Mi primera vez con dos hombres después del dominó
No me considero ni gay ni bisexual ni nada con etiqueta. Soy un técnico universitario aburrido, con un trabajo aburrido y una vida que cualquiera describiría como normal. Pero a veces el cuerpo pide cosas que la cabeza no entiende, y aquella noche descubrí que el mío llevaba años pidiendo algo a gritos sin que yo lo supiera escuchar.
Mateo y Damián eran pareja desde hacía tres años. Los conocí en el trabajo, antes de que ellos lo dejaran por algo mejor, y de tanto coincidir terminamos siendo amigos. No del tipo que se cuenta los problemas a las cuatro de la mañana, pero sí del tipo que comparte cervezas un viernes cualquiera. Por eso, cuando me invitaron a su casa a tomar algo y jugar dominó, no me lo pensé dos veces.
Llegué con una caja de cervezas y unas papas saladas. Mateo abrió la puerta con el pelo todavía húmedo de la ducha y una camiseta blanca demasiado fina como para no notar lo que había debajo. Damián estaba en el sofá, descalzo, con un pantalón corto deportivo y la mirada de alguien que ya iba un par de copas adelante.
—Bienvenido a la noche de los perdedores —dijo Damián, levantando su botellín—. Hoy no se sale en empate.
Reímos. Empezamos a beber. Empezamos a jugar.
***
Después de la cuarta cerveza y la segunda partida, Mateo propuso subir la apuesta.
—El que pierda, se quita una prenda —dijo, sin mirar a nadie en particular.
—Estás borracho —respondí, riéndome.
—Estoy aburrido —corrigió él—. ¿Le tienes miedo a algo, hermano?
No le tenía miedo a nada. O eso creía. Acepté.
La primera mano la perdí yo, y se fue mi camisa. La segunda la perdió Damián, que se quitó la suya sin dramatismo, como si llevara toda la noche esperando hacerlo. Tenía el pecho de alguien que va al gimnasio sin obsesionarse, marcado pero no exagerado. La tercera la perdió Mateo, que se levantó del sofá y se quitó el pantalón corto con una lentitud que no era casual. Debajo llevaba unos calzoncillos negros y, ya lo noté entonces, una sombra que no parecía estar quieta.
Yo fui perdiendo más manos. O quizá no estaba tan atento a las fichas como debería. Llegó un momento en que solo me quedaba el calzoncillo, y la cerveza se había acabado.
—Voy por más —dije, y me levanté.
No había dado tres pasos hacia la cocina cuando sentí a Mateo detrás de mí. Una mano en mi cintura. Una respiración cerca de mi oreja.
—¿Te importa si te toco un momento? —preguntó.
Me lo preguntó. Eso fue lo que me desarmó. No me agarró sin pedir permiso. Me lo preguntó como si fuera un favor.
—No —dije, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba.
Su mano bajó hasta el bulto que llevaba toda la noche fingiendo que no estaba ahí. Lo apretó por encima de la tela.
—Joder —murmuró—. Sabía que tenías algo escondido.
***
Me giré y lo besé. No lo pensé. No me pregunté si era lo mío o no. Simplemente lo besé como si llevara meses queriendo hacerlo y acabara de descubrirlo en ese mismo segundo.
Mateo besaba con calma. Su lengua entró en mi boca con la misma seguridad con la que su mano había entrado en mi calzoncillo. Damián nos miraba desde el sofá, sin moverse. No parecía sorprendido. No parecía celoso. Parecía un director que ve cómo sus actores improvisan exactamente lo que él tenía en mente.
Bajé la mano hasta el bóxer de Mateo. Lo que encontré ahí me hizo respirar hondo. Casi del tamaño del mío, gruesa, con una curvatura suave hacia arriba.
—Quiero probarla —dije, sin soltar su boca.
—Por mí no te cortes —contestó él.
Me arrodillé en la mitad del salón, sobre la alfombra. Le bajé el calzoncillo hasta los tobillos y la tuve delante de mí. Era la primera vez que tenía una así de cerca. La primera de verdad. Y, sin embargo, mi boca pareció saber qué hacer antes de que mi cabeza decidiera nada.
La pasé por mis labios. La metí poco a poco. Mateo dejó escapar un sonido que era mitad gemido, mitad risa.
—Joder, primerizo de mierda, sabes lo que haces.
No sabía. Solo hacía lo que había visto mil veces en pantalla y nunca había imaginado replicar. Subí, bajé, dejé que el glande me chocara contra la mejilla, lo lamí desde la base. Mateo me agarró del pelo con una mano, suavemente, como recordándome que estaba ahí.
Cuando levanté la vista, Damián se había bajado el pantalón corto y se acariciaba sin prisa, mirándonos.
—Trae eso al sofá —dijo, en voz baja—. No quiero seguir solo.
***
Me llevaron al cuarto. Yo iba detrás, descalzo, con la boca todavía caliente y el pulso en sitios donde no debería habérseme metido el pulso jamás. Damián abrió la cama con una mano. Mateo me empujó suavemente sobre las sábanas.
—Túmbate boca arriba —dijo Damián.
Lo hice. Damián se subió a la cama y se ofreció a la altura de mi boca. La de él era distinta: más fina, más larga, con unas venas que recorrían el tallo como ríos. La metí entera. Pude tragarla sin atragantarme, y eso me dio una confianza que no sabía que tenía. Mientras lo chupaba, Mateo me abrió las piernas.
—Te lo afeitaste —dijo, con sorpresa—. ¿Esperabas algo?
—Lo tengo así siempre —mentí.
No mentía del todo. Llevaba meses afeitándome ahí abajo sin saber muy bien por qué. Como si una parte de mí estuviera preparándose para algo que la otra parte se negaba a admitir.
Mateo se humedeció los dedos y me los pasó por el ano, despacio. Yo seguía con Damián en la boca. Cuando entró el primer dedo, di un respingo. Cuando entró el segundo, dejé escapar un gemido que retumbó contra el sexo de Damián.
—Tranquilo —murmuró Mateo—. No vamos a ir rápido si tú no quieres.
—Quiero —dije, soltándolo un segundo—. Quiero que me la metas.
***
Me puse a cuatro patas. Mateo se colocó detrás. Sentí el glande presionando, fresco por el lubricante, y luego un ardor que me hizo cerrar los ojos. Empujó despacio. Yo apreté las sábanas. Damián, frente a mí, me acarició la cara con su sexo.
—Respira —me dijo—. Por la boca.
Respiré. El ardor se transformó en presión, y la presión, en algo que no tenía nombre. Mateo entró del todo. Se quedó quieto, esperándome.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sigue —respondí.
Empezó a moverse, lento, midiendo cada embestida. Damián volvió a meterme la suya en la boca, y entonces todo dejó de ser una sola cosa para convertirse en un ritmo: por delante, por detrás, por delante, por detrás. Yo era una bisagra entre los dos cuerpos. Una bisagra que descubría que llevaba años oxidada por no haberse abierto nunca.
Mi propia erección, que había bajado al principio por el ardor, volvió en algún momento, dura y goteando, sin que nadie la tocara. No era necesario. Lo que estaba sintiendo no venía de ahí.
***
Damián fue el primero en pedir más. Se me retiró de la boca, me agarró de la barbilla, me obligó a mirarle.
—Quiero correrme en tu cara —dijo.
—Hazlo.
Mateo seguía empujando atrás. Damián se masturbó frente a mí, rápido, hasta que su cuerpo se tensó y empezaron a salir chorros calientes, uno tras otro, sobre mi frente, mi mejilla, mi labio inferior. Algunos cayeron sobre mi lengua. No los rechacé. Los recogí con los dedos, los pasé otra vez por mi boca, los tragué.
—Está disfrutando demasiado —se rió Damián, todavía con la respiración entrecortada—. Es una zorra de verdad.
La palabra debería haberme molestado. No lo hizo. La asumí como un disfraz que descubría tarde, una identidad que solo me cabía en aquella habitación y en aquella noche.
—Ahora me toca a mí —dije, y giré la cabeza hacia Mateo.
***
Mateo salió de mí con cuidado y se tumbó boca arriba. Se ofreció. Esa fue la palabra exacta que pensé: se ofreció.
Yo me coloqué entre sus piernas. Le besé el abdomen, le mordí el muslo, le lamí los testículos. Cuando llegué a su entrada, dudé un segundo. Damián, desde la cabecera, susurró:
—Hazlo. Lleva toda la noche pensándolo.
Le pasé la lengua. Mateo dio un golpe suave de cadera contra mi cara. Le metí un dedo, dos, hasta sentir que se relajaba. Luego me incorporé, me agarré y la fui guiando.
—Despacio —pidió Mateo.
Despacio entré. Centímetro a centímetro, leyendo su cara, parando cuando él respiraba más fuerte. Cuando estuve dentro del todo, me incliné y le besé. No fue un beso erótico. Fue otra cosa. Un agradecimiento mudo por dejarme cruzar una frontera nueva.
Empecé a moverme. Su cuerpo respondió al mío con una facilidad que me sorprendió. Damián se acercó por un costado, le puso a Mateo el sexo cerca de la boca, y Mateo, sin dejar de gemir bajo mis embestidas, abrió los labios para chuparla otra vez. Yo aceleré. Mi pubis chocaba contra sus nalgas con un sonido seco. Mateo se masturbó con su propia mano, gimiendo cada vez más alto, hasta que se corrió en su propio abdomen, en chorros largos que recogí inclinándome y lamiéndolos sin pensar.
Empujé tres veces más y me vacié dentro de él. Me quedé temblando un instante. Salí. Vi cómo el orificio quedaba abierto, latiendo. Se lo besé. Se lo lamí. Hice cosas que dos horas antes no habría sabido ni nombrar.
***
Pensé que la noche había terminado. Me equivocaba.
Damián me agarró de las caderas, me giró, me volvió a poner a cuatro patas. Otra vez duro, entró de nuevo en mi cuerpo, y esta vez lo hizo sin pedir permiso. No me importó. Yo ya no era el que había llegado con la caja de cerveza. Yo era un cuerpo abierto que pedía más por inercia, una boca que decía guarradas que no había dicho nunca, un culo que se acomodaba a un ritmo que no había aprendido jamás.
Mateo, agotado, me sostenía la cabeza contra su pecho y me pasaba los dedos por el pelo, como si fuera lo más natural del mundo. Damián me embestía duro. Yo gemía contra la piel de Mateo y le decía cosas a Damián que no me reconocía diciendo.
—Más fuerte. Así. No pares.
Damián gruñó, se hundió hasta el fondo y se vació dentro de mí por segunda vez en una hora. Cuando salió, se dejó caer en la cama, sudado.
—Te has roto —dijo Mateo, riendo bajito—. Bienvenido al club.
***
Me levanté con las piernas flojas y entré en su baño. Bajo el agua caliente me limpié la cara, el cuello, el cuerpo. Hubo un hilo de sangre cuando me lavé por dentro, pero no me asusté. No mucho. El espejo me devolvió la imagen de un hombre que parecía el mismo de antes y, sin embargo, no era el mismo de antes.
Cuando volví al cuarto, me dejaron un sitio entre los dos. Me dormí ahí, con la mano de Mateo sobre mi espalda y la respiración de Damián en mi nuca. Pensé, antes de cerrar los ojos, que al día siguiente volvería al trabajo, al rendimiento absoluto, a la familia, a la lista de cosas que se esperaban de mí.
Y pensé también, ya casi dormido, que ahora sabía algo que antes no sabía. Que no iba a poder olvidarlo. Y que la próxima vez que alguien me invitara a jugar dominó, iba a ir sin tantas excusas.