonces lo he llevado muy callado.
—Mucho tiempo callado.
—Demasiado.
Abrí los dedos sobre la cara interna de su muslo. La verga se movió, visible.
—No tienes que seguir callado —le dije.
Y me acerqué.
Lo tomé con la mano primero, despacio, para que tuviera tiempo de decir que no si quería. No lo dijo. Al contrario: dejó escapar un sonido desde el fondo de la garganta, suave y largo, como si llevara años aguardando exactamente esto.
Se la metí en la boca con calma. Sin prisa. Quería que lo disfrutara, no que acabara en treinta segundos.
Era gruesa. La noté crecer entre mis labios hasta que no pude seguir bajando. Me detuve ahí y la mantuve así, quieta, sintiendo cómo palpitaba contra la lengua.
—Joder —murmuró Andrés—. Joder, Marcos...
Empecé a moverme. Despacio al principio, luego con más ritmo, marcando el compás yo. Le puse una mano en el muslo para estabilizarme y con la otra me ocupé de mí mismo bajo el agua. Tenía el corazón yéndome a doscientos y los pies plantados contra la pared de la piscina.
Andrés se recostó del todo sobre la hierba. Vi cómo sus abdominales se contraían con cada movimiento mío. Tenía los ojos cerrados y los brazos extendidos, rendido, sin hacer nada más que recibir lo que yo le daba.
Así me gusta.
Seguí hasta que lo noté al borde. Entonces paré.
Él abrió los ojos.
—¿Por qué paras?
—Porque no quiero que acabes todavía —le dije.
Me incorporé, me quité el bañador y lo lancé lejos de la piscina. Andrés se sentó. Me miró de arriba abajo sin disimulo y sin vergüenza, como si le pareciera lo más natural del mundo.
Luego hizo algo que no esperaba: me tomó de los costados con las dos manos y me sacó del agua como si no pesara nada. Con una facilidad pasmosa. Me sentó en el borde de la piscina, frente a él, con las piernas colgando.
—Ahora me toca a mí —dijo.
Y agachó la cabeza.
***
Cuando terminamos los dos, nos quedamos tumbados en la hierba uno junto al otro, mirando el cielo con la respiración todavía entrecortada. El sol seguía alto. Había pasado menos tiempo del que parecía.
—¿A qué hora llega tu primo? —preguntó Andrés.
—Ya debería estar al caer —dije.
—Bien.
Silencio. En algún lugar del jardín cantaba un pájaro. Andrés tenía un brazo bajo la cabeza y miraba las nubes con esa expresión serena que no le había visto en todo el día.
—Oye —dijo al cabo de un momento.
—¿Qué?
—¿No te parece raro todo esto?
Lo pensé un segundo.
—Un poco —admití—. Pero no de mala manera.
Andrés soltó una carcajada. Una risa de verdad, de las que salen del estómago. Llevaba meses sin reírse así, me lo dijo después. Meses de conversaciones en voz baja, de noches en hoteles baratos, de mirar el teléfono esperando mensajes que no llegaban o que llegaban y era mejor no haber recibido. Y de repente estaba aquí, en el jardín de su hermana, desnudo bajo el sol de la tarde, riendo.
—¿Qué vas a hacer cuando acaben los días aquí? —le pregunté.
—No lo sé todavía. —Se volvió a mirarme—. Pero algo ha cambiado hoy. Sé mejor lo que quiero. O al menos sé con más claridad lo que no quiero seguir haciendo.
—¿Y qué es lo que no quieres?
—Seguir callado.
Asentí sin decir nada más.
Desde la calle llegó el ruido de una moto que frenaba delante de casa. Diego. Puntual como siempre cuando le interesaba serlo.
Me levanté, fui a abrir la puerta del jardín y lo encontré del otro lado con el casco en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. Sin mochila, tal como le había dicho.
—¿Este es el lugar de nudismo? —preguntó, mirando por encima de mi hombro hacia la piscina donde Andrés seguía tumbado al sol.
—Esta es la casa nudista —confirmé—. Y se respetan las normas.
Diego me miró a mí. Luego miró a Andrés. Luego volvió a mirarme a mí con esa cara suya que significaba que estaba calculando exactamente cuánto iba a durar en pie la tarde.
—Ningún problema con las normas —dijo.
Y empezó a quitarse la camiseta.