Lo que descubrí de mi tía durante el temporal
Solo quedaba una habitación libre en aquel motel y mi tía dormía a mi lado. Esa noche, escuchando a través de la pared, dejé de mirarla como antes.
Solo quedaba una habitación libre en aquel motel y mi tía dormía a mi lado. Esa noche, escuchando a través de la pared, dejé de mirarla como antes.
Cuando la tapé con la manta y mi mano rozó sin querer la curva de su cadera, supe que iba a tardar mucho en apartarla de ahí.
Cuando abrí los ojos sobre la piedra húmeda y la vi soltándose el bañador, supe que aquel golpe en la cabeza me había llevado a un lugar del que no iba a salir igual.
Ella tenía 59 años, era rubia, con curvas que no pedían disculpas. Yo era su sobrino favorito, y llevaba días mirándola de reojo sin poder evitarlo.
Cuando la vi tumbada al sol en el jardín, sin la parte de arriba del bikini, entendí que ese verano iba a ser diferente a todo lo que había vivido.
Nunca me había preguntado si podía despertar deseo en alguien veinte años más joven. Julián llegó a casa y borró esa pregunta de un solo vistazo.
Quedaron esa tarde en que Cristina estaría sola. Él entró con una misión: que ella viera a su propio hijo con otros ojos. Lo que ocurrió fue más de lo que esperaba.
Rodrigo llevaba años ignorando lo que sentía por su madre. Esa noche, en los pasillos de la asamblea, ya no había forma de seguir mirando hacia otro lado.
Cuando empujé la puerta del cuarto, mi tía no estaba sola. Ya era tarde para volver atrás, y demasiado pronto para marcharme.
Mi prima se había ido a la playa con sus amigas. Cuando llamé al timbre, mi tía abrió la puerta con el delantal puesto y una sonrisa que no le había visto nunca antes.
Encontré su ropa interior sobre el cesto cuando entré al baño. No la había guardado bien. Y desde ese instante ya no pude volver a verla igual.
Aquella tarde de agosto se me olvidó cerrar el pestillo del baño. Cuando levanté la vista, mi tía Carmela estaba en el umbral, mirándome sin moverse.
Cuando abrió los ojos, ella aún dormía a su lado, desnuda. Bruno supo en ese instante que la noche no había terminado, no del todo, y que solo les quedaban unas pocas horas.
Cuando se agachó a estirar la sábana y se le subió el vestido, Mateo se quedó duro mirándole los muslos a mi mujer. Y yo entendí que ya no había vuelta atrás.
Cuando vi cómo se entretuvo mirando el bulto del short bajo la luz del pasillo, supe que aquella mañana en casa de mis tíos no terminaría como cualquier otra.
Cuando vi su bata entreabierta y la forma en que se mordía el labio, supe que esa tarde no iba a ser como las demás. Mi tío estaba a miles de kilómetros.
La bata apenas le cubría las piernas cuando se acercó al sillón. Tobías ya no fingía dormir y a mí se me notaba todo lo que llevaba meses callando.
Cuando bajé al living encontré a mi mujer comiéndole el pico a mi sobrino. Después supe que ellas ya tenían el plan armado y yo era el único que no sabía nada.
Vivía dos pisos más arriba y cada vez que la cruzaba en el ascensor pensaba lo mismo: vas a ser mía. Esa tarde, con una rosa en la mano, le pedí que bajara a tomar un café conmigo.
Diecinueve años, una tarde de treinta y ocho grados y mi tía política trapeando mi cuarto en jeans ajustados. Aquella tarde no aguanté más.