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Relatos Ardientes

Dos mujeres en casa: mi hija y yo aquel jueves

La ruptura de Valeria con su novio llegó un martes por la tarde con un mensaje de texto y tres días de silencio que lo llenaron todo. La vi apagarse poco a poco: dejó de salir, dejó de contestar el teléfono, se quedaba en el salón con la mirada fija en el techo como esperando algo que no iba a llegar.

Yo la observaba desde la puerta sin saber qué decirle. Como madre quería arreglarlo todo. Como mujer reconocía esa clase de tristeza que solo se cura con tiempo y con algo que te recuerde que el mundo todavía existe más allá de un nombre.

Fue un jueves. Llegué del trabajo antes de lo habitual y la encontré en el sofá, con las piernas recogidas bajo el cuerpo y unos pantalones cortos de verano. Tenía el pelo suelto y la mirada perdida. Era la imagen exacta de su tristeza, pero también era —y me odié por pensarlo en ese instante— una mujer muy bella. Siempre había sido guapa, como su padre, como yo. Pero esa tarde lo vi de otra manera.

Me senté a su lado sin hacer ruido.

—Cariño —le dije—, ese chico no merece ni un minuto más de tu cabeza. Eres extraordinaria y lo sabes.

—Lo sé, mamá —respondió sin convicción.

Apoyó la cabeza en mi hombro. Fue algo natural, como cuando era niña y buscaba ese rincón para calmarse. Pero ella ya no era una niña, y yo lo noté con una claridad que me incomodó.

Nuestras cabezas quedaron muy cerca. Sin pensarlo del todo —o quizás pensándolo más de lo que debería— giré la mía hacia ella. Ella hizo lo mismo. No sé quién acercó los labios primero. Sé que nos besamos, y sé que ella respondió antes de apartarse bruscamente.

—Mamá —dijo, con la voz tensa—. ¿Qué estamos haciendo?

Se levantó del sofá y se quedó de pie frente a mí con una expresión que no era solo de sorpresa. Era también de algo más difícil de nombrar.

—Siéntate —le pedí.

—No sé si debo.

—Valeria, siéntate.

Lo hizo, pero al otro extremo del sofá, con los brazos cruzados sobre el pecho. La miré directamente.

—Llevas días encerrada aquí pensando en alguien que no te merece —le dije—. Lo que necesitas no es llorar más. Lo que necesitas es que alguien te folle bien, hasta que se te olvide el nombre de ese hijo de puta.

—Mamá, no digas eso.

—Lo digo porque es verdad. Tu cuerpo lleva días muerto. Necesita que alguien te haga acabar hasta que no puedas ni caminar.

—Contigo no puedo hacer eso, mamá.

—¿Por qué no?

La pregunta la dejó sin palabras. Estuvimos calladas unos segundos que pesaron demasiado.

—Porque eres mi madre.

—Y también soy una mujer. Con un coño igual que el tuyo. Que también se moja, que también necesita.

La vi tragar saliva. Vi cómo se le apretaban los muslos uno contra el otro sin que ella se diera cuenta. No sé si fue la lógica o el agotamiento o algo más viejo y más difícil de explicar, pero ella aflojó los brazos. No dijo que sí. Pero tampoco se levantó.

***

Me acerqué despacio. Le puse una mano en la rodilla y se la abrí sin apartarle la mirada. Le bajé los pantalones cortos hasta los tobillos y ella los apartó de una patada. Debajo llevaba unas bragas blancas de algodón, y vi la mancha oscura de humedad en el centro antes incluso de tocarla.

—Estás empapada, Valeria —le dije en voz baja.

Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo. La hice recostarse a lo largo del sofá con las piernas abiertas y me arrodillé en el suelo, entre sus muslos. Le aparté la tela mojada hacia un lado con el dedo y vi su coño abierto, rosado, brillante. El clítoris ya asomaba hinchado.

Le pasé la lengua entera de abajo arriba, despacio, deteniéndome un segundo en el clítoris al final del recorrido. Ella dio un tirón con las caderas y soltó un gemido ahogado.

—Mamá... —dijo, con la voz rota—. No me imaginaba esto de ti.

—Cállate y abre más las piernas.

Lo hizo. Le metí la lengua dentro, todo lo hondo que pude, y la moví. Después subí al clítoris y empecé a chuparlo con los labios, succionando suave, dejándolo salir, volviéndolo a atrapar. Le metí un dedo. Ella se arqueó. Le metí un segundo dedo y empecé a curvarlos hacia arriba, buscando ese punto que sabía que estaba ahí porque también estaba en el mío.

—Ay, joder, mamá, joder... —jadeaba, con las manos aferradas al cojín—. No pares, no pares.

La chupé más rápido. Sentí cómo el coño se le apretaba alrededor de mis dedos y cómo empezaban las piernas a temblarle. Cuando la oí gemir con más fuerza me detuve en seco y me incorporé. Ella abrió los ojos, la respiración desbocada, y me miró con una expresión que no intenté descifrar. Tenía la boca entreabierta, los pezones marcados bajo la camiseta, y el coño se le contraía al aire, buscando lo que le acababa de quitar.

—¿Por qué paras? —dijo con la voz ronca.

—Porque quiero que te corras en una cama y no en un sofá.

—Quiero que sigamos —dijo—. Ya. Por favor.

—Entonces vamos a estar más cómodas.

***

Nos movimos al dormitorio sin decir mucho más. Cerramos la puerta. Había algo de ceremonia en ese gesto, en cerrar una puerta que sabíamos que no íbamos a volver a abrir de la misma manera.

Le quité la blusa. Llevaba un sujetador de encaje oscuro que no había visto nunca entre su ropa cuando ponía la colada, y pensé —no por primera vez esa tarde— en lo poco que sabemos de las personas que creemos conocer por completo. Cuando se lo quitó, sus tetas quedaron a la vista: firmes, redondas, con los pezones oscuros y ya erectos. Le acerqué la boca a uno y se lo chupé mientras le pellizcaba el otro con dos dedos. Ella soltó un jadeo largo y me apretó la cabeza contra su pecho.

—Ahora tú —dijo después, empujándome suave para que la soltara.

Me desnudé. Me dejó hacerlo sin apartar los ojos, con una atención que no tenía nada de incómoda. Se le fueron los ojos a mis tetas, después bajaron hasta mi coño depilado, y se mordió el labio inferior sin darse cuenta.

—Estás preciosa, mamá —dijo después, con una sencillez que no tenía nada de falsa—. Tienes un cuerpo de puta madre.

Se arrodilló frente a mí en la alfombra y me abrió las piernas con las manos. Llevó la boca directamente a mi coño, sin rodeos, y empezó a comérmelo con una hambre que me dejó sin aliento. No era su primera vez haciendo eso, se notaba en la confianza de su lengua, en cómo alternaba lametones planos sobre todo el coño con puntas rápidas y precisas sobre el clítoris. Cerré los ojos y apoyé una mano en su pelo, guiándola sin apretar.

—Así, hija, así, no pares —jadeé—. Métemela dentro.

Ella me metió la lengua en el coño y la movió como si me estuviera follando con ella. Después volvió al clítoris y me lo chupó con los labios, succionando fuerte. Me metió un dedo, y después dos, y empezó a bombear mientras seguía chupando arriba. Yo sentía las piernas flojas. Tuve que apoyarme en su hombro para no caerme.

—Para —le dije cuando sentí que me acercaba demasiado rápido al límite—. Para, para, que me corro.

Ella paró y levantó la cabeza para mirarme con una sonrisa pequeña. Tenía la boca y la barbilla brillantes.

—¿Tan bien lo hago?

—Tan bien lo haces. ¿Dónde coño has aprendido a hacer eso?

—Ya te contaré.

Nos tumbamos en la cama. La besé en el cuello, en las clavículas, bajé hasta sus tetas y me detuve ahí el tiempo que hizo falta para escucharla gemir. Le chupé un pezón mientras le retorcía suave el otro entre los dedos, y después cambié. Tenía una sensibilidad que me sorprendió, o quizás no me sorprendió: siempre había sido así desde niña, lo sentía todo con una intensidad que le costaba disimular.

—Más abajo, mamá, por favor —me pidió, retorciéndose—. Cómemelo otra vez.

Bajé con la boca por su vientre despacio, sin saltar ningún tramo. Le mordí suave el pubis. Cuando llegué al coño, ella ya tenía las piernas abiertas del todo y las manos en mi pelo. Le separé los labios con los dedos y le pasé la lengua muy despacio, saboreándola. Estaba tan mojada que se le corría el jugo hasta el culo. La lamí entera, de arriba abajo, incluyendo esa zona más apretada que ella nunca me había dejado ver hasta esa tarde. Ella pegó un respingo.

—Ahí no, mamá, ahí no —dijo, medio riendo, medio jadeando.

—¿Seguro?

—Ahí no todavía.

Volví al clítoris. Le metí dos dedos en el coño y empecé a follarla con la mano mientras se lo chupaba. La escuché hablar pero no presté atención a las palabras, solo al tono, que me decía todo lo que necesitaba saber: agudo, quebrado, cada vez más rápido.

***

Llegamos al borde varias veces antes de dejar que la otra cayera. Era un juego que ninguna había propuesto pero que las dos jugábamos. Yo la detenía cuando la veía cerca, sacando los dedos, apartando la boca justo antes. Ella hacía lo mismo conmigo, cambiándome de posición, dejándome a medias con el coño palpitando en el aire. Nos besábamos en la pausa, con nuestros propios sabores mezclados en la lengua, y volvíamos a empezar.

Cuando por fin la dejé correrse, le metí tres dedos hasta el fondo y le chupé el clítoris sin piedad. Ella se corrió despacio primero, con un temblor largo, y después con fuerza, con los ojos cerrados y las caderas embistiendo contra mi cara. Sentí cómo el coño se le cerraba en espasmos alrededor de mis dedos y cómo me empapaba la barbilla. Tenía una expresión que tardé un momento en reconocer porque nunca la había visto así: completamente presente, sin rastro de esa tristeza que llevaba días instalada en su cara.

—Gracias —dijo después, con la voz muy tranquila, cuando pudo hablar.

—No me des las gracias todavía —respondí, subiendo hasta su boca para besarla.

Sonrió sin abrir los ojos, saboreándose en mis labios.

Nos quedamos tumbadas un rato sin hablar. La luz de la tarde entraba por las persianas en franjas horizontales y yo pensé que era una imagen que no iba a olvidar: ella en esa cama, desnuda, el pelo extendido sobre la almohada, las tetas subiendo y bajando, la respiración ya calmada.

—¿En qué piensas? —me preguntó.

—En lo diferente que te veo ahora.

—¿Diferente cómo?

—Como lo que eres. Una mujer. Con un coño que sabe lo que quiere.

Ella soltó una risa pequeña y se acercó un poco más y apoyó la cabeza en mi hombro, igual que hacía antes en el sofá. Igual que cuando era pequeña. Solo que ya nada era igual.

***

Fue ella quien se levantó primero. Fue al armario, abrió una caja de cartón que yo nunca había visto, y sacó un consolador con arnés. Era grueso, negro, con un tamaño que me hizo levantar las cejas. Me lo mostró sin drama, como si me enseñara algo perfectamente normal que hubiera encontrado en un cajón.

—¿Desde cuándo tienes eso? —le pregunté.

—Tiempo —dijo—. ¿Te importa?

—Para nada.

—Bien. Ponte a cuatro patas.

Lo hice, en el centro de la cama, con el culo levantado hacia ella. Oí cómo se colocaba el arnés detrás de mí, el ruido de las hebillas ajustándose. Después sentí sus manos abrirme las nalgas y su lengua recorrerme entera, desde el clítoris hasta el culo, pasándose todo el tiempo del mundo. Me lamió el ojete con la punta de la lengua, apretando, y yo hundí la cara en la almohada para no gritar.

—Estás para comerte, mamá —murmuró detrás de mí.

Después sentí la punta del consolador entre los labios del coño. Ella lo pasó arriba y abajo, mojándolo, restregándolo contra el clítoris, hasta que la desesperación me hizo empujar hacia atrás con las caderas.

—Métemela ya, joder.

—Con calma.

Me la metió despacio, centímetro a centímetro, dejándome sentir cada tramo. Cuando llegó al fondo, se paró un segundo con las caderas pegadas a mi culo. Después empezó a moverse. Lo manejaba con más soltura de la que esperaba, con un ritmo que fue subiendo gradualmente, sin prisa pero sin pausa. Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a embestir más fuerte, hasta que el sonido de sus muslos golpeando contra mi culo llenó la habitación.

—¿Bien? —preguntó, jadeando ella también por el esfuerzo.

—Muy bien. Más fuerte. Fóllame más fuerte, Valeria.

Me obedeció. Me agarró del pelo con una mano y tiró hacia atrás mientras me embestía. Yo apoyé la frente en las manos y después la mejilla contra la sábana y me dejé ir. Había algo extrañamente liberador en dejar de controlar la situación, en dejar que fuera ella —mi hija— quien me estuviera follando por detrás como si fuera una puta cualquiera. Me metió la mano libre por debajo y me empezó a frotar el clítoris mientras seguía bombeando.

—Córrete, mamá —dijo—. Córrete en mi polla.

Me vine con un temblor que empezó en las rodillas y subió por todo el cuerpo. Grité contra la sábana. Ella no paró de moverse hasta que sintió que había terminado, y solo entonces sacó el consolador despacio.

Cuando terminé, ella se quitó el arnés y me lo ofreció sin decir nada.

—Tu turno —dijo, tumbándose de espaldas.

Me explicó cómo ajustarlo aunque no era del todo necesario. Cuando lo tuve puesto, me quedé de rodillas sobre la cama y el consolador se irguió delante de mí, obsceno, negro, brillante todavía de sus jugos. Ella se incorporó a medias y llevó la boca hasta él con una naturalidad que me desconcertó del todo. Me la chupó como si fuera de verdad, mirándome a los ojos, deslizando los labios hasta abajo y volviendo a subir despacio.

—¿Sabes lo que haces? —le pregunté, sintiendo el tirón del arnés cada vez que ella tragaba hasta el fondo.

—Más o menos —dijo, apartando la boca un segundo para sonreírme.

Y lo sabía. Vaya si lo sabía.

Después se tumbó boca arriba y abrió las piernas del todo, sin pudor, mostrándome el coño empapado y el ojete apretado debajo. Yo me coloqué encima de ella y me guié con la mano hasta encontrar la entrada. Entré despacio, viendo cómo el consolador desaparecía dentro de ella. Ella cerró los ojos y soltó el aire de golpe.

—Muévete, mamá. Fóllame.

Empecé a moverme con cuidado, observando su cara para leer qué funcionaba y qué no. Aprendí rápido. Cuando cambié el ángulo, arqueando un poco las caderas para que el consolador le rozara por dentro justo donde tocaba, ella abrió la boca sin emitir sonido, y eso me dijo más que cualquier palabra. Le agarré las piernas y se las levanté hasta apoyárselas en mis hombros, hundiéndome más profundo. Ella me pasó las manos por los brazos, por las tetas, se agarró de mis pezones y tiró.

—Así, mamá, más rápido, más rápido.

La embestí más rápido. Las tetas me botaban con cada empujón, y las suyas también. La cama chirriaba. Me incliné para chuparle un pezón sin dejar de moverme y ella soltó un gemido largo, agudo. Le metí un dedo en la boca y me lo chupó como me había chupado antes el consolador. Después llevé ese dedo mojado hasta abajo, más abajo del coño, y le rocé el culo con la punta.

—Ahí sí —jadeó ella—. Ahí sí, mételo.

Le metí el dedo en el culo despacio, mientras seguía follándola por delante. Ella se volvió loca. Empezó a decir mi nombre —no mamá, sino mi nombre propio— por primera vez en años. Lo dijo como si acabara de aprenderlo de nuevo, entre jadeos, cada vez más alto.

Se corrió con fuerza, con las manos aferradas a la sábana y todo el cuerpo tenso como un arco. Sentí cómo se le contraía todo alrededor del dedo y alrededor del consolador. Yo la sostuve hasta que terminó, sin dejar de moverme suave, alargándole el clímax hasta que ella me apartó con una mano temblorosa porque ya no aguantaba más.

***

Descansamos tumbadas la una junto a la otra, todavía desnudas y sudadas, con el arnés tirado en algún rincón de la cama. La habitación estaba en silencio y afuera se oía algún coche pasar de vez en cuando. Yo miraba el techo. Ella miraba el techo. Ninguna de las dos sentía urgencia por hablar.

—¿Estás bien? —me preguntó al rato.

—Sí. ¿Y tú?

—También.

Pausa.

—¿Esto cambia algo entre nosotras? —preguntó.

Lo pensé antes de responder.

—Cambia cómo nos conocemos. El resto sigue igual.

Asintió despacio, como si evaluara la respuesta y la encontrara aceptable.

—¿Y si quiero que vuelva a pasar? —preguntó.

—Eso lo hablamos cuando llegue ese momento.

Se giró hacia mí y me miró con esa expresión directa que siempre había tenido y que yo reconocía como completamente mía.

—Mamá.

—¿Qué?

—Gracias.

Esta vez no le dije que no me diera las gracias. La dejé.

***

Esa noche cenamos juntas en la cocina, con la tele encendida de fondo y los platos de siempre. Hablamos de su trabajo, de una serie que las dos estábamos siguiendo, del fin de semana que venía. Fue una cena completamente normal. Más normal, quizás, que muchas otras que habíamos tenido en los últimos meses.

Antes de que se fuera a su cuarto, se detuvo en el marco de la puerta y me miró.

—Oye —dijo.

—¿Qué?

—Ya no pienso en él.

Lo dijo como una observación, no como una declaración. Como quien constata el tiempo que hace afuera o el día de la semana.

—Bien —le respondí.

Se fue a su cuarto. Yo recogí los platos y los metí en el lavavajillas y apagué la luz de la cocina. Y pensé que hacía mucho tiempo que no me sentía tan tranquila dentro de mi propia casa.

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Comentarios(8)

CristinaVR

que relato tan hermoso... me dejo sin palabras

tania_m

Dios mio necesito una segunda parte!! quede con el corazon acelerado jaja

Morbologo

Como lo narraste es increible, se siente muy real y cercano. Gracias por compartirlo!!

SilencioYDeseo

excelente!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Celeste_cba

me recordo a un momento de mi propia vida... los sentimientos que describis son muy autenticos, esa mezcla de confusion y ternura

Roxana_Baires

Me gusto que no fue tosco ni brusco, hay ternura en cada linea. Bravo!!

menuditaymona

relato genail!! ojala haya continuacion :)

Dani_Bsas

se hizo cortico jaja, quiero mas!! espero el proximo pronto

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