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Relatos Ardientes

Cocinar con mi hermano cambió todo entre nosotros

La casa de los Castellanos en La Moraleja parecía más silenciosa de lo habitual aquella mañana de primavera. El sol entraba suave por los ventanales, bañando los muebles del salón en una luz dorada que olía a flores frescas del jardín y a café recién hecho. Los padres habían salido temprano «a por unas cosas», como dijo la madre con su voz de colegio inglés, dejando la mansión vacía por primera vez en años.

Carolina estaba sentada en el sofá grande de terciopelo, con las piernas recogidas, fingiendo mirar el móvil. Tenía diecinueve años recién cumplidos, era rubia natural, con ojos verdes y esa dulzura traviesa que siempre había tenido. Pero su corazón latía más rápido de lo normal. Tres años. Tres años sin ver a su hermano mayor en persona. Tres años en los que había crecido, había cambiado y, en secreto, había empezado a pensar en él de una forma que no debería.

La puerta principal se oyó al abrirse. Los pasos firmes resonaron en el hall de mármol. Carolina se levantó de un salto y una sonrisa le iluminó toda la cara.

—¡Mateo! —gritó, y corrió descalza por el pasillo hasta lanzarse directamente a sus brazos.

Él la atrapó al vuelo con una risa grave y cálida. Veintiséis años, alto, ancho de hombros, recién llegado de Toronto. La levantó del suelo un segundo, igual que cuando ella era pequeña, y la apretó fuerte contra su pecho. El olor de él, una mezcla de colonia cara y piel caliente, la envolvió por completo.

—Mi Caro… joder, hermanita —murmuró él contra su pelo—. La última vez que te vi llevabas aparato y coletas. Mírate ahora.

Carolina hundió la cara en su cuello y lo abrazó todavía más fuerte, sin ganas de soltarlo. Su pecho era tan ancho, tan firme, que sintió el calor del cuerpo de Mateo atravesando la fina tela de la camiseta. Un escalofrío le recorrió la espalda.

¿Por qué me late tan fuerte el corazón? Es mi hermano. Solo mi hermano.

—Muchísimo, tonto —susurró ella con la voz un poco temblorosa—. Mamá y papá son un aburrimiento sin ti. Siempre hablando de yates y del club. Tú eras el único que me hacía reír de verdad.

Él se rio bajito y le revolvió el pelo con cariño, sin separarla del todo.

—Princesita mandona, siempre igual. Toronto es brutal para los negocios, pero nada como volver y ver esta carita. Estás guapísima, Caro. En serio.

Carolina se separó solo lo justo para mirarlo a los ojos, todavía con las manos apoyadas en sus brazos fuertes.

—Ay, no seas malo —protestó riendo, dándole un golpecito en el pecho—. Solo quiero que te quedes un ratito así. Eres mi hermano mayor, mi héroe, y ahora estás aquí de verdad.

Mateo sonrió de medio lado, esa sonrisa peligrosa que siempre le había hecho temblar las rodillas, y le pellizcó la nariz con suavidad. Sus ojos se quedaron un segundo más de la cuenta en la carita iluminada de ella.

—Lo que mi hermanita quiera. Hoy soy todo tuyo.

Carolina se mordió el labio inferior con una risita traviesa, sin apartarse ni un centímetro del pecho de Mateo. Sus dedos siguieron deslizándose despacio por los bíceps marcados, sintiendo cómo la tela se tensaba bajo el toque.

Cómo ha cambiado. Esos brazos. Ese pecho.

—Con ese cuerpo que te has traído de Canadá, seguro que has hecho disfrutar a más de una por allí —soltó ella con voz cargada de intención—. Dime la verdad, hermanito.

Mateo soltó una carcajada grave que vibró contra el cuerpo de ella. No la soltó. Sus manos grandes se quedaron en su cintura, sujetándola con una mezcla peligrosa de cariño y algo más oscuro. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo y se detuvieron un segundo de más en la curva de la cintura, en cómo el pelo rubio le caía suelto sobre los hombros.

—Y tú, princesita —contestó él con voz baja y burlona, inclinándose para que su aliento le rozara la oreja—. Con esa carita de ángel y ese cuerpo que se te ha puesto tan bonito, seguro que estás haciendo disfrutar a más de un niñato del barrio.

Carolina soltó una risita nerviosa y le dio otro golpecito juguetón en el pecho, aunque sus dedos se quedaron acariciando la tela. Sus mejillas se tiñeron de rosa, pero no se apartó. Al contrario, se pegó un poquito más contra él.

—Ay, Mateo, qué cosas dices. Pareces sacado de una de esas series donde el hermano guapo vuelve a casa y todas se derriten.

Él bajó la mano otra vez a su cintura, apretándola un poco más contra su cuerpo. El pulgar rozó sin querer la piel que asomaba por debajo de la camiseta. Un toque ligero pero que se quedó ahí un segundo de más.

—Pues yo también te he echado de menos, Caro. Más de lo que crees.

Carolina escondió la cara un momento en su cuello, aspirando su olor mientras sus manos subían y bajaban por sus brazos.

—Oye, se me acaba de ocurrir una cosa —dijo ella bajito, casi como un secreto—. Mañana, cuando mamá y papá se vayan otra vez, ¿por qué no cocinamos juntos? Como cuando éramos pequeños, pero ahora en serio. Pancakes, huevos, zumos. Sería divertido, ¿no?

Mateo soltó una risita y deslizó la mano un poco más abajo por la cintura. El pulgar trazó un círculo lento sobre la tela.

—Mmm. Suena peligroso, princesita. Ya sabes que a mí me gusta meterle mano a todo. Remover bien, probar el punto, añadir un poco de calor hasta que empiece a subir la temperatura.

Carolina se rio bajito, mordiéndose el labio.

—Solo es cocinar, tonto. Aunque… si tú vas a estar ahí removiendo, igual me distraigo y se me cae algo al suelo.

Él le rozó la oreja con los labios.

—Mañana en esa cocina seré todo tuyo. Te enseño a manejar el fuego como Dios manda. Lento al principio, para que coja bien el punto, y luego más fuerte hasta que todo quede bien hecho por dentro.

Carolina soltó una carcajada nerviosa. Sus mejillas ardían.

—Vale, trato hecho. Pero ahora deberíamos irnos a dormir, ¿no? Yo a mi cuarto y tú al tuyo. Aunque me cuesta un montón soltarte ahora mismo.

Él la abrazó un segundo más fuerte, le dio un beso en la coronilla demorándose un poco, y la dejó ir.

—Buenas noches, princesita. Sueña con algo rico.

—Buenas noches, grandullón. Y tú… sueña con lo que quieras remover mañana.

Carolina se dio la vuelta y empezó a caminar hacia su habitación, pero cada paso le costaba más. Sentía la mirada de Mateo clavada en su espalda, en el balanceo sutil de sus caderas. Por primera vez en su vida, se preguntó si su hermano estaría viendo exactamente lo mismo que ella había visto en él toda la tarde: algo prohibido, algo peligroso, algo que ya no podía ignorar.

***

Mateo cerró la puerta de su antigua habitación con cuidado, como si el simple clic pudiera despertar a toda la casa. Se quitó la camiseta, los vaqueros y se metió en la cama solo con los bóxers. Su cuerpo todavía estaba caliente del abrazo de antes, como si la piel de Carolina se hubiera quedado pegada a la suya.

No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía la curva de su cintura, oía su risita, esa frase inocente que ahora sonaba tan turbia en su cabeza: «remover bien, probar el punto». La frase se repetía una y otra vez, y su mano, casi sin querer, bajó despacio hasta rozar el bulto duro que empujaba contra la tela.

Solo un poco. Solo para que se me pase.

Pensaba en cómo se había mordido el labio al coquetear, en cómo su cuerpo menudo había encajado contra el suyo, en esa camiseta oversized que mañana llevaría en la cocina. La culpa le apretaba el pecho, pero la dureza le latía más fuerte en la mano. Se masturbó en silencio, la respiración cada vez más pesada pero controlada, los músculos del abdomen tensos. Necesitaba correrse pensando en ella, aunque eso lo convirtiera en el peor hermano del mundo.

***

La mañana siguiente entró suave por los ventanales de la cocina, con esa luz dorada que hacía brillar las encimeras de mármol. Mateo se había levantado temprano. Estaba de pie junto a la isla central, tomando un café solo, vestido únicamente con unos pantalones de chándal grises que colgaban bajos en sus caderas y una camiseta blanca ajustada que marcaba cada músculo del pecho.

Unos pasos descalzos resonaron detrás de él. Carolina apareció en la puerta, el pelo rubio revuelto del sueño y esa sonrisa somnolienta que siempre lo derretía. Llevaba una camiseta oversized de algodón blanco que apenas le cubría los muslos y un tanga negro de encaje diminuto. Cada movimiento hacía que sus pechos firmes se asomaran peligrosamente por los laterales de la tela fina.

Mateo se giró despacio, taza en mano, y mantuvo la mirada clavada en su rostro. No bajó los ojos. Le dedicó una sonrisa fraternal y se inclinó para besarle la coronilla.

—Buenos días, princesita. ¿Has dormido bien?

Carolina se pegó un poco más a él, buscando el calor de su cuerpo.

—Más o menos. No paraba de pensar en lo de cocinar. ¿Te acuerdas de tu promesa?

Se estiró para coger una manzana y la camiseta se le subió, dejando a la vista la curva inferior de las nalgas y el hilo del tanga. Mateo tragó saliva y se giró hacia la cafetera, fingiendo no haber visto nada.

—Claro. Empieza tú, Caro. Mandas tú.

Ella se colocó a su lado, muy cerca, y empezó a sacar ingredientes mientras ponía música. Una playlist suave de pop llenó la cocina de ritmos sensuales. Carolina bailaba descalza, moviendo las caderas con una gracia traviesa, y la camiseta oversized se movía con ella, revelando cada vez más cuerpo. Mateo intentaba concentrarse en batir los huevos, pero cada vez que ella se estiraba o se agachaba, la tela se abría y los pechos firmes asomaban un instante.

No mires. No mires. Es tu hermana. Solo tu hermana.

Carolina canturreaba bajito, removiendo la masa de los pancakes con movimientos lentos y circulares. De vez en cuando le rozaba el brazo con el suyo, inocente y provocadora al mismo tiempo. La cocina empezó a oler a mantequilla y a azúcar.

—Prueba esto —le dijo, acercándole la cuchara de madera con un poco de masa cremosa en la punta.

Mateo abrió la boca y probó. Sus ojos se encontraron un segundo de más. La masa era dulce, esponjosa, y el roce de los dedos de ella en sus labios le provocó un escalofrío culpable.

—Está perfecta —murmuró él, la voz más ronca de lo que pretendía.

Ella siguió bailando, cada vez más desinhibida. Al estirarse para coger un plato alto, su trasero apenas tapado rozó directamente el bulto que empezaba a marcar los pantalones de Mateo. El contacto fue lento, caliente. Una nalga firme se apretó un segundo contra la dureza palpitante.

Mateo se tensó entero. Un gruñido bajo se le escapó antes de poder controlarlo.

Su culo está rozándome. Está tan dura que duele. Es mi hermana.

Carolina ni se inmutó. Soltó una risita inocente y siguió bailando, pero esta vez se movió un poquito más despacio, dejando que se restregara una vez más antes de separarse.

—Ay, perdón, grandullón. Es que esta cocina es enorme, pero cuando bailo me pongo en todas partes —susurró ella mordiéndose el labio.

De repente, al inclinar el bol para verter más masa en la sartén, un pegote espeso y dulce se le escapó y le cayó justo encima de la camiseta, manchándole todo el pecho. Otro chorrito caliente le salpicó el cuello y se deslizó lentamente por la clavícula.

—¡Joder, qué desastre! —exclamó ella entre risas—. Mira cómo me he puesto. Esta masa es traicionera.

Mateo se rio también, pero sus ojos no pudieron disimular. Se quedaron clavados en cómo la crema se pegaba a la tela, marcando perfectamente la forma de los pechos.

—Joder, Caro. Sí que te has pringado.

Ella ya estaba quitándose la camiseta por la cabeza con un movimiento rápido. La prenda salió volando y cayó sobre una silla. Carolina quedó completamente desnuda de cintura para arriba, solo con el tanga negro, la piel salpicada de restos de masa.

—Bah, total, eres mi hermano y hay confianza, ¿no? —dijo con esa voz traviesa, girándose hacia él sin pudor—. Seguro que has visto muchos en Canadá. Además, con la masa por todas partes estaba más incómoda que desnuda.

Se señaló el hombro derecho, donde un grueso chorro de crema resbalaba despacio hacia el pecho.

Mateo tragó saliva. La culpa le apretó el pecho como un puño, pero no pudo apartar la mirada.

—Ven aquí —dijo él con voz ronca, acercándose un paso—. Que te ayudo.

Se inclinó hacia ella con gesto aparentemente divertido y, en vez de usar un trapo, acercó directamente la boca a su hombro. Lamió el pegote despacio, con un ruidito grave. Su lengua caliente recogió la crema y siguió bajando, rozando el borde del pecho derecho.

—Mmm. Joder, Caro. Está mucho más rica en tu piel.

Carolina soltó una carcajada nerviosa, pero no se apartó. Al contrario, arqueó ligeramente la espalda.

—¡Mateo, qué bruto eres! Solo era un pegote —protestó riendo, aunque sus ojos brillaban de excitación—. Pero bueno, si te gusta tanto, puedes probarla donde quieras.

Con una sonrisa que ya no tenía nada de inocente, metió dos dedos en el bol, sacó otro pegote cremoso y, sin dejar de mirarlo a los ojos, se lo untó lentamente sobre el pezón derecho.

—Si tanto te gusta… aquí tienes un poquito más rica que en el hombro.

Mateo se inclinó despacio y cerró los labios alrededor del pezón cubierto. Lo chupó con fuerza, lento, saboreando la crema mezclada con el sabor cálido y prohibido de su piel. Su lengua dio vueltas húmedas alrededor, succionando, mientras su mano grande subía para amasar el otro pecho con los dedos.

Carolina echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido suave que ya no intentó disimular.

—Ahhh… Mateo… así… más fuerte.

Mateo gruñó contra su pecho y pasó al otro pezón, untándolo primero con más masa y luego devorándolo con más hambre. Sus manos grandes apretaban y juntaban los pechos, jugando con ellos. La cocina olía a pancakes, a masa dulce y a algo mucho más prohibido.

El cuerpo de Mateo se tensó como un resorte. Sin decir una sola palabra, metió dos dedos gruesos en el bol y sacó un pegote abundante. Con una mirada oscura que ya no tenía nada de hermano mayor, empezó a untárselo a Carolina muy despacio, desde el ombligo hacia abajo. La crema fría resbaló por su piel suave, dejando un rastro brillante que bajaba directo hacia el tanga negro. No se detuvo. Siguió dibujando una línea gruesa con los dedos hasta que la crema se coló bajo la tela fina y le cubrió por completo los labios del sexo.

Carolina soltó un gemido entrecortado.

—Joder, Mateo, ¿qué haces? —jadeó, mordiéndose el labio—. Me estás untando como si fuera un postre. Está fría, pero me encanta. Sigue, grandullón.

Sus pechos, todavía brillantes de saliva, subían y bajaban con cada respiración agitada. Sentía los dedos fuertes de su hermano extendiendo la masa entre los pliegues, el tanga ya empapado de crema y de sus propios fluidos.

Entonces, con esa sonrisa que le marcaba un hoyuelo, Mateo la cogió por la cintura, la levantó en el aire sin esfuerzo y se la sentó sobre la encimera de mármol, abriéndole las piernas con sus manos grandes. Los músculos de su espalda se marcaron bajo la camiseta blanca.

—Mateo… ¡joder! —jadeó ella entre risas—. Eres un puto animal.

Sin darle tiempo a decir nada más, Mateo se arrodilló entre sus piernas y hundió la cara contra el tanga manchado. Le apartó la tela con los dientes y empezó a comerle el sexo con hambre brutal. Su lengua caliente lamió la crema mezclada con sus jugos, chupando los labios hinchados, succionando el clítoris con ruidos húmedos. La barba incipiente le rozaba la piel sensible mientras la sujetaba con las dos manos abiertas en el culo.

Carolina gemía sin control, las manos abiertas sobre el mármol, el cuerpo arqueado hacia él. Cada lametón le enviaba descargas de placer que le temblaban las piernas.

Está comiéndome como si fuera lo único que quiere en el mundo. Mi hermano. Mi Mateo. Nunca había sentido algo tan fuerte.

—Dios, Mateo, qué lengua tienes —gritó ella con la voz rota—. No pares. Cómeme. Cómeme entera.

Él gruñó contra ella y aceleró. Lamía de abajo arriba con pasadas largas, chupando los labios, succionando el clítoris, metiendo la punta de la lengua dentro mientras removía la crema y los fluidos como si estuviera devorando el postre más rico del mundo.

Carolina se tensó entera, las manos clavándose en los hombros de él.

—Mateo… ¡me corro! —gritó, casi llorando de placer—. ¡No pares!

El orgasmo la atravesó como un rayo. Su cuerpo se convulsionó sobre la encimera, las piernas apretándose alrededor de la cabeza de su hermano. Mateo siguió lamiendo durante todo el orgasmo, sacándole hasta la última gota mientras ella temblaba y gemía.

Cuando los espasmos se calmaron, él se levantó despacio, deslizando su cuerpo contra el de ella. Carolina lo miró a los ojos, exhausta, con esa mirada de pura lujuria que ya no tenía nada de inocente.

—Mateo… yo también quiero enseñarte todo lo que sé —susurró ella contra su oreja, los dedos rozando ya el bulto duro que latía entre los dos.

***

Sin esperar respuesta, se deslizó hacia abajo hasta arrodillarse en el suelo de mármol. Le bajó los pantalones de chándal con manos suaves y la dureza de Mateo saltó libre, gruesa y palpitante, muy cerca de sus labios.

Carolina se mordió el labio y levantó la mirada.

—Mmm. Toda esta para mí.

Sacó la lengua y empezó a lamer despacio desde la base hasta la punta, recogiendo el sabor con un gemidito de hambre. Dio vueltas con la lengua alrededor del glande, lo chupó con besitos húmedos, y luego abrió más la boca y se la metió poco a poco. Empezó a mover la cabeza adelante y atrás, succionando con ganas, las mejillas hundidas. Una mano le acariciaba la base, la otra le sostenía los testículos.

Mateo gruñó y enredó los dedos en el pelo rubio de su hermana, sin empujar, solo acompañando el ritmo.

—Joder, Caro. Esa boquita.

Ella levantó la mirada hacia él, los ojos verdes brillantes, y la sacó un segundo para hablar, hilos de saliva colgando de los labios.

—Quiero que me enseñes cómo te gusta, Mateo. Más fuerte, más profundo, lo que tú quieras. Yo también sé hacer cosas con la boca, hermanito.

Volvió a metérsela hasta el fondo, gimiendo alrededor de ella, los pechos balanceándose con cada movimiento. Cada vez bajaba un poco más, tragando con devoción mientras su lengua presionaba por debajo. Cuando llegó hasta el fondo de la garganta, una arcada la sacudió. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no se apartó. Subió despacio, dejando que la saliva cayera en hilos, y volvió a bajar.

—Joder, Caro —gruñó él, la voz rota—. Qué placer.

Ella siguió con esa técnica brutal y lenta. Bajaba hasta arcadear, aguantaba un segundo, subía despacio, volvía a bajar. Las lagrimitas le caían por las mejillas, mezclándose con la saliva sobre los pechos firmes. Pero no paraba. Al contrario, parecía disfrutar de ahogarse con su hermano.

—Sigue, princesita —jadeó él, los dedos enredados en su pelo—. Eres preciosa así.

Carolina sacó la verga un segundo, jadeando, con los labios brillantes.

—Mateo… nunca he dejado que nadie se corra dentro de mi boca —susurró ella mirándolo fijamente—. Pero contigo… quiero que seas el primero. Quiero tragármelo todo.

Volvió a metérsela entera, con más ganas, más profundo, las lágrimas cayéndole sin control. Mateo no aguantó más. Se tensó entero y soltó un gruñido animal.

—Caro, ¡me corro!

La primera descarga fue brutal. Carolina intentó tragárselo todo, pero era demasiado. La corrida le llenó la boca, se le escapó por las comisuras, le cayó por la barbilla y por los pechos. Ella siguió chupando hasta que los espasmos se calmaron, tragando lo que podía.

Cuando por fin sacó la verga de su boca, jadeando, tenía la cara y el pecho cubiertos de un brillo blanco. Levantó la mirada hacia su hermano con una sonrisa exhausta y satisfecha, y se pasó la lengua por los labios.

***

El reloj digital de la cocina marcaba casi la una y media del mediodía. El tiempo había volado entre gemidos y arcadas. Los padres podían aparecer por la puerta principal en cualquier momento, con sus bolsas de compras y sus caras de «¿qué han estado haciendo estos dos?».

Mateo y Carolina se miraron un segundo, todavía jadeando, y al ver el panorama que habían montado estallaron en una carcajada al unísono.

—Joder, Caro —dijo él entre risas, mirando la encimera llena de masa—. Mamá va a flipar cuando vea la cocina.

Carolina soltó otra carcajada, todavía arrodillada.

—Ay, no seas exagerado. Solo hemos hecho un brunch. Un poco especial.

Él le tendió la mano para ayudarla a levantarse. Cuando ella se puso de pie, pegó su cuerpo al de su hermano sin pudor.

—Qué desastre hemos montado, princesita —murmuró él, limpiándole la mejilla con el pulgar—. Si mamá llega ahora, nos deshereda a los dos.

Carolina se puso de puntillas, pegó su cuerpo caliente al de él y, con esa voz ronca y traviesa, le susurró al oído:

—Si quieres… dejamos el postre para después, hermanito.

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Comentarios (7)

Ramiro_Mza

increible!! me enganche desde el primer parrafo, hay segunda parte??

LuciaV22

Buenisimo. La tension se siente real sin ser burda, eso es lo que mas me gusto. Felicitaciones

Cristian_ok

se hizo muy corto!!! quiero mas

NoraCba_lect

Me recordó a algo que pasé hace tiempo... imposible no sentirse identificado leyendo esto. Muy bueno

SergioMdq

Que manera de escribir, te transportas sin darte cuenta. Saludos

lector_mx

La descripcion del principio engancha al toque, muy bien logrado. Saludos!

MarcosBA77

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de saber como sigue la historia

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