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Relatos Ardientes

El brunch que mi hermana preparó solo para mí

La casa de mis padres en Getxo siempre había olido igual: a madera húmeda, a café recién hecho y a ese perfume barato de mi madre que impregnaba hasta las cortinas. Tres años en Londres no habían cambiado nada de eso. Entré con la maleta arrastrando por el pasillo de siempre y me detuve un momento en el umbral del salón, dejando que el olor me devolviera a un tiempo anterior.

Mis padres habían salido a hacer recados. Me lo había dicho mi madre por teléfono la noche anterior, con esa voz apresurada que usaba cuando tenía demasiadas cosas en la cabeza. «Llegamos a la hora de comer, cariño. Tu hermana está en casa.»

Mi hermana. Valeria.

La había visto por última vez cuando tenía dieciocho años, con ese flequillo mal cortado que ella misma se hacía y una obsesión absurda por las series de época. Tres años de llamadas de vídeo pixeladas y mensajes de voz que nunca llegaban completos no eran lo mismo que tenerla delante.

La oí antes de verla. Un sonido suave, unos pasos descalzos sobre el suelo de cerámica de la cocina.

—¿Marcos? —su voz llegó desde el fondo del pasillo.

—Soy yo —respondí.

Apareció en el marco de la puerta de la cocina y durante un segundo ninguno de los dos dijo nada. Valeria ya no tenía flequillo. Llevaba el pelo castaño largo, suelto, todavía revuelto de haber dormido. Tenía veintiún años y llevaba una camiseta de algodón blanco, grande, que le llegaba a medio muslo. Nada más, al menos que se viera. Los ojos castaños, iguales que los de nuestro padre, me miraban con una mezcla de emoción y algo que no supe leer bien. La tela fina de la camiseta le marcaba las tetas, y por debajo se le adivinaban los pezones erguidos por el frescor de la cocina, dos puntos oscuros contra el algodón blanco.

—Anda —dijo, y cruzó el pasillo corriendo.

Me abrazó con esa fuerza que siempre me había sorprendido en alguien tan menuda. La envolví con los brazos y la levanté un segundo del suelo, igual que cuando era pequeña, y ella soltó una carcajada contra mi cuello. Sentí la presión de sus tetas contra mi pecho, blandas y sin sujetador, y el roce de sus muslos desnudos contra los míos cuando la volví a bajar.

—Tres años son demasiados —murmuró pegada a mi pecho.

—Ya lo sé, Val.

La dejé en el suelo pero ella no se separó. Siguió con las manos en mis brazos, mirándome de cerca, evaluándome con esa forma directa que siempre había tenido.

—Estás distinto —dijo.

—Tú también.

Mucho más de lo que esperaba.

Hubo una pausa breve. Ella la llenó primero.

—¿Tienes hambre? He pensado que podíamos hacer el desayuno juntos. Tengo huevos, hay fruta y me parece que quedó harina de la semana pasada. Podríamos hacer tortitas como antes.

—Como antes —repetí.

—Como antes.

Me sonrió. Era la misma sonrisa de siempre, pero algo en el conjunto había cambiado. O quizá era yo el que miraba distinto después de tres años fuera.

***

La cocina era pequeña. Eso era algo que había olvidado de esta casa: lo pequeña que era la cocina. En Londres había vivido en un piso con una encimera que daba a la ventana y espacio para moverse. Aquí, Valeria y yo chocábamos en cada giro.

Ella preparaba la masa de las tortitas en un bol grande mientras yo pelaba fruta junto al fregadero. La música salía de su móvil apoyado contra el tarro de las especias, algo pop que yo no reconocí pero que ella canturreaba sin darse cuenta. Se movía con esa soltura despreocupada que tienen las personas en su propio espacio, ajena a que cada vez que se estiraba para coger algo del estante alto, la camiseta le subía y dejaba ver la curva baja de la espalda y el arranque del culo redondo apretado por la braga oscura.

No mires.

Me concentré en el cuchillo y en el melocotón que tenía entre las manos. Pero se me estaba poniendo la polla dura dentro del pantalón y cada movimiento suyo lo empeoraba.

—Cuéntame cosas de Londres —dijo ella sin girarse, removiendo la masa con movimientos circulares—. La última vez que hablamos fue hace como un mes y solo me dijiste que habías cambiado de proyecto.

—Sí. Pasé a un equipo más pequeño. Menos dinero pero más interesante.

—¿Y te gustaba vivir allí?

—Al principio sí. Luego se hace pesado. Todo el mundo tiene prisa. Nadie te conoce de verdad.

Valeria se giró hacia mí con el bol en las manos y me estudió un momento.

—¿Y por eso volviste?

—En parte.

Ella asintió como si esa respuesta incompleta le dijera más que cualquier explicación larga. Siempre había sido así, Valeria. Escuchaba lo que no se decía.

—Yo me alegro —dijo simplemente, y volvió a mirar el bol.

***

El primer accidente fue con la harina.

Valeria estaba volcando el bol sobre la sartén caliente cuando la masa se resistió y salió de golpe, salpicando la encimera y parte de su camiseta. Un manchón blanco y espeso le cruzó el pecho de lado a lado, justo sobre las tetas.

—Madre mía —dijo mirándose.

Yo solté una carcajada. Ella también rio, pero luego frunció el ceño mirando la tela manchada.

—Se va a quedar pegada —murmuró.

Sin más preámbulo, se quitó la camiseta por encima de la cabeza y la dejó sobre la silla. Se quedó de espaldas a mí un momento, buscando algo en el cajón de los trapos. Llevaba solo una braga de algodón oscuro. Nada más. El culo redondo, firme, se le marcaba en la tela ajustada y la espalda se le curvaba hasta la nuca en una línea que se me quedó grabada.

Yo dejé el cuchillo sobre la tabla.

Cuando se giró, no hizo ningún gesto de cubrirse. Me miró con la misma naturalidad con la que habría mirado a cualquiera. Y ahí las vi enteras: unas tetas medianas, redondas, con los pezones rosados y duros apuntando hacia adelante, el vientre plano, el ombligo pequeño, y más abajo la braga oscura tensa sobre el pubis.

—Somos hermanos —dijo, como si hubiera leído el silencio—. No es para tanto.

—No he dicho nada.

—Estabas a punto.

Tenía razón, pero no de la manera que ella suponía. No iba a decir nada sobre la desnudez. Lo que estaba a punto de decir era mucho más complicado de articular.

Que estás muy guapa. Que no sé dónde mirar. Que se me está poniendo la polla dura como una piedra y no sé qué hacer con eso.

Valeria se acercó a la sartén y le dio la vuelta a la primera tortita con una espátula. La cocina olía a masa dulce y a mantequilla caliente. Ella de espaldas, la espalda desnuda, el pelo suelto cayéndole sobre los omóplatos, el culo apretado en la braga oscura moviéndose con cada giro.

Yo me quedé quieto junto al fregadero.

—Prueba esto —dijo de repente, y me acercó la cuchara de madera con un poco de masa cruda en la punta—. A ver si está bien de azúcar.

Me la acerqué a la boca y la probé. Estaba bien.

—Está bien —dije.

Pero sus ojos no se habían movido de los míos mientras yo probaba. Y no apartaron la mirada después. Hubo un momento quieto entre los dos, con el chasquido suave de la sartén de fondo y la música del móvil, y en ese momento algo se desplazó. No de golpe. Como cuando una puerta que llevas tiempo sabiendo que existe se abre por primera vez.

Valeria bajó la cuchara despacio.

—Marcos —dijo en voz baja.

—Sí.

—¿Puedo preguntarte una cosa rara?

—Depende de lo rara que sea.

Ella dudó un momento. Se mordió el labio inferior, un gesto que le había conocido de siempre cuando pensaba demasiado algo antes de decirlo.

—¿Tú también lo notas?

No me hizo falta preguntarle qué era «esto». Lo supe de inmediato. Lo supe porque llevaba notándolo desde que la había visto aparecer en el marco de la puerta.

—Sí —dije.

***

No pasó nada inmediatamente después de eso. Valeria se giró hacia la sartén y yo terminé de cortar la fruta. Las tortitas fueron saliendo una a una, perfectas, apilándose en el plato. Pusimos la mesa en silencio, pero era un silencio distinto al de antes. Más cargado. Más consciente de sí mismo.

Nos sentamos frente a frente. Ella todavía sin camiseta, apoyada en el respaldo de la silla con ese aplomo que a veces me costaba creer que tuviera veintiún años. Las tetas al aire, los pezones duros, sin ningún intento de taparse.

—Cuéntame cuándo empezaste a notarlo —dijo, sirviéndose miel sobre las tortitas.

—Esta mañana —respondí.

—Mentira.

Me reí a pesar de mí mismo.

—Antes de irme a Londres —admití—. Antes, antes. Y lo enterré porque era lo que había que hacer.

Valeria asintió, masticando despacio.

—Yo lo noté hace dos años. Cuando me mandaste esa foto desde el Támesis. No sé por qué esa foto en concreto, pero me quedé mirándola y pensé algo que no debería haber pensado. Y desde entonces no pude quitármelo de encima.

—¿Qué pensaste?

Ella me sostuvo la mirada un segundo y luego respondió sin bajar la voz.

—Que quería que me follaras.

La palabra cayó en la cocina y se quedó ahí, colgada, entre el plato de tortitas y el bote de miel abierto.

—Y que llevaba noches metiéndome la mano en la braga pensando en ti —siguió, con la misma calma—. Que no había noche que no acabara con los dedos dentro corriéndome mordiendo la almohada para que no me oyeran. Dos años, Marcos.

Hablaba con una calma que me desconcertaba. Sin drama, sin vergüenza visible. Solo los hechos, dichos con la voz baja y tranquila de quien lleva demasiado tiempo callándose algo.

—¿Y ahora? —pregunté, y noté que se me había secado la boca.

—Ahora estás aquí —dijo—. Y mis padres no llegan hasta la una.

***

Me levanté de la silla. Rodeé la mesa despacio. Valeria siguió mi movimiento con los ojos sin girarse, esperando. Me detuve detrás de ella y puse las manos sobre sus hombros desnudos. La sentí tensarse un instante y luego soltarse.

—¿Estás segura? —le pregunté en voz baja.

—Llevo dos años estando segura, Marcos. Fóllame ya.

Me agaché y le besé el cuello. Despacio, sin prisa, sintiendo cómo su respiración cambiaba. Ella echó la cabeza un poco hacia un lado y puse la boca en la curva entre el cuello y el hombro. Su piel sabía a jabón y a algo más cálido por debajo, algo propio de ella. Bajé las manos por sus brazos y luego las llevé hacia adelante, cubriéndole las tetas con las palmas. Los pezones duros se me clavaron en el centro de las manos. Ella soltó un gemido bajo y se echó hacia atrás en la silla, apretándose contra mí.

—Joder —murmuró—. Llevo tanto tiempo queriendo que me toques así.

Le pellizqué los pezones entre el pulgar y el índice, primero suave, luego un poco más fuerte. Ella arqueó la espalda y separó los labios. Le bajé una mano por el vientre, despacio, hasta el borde de la braga. Metí los dedos por dentro y le encontré el coño mojado, empapado, los labios hinchados y calientes.

—Estás chorreando, Val.

—Ya te lo he dicho —susurró con la voz rota—. Dos años.

Le pasé los dedos por la raja, arriba y abajo, notando cómo el clítoris se le ponía duro bajo la yema. Ella abrió las piernas todo lo que pudo dentro de la silla y me buscó la mano con las caderas. Le metí un dedo dentro, luego otro, y ella soltó un jadeo largo apretando los muslos contra la madera.

—Sí, sí, así —jadeó—. Métemelos hasta el fondo.

Se los metí hasta los nudillos y ella empezó a moverse, cabalgándome la mano con pequeños empujones de cadera. Le mordí el cuello mientras la follaba con los dedos, sintiendo cómo el coño se le contraía apretándome. Con la otra mano seguí ordeñándole el pezón, tirando, girándolo entre los dedos.

Valeria se giró de golpe en la silla hasta quedar de frente a mí. Me miró desde abajo con esos ojos oscuros que de repente no reconocía del todo, con la boca entreabierta y la respiración pesada, y levantó las manos hasta mi pecho.

—Siéntate —dijo.

Me senté en el borde de la silla que ella había dejado libre. Ella se acercó y me puso las manos en los hombros, de pie frente a mí, muy cerca. La distancia entre los dos era de centímetros. Le tenía la cara a la altura de las tetas y no pude no mirar. Los pezones rosados y erguidos, pidiendo boca.

—Tres años esperando esto —murmuró, más para sí misma que para mí.

Le puse las manos en la cintura. Era estrecha, cálida. Me incliné hacia adelante y le chupé un pezón entero, envolviéndolo con la lengua, tirando suave con los dientes. Ella soltó un gemido agudo y me apretó la cabeza contra el pecho.

—Ay, joder, sí, chúpamelas —jadeó—, chúpamelas fuerte.

Pasé al otro pezón, mordisqueándolo, y ella se retorcía de pie entre mis piernas, la braga oscura ya con una mancha húmeda oscureciendo el algodón entre las piernas. La acerqué un poco más y ella no opuso resistencia. Se pegó a mí con esa facilidad que tiene el cuerpo cuando sabe que está donde quiere estar.

La besé en la boca.

No fue un beso suave ni tentativo. Fue el beso de alguien que lleva demasiado tiempo conteniendo algo. Ella respondió igual, con las manos en mi nuca, el cuerpo apretado contra el mío, la lengua metiéndoseme en la boca sin pudor. Sabía a miel y a masa dulce y a algo prohibido que no tenía nombre preciso pero que lo llenaba todo.

***

Valeria se separó lo justo para tomar aire y se quedó con la frente apoyada en la mía, los ojos cerrados, respirando.

—No pensé que fuera a ser así —dijo.

—¿Cómo lo imaginabas?

—No lo sé. Más complicado. Más culpable.

—¿No te sientes culpable?

Ella abrió los ojos y me miró de cerca.

—Un poco —admitió—. Pero menos de lo que debería. Y me pone más así. ¿Y tú?

—Igual.

Hubo una pausa. Luego los dos sonreímos al mismo tiempo, una sonrisa incómoda y honesta que fue más real que cualquier cosa que pudiera haber dicho.

Ella volvió a besarme, esta vez más despacio. Sus manos bajaron por mis brazos, luego por el vientre, y se detuvieron en el bulto duro del pantalón. Me lo apretó por encima de la tela y respiró contra mi boca.

—Dios mío, cómo la tienes —susurró—. Se te va a romper el pantalón.

—Es tu culpa.

—Bien. Que sea mi culpa.

De repente se separó del todo y se arrodilló en el suelo frío de la cocina, frente a mí. Me miró desde abajo con una expresión directa y sin adorno.

—Quiero mamártela —dijo—. Llevo dos años pensando en tu polla, quiero saber cómo sabe.

—Val…

—Cállate y déjame.

Sus manos fueron directas al cinturón. Lo abrió con una calma que me sorprendió, sin prisa pero sin vacilación. Me bajó el pantalón hasta las rodillas de un tirón y luego, más despacio, el calzoncillo. La polla se me salió de golpe, dura, hinchada, apuntándole a la cara. Ella se quedó mirándola un segundo y se le escapó un pequeño «joder» entre los labios.

Yo apoyé las manos en el respaldo de la silla y la dejé hacer.

La cogió con una mano por la base, apretando. Con la otra me acarició los huevos, sopesándolos. Bajó la cabeza y me pasó la lengua desde la raíz hasta la punta, lento, chupando la piel a su paso. Cuando llegó arriba dio una vuelta entera al glande con la lengua y luego se lo metió entero en la boca, cerrando los labios detrás de la corona.

—Ah, joder —solté con la cabeza tirada hacia atrás.

Valeria sonrió sin sacársela y empezó a bajar. Fue metiéndose la polla en la boca centímetro a centímetro, mirándome fijo desde abajo con esos ojos castaños, hasta que sentí la punta chocar contra el fondo de su garganta. Se atragantó un poco, se retiró, y volvió a bajar. Esta vez llegó más lejos. La tercera me la tragó hasta la base, apretando la nariz contra el pubis. —Hostia, Val, cómo la chupas —jadeé.

Ella se sacó la polla de la boca con un sonido húmedo y sonrió, con los labios brillantes de saliva.

—He practicado —dijo—. Con un plátano. Pensando en ti.

La imagen se me clavó en la cabeza y casi me corro ahí mismo. Ella volvió a metérsela y empezó a mamármela en serio: bajando y subiendo con ritmo, la lengua trabajando la parte de abajo, la mano acompañando lo que la boca no cubría. Chupaba con una succión firme y ruidosa, sin melindres, dejando que la saliva le chorreara por la barbilla y le cayera en las tetas. —Sí, así, guarra, así se mama una polla —le dije sin pensar, y ella gimió con la polla dentro, un gemido largo que vibró en toda la piel.

Cuando levantó la vista otra vez había cambiado algo en sus ojos. Había algo más antiguo, más enredado. Dos años de pensar en algo que no se debe pensar terminando en el suelo de la cocina de tu infancia un martes por la mañana, con la polla del hermano en la boca.

Le agarré el pelo con las dos manos y empecé a llevarle yo la cabeza. Le follé la boca despacio primero, y luego más rápido, empujando desde las caderas, y ella se dejó, con las manos apoyadas en mis muslos, la garganta abriéndose para tragarme entero. Sonaba a húmedo, a chapoteo, a jadeos que se le escapaban entre golpe y golpe.

—Me voy a correr —le avisé—. Val, joder, me voy a correr.

Ella no se apartó. Al contrario. Se hundió hasta la base y se quedó ahí, con los labios apretados contra mi pubis y la lengua moviéndose por debajo. Me corrí dentro de su boca con un gruñido, agarrándole el pelo, sintiendo cómo la polla se sacudía chorro a chorro en su garganta. Ella lo aguantó todo. Tragó dos veces, tres, sin sacársela, con los ojos llorosos pero fijos en los míos.

Cuando por fin la dejó salir, un hilo de semen mezclado con saliva le colgó de la comisura y le cayó sobre una teta. Se lo recogió con el dedo y se lo llevó a la boca, chupándolo despacio, sin dejar de mirarme.

—Rico —dijo.

—Dios, Val.

—¿Ahora me toca a mí?

La agarré por los brazos y la levanté del suelo. La empujé hacia atrás hasta apoyarla de espaldas contra la encimera de la cocina, entre el bol vacío y el plato de tortitas. Le enganché los pulgares en la braga oscura y se la bajé de un tirón hasta los tobillos. Ella la pisó y la apartó de una patada.

El coño se le veía brillante, empapado, con el vello castaño recortado corto, los labios rosados hinchados y separados. Le puse una mano detrás de la rodilla, le levanté una pierna y la apoyé en la encimera, abriéndola. Me arrodillé.

—Marcos… —empezó.

—Te toca.

Le pegué la boca al coño y empecé a comérselo despacio. Le pasé la lengua entera por la raja de abajo arriba, recogiendo todo lo que estaba mojado, y ella soltó un gemido larguísimo que retumbó en la cocina pequeña. Me metí un labio entre los dientes, tirando suave, y luego el otro. Le lamí la entrada, hundiéndole la lengua todo lo que pude, hasta la nariz apretada contra el pubis. —Ay, joder, joder, joder —jadeaba ella, agarrada al borde de la encimera con las dos manos—. No pares, no pares.

Le busqué el clítoris con la punta de la lengua. Estaba duro, hinchado, saliéndose del capuchón. Se lo lamí en círculos, primero suave, luego cerré los labios alrededor y se lo chupé como si fuera un pezón pequeño. Ella pegó un grito ahogado y me apretó la cabeza contra el coño con una mano, la otra agarrada al pelo tirándome.

—Así, así, sigue así, no pares por dios —jadeaba, con la voz cortada—. Chúpame el coño, hermano, chúpamelo bien.

La palabra «hermano» dicha en mitad de eso me disparó otra vez. Le metí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris, curvándolos hacia adelante, buscando el punto blando por dentro. Cuando lo encontré ella se convulsionó y soltó un gemido que fue casi un aullido.

—Ahí, ahí, ahí, no te vayas de ahí —suplicó.

La follé con los dedos y le chupé el clítoris al mismo ritmo, cada vez más rápido. El coño le empezó a apretar los dedos con espasmos, las piernas le temblaban, y ella se agarró a mi pelo con las dos manos. —Me corro, Marcos, me corro, me corro me corro me corr…

Se corrió con un chillido apagado, mordiéndose el brazo para que no se oyera fuera de la cocina. Le sentí el coño contraerse alrededor de los dedos en oleadas, empapándome la mano, la barbilla, todo. Yo no la solté. Seguí lamiendo mientras se corría, alargándoselo, hasta que ella me empujó la cabeza suplicando pausa.

—Para, para, no puedo más —jadeó riendo—. Dios mío.

Me levanté de rodillas. Tenía la cara empapada. Me la limpié con el dorso de la mano sin dejar de mirarla. Ella seguía apoyada contra la encimera con una pierna arriba, las tetas subiendo y bajando, el coño abierto y goteando entre los muslos.

—Fóllame ya —dijo con la voz ronca—. Fóllame antes de que me arrepienta.

—¿Te vas a arrepentir?

—No. Pero fóllame igual.

La polla se me había vuelto a poner dura sin que me diera cuenta. La agarré por la base y me la froté contra los labios del coño, arriba y abajo, embadurnándome la punta. Ella dio un respingo cada vez que le rocé el clítoris.

—Métemela ya, joder, no me hagas rogarte —gimió.

Se la metí de una embestida entera, hasta el fondo. Valeria soltó un grito ahogado y arqueó la espalda, apoyándose con las manos en la encimera detrás. La sentí apretarme por dentro, caliente, resbaladiza, tan estrecha que casi me corrí en el primer envite.

—Ah, ah, joder qué grande la tienes —jadeó—. Me llenas entera.

Empecé a follármela ahí mismo, contra la encimera, con una pierna suya en mi cadera y la otra tocando el suelo. La embestía duro, sacándomela casi entera y metiéndola de golpe hasta la base, y ella soltaba un «ah» agudo con cada golpe. Las tetas se le sacudían, los pezones rebotaban, y yo bajé la boca a uno mientras seguía dándole.

—Sí, sí, dámela toda, mátame a pollazos —le decía al oído, agarrado a las nalgas—. Fóllame, hermano, fóllame como llevo dos años queriendo.

—Guarra, hermanita guarra —le contesté empujando más fuerte—. Mira que gustarte que te folle tu hermano.

—Sí, me gusta, me pone cachonda, me pone muy cachonda —jadeaba ella, ya sin filtro, con la voz rota—. Rómpeme el coño.

La saqué de la encimera y la giré. La empujé por la nuca hasta que quedó doblada sobre la mesa de la cocina, la cara contra el mantel, el culo levantado, las tortitas frías al lado de su mejilla. Le abrí las nalgas con las dos manos y le volví a meter la polla desde atrás, viendo cómo el coño se la tragaba entera de un solo empujón.

—Ah, dios, así, así —gritó contra el mantel.

Empecé a montarla desde atrás con embestidas largas y profundas. Le agarré el pelo y tiré, levantándole la cabeza. Ella arqueó la espalda para mí, poniendo el culo más arriba, ofreciéndose. Le di una palmada fuerte en una nalga y le quedó la marca roja de mi mano.

—Otra vez —jadeó.

Le di otra en la otra nalga. Y otra. Ella gemía y empujaba el culo hacia atrás buscando cada golpe.

—Nadie te ha follado así, ¿verdad? —le pregunté sin dejar de moverme.

—No, nunca —jadeó—. Nadie me llena como tú, nadie.

Le pasé una mano por delante y le busqué el clítoris con los dedos mientras seguía follándomela por detrás. Le froté en círculos, rápido, al mismo ritmo de las embestidas. Sentí cómo el coño empezaba a apretarme otra vez, en pequeños espasmos.

—Me voy a correr otra vez, Marcos, otra vez, ay dios otra vez —lloriqueaba.

—Córrete en la polla de tu hermano, guarra, córrete.

Se corrió con un espasmo largo que le sacudió todo el cuerpo, apretándome la polla por dentro con una fuerza que me arrastró a mí también. Aguanté todo lo que pude, mordiéndome el labio, embistiendo hasta el fondo, pero era demasiado.

—Val, me corro, ¿dónde…?

—Dentro —jadeó sin dudar—. Córrete dentro, tomo la pastilla, córrete dentro, quiero sentirlo.

Me hundí hasta la base y me solté. Me corrí a chorros dentro de ella, sujetándole las caderas con las dos manos, sintiendo cómo la polla se sacudía descargando dentro del coño de mi hermana. Ella soltó un gemido largo cuando notó el calor y empujó el culo hacia atrás para tenerme todavía más dentro.

Nos quedamos quietos así un momento largo, ella doblada sobre la mesa, yo encima con la polla todavía dentro, los dos jadeando. Le besé la espalda entre los omóplatos. Ella soltó una risa pequeña, floja.

—Joder —murmuró.

—Joder —repetí.

Salí despacio. Vi cómo un hilo espeso de semen empezaba a bajarle por la cara interna del muslo. Ella se incorporó despacio, se giró, y me miró con las mejillas rojas y los ojos brillantes.

—¿Bien? —preguntó, con la misma voz de antes.

—Sí —dije—. Muy bien.

Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, satisfecha, sin triunfalismo.

***

Recogimos la cocina en silencio. Yo lavé los platos mientras ella ponía la sartén en remojo y guardaba lo que quedaba de la fruta. La música seguía sonando, más baja ahora, o quizá solo parecía más baja. Ella se movía todavía desnuda de cintura para abajo, con el semen bajándole por los muslos, sin ninguna prisa por limpiarse.

En un momento dado nuestras manos se rozaron sobre el fregadero y ninguno de los dos las retiró de inmediato.

—Mis padres llegan en dos horas —dijo Valeria.

—Ya.

—Y luego todo vuelve a ser normal. O lo que sea que sea normal.

—¿Puedes? —le pregunté—. ¿Volver a lo normal, digo?

Ella me miró un momento.

—Llevo dos años haciéndolo —respondió—. Supongo que sé cómo funciona.

Era una respuesta honesta y un poco triste, y los dos lo sabíamos. Seguí fregando el último plato. Ella lo secó cuando yo lo dejé en el escurridor y lo puso en su sitio en el armario de siempre.

—¿Te arrepientes? —pregunté.

Valeria lo pensó de verdad antes de responder, que era otra cosa que siempre le había conocido.

—No —dijo al final—. Pero tampoco sé qué hacemos con esto a partir de ahora.

—Yo tampoco.

—Aunque —añadió con media sonrisa, mirándome de reojo mientras se apretaba los muslos—, si esta noche llamas suave a mi puerta cuando ellos duerman, yo no voy a cerrar el pestillo.

—No lo voy a cerrar yo tampoco.

Asintió, como si esa igualdad en el no saber fuera suficiente de momento. Se puso la camiseta manchada otra vez, ya semiseca, y fue hacia el pasillo.

—Voy a ducharme antes de que lleguen —dijo desde la puerta—. Si quieres café hay en la cafetera.

La vi alejarse por el pasillo de la infancia, descalza sobre el mismo suelo de siempre, con la camiseta cortita dejándole ver el culo desnudo a cada paso, y me quedé apoyado en la encimera con las manos todavía húmedas y la cabeza llena de cosas para las que todavía no tenía nombre.

Serví el café.

Me quedé de pie junto a la ventana que daba al patio pequeño, el mismo patio donde de niños habíamos montado una tienda de campaña una vez y no habíamos aguantado ni hasta la medianoche. El café quemaba un poco pero lo bebí igual, despacio, mirando el patio vacío.

Dos horas.

En dos horas mis padres llegarían cargados de bolsas y de conversaciones sobre cosas que no importaban demasiado, y todo volvería a encajar en el sitio de siempre. Valeria bajaría con el pelo húmedo y me miraría de una manera que nadie más en la mesa sabría leer, y yo le devolvería esa mirada, y entre los dos habría algo que no tenía nombre todavía pero que ya existía, sólido y real, como una habitación nueva en una casa que creías conocer de memoria.

Terminé el café.

Dejé la taza en el fregadero limpio.

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Comentarios(9)

NachoRivero

buenisimo!!! me engancho desde la primera linea

Pablillo33

Por favor seguí con esto, no puede quedar asi. Necesito saber qué pasó después del brunch jajaja

elNoctambulo

Que bien escrito, se siente real. Esa tension que describe al principio es lo que mas me gusto, muy creible

LoboSolitario7

tremendo relato, lei varios de esta categoria y este es de los mejores que encontre aca

Curiosa_99

Me dejo con ganas de mas. Espero la segunda parte!!

Rodrigo_Sur

Muy bueno. La escena de la cocina esta perfecta, se imagina todo sin que te cuenten de mas. Eso es lo que diferencia un buen relato

FernandoCR

genail como siempre :)

PatoBQ

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años, esa tension que describes la entiendo demasiado bien jajaja. Buen trabajo

SilvaR_88

Sigue escribiendo, tenes talento para esto. Saludos desde cordoba

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