Lo que mi sobrino había planeado para esa tarde
Cuando me desperté y vi la cama vacía a mi lado, no me sorprendí demasiado. Tampoco pregunté su nombre antes de que se fuera, ni ella el mío. Había sido una noche larga y buena, y eso era todo lo que necesitaba saber. Las sábanas tenían ese olor inconfundible a sexo, a coño mojado y a semen seco, que me hizo sonreír mirando el techo antes de levantarme. Todavía tenía la polla medio dura al recordarla montada encima, con las tetas rebotando y la boca abierta gimiendo mientras se corría empalada en mí.
Me di una ducha larga, preparé un café solo y pasé la mañana haciendo poco más que limpiar la cocina y escuchar música desde el teléfono. Cuarenta y cinco años bien llevados, me digo cada vez que me veo en el espejo. El gimnasio ayuda. La disciplina también. Desde que perdí a Valeria llevaba así la vida: trabajo, gym, y de vez en cuando una noche con alguien cuyo nombre no importaba demasiado.
Tenía un pendiente del día anterior: el cumpleaños de Pablo.
Mi sobrino había cumplido los dieciocho la semana pasada y yo no había podido ir al pequeño festejo familiar por un viaje de trabajo. Le prometí pasar a verlo, traerle algo, tomarnos un café. Era el sobrino con el que mejor me llevaba de todos, el más serio, el más reservado. Siempre había tenido algo que me costaba definir, una especie de intensidad callada detrás de los ojos que me llamaba la atención cada vez que hablábamos.
Cogí el regalo que había dejado sobre la mesa del comedor —una edición especial de un manga japonés que llevaba meses buscando— y salí al coche. El cielo estaba encapotado, amenazando lluvia, y el tráfico era el de siempre para un sábado por la tarde en la ciudad. Tardé más en aparcar que en llegar.
Pablo vivía con dos compañeros de universidad en un piso del centro, pequeño pero bien situado. Me abrió la puerta con una sonrisa amplia y los ojos brillantes.
—¡Tío Andrés! —exclamó, y me dio un abrazo de esos que aprietan de verdad.
—Felicidades, chico. Te lo debo desde la semana pasada.
Los dos compañeros estaban en el salón viendo algo en el ordenador. Me saludaron con ese gesto leve de cabeza que tienen los chicos jóvenes cuando no saben muy bien qué hacer con un adulto en su espacio. Pablo me empujó hacia la mesa y dijo que iba a preparar café. El regalo lo abrió antes de poner la cafetera y se le fue la expresión seria por un momento: se le escapó una carcajada limpia y se me echó encima como cuando tenía diez años.
—Es perfecto. ¿De dónde lo sacaste?
—Hay que saber buscar —le dije, devolviéndole el abrazo.
Nos sentamos a la mesa cuando el café estuvo listo. Sus compañeros se habían retirado al cuarto. Pablo había sacado un paquete de galletas y hablábamos de cualquier cosa: su primer año de universidad, mis últimos viajes, la familia. Era fácil hablar con él. Siempre lo había sido.
No sé exactamente en qué momento empecé a sentirme mal.
Primero fue un peso en los párpados que atribuí al cansancio de la noche anterior. Luego una especie de lentitud en el cuerpo, como si los músculos tardaran más de lo normal en responder. Intenté seguir la conversación pero las palabras de Pablo llegaban amortiguadas, como desde otra habitación.
—¿Estás bien? —lo escuché decir, aunque su voz sonaba lejana.
Quise responder. No pude.
***
Cuando abrí los ojos, lo primero que sentí fue la tensión en las muñecas. Tardé unos segundos en entender lo que veía: el techo de una habitación que no era la del salón. Una cama sin sábanas debajo de mí. Las manos atadas al cabecero, los tobillos a las patas del somier. Estaba completamente desnudo, la polla flácida colgando contra el muslo, expuesto entero.
Luché. Las cuerdas no cedieron.
—Tranquilo —dijo una voz.
Pablo estaba de pie en el umbral de la puerta, apoyado en el marco con los brazos cruzados. También estaba desnudo. La polla se le marcaba dura contra el vientre, tiesa y palpitando, con un hilo brillante en la punta. Me miró de una forma que no le había visto nunca, con una calma que no encajaba con nada de lo que yo conocía de él.
—Pablo —dije, y noté que la boca me pesaba todavía—. Suéltame. Ahora mismo.
Él no se movió.
—Llevo años esperando este momento —dijo, con una voz baja y firme—. Desde que era pequeño. Tú nunca te diste cuenta.
—No sé de qué estás hablando. Desátame.
—Sí que sabes.
Se acercó y se sentó en el borde de la cama. Puso una mano sobre mi muslo y la deslizó despacio hacia arriba, con las yemas rozando el vello, hasta llegarme a los huevos. Los sopesó con la palma, los apretó suave. Intenté moverme, pero los nudos eran precisos y la postura no daba margen.
—Te quiero —dijo—. Y como nunca ibas a mirarme así, tuve que buscar otra forma de tenerte.
Las palabras me cayeron como agua fría. Entendí todo de golpe: el café, el sopor, los compañeros esperando en el cuarto. Lo había planeado con tiempo y con detalle. El chico callado, serio, de mirada intensa, había estado construyendo esto durante quién sabe cuánto tiempo.
—Pablo, esto es una locura. Suéltame y hablamos. Te lo juro, hablamos.
Él negó con la cabeza, casi con ternura, y bajó la mano hasta cogerme la polla entre los dedos. Empezó a moverla despacio, subiendo y bajando el prepucio, sin prisas, con la punta del pulgar dibujando círculos en el glande cada vez que llegaba arriba. Escupió sobre la polla y la mano se deslizó más suelta, más obscena, con ese sonido húmedo que no dejaba lugar a dudas. Mi cuerpo reaccionó antes de que yo pudiera impedirlo. Sentí la sangre acudiendo, la polla hinchándose contra mi voluntad en el puño de mi propio sobrino.
—No —dije.
Pero él ya se había agachado.
***
Se tragó la polla entera de una sola vez, sin arcadas, hasta que sentí la nariz aplastada contra mi pubis. La lengua se movía en la parte de abajo mientras la garganta me apretaba la punta, y luego subía despacio, chupando con las mejillas hundidas, sacándola con un ruido de succión sonoro. Volvía a bajar. Y otra vez. Y otra. Me mamaba con una técnica que no correspondía a ninguna inexperiencia, cada movimiento de la lengua era preciso, intencional, calculado. Se la sacaba de la boca para lamerla de raíz a punta, se metía los huevos uno por uno, volvía a tragarla entera. Quise seguir peleando con las cuerdas pero el esfuerzo se volvía más difícil de mantener con la polla ya durísima empapada en su saliva.
Los dos compañeros aparecieron en la puerta. Uno se apoyó en el marco con una sonrisa torcida, la mano metida dentro del pantalón meneándose la verga. El otro miraba sin saber muy bien qué cara poner, aunque el bulto en la entrepierna lo delataba igual. La rabia que sentí en ese momento fue distinta a todo lo anterior: ya no era pánico ni confusión. Era algo más nítido, más frío.
Pablo no paró. Al contrario: al ver a sus amigos mirando se puso más entregado, empezó a follarse la boca con mi polla como si quisiera demostrar algo, apoyándose con las dos manos en mis muslos, bajando la cabeza hasta el fondo una y otra vez, dejando que la saliva le chorreara por la barbilla y me cayera sobre los huevos.
—Pablo —dije, con una voz que ya no pedía—. Para.
No paró.
El placer y la rabia se mezclaban de una forma que no sabía cómo nombrar. Lo que me estaba haciendo no tenía mi consentimiento. Y al mismo tiempo, mi cuerpo respondía con una honestidad brutal que no podía controlar. Gruñí a pesar de mí mismo cuando sentí la lengua rodeándome el glande, apretándolo contra el paladar. Pablo lo notó y puso más ahínco: una mano bajó a masajearme los huevos, la otra se cerró en la base de la polla y empezó a menearme al ritmo de la boca. Sentía la corrida subiendo. Apreté los dientes para no darle el gusto.
—¿Ves? —dijo, separándose un momento, con la boca brillante y un hilo de saliva colgándole del labio a la punta de mi polla—. Te gusta.
—No —respondí—. Pero si quieres que te demuestre de verdad lo que siento, desátame.
Hubo un silencio.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, y por primera vez vi algo distinto en su expresión: curiosidad mezclada con algo parecido al miedo.
—Que si me desatas, te voy a dar lo que querías. Pero a mi manera.
***
Pablo tardó un momento. Luego hizo un gesto a sus compañeros, que se acercaron y empezaron a soltar los nudos. Cuando sentí las manos libres, me senté en el borde de la cama y me froté las muñecas sin decir nada. Los tres me miraban. Pablo con esa intensidad suya. Los otros dos con mucha menos certeza sobre dónde meterse.
Me levanté con la polla dura apuntándoles a la cara.
Los dos compañeros fueron los primeros. Los agarré por el cuello de la camiseta y los empujé de rodillas delante de mí. Protestaron, pero Pablo los miró y cualquier objeción quedó cortada. Eran parte del plan, habían participado, y ahora les tocaba participar de otra forma.
—Abrid la boca —les dije.
Los obligué a turnar. Le metí la polla al primero hasta la garganta de un empujón que le sacó una arcada, se la saqué chorreando saliva y se la metí al otro igual, sin dejarles respirar entre uno y otro. Ninguno de los dos tenía práctica, se notaba: los dientes rozaban, la lengua no sabía qué hacer, se atragantaban al tercer envión. Pero eso no me importaba. Lo que me importaba era recuperar algo que me habían quitado sin permiso: el control. Les puse la mano en la nuca cuando querían separarse y les empujé la cara contra el pubis hasta que se les saltaron las lágrimas. Uno vomitó un poco de baba. El otro lloraba con la polla dentro. Eso tampoco me detuvo.
Los desnudé a tirones y los tumbé boca abajo en el borde de la cama, uno al lado del otro, con el culo levantado. Les escupí entre las nalgas, les separé las tetas del culo con los pulgares y les vi el ojete apretado, virgen. Al primero se lo metí de una embestida seca, hasta el fondo, a pelo, sin ningún miramiento. El grito que soltó hizo temblar la cama. Le agarré las caderas y empecé a follármelo con embestidas duras, viendo cómo mi polla entraba y salía manchada. Cuando se me antojó lo dejé y pasé al segundo, sin limpiar, metiéndosela igual de brutal. Gritaron los dos. Era su primera vez así, y se les notaba en cómo el esfínter luchaba por cerrarse alrededor del tronco. A mí me traía sin cuidado. Fui alternando entre uno y otro, dando diez, quince embestidas en cada culo antes de cambiar, hasta que los dejé tirados en el colchón con el agujero abierto y rojo.
Cuando los dejé tirados, me volví hacia Pablo.
Mi sobrino me miraba desde el otro lado de la habitación con los ojos muy abiertos y la polla goteando. Era la primera vez que lo veía sin esa calma calculada, la primera vez que parecía genuinamente sorprendido por cómo habían salido las cosas.
—Esto era lo que querías —le dije, acercándome—. Tenerte delante.
No respondió.
Lo besé con fuerza, metiéndole la lengua hasta el fondo, cogiéndole la cara con las dos manos. Él correspondió, y en ese gesto noté toda la tensión acumulada durante años que me había mencionado: el chico que había construido una fantasía prohibida durante demasiado tiempo. Le bajé una mano al culo, le clavé un dedo entre las nalgas y noté que estaba ya lubricado, preparado, esperándome desde antes de que llegara. Lo empujé contra la cama y lo puse boca abajo, con el culo en pompa.
—Tío An... —empezó.
—No digas nada —corté.
Le agarré las caderas con las dos manos y le metí la polla entera de un solo golpe, hasta los huevos. El grito que soltó llenó la habitación, un aullido agudo que se le quebró en el medio. Sus compañeros, que no podían moverse demasiado bien, lo miraron sin intervenir. Pablo se aferró a las sábanas arrugadas con los nudillos blancos y aguantó, aunque cada embestida le arrancaba un sonido distinto: primero de dolor, luego jadeos entrecortados, luego algo más difícil de clasificar, gemidos largos que salían del fondo del pecho.
—¿Es lo que imaginabas? —le pregunté al oído, sin bajar el ritmo, con el cuerpo pegado a su espalda—. ¿Follado por tu tío? ¿A pelo? ¿Delante de tus amigos?
No respondió con palabras. Lo que respondió fue su cuerpo, que tardó menos de lo que hubiera esperado en reaccionar a pesar de todo: se puso a empujar el culo hacia atrás buscando cada envión, y la polla le colgaba entre las piernas más dura que antes, marcando gotas en la sábana. Lo puse boca arriba, le levanté las piernas y me las eché a los hombros, y seguí. Lloraba y se le corría a la vez el maquillaje invisible de la rabia con la que había planeado todo aquello. No paré. Le agarré la polla con la mano y se la meneé al ritmo de mis embestidas, sintiéndosela dura como una piedra a pesar de las lágrimas. La rabia todavía no había terminado de salir, y él lo sabía, y de algún modo también era lo que buscaba cuando planificó todo aquello.
Se corrió antes que yo. Le vi la corrida saltarle sobre el vientre y el pecho en chorros gruesos, y el culo se le apretó alrededor de mi polla en espasmos que casi me hacen acabar en el momento. Aguanté. Le seguí follando entre sus propios gemidos de después, insensible al lloriqueo, hasta que sentí la corrida subiéndome yo también. La saqué en el último segundo, se la meneé sobre la cara y le vacié encima chorros espesos de semen que le cayeron en la frente, en los labios, en la barbilla, en el pecho. Le metí la punta en la boca para que se tragara los últimos y él, todavía jadeando, chupó sin protestar.
Cuando acabé me eché hacia atrás, jadeando. Pablo quedó quieto, mirando el techo con la cara embadurnada. Sus compañeros también, con el culo abierto y goteando saliva. La habitación entera olía al desorden que habíamos hecho entre todos: a sudor, a semen, a culo follado.
***
Me vestí en el pasillo, sin prisa y sin despedirme. Encontré mis cosas donde las habían dejado y salí por la puerta principal. En el portal, un vecino que entraba me miró un segundo de más. No le devolví la mirada.
Afuera seguía lloviendo. Caminé hasta el coche sin correr, dejando que el agua me empapara la ropa. Me metí dentro, puse el motor en marcha y apoyé la cabeza en el asiento un momento antes de arrancar. No pensé en Pablo. No pensé en lo que acababa de ocurrir. No pensé en nada en particular.
Conduje sin rumbo durante un rato largo, con la lluvia golpeando el parabrisas y la radio apagada.
Lo de esa tarde no tenía nombre. O tenía demasiados. Y ninguno de ellos era el que yo hubiera elegido.