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Relatos Ardientes

La cámara oculta que instalé en el salón de casa

Fue a principios de junio cuando Tomás me contó lo que su hermana le había propuesto. Valeria quería buscar un momento para quedarse a solas con él en el apartamento. No me dio más detalles, pero el tono con que me lo dijo me encendió la curiosidad de una manera que no esperaba. Algo en su voz al contármelo —una mezcla de nerviosismo y complicidad— me dijo que aquello no era inocente.

Hablé con Ignacio, mi hijo mayor. Entre los dos tramamos lo que para cualquiera habría parecido una tarde normal: salir juntos con la excusa de ir al trastero a buscar unas cajas, dejar a los otros dos solos y ver qué pasaba. Pero antes de marcharnos, Ignacio instaló una pequeña cámara en el salón, disimulada entre los libros del estante del televisor. Valeria no la encontraría ni buscándola.

Nos fuimos al trastero del edificio con los móviles. La señal llegaba limpia. Nos sentamos en unas sillas plegables, hombro con hombro, y abrimos la aplicación.

***

Valeria y Tomás se sentaron juntos en el sofá. Ella llevaba unos pantalones cortos de tela fina y una camiseta ajustada. Él, un pantalón de deporte y una camiseta holgada. Nada que llamara la atención, excepto por el silencio denso que existía entre los dos antes de que ella rompiera a hablar.

—Tomás, quiero pedirte algo —dijo Valeria, girándose hacia él—. Antes practicaba masajes con mi ex, pero desde que lo dejé no he vuelto a tocar a nadie. ¿Me dejarías practicar contigo?

Mi hijo la miró un momento. No parecía sorprendido.

—Si quieres —respondió.

Valeria le indicó que se tumbara boca abajo en el sofá. Se sentó a horcajadas sobre él con cuidado y comenzó a presionar sus manos contra la espalda de su hermano con movimientos lentos y firmes. Tomás cerró los ojos. Sus hombros bajaron ligeramente. Estaba relajado, o hacía el esfuerzo de parecerlo.

Ignacio, a mi lado en el trastero, observaba la pantalla sin decir nada. Yo tampoco hablé.

Valeria trabajó en silencio durante varios minutos. Luego dijo:

—Date la vuelta.

Cuando Tomás lo hizo, quedó a la vista de ambos que el masaje había tenido un efecto muy concreto en él. Valeria lo miró, levantó las cejas y esbozó una sonrisa que no tenía nada de incómoda.

—Hermanito —dijo—, ¿no me digas que mi masaje te ha puesto así?

Tomás no apartó la mirada de ella.

—La verdad es que sí. Eres una mujer muy atractiva y, encima, das muy bien los masajes.

Valeria soltó una carcajada suave, más de diversión que de otra cosa.

—Gracias —dijo—. Me da pena dejarte así. Creo que debería ayudarte a aliviarte.

***

Antes de que Tomás pudiera responder, Valeria le bajó el pantalón lo justo. Se quedó mirando lo que encontró con una expresión entre admiración y algo más complicado de definir.

—Vaya, hermanito. No me esperaba esto. Si quieres, te presento a alguna amiga mía que estaría encantada de conocerlo.

—Para eso hay tiempo —contestó Tomás—. Ahora solo estás tú aquí. ¿Por qué no me ayudas tú?

Valeria asintió despacio. Llevó una mano hacia él y comenzó a moverse con ritmo pausado. Tomás cerró los ojos de nuevo, pero esta vez el gesto era diferente. Emitía un sonido bajo, casi inaudible, que me llegó a través del altavoz del móvil con una claridad inoportuna.

Al cabo de un momento, sin dejar de hacer lo que hacía, él preguntó:

—¿Me ayudarías de otra manera?

—Dime.

—Quiero verte.

Valeria lo miró con una media sonrisa.

—¿Quieres ver a tu hermana? —dijo, sin que sonara a reproche.

Se alzó la camiseta. Tomás abrió los ojos.

—Eres preciosa —murmuró.

Llevó una mano hacia sí mismo y siguió donde ella había parado. Valeria lo observó un momento antes de decir:

—¿Se la chupabas a tu ex?

—Claro.

—¿Y te dejó? Qué idiota el tío.

—¿Sabes una cosa? —dijo Valeria, inclinándose hacia él—. La tuya es más grande que la de él. Y me muero de ganas de que me la metas.

Se tumbó en el sofá y abrió las piernas. Tomás le sacó los pantalones cortos y la ropa interior con cuidado, como si quisiera asegurarse de que el momento no se rompía. La miró un segundo antes de preguntar:

—¿Tienes condones?

—En mi habitación no, pero revisa tu bolsillo —dijo ella—. Soy joven para tener hijos.

Tomás sacó uno de su pantalón. Se lo puso. Valeria se puso a cuatro patas sobre el sofá y su hermano se colocó detrás de ella. Cuando la penetró, ella exhaló con fuerza y apoyó la frente en el cojín.

—Menuda sorpresa —dijo, con la voz alterada—. Y encima sabes cómo usarla.

—Me estaba preparando para alguien como tú —respondió Tomás.

—Mientes fatal —contestó ella—. Pero me encanta cómo lo haces.

***

En el trastero, Ignacio se había acercado un poco más a mí para ver mejor la pantalla. Sentí su respiración a pocos centímetros de mi oreja. Sentí la mía propia, más acelerada de lo que quería reconocer.

Los dos guardamos silencio mientras en la pantalla Valeria pedía a su hermano que cambiara de postura. Él la sacó del todo, la hizo girarse y volvió a penetrarla tumbada. Cuando sintió a su hermano de nuevo, cerró los ojos y apoyó la cabeza hacia atrás.

Ignacio posó una mano en mi rodilla. Yo no la aparté.

***

Valeria quiso estar encima. Se lo pidió con una naturalidad que me desconcertó, como si llevaran años negociando posturas.

—Soy la mayor —dijo—. Me toca a mí llevar el ritmo.

Tomás se tumbó sin protestar. Valeria se montó sobre él de espaldas a su cara, con las manos apoyadas en los muslos de su hermano para equilibrarse. Empezó despacio, midiendo cada movimiento. Luego fue aumentando el ritmo. Tomás agarró sus caderas con las dos manos y la acompañó.

—Nunca había follado una así —dijo ella, con la voz cortada por el esfuerzo.

Cuando Tomás se corrió, Valeria le pidió que se quitara el condón. Lo que siguió fue breve y directo, y cuando terminó ella se quedó un momento quieta con los ojos cerrados.

Se levantaron. Tomás dijo:

—Follas de maravilla. Mejor que la mayoría.

—¿Con cuántas lo has hecho? —preguntó Valeria.

—Con varias. Alguna que podría ser nuestra madre.

Vaya hijo que tengo, pensé.

Valeria se arrodilló ante él. Lo cogió con una mano, lo llevó a su boca y lo saboreó despacio, con calma, como si no tuviera ninguna prisa. Lo trabajó con la lengua hasta que estuvo listo de nuevo. Luego se tumbó con las piernas abiertas.

—Todavía no hemos terminado —dijo.

***

Tomás buscó otro condón. Esta vez se colocó junto a ella en el sofá, de lado, y la penetró desde atrás. Valeria separó las piernas todo lo que pudo y arqueó la espalda para recibirlo mejor.

—Qué delicia —dijo en voz baja.

Él no respondió con palabras. Se movía despacio y con intención, y eso era más que suficiente. Al rato ella se incorporó y se puso a cuatro patas sobre el respaldo del sofá sin que la conexión entre los dos se interrumpiera. Tomás soltó el aire de golpe.

—Joder, hermanita, cómo te mueves.

—¿Mejor que las demás?

—Mejor que casi todas.

Poco después, Valeria quiso volver a estar encima. Tomás se sentó en el sofá y ella se montó mirándolo esta vez, con las piernas rodeando sus caderas. Apretó su pecho contra el de él. Tomás buscó sus pechos con la boca mientras ella se movía. Luego llevó sus manos hasta el trasero de su hermana y apretó.

—Eres increíble —dijo—. Tenemos que repetir esto.

—Cuando quieras —respondió ella sin dejar de moverse.

***

A mi lado, Ignacio había dejado de fingir que solo miraba. En algún momento que no supe identificar con exactitud, se había acercado y yo lo había dejado. No fue una decisión. Fue algo que simplemente ocurrió, como el calor que sube sin que nadie encienda nada.

Follamos sin apartar del todo los ojos de la pantalla. Eso tampoco lo planeamos.

***

En el salón, Tomás le había preguntado a Valeria si podía intentar algo más. Ella lo miró con las cejas levantadas.

—¿De eso también entiendes? —dijo—. No sabía que tenía en casa semejante amante.

Su hermano lo interpretó como un sí. Valeria al principio emitió un sonido tenso, contenido, que fue abriéndose poco a poco hasta convertirse en algo distinto.

—Lo haces muy bien —dijo—. Se nota que no es la primera vez.

—Es para hacértelo mejor a ti —respondió él.

Siguieron así, en silencio los dos salvo por los sonidos que no podían evitar, hasta que Valeria se corrió con un gemido largo. Poco después lo hizo Tomás.

Se quedaron un momento tirados en el sofá, respirando. Luego se levantaron y fueron a ducharse. El salón quedó vacío y en silencio.

***

Ignacio y yo terminamos más o menos a la misma vez. Nos vestimos sin hablar demasiado. Subimos al apartamento diez minutos después, el tiempo justo para que todo pareciera normal.

Tomás y Valeria estaban sentados en el sofá viendo la televisión, cada uno en su extremo. Nadie dijo nada. Nadie preguntó nada. Era una tarde de junio completamente ordinaria, excepto por lo que yo sabía y ellos no sabían que yo sabía.

Los ojos de Ignacio se posaron un momento en las piernas de su hermana antes de sentarse.

No iba a ser la última tarde que usábamos esa cámara, pensé.

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Comentarios (5)

Claudia_76

increible relato, no pude dejar de leerlo hasta el final!!!

Jorgito_BA

Por favor seguilo, quedé con muchas ganas de saber como termina todo esto. Una segunda parte urgente!

CuriosaFiel

Me atrapó desde el primer párrafo. Se siente muy real, como si lo hubieras vivido de verdad. Sigue así!!

RosaLinda_Mx

La tension que generaste al principio es tremenda, se te nota experiencia escribiendo. Muy buen trabajo

TITAN

buenisimo, de los mejores que lei en esta categoria

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