Lo que pasó en la cabaña con mi madre y mi abuela
Tengo dieciocho años recién cumplidos y, hasta hace unos meses, era la típica chica que creía que el amor llegaría como en las películas. Romántico, lento, con ramos de flores y promesas susurradas al oído. La realidad fue otra cosa muy distinta.
Mi madre, Mariela, me tuvo a los diecinueve. Hoy ronda los treinta y siete y todavía gira cabezas cuando entra a una cafetería. Rubia, de melena ondulada, ojos claros, callada hasta el ridículo. Siempre vestida con ropa sobria, blusa cerrada, falda hasta la rodilla.
Mi abuela, en cambio, es otra historia. Beatriz tuvo a mamá a los diecisiete y hoy, con cincuenta y cuatro, sigue siendo el centro de cualquier reunión. Pelo corto, teñido de un caoba que le combina con los ojos verdes. Pecho prominente, cintura de chica de veinte. Hace gimnasia cuatro veces por semana y se nota. Los hombres, jóvenes y maduros, la siguen con la mirada cuando camina por la vereda.
Hasta hace cuatro meses éramos tres generaciones de una familia común. Después mi padre desapareció con una mujer doce años menor que él, sin despedirse, y mamá no volvió a sonreír. Yo me encerraba en mi cuarto a llorar por las noches, fingiendo que no me importaba.
Beatriz fue la que decidió que necesitábamos vacaciones de verdad. Tenía una amiga viuda, dueña de una cabaña en la cordillera. Nos prestaba el lugar por dos semanas. Mamá no quería ir. Yo insistí. Le mostré las fotos en el teléfono: madera oscura, pinos altos, una galería con vista al valle. Cedió.
El viaje fue largo. Llegamos al anochecer, en taxi por caminos de tierra. La cabaña era todavía más hermosa que en las fotos. El primer día lo dedicamos a desempacar, a caminar bajo los pinos y a dormir cerca del hogar a leña.
A la mañana siguiente fui la primera en levantarme. Cuando abrí la puerta para salir a buscar leña, casi grité del susto. Había un hombre parado en la galería.
—No se asuste —dijo, con una voz grave—. Me manda la dueña de la casa.
Era alto, fornido, con la piel curtida por años de sol y de frío. Barba canosa, manos enormes. Calculé entre cincuenta y cinco y sesenta años. Se llamaba Ramón. Era el casero, junto con otro hombre, Joaquín, que vivía con él en una construcción anexa al fondo del terreno. Le pedí que volviera más tarde, cuando mamá y la abuela estuvieran despiertas.
Las dos se sorprendieron, pero la abuela supuso que su amiga lo había enviado para ahorrarnos el trabajo. Ramón llegó a media mañana con un hacha al hombro. Cortó leña en silencio, casi sin mirarnos. En un momento mencionó que se venía un temporal feo.
—Por estos lados las tormentas no se andan con vueltas —dijo, y volvió a callarse.
No le di importancia. Caminamos toda la tarde por el bosque cercano. Cuando empezó a llover ya estábamos a pocos metros de la cabaña. Invitamos a Ramón a tomar algo caliente. Aceptó sin mucha ceremonia.
A los pocos minutos golpearon la puerta con fuerza. Era Joaquín, su compañero. Más alto que Ramón, más viejo, de pelo rizado y mirada negra que se clavaba sin pudor. Lo hicimos pasar y mamá le sirvió café.
Conversamos durante horas. La que más hablaba, como siempre, era la abuela. Les preguntaba por la vida ahí arriba, por la soledad de las montañas, por las costumbres del pueblo más cercano. Yo notaba cómo Joaquín la miraba a ella, y cómo Ramón seguía a mamá con los ojos cuando ella se inclinaba a servir más café.
A la noche el temporal arreciaba. La abuela preguntó cómo iban a volver. Joaquín explicó que, cuando había tormenta, dormían en el establo. Que tenía un altillo con catres, que estaban acostumbrados. Aceptamos la situación sin pensarlo demasiado. Cenamos los cinco en la mesa grande. Vino tinto, guiso, pan casero. Las botellas se vaciaban demasiado rápido y la conversación, antes acartonada, se aflojaba con cada copa.
A las once nos fuimos a dormir. La radio no agarraba señal por la tormenta y no había televisor. Ellos cruzaron el patio bajo la lluvia hacia el establo. Eso pensé.
Me desperté a las dos de la mañana con sed. Cuando salí al pasillo vi luz en el comedor. Era la abuela, sentada cerca del hogar.
—No me agarra el sueño —me dijo, con una sonrisa.
Llevaba un camisón blanco, fino, que dejaba ver la ropa interior azul debajo. Yo iba con una camiseta larga y bombacha. Le hice compañía. Calentamos leche en la cocina y volvimos al comedor.
Cuando regresábamos, un relámpago iluminó la galería. Por un segundo me pareció ver dos siluetas detrás del vidrio.
—Abuela, hay alguien afuera —susurré.
—Serán los árboles —respondió, pero no lo creía. Yo tampoco.
***
A la mañana siguiente seguía lloviendo. Pasamos el día encerradas. Cartas, libros, revisar las provisiones. A media tarde mamá descubrió una botella de ron en el aparador. Joaquín y Ramón estaban en la galería ajustando una bomba de agua. Mamá los invitó con un vaso. Después con otro.
Yo no quise tomar. La última vez que lo hice terminé vomitando toda la noche. Me fui a mi habitación a leer en la tablet.
Después de un rato noté el silencio. Demasiado silencio para una casa con cuatro adultos tomando ron. Salí al pasillo sin hacer ruido.
Por el reflejo del espejo del recibidor vi a la abuela besándose con Joaquín. Las manos del hombre le recorrían la espalda por debajo del pulóver. Me quedé clavada en el lugar, sin saber qué hacer. Escuché ruidos en el baño. Pensé que era mamá. Iba a volver a mi cuarto cuando vi a Ramón caminar por el pasillo y entrar al baño sin golpear.
Me metí a mi habitación y dejé la puerta entornada. Espié.
Mamá estaba subiéndose el pantalón con cara de susto cuando Ramón entró.
—Salí de acá, por favor —pidió ella, casi en un susurro.
—No me vas a dejar así —contestó él—. Después de todo lo que estuvimos hablando, Mariela. Vos me calentaste.
Hubo un silencio. Después, ruidos. Me asomé un poco más. Mamá lo tenía agarrado del cuello y él le manoseaba el trasero con las dos manos. No puede ser, pensé. Mamá, la mujer más recatada que conocía, dejándose tocar por un tipo al que había conocido el día anterior.
Salieron del baño abrazados. Caminaron hacia el comedor. Yo los seguí a distancia, oculta tras la pared del pasillo.
En el comedor, Joaquín tenía la mano debajo del pulóver de mi abuela y le acariciaba los pechos sin disimulo. Ella gemía bajito, con los ojos cerrados. Mamá ni siquiera reaccionó al verlos. Ramón le pasó una mano entre las piernas, por encima del jean, y ella se aflojó como si lo hubiera estado esperando toda la tarde.
Tendría que haber sentido asco. Vergüenza. Algo. Lo que sentí, en cambio, fue un calor inesperado entre las piernas y un latido sordo en las sienes.
***
Beatriz ya tenía la mano en la bragueta de Joaquín, abriéndola con destreza. Cuando le sacó el sexo afuera, abrí más los ojos. Era enorme, grueso, duro. Mi abuela lo agarró con las dos manos y lo besó con desesperación, mirándolo a los ojos cada tanto.
Mamá, mientras tanto, había empezado a hacer lo mismo con Ramón. Él le tomaba la mano y la guiaba. Ella, primero dudando, después con menos pudor.
—Esto es una bestialidad —dijo la abuela, casi riéndose—. En todos mis años nunca vi algo así.
Lo decía mientras le pasaba la lengua por toda la extensión del miembro de Joaquín.
Yo tendría que haber retrocedido al cuarto. No lo hice. Joaquín alzó la vista y me vio. Sonrió. Me guiñó un ojo, como si fuéramos viejos cómplices.
Le pasó la información a Ramón con la mirada. Los dos, ahora, sabían que yo estaba ahí, parada en el pasillo, mordiéndome el labio sin darme cuenta.
—Vení, no tengas miedo —dijo Ramón, en voz alta—. Acá nadie se va a privar de nada.
Mamá giró la cabeza, alarmada. Intentó subirse el pantalón.
—Dejala que venga —siguió él, sin dejar de sostenerla por la cintura—. ¿Acaso ver a tu mamá no te calienta, nena? A ella tampoco le va a molestar.
Me clavó la mirada. Sentí que me ardía la cara y algo más abajo.
Tendría que haber dado media vuelta y encerrarme en mi cuarto. No lo hice. Salí al comedor con las piernas temblándome.
Me acerqué a Ramón sin saber bien lo que hacía y lo besé en la boca. Sentí su barba áspera, el sabor a ron, el olor a leña vieja. Una mano me agarró por la cintura. Otra me apoyó en la nuca. Mamá me miraba desde el sillón, congelada. Mi abuela, en cambio, sonreía con una calma que me desconcertó.
Ramón me llevó al sillón largo y me sentó al lado de mamá. Se arrodilló en el piso, frente a mí, y me separó las piernas con suavidad.
—Es la primera vez que estás con alguien así —me susurró Beatriz al oído, apoyándome la mano en el hombro—. No tengas miedo. Mirá a tu mamá, ella tampoco va a tener miedo.
No pude responder. Ramón ya había empezado a besarme por encima de la bombacha y un escalofrío me recorrió de los pies a la nuca.
***
No voy a describir todo lo que pasó esa tarde. No por pudor, sino porque ya no tengo palabras para ordenarlo. Hubo un momento en que dejé de ser yo y pasé a ser un cuerpo que respondía a manos, bocas, voces. Ramón me llevó a mi habitación cuando entendió que mamá se ponía nerviosa al verme. Cerró la puerta y se tomó su tiempo. Tardó casi una hora antes de penetrarme. Me hizo desearlo hasta el límite, hasta que yo misma le pedí que lo hiciera. Cuando entró fue por atrás, despacio, con un dolor que me cortó la respiración y que después se transformó en otra cosa, en una sensación nueva que no supe nombrar.
Después me llevó de vuelta al comedor. Sabía que mirar a mi madre y a mi abuela me prendía fuego. Joaquín tenía a las dos en el piso, una sobre la otra, sobre la alfombra. Mamá lloraba de placer. La abuela le besaba los pechos a su propia hija sin pudor, y mi madre se entregaba sin resistirse.
Tendría que haberlas odiado. No las odié. Me reconocí en ellas. Lo que estaba pasando ahí no tenía nombre y no lo necesitaba. Era la primera vez que entendía que el deseo, cuando se desata, no respeta nada.
Ramón me tomó de la cadera y me hizo arrodillarme junto a ellas. La abuela giró la cabeza, me miró a los ojos y sonrió. Después me besó en la boca, despacio, como si quisiera darme la bienvenida a un mundo nuevo.
Yo le devolví el beso sin pensar.
***
Pasamos doce días en la cabaña. Llovió mucho los primeros, después salió el sol, después volvió a llover. No nos importaba. Los días y las noches se confundían. Comíamos cuando teníamos hambre, dormíamos cuando podíamos, y el resto del tiempo nos entregábamos los unos a los otros. Solos, en pareja, en trío, los cinco juntos. En la cama, en el sillón, contra un árbol, en la cocina, en la galería bajo la lluvia.
Una mañana le dije a la abuela que después de esto no iba a poder volver a tener sexo común con un chico de mi edad. Ella se rió y me acarició la mejilla.
—Sos joven —me dijo—. Esto cansa, te aburre. Lo único que vale la pena de verdad es estar con alguien que querés. Pero hay que probar todo antes de saberlo.
No sé si tenía razón. Lo que sé es que cuando volvimos a la ciudad, las tres habíamos cambiado. Mamá ya no caminaba cabizbaja. La abuela estaba radiante. Yo me sentía dueña de un secreto que no podía contarle a nadie.
Ramón y Joaquín nos visitan dos o tres veces al año. Cuando vienen, nos quedamos encerradas con ellos en el departamento de Beatriz durante un fin de semana entero. Cuando podemos, volvemos a la cabaña.
A papá no lo extraño más. Y mamá, por primera vez desde que me acuerdo, sonríe cuando suena el teléfono.