El vecino del fondo del pasillo sabía mi secreto
Perdió las llaves frente a la puerta del único vecino del que todos le habían advertido, y esa tarde de verano decidió averiguar por qué tanto misterio.
Perdió las llaves frente a la puerta del único vecino del que todos le habían advertido, y esa tarde de verano decidió averiguar por qué tanto misterio.
Cuando Adrián le rodeó la muñeca y le pidió que se sentara entre los dos, Marisol supo que ya no estaba al mando de nada en aquella casa.
Llevaba años cuidándola, pagándole todo, soportando sus gritos. Esa madrugada, frente al callejón vacío, decidí que por una vez ella iba a darme algo a cambio.
Tomás salió de la ducha desnudo y dijo que para qué iba a vestirse si pensábamos desnudarlo igual. Esa noche en la cabaña, ninguno de los cuatro pensó en dormir.
Quería comprobar si era verdad eso de que un masaje se descontrola solo. Lo que no esperaba era que aquel oso de manos rudas me leyera el deseo desde el saludo.
Llegué a las dos de la mañana con la boca seca y una sola idea en la cabeza: que aquella noche no iba a poner ningún límite, pasara lo que pasara entre los pabellones.
Desde que enviudé, mis sobrinas se volcaron en cuidarme. Aquella tarde nos quedamos solos en la piscina y supe que nada volvería a ser como antes entre nosotros.
Salió de la ducha con la toalla a la cintura, como cada tarde. Pero esa mirada de su vecino no era la de siempre, y lo supo antes de que abriera la boca.
La camisa seguía tirada en el rincón, justo donde la había dejado. Cuando Iván cruzó la puerta supo, por la forma en que su amo lo miraba, que esta vez no se iba a librar tan fácil.
Tenía veintidós años y una app llena de mensajes, pero solo una verga me interesó esa madrugada. Bajé al estacionamiento sin decirle mi nombre y sin pensar en volver atrás.
Eran las once y ya no podía concentrarme. Abrí la app sin esperanza, pero treinta minutos después caminaba hacia su edificio con una caja de forros en el bolsillo.
Era pasada la una cuando llamó a mi puerta. Vivía a dos cuadras, con su novio, y juraba que solo me haría una mamada rápida. Ninguno cumplió la promesa.
Aquel mediodía de agosto las primas extendieron el mantel a la sombra de un roble. Lo que Lucía le preguntó después cambió todo entre ellas.
Pedí lubricante y condones de fresa, llamé un Uber y me dejé llevar hasta su cochera, sin saber que aquella tarde volvería a sentirme como una mujer entre las manos de un hombre.
Llevábamos meses hablando en los turnos vacíos del call center. Esa tarde abrió el porno en su pantalla y me preguntó, mirándome, si así me gustaban.
Llevaba tres semanas sin descargar cuando entré al baño del centro comercial. La mirada en el espejo y la puerta entreabierta me cambiaron la tarde libre por completo.
Marina llevaba meses siendo invisible para su marido. Su sobrino la miraba de la única manera que ella necesitaba que la miraran. Aquella noche, las cartas tomaron una decisión.
La recibí en el aeropuerto y supe enseguida que algo le había sucedido. Esa misma noche tracé un plan que nadie con un mínimo de decencia se permitiría.
Cuando Carla entró sin sostén bajo aquel vestido floreado, supe que el dolor de pecho era una excusa. Y supe también que iba a aceptarla.
Era su primera vez con un hombre, pero cuando Rodrigo le preguntó si lo quería hacer, no supo decir que no.