Lo que mis primas y yo callamos ese verano
Valeria era la clase de prima que te hacía dudar de si la familia era una bendición o una condena. Alta, con ese pelo rubio que llevaba siempre a medio hacer, y esa manera de entrar en una habitación como si supiera con exactitud el efecto que producía. Yo tenía veintidós años la primera vez que Matías y yo cruzamos esa línea con ella. Él veinticuatro. Valeria, veintiuno.
Fue en casa de mis padres, una tarde de agosto sin nada que hacer. Matías estaba tumbado en el sofá con los pies encima de la mesa de centro y yo en el sillón, cambiando canales sin convicción. Valeria apareció desde el pasillo con un vestido azul que le llegaba a medio muslo y se quedó parada en el umbral, mirándonos.
—¿Qué hacéis? —preguntó, aunque era evidente que no esperaba respuesta.
—Nada —dijo Matías sin moverse.
—Se nota.
Se acercó y se sentó entre los dos, como si ese espacio vacío en el sofá hubiera sido diseñado específicamente para ella. El vestido se le subió un poco al sentarse, y desde donde yo estaba se veía perfectamente el arranque de sus muslos, la piel bronceada, y una sombra bajo la tela que dejaba claro que las bragas eran mínimas o directamente no había. Ninguno de los dos dijimos nada.
Fue Matías el primero en moverse. Le pasó un brazo por los hombros con la misma naturalidad que si fuera un gesto de siempre, y Valeria no lo apartó. Giró la cabeza hacia él, y lo que vino después no fue un accidente: fue una decisión tomada con los ojos abiertos.
—¿Sabes que llevamos años rondándonos sin hacer nada? —dijo ella en voz baja.
—Lo sé —respondió Matías.
Yo no dije nada. Me quedé quieto, observando, hasta que Valeria giró la cabeza hacia mí con esa sonrisa que significaba exactamente lo que parecía.
—¿Y tú? ¿Piensas quedarte mirando, Andrés?
No me quedé mirando.
Lo que siguió fue lento al principio, cargado de esa tensión de quien sabe que está cruzando una frontera sin retorno. Valeria se inclinó hacia Matías y lo besó con una calma que me sorprendió, con las manos apoyadas en su pecho. Yo acerqué mi boca a su cuello, chupé despacio la piel bajo su oreja, y cuando ella giró ligeramente la cabeza para darme acceso, le mordí el hombro y le bajé el tirante del vestido de un empujón. Una teta le quedó al aire, redonda, con el pezón ya duro. La atrapé con la boca y ella soltó un jadeo dentro de la boca de Matías.
Entre los dos le quitamos el vestido. Debajo no llevaba sujetador, y las bragas eran un triángulo minúsculo empapado en el centro. Matías soltó una carcajada baja y ella lo miró con fingida indignación.
—¿Qué tiene de gracioso?
—Nada —dijo él—. Absolutamente nada. Que estás chorreando.
—Pues haced algo al respecto.
Matías le metió dos dedos por debajo del elástico y se los hundió sin más preámbulo. Valeria abrió las piernas en el sofá y echó la cabeza atrás. Yo le seguía chupando las tetas, alternando entre una y otra, mordiéndole los pezones hasta que gemía. Los dedos de mi hermano entraban y salían de su coño con un ruido húmedo que llenaba el salón. Le arrancamos las bragas de un tirón.
Valeria se arrodilló en el suelo frente a nosotros. Nos desabrochó los pantalones a los dos con una eficiencia que no dejaba lugar a dudas sobre lo que quería. Nos bajó los calzoncillos hasta los tobillos y nos miró a los dos con las dos pollas duras a la altura de su cara, una en cada mano. Sopesó, comparó, sonrió.
—Los primos Andrés y Matías, por fin fuera del cajón —murmuró.
Y me la metió entera en la boca. De golpe, hasta la garganta, sin arcadas. Sentí su lengua enrollándose bajo el glande mientras la punta le tocaba el fondo, y al mismo tiempo su otra mano empezó a masturbar a Matías con un ritmo tranquilo y deliberado, apretando la base y subiendo lento hasta el capullo.
Sentirla así, con su lengua moviéndose despacio mientras su mano trabajaba a mi hermano, fue una de las cosas más intensas que había experimentado. Matías tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, los músculos del cuello en tensión. Ella me sacaba la polla de la boca solo para lamerla desde los huevos hasta la punta, y volvía a tragársela mientras me miraba a los ojos.
—Madre mía —murmuró Matías cuando le tocó a él.
Valeria le engulló la verga con la misma hambre. Yo veía cómo se le hinchaban las mejillas al retenerlo dentro, cómo la saliva le caía por la barbilla y le goteaba entre las tetas. Cuando lo soltaba, le daba una bofetada suave a la polla contra su lengua antes de volver a mamársela. Alternó entre los dos durante un buen rato, sin prisa, como si quisiera que durara lo más posible. Cada vez que cambiaba, el que quedaba sin su boca encontraba el calor de su mano, subiendo y bajando por la polla mojada. Los dos gemíamos. Ella parecía satisfecha con ese control que ejercía sobre nosotros sin esfuerzo aparente.
—Sois idénticos hasta ahí abajo —dijo, riendo, con los labios brillantes.
Cuando decidió que era el momento de pasar a otra cosa, lo hizo con la misma claridad con la que tomaba todas sus decisiones. Se levantó, me cogió de la mano y me llevó hasta el sofá.
—Siéntate —me dijo a mí—. Tú, ponte detrás de mí —le indicó a Matías.
Se inclinó sobre mi regazo y me tomó en su boca de nuevo. Matías se arrodilló detrás de ella, le abrió el culo con las dos manos y le pasó la lengua entera desde el coño hasta más arriba. Valeria gimió con mi polla dentro de la boca y ese sonido vibró por toda mi verga. Luego mi hermano se puso de pie, se escupió en la mano, se la pasó por el capullo, y la penetró despacio por el coño hasta el fondo. Ella soltó un gemido ahogado con mi polla todavía en la garganta. Cuando Matías empezó a follársela en serio, con embestidas largas que la empujaban hacia adelante, cada golpe le hundía mi verga más hondo en la boca. Se me metió los huevos también, uno tras otro, chupándolos mientras me masturbaba la polla llena de su saliva.
—Está apretadísima —dijo Matías entre dientes—. No voy a durar mucho así.
—Pues aguanta —contestó ella, girando la cabeza un momento—. No te corras todavía.
Estuvimos así hasta que Matías pidió cambiar. Valeria se incorporó, con la boca hinchada y el coño chorreando entre los muslos, miró a su primo y señaló el sofá.
—Ahora tú aquí. Y tú —me dijo a mí—, quiero los dos a la vez.
Matías se tumbó en el sofá, boca arriba, con la polla apuntando al techo, brillante de sus propios jugos. Valeria se colocó encima de él, de cara a mí, se abrió las nalgas con las manos y bajó despacio hasta ensartarse. Bufó al sentirlo entero dentro. Yo me situé detrás, entre las piernas de mi hermano, con mi polla en la mano. Le escupí en el ojete y le froté el capullo contra el agujero. Ella se tensó un segundo.
—Despacio —dijo—. Nunca lo he hecho con dos a la vez.
—Despacio —repetí.
Empujé. La cabeza entró con un chasquido húmedo, y ella soltó un quejido largo, mordiéndose el labio. Me quedé quieto un momento, dejándola respirar. Matías estaba parado también, con las manos en las caderas de Valeria, esperándonos. Fui entrando de a poco, milímetro a milímetro, mientras ella se relajaba y me dejaba pasar. Cuando por fin la tuve entera, con mis huevos apoyados en los suyos, los tres estuvimos un instante sin movernos, sintiendo el pulso del otro a través de esa pared finísima que nos separaba.
—Joder —dijo Matías, con la voz rota—. Te siento a ti dentro de ella.
Valeria exhaló un sonido largo y grave que confirmó que estábamos donde ella quería.
—Así —dijo, con los dientes apretados—. No paréis.
No paramos.
Empezamos a movernos por turnos: cuando Matías subía, yo bajaba, y al revés, para que nunca estuviera vacía. Ella se abrazó a las rodillas de mi hermano, le echó la cabeza atrás, y empezó a gemir sin filtro, cada embestida arrancándole un sonido nuevo. Le agarré las tetas por detrás, se las apreté, le pellizqué los pezones. Sentía la polla de Matías rozando la mía a través de ella, resbalando arriba y abajo, y esa fricción era casi insoportable.
—Me voy a correr —avisé.
—Yo también —dijo Matías.
—Los dos dentro —jadeó Valeria—. Dentro los dos, ya.
Matías se corrió primero, con un gruñido animal, y yo sentí las contracciones de él a través de ella. Fue suficiente. Me solté a los pocos segundos, vaciándome en su culo con una descarga que me dobló las rodillas. Valeria se corrió entre los dos, temblando, apretándonos con una fuerza que nos exprimió las últimas gotas.
Los tres nos quedamos un momento en silencio, todavía ensartados, sin movernos, como si cualquier gesto pudiera romper algo que todavía era demasiado reciente para analizarlo. Cuando salimos, un hilo blanco le corrió por el interior del muslo.
Fue Valeria la primera en reírse.
—Llevamos años perdiendo el tiempo —dijo.
Matías y yo no respondimos, pero estuvimos completamente de acuerdo.
***
Dos semanas después, Valeria apareció en casa de nuestro primo Diego. Llegó con Natalia, otra prima nuestra, más menuda que Valeria, con el pelo oscuro y uno de esos vestidos rosas que parecen diseñados para que nadie pueda pensar en otra cosa.
Diego me contó lo que pasó esa tarde. Se lo arrancamos entre una cerveza y media, un viernes por la noche, y lo hizo con esa mezcla de incredulidad y satisfacción de quien todavía no termina de creerse su propia suerte.
Valeria y Natalia llegaron sin avisar, como era su costumbre. Natalia pidió usar el baño nada más entrar, y en el momento en que se cerró la puerta del pasillo, Valeria se volvió hacia Diego y lo besó, metiéndole la lengua hasta el fondo y agarrándole la polla por encima del pantalón.
—Llevo todo el trayecto pensando en esto —le dijo, apretándosela—. Se me nota hasta desde fuera.
Diego no tardó en reaccionar. Le levantó la falda, le arrancó las bragas de un tirón, y le hundió tres dedos en el coño empapado. Valeria se abrió de piernas contra la pared y le mordió el cuello. Diego tenía las manos entre los muslos de su prima cuando oyeron los pasos de Natalia volviendo desde el pasillo.
—Pero ¿qué hacéis? —dijo Natalia desde el umbral, con un tono que no era exactamente de reproche.
—Empezar sin ti —respondió Valeria, con los dedos de Diego todavía dentro—. Perdona.
Se acercó a su prima y la besó en la boca antes de que Natalia pudiera decir nada más. Diego los observó desde el sofá: a Valeria levantando el dobladillo del vestido de Natalia con las dos manos, colándose por debajo hasta encontrarle el coño por encima de las bragas, a Natalia dejándola, con los ojos entreabiertos y una sonrisa que lo decía todo. Valeria le apartó la tela y le pasó el dedo por la raja, y Natalia se estremeció entera.
—Estás igual de mojada que yo —murmuró Valeria.
—¿Nos ayudas con nuestro primo? —preguntó luego, mirando a Diego por encima del hombro.
Las dos se arrodillaron frente a él y le bajaron los pantalones de un tirón. Se turnaban, pasándose la verga de una boca a la otra con una coordinación que parecía ensayada. Natalia se la tragaba entera, hasta hacer arcadas leves, mientras Valeria le lamía los huevos por debajo. Luego cambiaban: Valeria se la metía hasta el fondo y Natalia le chupaba la punta cada vez que salía. Se besaban con la polla de Diego entre las dos, la lengua de una encontrando la de la otra sobre el capullo, escupiéndose saliva mutuamente hasta que la verga entera quedaba brillante y goteando. Diego me dijo que en ese momento dejó de pensar en cualquier otra cosa que no fuera lo que estaba sintiendo.
Después las tumbó a las dos en el sofá, una junto a la otra, y les subió los vestidos hasta la cintura. Se ocupó de Natalia con la boca, chupándole el coño despacio, hundiéndole la lengua y sacándola, subiendo hasta el clítoris y torturándola ahí con lametones cortos, mientras Valeria le acariciaba el pelo a su prima y le besaba el cuello, chupándole las tetas por encima del vestido. Natalia le agarró la cabeza a Diego y le empujó la cara contra su sexo.
—Más adentro, joder, más adentro.
Cuando Natalia estuvo lista, Diego se incorporó, se colocó entre sus piernas, y le metió la polla hasta los huevos de una sola embestida. Ella gritó. Diego mantuvo el ritmo controlado de quien quiere que dure, entrando hondo, retirándose casi entero, volviendo a hundirse. Valeria se acercó, le pasó una mano por el vientre a su prima, se inclinó y le empezó a chupar los pezones mientras Diego la follaba.
—¿Bien? —preguntó.
—Muy bien —respondió Natalia con los ojos cerrados—. No pares, no pares.
Siguieron cambiando. Diego sacó la polla brillante del coño de Natalia y se la metió a Valeria de golpe, sin transición, y Valeria bufó al sentirla entera. Natalia se puso a cuatro patas al lado, pegó la boca al ojete de su prima y la lamió mientras Diego se la follaba, la lengua de Natalia rozando también la polla de él cada vez que salía. Diego casi se corre ahí mismo. Las dos atendiéndole al mismo tiempo mientras él permanecía de pie, con Valeria mamándole y Natalia lamiéndole los huevos, hasta chupándole el culo por detrás cuando él se inclinaba hacia adelante. Cada combinación llegaba con la naturalidad de quien no está siguiendo un guion sino respondiendo a lo que el momento pedía.
Valeria propuso el siguiente cambio. Se tumbó en el sofá, con las piernas abiertas y el coño abierto y rojo, y extendió una mano hacia Diego, indicándole que se colocara encima. Cuando él la penetró, ella arqueó la espalda y le clavó las uñas en la espalda. Valeria hizo un gesto a Natalia para que se acercara. Natalia se posicionó sobre la cara de su prima, montándole la boca, y los tres encontraron el ritmo juntos: Diego moviéndose dentro de Valeria con embestidas hondas, Valeria comiéndole el coño a Natalia desde abajo, la lengua entrando y saliendo, chupándole el clítoris entre los labios, Natalia inclinada hacia adelante con las manos apoyadas en el pecho de Diego, besándolo en la boca mientras cabalgaba la cara de su prima. Natalia se corrió primero, con un espasmo largo, empapándole la cara a Valeria de flujo.
Cuando Diego se corrió, lo hizo dentro de Valeria en cuatro chorros que ella sintió golpearle el fondo. Valeria arqueó la espalda y se quedó un momento quieta antes de reírse, con la cara todavía brillante entre los muslos de Natalia.
—Eres exactamente igual que tus primos —le dijo—. Os corréis todos igual de fuerte.
Diego no supo si eso era un cumplido o una advertencia. Decidió que era lo primero.
***
Eso ocurrió hace ya tres veranos. Desde entonces hemos tenido otras tardes parecidas, aunque ninguna con la misma carga de aquella primera vez con Matías, cuando todavía existía la posibilidad teórica de dar marcha atrás.
Valeria sigue apareciendo en las reuniones familiares con esa expresión de quien guarda un secreto cómodo. A veces me cruzo con ella en el pasillo de casa de mis padres y ninguno de los dos dice nada, pero tampoco miramos hacia otro lado. Hay algo en ese silencio que lo contiene todo sin necesitar palabras.
Natalia se casó el año pasado. Estuvo preciosa en la boda. Diego fue al enlace y me mandó un mensaje durante la recepción que solo decía: «Ya sabes.»
Ya sé.
Hay cosas que una familia guarda entre ella sin necesidad de ponerles nombre. Algunas pesan. Otras, simplemente, son lo que son: momentos que ocurrieron porque todos lo quisieron y que nadie tiene intención de borrar de su memoria.
Valeria tampoco.