El brunch que mi hermana preparó solo para mí
La casa de mis padres en Getxo siempre había olido igual: a madera húmeda, a café recién hecho y a ese perfume barato de mi madre que impregnaba hasta las cortinas. Tres años en Londres no habían cambiado nada de eso. Entré con la maleta arrastrando por el pasillo de siempre y me detuve un momento en el umbral del salón, dejando que el olor me devolviera a un tiempo anterior.
Mis padres habían salido a hacer recados. Me lo había dicho mi madre por teléfono la noche anterior, con esa voz apresurada que usaba cuando tenía demasiadas cosas en la cabeza. «Llegamos a la hora de comer, cariño. Tu hermana está en casa.»
Mi hermana. Valeria.
La había visto por última vez cuando tenía quince años, con ese flequillo mal cortado que ella misma se hacía y una obsesión absurda por las series de época. Tres años de llamadas de vídeo pixeladas y mensajes de voz que nunca llegaban completos no eran lo mismo que tenerla delante.
La oí antes de verla. Un sonido suave, unos pasos descalzos sobre el suelo de cerámica de la cocina.
—¿Marcos? —su voz llegó desde el fondo del pasillo.
—Soy yo —respondí.
Apareció en el marco de la puerta de la cocina y durante un segundo ninguno de los dos dijo nada. Valeria ya no tenía flequillo. Llevaba el pelo castaño largo, suelto, todavía revuelto de haber dormido. Tenía dieciocho años y llevaba una camiseta de algodón blanco, grande, que le llegaba a medio muslo. Nada más, al menos que se viera. Los ojos castaños, iguales que los de nuestro padre, me miraban con una mezcla de emoción y algo que no supe leer bien.
—Anda —dijo, y cruzó el pasillo corriendo.
Me abrazó con esa fuerza que siempre me había sorprendido en alguien tan menuda. La envolví con los brazos y la levanté un segundo del suelo, igual que cuando era pequeña, y ella soltó una carcajada contra mi cuello.
—Tres años son demasiados —murmuró pegada a mi pecho.
—Ya lo sé, Val.
La dejé en el suelo pero ella no se separó. Siguió con las manos en mis brazos, mirándome de cerca, evaluándome con esa forma directa que siempre había tenido.
—Estás distinto —dijo.
—Tú también.
Mucho más de lo que esperaba.
Hubo una pausa breve. Ella la llenó primero.
—¿Tienes hambre? He pensado que podíamos hacer el desayuno juntos. Tengo huevos, hay fruta y me parece que quedó harina de la semana pasada. Podríamos hacer tortitas como antes.
—Como antes —repetí.
—Como antes.
Me sonrió. Era la misma sonrisa de siempre, pero algo en el conjunto había cambiado. O quizá era yo el que miraba distinto después de tres años fuera.
***
La cocina era pequeña. Eso era algo que había olvidado de esta casa: lo pequeña que era la cocina. En Londres había vivido en un piso con una encimera que daba a la ventana y espacio para moverse. Aquí, Valeria y yo chocábamos en cada giro.
Ella preparaba la masa de las tortitas en un bol grande mientras yo pelaba fruta junto al fregadero. La música salía de su móvil apoyado contra el tarro de las especias, algo pop que yo no reconocí pero que ella canturreaba sin darse cuenta. Se movía con esa soltura despreocupada que tienen las personas en su propio espacio, ajena a que cada vez que se estiraba para coger algo del estante alto, la camiseta le subía y dejaba ver la curva baja de la espalda.
No mires.
Me concentré en el cuchillo y en el melocotón que tenía entre las manos.
—Cuéntame cosas de Londres —dijo ella sin girarse, removiendo la masa con movimientos circulares—. La última vez que hablamos fue hace como un mes y solo me dijiste que habías cambiado de proyecto.
—Sí. Pasé a un equipo más pequeño. Menos dinero pero más interesante.
—¿Y te gustaba vivir allí?
—Al principio sí. Luego se hace pesado. Todo el mundo tiene prisa. Nadie te conoce de verdad.
Valeria se giró hacia mí con el bol en las manos y me estudió un momento.
—¿Y por eso volviste?
—En parte.
Ella asintió como si esa respuesta incompleta le dijera más que cualquier explicación larga. Siempre había sido así, Valeria. Escuchaba lo que no se decía.
—Yo me alegro —dijo simplemente, y volvió a mirar el bol.
***
El primer accidente fue con la harina.
Valeria estaba volcando el bol sobre la sartén caliente cuando la masa se resistió y salió de golpe, salpicando la encimera y parte de su camiseta. Un manchón blanco y espeso le cruzó el pecho de lado a lado.
—Madre mía —dijo mirándose.
Yo solté una carcajada. Ella también rio, pero luego frunció el ceño mirando la tela manchada.
—Se va a quedar pegada —murmuró.
Sin más preámbulo, se quitó la camiseta por encima de la cabeza y la dejó sobre la silla. Se quedó de espaldas a mí un momento, buscando algo en el cajón de los trapos. Llevaba solo una braga de algodón oscuro. Nada más.
Yo dejé el cuchillo sobre la tabla.
Cuando se giró, no hizo ningún gesto de cubrirse. Me miró con la misma naturalidad con la que habría mirado a cualquiera.
—Somos hermanos —dijo, como si hubiera leído el silencio—. No es para tanto.
—No he dicho nada.
—Estabas a punto.
Tenía razón, pero no de la manera que ella suponía. No iba a decir nada sobre la desnudez. Lo que estaba a punto de decir era mucho más complicado de articular.
Que estás muy guapa. Que no sé dónde mirar. Que me siento como un idiota por no saber dónde mirar.
Valeria se acercó a la sartén y le dio la vuelta a la primera tortita con una espátula. La cocina olía a masa dulce y a mantequilla caliente. Ella de espaldas, la espalda desnuda, el pelo suelto cayéndole sobre los omóplatos.
Yo me quedé quieto junto al fregadero.
—Prueba esto —dijo de repente, y me acercó la cuchara de madera con un poco de masa cruda en la punta—. A ver si está bien de azúcar.
Me la acerqué a la boca y la probé. Estaba bien.
—Está bien —dije.
Pero sus ojos no se habían movido de los míos mientras yo probaba. Y no apartaron la mirada después. Hubo un momento quieto entre los dos, con el chasquido suave de la sartén de fondo y la música del móvil, y en ese momento algo se desplazó. No de golpe. Como cuando una puerta que llevas tiempo sabiendo que existe se abre por primera vez.
Valeria bajó la cuchara despacio.
—Marcos —dijo en voz baja.
—Sí.
—¿Puedo preguntarte una cosa rara?
—Depende de lo rara que sea.
Ella dudó un momento. Se mordió el labio inferior, un gesto que le había conocido de siempre cuando pensaba demasiado algo antes de decirlo.
—¿Tú también lo notas?
No me hizo falta preguntarle qué era «esto». Lo supe de inmediato. Lo supe porque llevaba notándolo desde que la había visto aparecer en el marco de la puerta.
—Sí —dije.
***
No pasó nada inmediatamente después de eso. Valeria se giró hacia la sartén y yo terminé de cortar la fruta. Las tortitas fueron saliendo una a una, perfectas, apilándose en el plato. Pusimos la mesa en silencio, pero era un silencio distinto al de antes. Más cargado. Más consciente de sí mismo.
Nos sentamos frente a frente. Ella todavía sin camiseta, apoyada en el respaldo de la silla con ese aplomo que a veces me costaba creer que tuviera dieciocho años.
—Cuéntame cuándo empezaste a notarlo —dijo, sirviéndose miel sobre las tortitas.
—Esta mañana —respondí.
—Mentira.
Me reí a pesar de mí mismo.
—Antes de irme a Londres —admití—. Antes, antes. Y lo enterré porque era lo que había que hacer.
Valeria asintió, masticando despacio.
—Yo lo noté hace dos años. Cuando me mandaste esa foto desde el Támesis. No sé por qué esa foto en concreto, pero me quedé mirándola y pensé algo que no debería haber pensado. Y desde entonces no pude quitármelo de encima.
Hablaba con una calma que me desconcertaba. Sin drama, sin vergüenza visible. Solo los hechos.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora estás aquí —dijo—. Y mis padres no llegan hasta la una.
***
Me levanté de la silla. Rodeé la mesa despacio. Valeria siguió mi movimiento con los ojos sin girarse, esperando. Me detuve detrás de ella y puse las manos sobre sus hombros desnudos. La sentí tensarse un instante y luego soltarse.
—¿Estás segura? —le pregunté en voz baja.
—Llevo dos años estando segura, Marcos.
Me agaché y le besé el cuello. Despacio, sin prisa, sintiendo cómo su respiración cambiaba. Ella echó la cabeza un poco hacia un lado y puse la boca en la curva entre el cuello y el hombro. Su piel sabía a jabón y a algo más cálido por debajo, algo propio de ella.
Valeria se giró en la silla hasta quedar de frente a mí. Me miró desde abajo con esos ojos oscuros que de repente no reconocía del todo, y levantó las manos hasta mi pecho.
—Siéntate —dijo.
Me senté en el borde de la silla que ella había dejado libre. Ella se acercó y me puso las manos en los hombros, de pie frente a mí, muy cerca. La distancia entre los dos era de centímetros.
—Tres años esperando esto —murmuró, más para sí misma que para mí.
Le puse las manos en la cintura. Era estrecha, cálida. La acerqué un poco más y ella no opuso resistencia. Se pegó a mí con esa facilidad que tiene el cuerpo cuando sabe que está donde quiere estar.
La besé.
No fue un beso suave ni tentativo. Fue el beso de alguien que lleva demasiado tiempo conteniendo algo. Ella respondió igual, con las manos en mi nuca, el cuerpo apretado contra el mío. Sabía a miel y a masa dulce y a algo prohibido que no tenía nombre preciso pero que lo llenaba todo.
***
Valeria se separó lo justo para tomar aire y se quedó con la frente apoyada en la mía, los ojos cerrados, respirando.
—No pensé que fuera a ser así —dijo.
—¿Cómo lo imaginabas?
—No lo sé. Más complicado. Más culpable.
—¿No te sientes culpable?
Ella abrió los ojos y me miró de cerca.
—Un poco —admitió—. Pero menos de lo que debería. ¿Y tú?
—Igual.
Hubo una pausa. Luego los dos sonreímos al mismo tiempo, una sonrisa incómoda y honesta que fue más real que cualquier cosa que pudiera haber dicho.
Ella volvió a besarme, esta vez más despacio. Sus manos bajaron por mis brazos, explorando con calma, sin prisa. Yo seguí teniéndola por la cintura, notando cómo su respiración se iba haciendo más pesada.
De repente se separó del todo y se arrodilló en el suelo frío de la cocina, frente a mí. Me miró desde abajo con una expresión directa y sin adorno.
—Quiero hacerte algo —dijo.
—Val…
—Llevo dos años pensando en esto, Marcos. Déjame.
Sus manos fueron directas al cinturón. Lo abrió con una calma que me sorprendió, sin prisa pero sin vacilación. Yo apoyé las manos en el respaldo de la silla y la dejé hacer.
Cuando por fin me tuvo como quería, se detuvo un momento y me miró. Solo me miró. Había algo en esa mirada que no era solo deseo. Era algo más antiguo, más enredado. Dos años de pensar en algo que no se debe pensar terminando en el suelo de la cocina de tu infancia un martes por la mañana.
Bajó la vista y acercó la boca despacio.
Lo que siguió fue lento. Deliberado. Valeria no tenía prisa. Empezó con la lengua, explorando con cuidado, aprendiendo. De vez en cuando levantaba los ojos hacia mí, buscando mi reacción, ajustando lo que hacía según lo que veía. Era metódica de una manera que me resultó completamente inesperada y completamente suya.
—¿Así? —preguntó en un momento dado, con la voz apagada.
—Sí —conseguí decir.
Siguió. Los minutos pasaron sin que yo tuviera conciencia clara de cuántos eran. Solo era el sonido suave de la música del móvil todavía sonando sobre el tarro de las especias, el olor a tortitas frías en el plato, y Valeria en el suelo de la cocina haciéndome algo que no debería estar haciéndome y que no podía querer que parara.
Es mi hermana. Es Valeria. La misma que me llamaba desde aquí cuando yo estaba en Londres y no sabía qué decirme pero llamaba igualmente, solo para que yo supiera que pensaba en mí.
El pensamiento llegó y se fue. No lo retuve.
Cuando terminé, lo hice con las manos en su pelo y un sonido que no pude controlar. Ella aguantó sin apartar la vista de mí, y cuando todo pasó se quedó quieta un momento antes de incorporarse despacio.
Se limpió la comisura de la boca con el dorso de la mano y me miró con esa calma suya que a veces era más desconcertante que cualquier otra cosa.
—¿Bien? —preguntó.
—Sí —dije—. Muy bien.
Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, satisfecha, sin triunfalismo.
***
Recogimos la cocina en silencio. Yo lavé los platos mientras ella ponía la sartén en remojo y guardaba lo que quedaba de la fruta. La música seguía sonando, más baja ahora, o quizá solo parecía más baja.
En un momento dado nuestras manos se rozaron sobre el fregadero y ninguno de los dos las retiró de inmediato.
—Mis padres llegan en dos horas —dijo Valeria.
—Ya.
—Y luego todo vuelve a ser normal. O lo que sea que sea normal.
—¿Puedes? —le pregunté—. ¿Volver a lo normal, digo?
Ella me miró un momento.
—Llevo dos años haciéndolo —respondió—. Supongo que sé cómo funciona.
Era una respuesta honesta y un poco triste, y los dos lo sabíamos. Seguí fregando el último plato. Ella lo secó cuando yo lo dejé en el escurridor y lo puso en su sitio en el armario de siempre.
—¿Te arrepientes? —pregunté.
Valeria lo pensó de verdad antes de responder, que era otra cosa que siempre le había conocido.
—No —dijo al final—. Pero tampoco sé qué hacemos con esto a partir de ahora.
—Yo tampoco.
Asintió, como si esa igualdad en el no saber fuera suficiente de momento. Se puso la camiseta manchada otra vez, ya semiseca, y fue hacia el pasillo.
—Voy a ducharme antes de que lleguen —dijo desde la puerta—. Si quieres café hay en la cafetera.
La vi alejarse por el pasillo de la infancia, descalza sobre el mismo suelo de siempre, y me quedé apoyado en la encimera con las manos todavía húmedas y la cabeza llena de cosas para las que todavía no tenía nombre.
Serví el café.
Me quedé de pie junto a la ventana que daba al patio pequeño, el mismo patio donde de niños habíamos montado una tienda de campaña una vez y no habíamos aguantado ni hasta la medianoche. El café quemaba un poco pero lo bebí igual, despacio, mirando el patio vacío.
Dos horas.
En dos horas mis padres llegarían cargados de bolsas y de conversaciones sobre cosas que no importaban demasiado, y todo volvería a encajar en el sitio de siempre. Valeria bajaría con el pelo húmedo y me miraría de una manera que nadie más en la mesa sabría leer, y yo le devolvería esa mirada, y entre los dos habría algo que no tenía nombre todavía pero que ya existía, sólido y real, como una habitación nueva en una casa que creías conocer de memoria.
Terminé el café.
Dejé la taza en el fregadero limpio.