Lo que pasó aquella noche en casa de mi padre
Me llamo Andrés y tengo cuarenta años. Lo que voy a contar pasó hace casi dos décadas, pero lo recuerdo con una claridad que no se borra: los detalles concretos, el olor del apartamento, el sonido de la lluvia contra el vidrio. Hay cosas que el tiempo no difumina por más que uno quiera.
Mis padres se separaron cuando yo tenía diecisiete. No fue dramático, o al menos no lo fue desde mi perspectiva: un día mi madre me dijo que mi padre ya no iba a vivir con nosotros, y eso fue todo. Sin gritos delante de mí, sin explicaciones largas, sin reuniones familiares donde alguien llora. Él simplemente dejó de estar, con la discreción silenciosa de alguien que sabe que no tiene argumento para quedarse.
Lo que siguió fueron casi tres años sin verlo. Algún mensaje ocasional, dos o tres llamadas que no duraban más de cinco minutos, y el silencio cómodo de quien aprende a vivir sin una presencia que ya no reconoce como necesaria. No sentía rencor —eso era lo más extraño—, pero tampoco sentía su falta de manera activa. Mi vida había continuado sin él de la misma manera en que continúa cuando apagás una televisión: el cuarto sigue siendo el mismo.
Pero entonces llamó.
Tenía problemas económicos, decía. Me lo explicó con esa mezcla particular de orgullo herido y necesidad que tienen los padres cuando se ven obligados a pedirle algo a sus hijos. La voz le salía tensa, midiendo cada palabra para que no sonara a súplica. Decidí ayudarlo. No únicamente por él, sino porque sentí que era un momento para cerrar algo que había quedado abierto sin que nadie lo cerrara.
Quedamos en vernos en su apartamento, un estudio en el barrio donde había vivido desde la separación. El tipo de lugar que alquila alguien que no espera quedarse mucho tiempo pero que termina quedándose años: paredes lisas, muebles justos, todo en su sitio con la pulcritud ordenada de quien vive solo.
***
El portero eléctrico sonó tres veces antes de que respondiera. Cuando abrió la puerta, lo primero que pensé fue que había envejecido más de lo que corresponde a tres años. El mismo bigote de siempre, pero con canas en las puntas. La misma espalda ancha, pero los hombros un poco más caídos. Me extendió la mano con una formalidad que dolía más que cualquier abrazo que no llegó.
—Pasa —dijo, haciéndose a un lado.
El apartamento era pequeño y estaba en orden. Un sofá frente a un televisor de tamaño mediano, una mesa de cocina con dos sillas, una ventana que daba a la calle. Al fondo, una puerta cerrada que supuse que era el dormitorio. Todo tenía ese aspecto neutro de los espacios que no han sido decorados con intención, sino con lo que había disponible.
Hablamos de todo y de nada durante las primeras dos horas. Él me preguntó por mi trabajo, por mis amigos, por si tenía pareja. Yo le pregunté por su situación, por sus planes a futuro. Le entregué el dinero sin hacerlo incómodo: lo puse sobre la mesa en un sobre cerrado y cambié de tema enseguida para que no tuviera que decir gracias más de una vez.
Pedí pizza por teléfono. Él sacó cervezas del refrigerador. Abrimos las primeras con el cuidado reservado de quienes no quieren que el ambiente se distienda demasiado rápido, pero para la segunda ya estábamos más relajados, y en algún momento la conversación encontró un ritmo más natural, como si los dos hubiéramos decidido al mismo tiempo dejar de actuar.
Afuera empezó a llover a las nueve. Para las once, la lluvia era tan intensa que las calles brillaban y los autos pasaban despacio. Miré el ventanal y calculé que no iba a poder volver a casa en ningún transporte sin empaparme.
—Podés quedarte si querés —dijo él, siguiendo mi mirada—. El sofá abre en cama. Lo usé yo bastante tiempo cuando llegué acá.
Acepté. No tenía razón para no hacerlo.
***
Me saqué el pantalón antes de acostarme porque nunca dormí bien con ropa. El sofá cama era de esos que crujen al primer movimiento, pero era ancho y el colchón tenía algo de cuerpo. Mi padre dijo buenas noches desde la puerta del dormitorio, la cerró despacio, y el apartamento quedó en silencio salvo por el ruido continuo de la lluvia contra el vidrio.
No sé cuánto tiempo llevaba dormido cuando escuché el pestillo.
Fue un sonido sutil, apenas el clic del mecanismo al ceder. Me quedé quieto, con los ojos cerrados, escuchando sus pasos en el piso de madera. Pensé que iba al baño. Pero los pasos se detuvieron antes de llegar al baño.
El peso en el borde del sofá me llegó primero que cualquier otro estímulo. Se sentó ahí, en silencio, y durante unos segundos no hubo ningún otro movimiento. Solo su respiración y la mía, y la lluvia afuera.
Su mano me tocó la espalda.
Primero apenas la punta de los dedos, siguiendo la columna desde los hombros hasta la cintura. Lento, midiendo cada centímetro. Luego la palma entera, cálida, y el movimiento bajó hasta mis glúteos sobre la tela del bóxer. Yo seguía sin moverme. El juego de hacerse el dormido era ridículo y tal vez los dos lo sabíamos, pero era el único permiso que yo encontraba en ese momento para no decir nada y no detener nada.
Me masajeó con calma, sin apuro, y después metió la mano por debajo de la tela. Sus dedos buscaron entre mis nalgas con cuidado, humedeciéndolos de vez en cuando con saliva para acariciar el centro con más delicadeza. Cada movimiento era más lento y más preciso que el anterior, explorando con una paciencia que no esperaba.
La erección que se fue formando no me dejó seguir boca abajo. Me di vuelta.
Él se tensó un segundo, esperando alguna reacción mía. Pero yo mantuve los ojos cerrados y la respiración pareja, y cuando vio que no me movía ni hablaba, continuó. Primero me tocó sobre el bóxer, recorriendo la forma de lo que ya era evidente. Luego sacó mi pene con cuidado y empezó a estimularme despacio, con una mano que sabía lo que hacía.
Entonces sentí su aliento acercarse.
Su lengua fue lo primero: la punta, despacio, y después el recorrido completo. No pude evitar el gemido. Fue involuntario, surgió solo, y con eso se acabó el teatro. Dejé de fingir que dormía y él dejó de actuar como si no supiera exactamente lo que estaba haciendo. Se metió en la boca todo lo que pudo y yo puse la mano en su cabeza, no para empujarlo sino para sentir el movimiento, para estar presente en aquello de manera activa.
—Qué rico —escuché decir a mi propia voz, como si viniera de otro lado.
Él me miró desde abajo. En su cara no había culpa ni duda. Solo concentración y algo que se parecía al hambre, y la vista de eso me calentó más que cualquier otra cosa.
No paró durante varios minutos. Yo me movía al ritmo de su boca, con una mano en su cabeza y la otra aferrada al borde del sofá. Cuando sentí que estaba cerca, le dije que parara.
—Ahora es mi turno —le dije.
***
Me arrodillé en el suelo y lo vi de pie frente a mí por primera vez sin ropa interior. Tenía una erección larga con mucho grosor en la base, más de lo que había imaginado. Lo tomé con ambas manos y empecé despacio: primero los dedos explorando la forma, la temperatura, el peso. Luego la lengua por la base, subiendo sin prisa hasta la punta.
Era la primera vez que tocaba a otro hombre de esa manera. No sentí extrañeza. Sentí curiosidad genuina y una excitación que subía por la garganta y se instalaba en el pecho.
Lo chupé sin apuro, aprendiendo sobre la marcha, midiendo por su respiración qué funcionaba y qué hacía que sus piernas se tensaran. En algún momento bajé más, lamí el interior de sus muslos, y cuando acerqué la lengua a su ano se movió como si le hubieran cortado los cables.
Empujaba hacia atrás, queriendo más.
Lo abrí con los dedos despacio, usando saliva: primero uno, luego dos, luego tres, mientras él apoyaba las manos en la pared y se inclinaba hacia adelante para darme mejor acceso. Sus gemidos eran ahogados, como si intentara no hacer ruido y no pudiera del todo.
Cuando le pregunté en voz baja si quería que lo penetrara, dijo que sí sin pensarlo.
Subió sobre mí en el sofá, se acomodó él solo, lubricándome con cuidado antes de empezar a descender. La sensación fue tan intensa al principio que tuve que aferrarme a sus caderas para no moverme demasiado rápido. Cabalgó despacio al principio, encontrando el ángulo, y cuando lo encontró empezó a moverse con más confianza. Yo lo masturbé con la mano al mismo tiempo que empujaba desde abajo, y entre los dos encontramos un ritmo que nos sostuvo durante un buen rato.
Cuando ya no pude aguantar más, apretó. Eso fue suficiente. Me vine dentro de él con una intensidad que no había experimentado antes, con el cuerpo entero concentrado en ese punto durante varios segundos. Él siguió moviéndose sobre mí hasta que también llegó, derramándose en mi pecho con un sonido que era mitad gemido y mitad alivio.
Nos quedamos quietos un momento largo. Afuera seguía lloviendo.
***
Después estuvimos acostados en cucharita sobre el sofá: su pecho contra mi espalda, su brazo cruzando mi torso. No hablamos. No había nada que decir que no fuera peor que el silencio.
En algún momento me quedé dormido. Cuando me desperté, todavía era de noche y podía sentir que él también estaba despierto. Su cuerpo me lo decía con claridad: apretaba contra mí con insistencia, buscando.
Le llevé su mano hasta mi pene para que entendiera que yo también seguía ahí. Luego le pedí, en voz baja, que bajara y me lamiera.
Sin dudar, se corrió hacia abajo entre las sábanas y me abrió con las manos. Sentí su lengua abrirse paso despacio, sin prisa, con una dedicación que me hizo aferrarme a la tela del colchón. Después los dedos, uno a uno, hasta que tuve tres adentro y ya no podía quedarme quieto.
—Haceme tuyo —le dije.
Empezó despacio, midiendo cada movimiento. Cuando me escuchó relajarme, aumentó el ritmo. Me masturbé al compás de sus embestidas, y cuando sentí que su respiración se aceleraba hasta el límite, apreté con fuerza. Eso lo terminó: se derramó adentro con un gemido honesto, sin afectación, que resonó en el apartamento oscuro y luego se apagó.
Esta vez me dormí sin volver a despertarme hasta la mañana.
***
A la mañana siguiente ninguno dijo nada durante el desayuno. Café solo, tostadas con manteca, el ruido del tráfico retomando su ritmo habitual afuera. La lluvia había parado. La luz entraba oblicua por la ventana y hacía que todo pareciera más ordinario de lo que era.
Cuando entré al baño a ducharme, la puerta se abrió detrás de mí antes de que llegara al agua caliente.
Lo que siguió fue diferente a la noche anterior: más claro, más consciente. Sin el pretexto de la oscuridad ni el simulacro del sueño. Nos masturbamos uno al otro bajo el chorro caliente, nos chupamos en un ángulo complicado que requirió varios ajustes y nos hizo reír una vez, y terminamos de una manera que ninguno de los dos habría predicho la noche anterior cuando él abrió la puerta del refrigerador y sacó las cervezas.
Mientras nos secábamos con toallas del mismo color —detalle que por alguna razón se me quedó grabado—, sonó el timbre.
Mi padre me miró con una sonrisa que nunca le había visto antes: pícara, segura, con algo adentro que era casi una pregunta.
—Es Marcos —dijo—. Mi mejor amigo. Lo invité esta mañana.
Había algo en esa sonrisa que me decía que Marcos no venía a tomar café.
Pero esa es otra historia.