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Relatos Ardientes

La despedida de soltera donde caímos todas juntas

La lengua de Lucía se hundía en el sexo de su tía Beatriz mientras Mara seguía empujando el dildo en su trasero. No tenía dudas: aquella era la situación más prohibida en la que se había metido nunca. Más incluso que lo de Daniela en el vestuario.

Las piernas de Beatriz se sacudían con cada lengüetazo en el clítoris. Apretó la cabeza de su sobrina contra ella, frotándose con un descaro que jamás se había permitido fuera de esa noche. Cuando bajó la vista y se cruzó con los ojos de Lucía, tuvo que parpadear: como si todavía no terminara de creer que esa chica estuviera ahí, dándole placer.

—Tenías razón, Daniela —jadeó Lucía cuando pudo separarse un segundo—. El sexo anal es lo máximo. Se siente delicioso.

—¿Probaste sexo anal, Dani? —preguntó Romina, abriendo mucho los ojos—. Eso jamás me lo contaste.

—Creo que ya no tiene sentido seguir ocultándolo.

—Para mí está clarísimo —dijo Lucía sonriendo—. Contales todo lo que pasó en el vestuario. —Y volvió a perderse entre las piernas de su tía.

—Lo cuento si me dan algo a cambio.

—¿Como qué? —preguntó Camila.

—Mmm… Nadia me serviría perfecto.

La stripper sonrió de costado. Daniela estaba sentada en el sillón con las piernas abiertas; Nadia se arrodilló frente a ella y empezó a lamerla con una urgencia que iba más allá de lo profesional, como si hubiera estado esperando toda la noche el permiso de probarla sin restricciones.

—Dale, Dani… contanos —insistió Mara, sin dejar de mover el dildo—. Que me estoy muriendo de la curiosidad.

—Mmm… uff… qué bien lo hace. No creía que una mujer pudiera dar tanto placer a otra. —Acariciaba el pelo de Nadia mientras hablaba—. Lo que pasó en el vestuario fue una locura, pero ya no me arrepiento. Diego se lo merece. En el momento pensaba que era él quien estaba en el video, y ahora lo confirmo. Me sentí… humillada. Cuando él y yo cogemos no le gusta que yo me ponga activa. No me deja ni siquiera ponerme en cuatro. Siempre el misionero: él arriba, yo abajo. Dice que no se casó con una puta, sino con la madre de sus hijos. Yo lo tomaba como un halago. Me juró mil veces que las putas le daban asco. Le creí… hasta que lo vi cogiendo con Selene. Sin ofender.

—No me ofendo —dijo Selene desde la barra, sirviendo otra ronda de daiquiris—. Porque eso fue exactamente lo que él me pidió. Repetía que le encantaba que yo fuera puta.

—Hipócrita de mierda. —Daniela apretó los labios—. Imagínense la rabia al ver el video. Eso me empujó a grabar algo para vengarme.

—Y le chupaste la concha a Lucía —dijo Romina.

—Sí, pero no fue solo eso. Hubo más.

Hizo una pausa. Nadia subió sus lamidas hacia el clítoris, succionándolo con suavidad, y Daniela arqueó la espalda antes de seguir hablando.

—En el gimnasio había dos tipos haciendo pesas con nosotras. No nos sacaban los ojos del culo. Uno se acercó y me invitó a tomar algo. Fue amable hasta que dijo: «Con ese culito lo vamos a pasar genial», y miró al amigo. Ahí entendí.

—Que te querían compartir —interrumpió Romina.

—Justo. Me molestó. No importa lo ajustada que sea la calza, no soy puta de nadie, y menos para que me compartan. Lo mandé bien lejos. Pero minutos después, en el vestuario con Lucía, me llegó el video.

—Ay, amiga… no me digas que…

—Sí. De pura bronca, fui al vestuario de hombres. Busqué al que me había invitado y lo besé. Estaba desnudo, recién salido de la ducha. Su amigo también. Los dos tenían cuerpos esculpidos: espaldas anchas, hombros marcados. Quizás usen anabólicos, no lo voy a negar. Pero lo que me importaba era lo que les colgaba entre las piernas: vergas gruesas, venosas, depiladas.

—Upa… así me gustan a mí —aseguró Romina—. Lástima que mi marido no se entera.

—Si le habrás puesto los cuernos al pobre…

Mientras Daniela hablaba, Nadia no dejaba de moverse: la lengua entraba y salía, succionando los labios menores con un ritmo firme. Daniela jadeaba, las caderas adelantándose para que la stripper la penetrara más profundo. Al lado, Mara aceleró el dildo en el trasero de Lucía, estirando el ano dilatado en cada embestida, mientras Lucía recorría con lengüetazos largos el sexo de Beatriz, recogiendo los jugos que goteaban.

Selene miraba todo desde la barra con una sonrisa, sirviendo tragos. Camila y Romina se acercaban entre sí, tocándose: Camila le metía dos dedos a Romina, que respondía mordiéndole el cuello. La música sensual llenaba el departamento. El aire olía a sudor, a sexo, a lubricante.

Daniela continuó entre gemidos:

—Los besé a los dos. Primero al que me había invitado, después al amigo. Las vergas se les pusieron duras enseguida. Una me entró por la boca, la otra por la concha. Me cogieron contra los lockers, turnándose. Uno me penetraba mientras el otro me llenaba la garganta. Filmé todo con el celular de Lucía. Era venganza pura: si Diego quería putas, yo le mostraría cómo ser una.

Beatriz, todavía con la cara de Lucía entre las piernas, soltó un grito largo cuando llegó al orgasmo. Sus muslos apretaron la cabeza de la sobrina. Lucía no se separó hasta el final. Cuando lo hizo, Mara sacó el dildo y lo lamió ella misma, probando el sabor de su hermana sin pudor.

—Más detalles, Dani —pidió Camila, con tres dedos hundidos en Romina y moviéndolos en círculos lentos—. ¿Cómo se sintieron esas vergas?

—Gruesas, duras. Me abrieron como nunca. Diego nunca me hizo sentir así. —Daniela presionó la cabeza de Nadia más contra ella—. En medio del beso con el primero entró Lucía y me pidió que no hiciera una locura. Lo intentó de buena fe, pero yo ya estaba decidida. Me arrodillé y se la chupé al primero sin pensarlo. Me la tragué entera. Ni yo lo podía creer. El tipo se entusiasmó tanto que le dijo al amigo: «Vení a ver cómo chupa pija esta putita».

—¿Cómo te sentiste cuando te dijeron eso? —preguntó Camila, acelerando los dedos.

—Bien putita… y me gustó. —Daniela sonrió con lujuria—. Nunca me había permitido portarme así. Cuando llegó el segundo, con una verga igual de imponente, no pude resistirme. Se las chupé a los dos, alternando, y mientras tanto le pedí a Lucía que me trajera el celular. Quería filmar todo. Ella dudó al principio, pero terminó accediendo.

—Pensé que filmar la haría parar —dijo Lucía, antes de volver a la concha de su tía.

—Pero no fue así. Eso fue solo el comienzo. Tendrían que haber visto cómo se le ponían las mejillas rojas… como ahora. —Varias rieron por lo bajo—. Tenerla cerca filmando me prendía más. Quería demostrarle que era capaz de estar con dos hombres y de llegar muy lejos. Me sacaron la ropa a tirones. Quedé desnuda sobre el banco del vestuario. Uno atrás, otro adelante. Una pija en la boca, la otra en la concha. Me penetraron al mismo tiempo, sin darme tiempo a adaptarme.

—Uy… siempre quise probar eso —murmuró Camila, mordiéndose el labio.

—Te lo recomiendo. Me encantó, aunque al principio dolió un poco. No estaba acostumbrada a que me trataran así. Pero no me quejé. Quería que me cogieran fuerte.

—Como a una puta —agregó Selene desde la barra.

—Exacto. Lucía protestaba, decía que estaba yendo demasiado lejos, pero los ojos abiertos y las mejillas rojas decían otra cosa.

—¿Y es cierto, hermanita? —preguntó Mara, sin dejar de bombear.

—Sí… me prendí mucho viéndola coger con dos tipos.

—¿Y no tuviste ganas de probar también?

—No nos adelantemos —pidió Daniela.

***

Hizo una pausa para tomar un trago de daiquiri. Romina se sentó a su lado y la besó en la boca como si fueran amantes de años. Las lenguas se enredaron despacio, saboreándose. Nadia no dejó de lamerla, pero extendió la lengua hacia Romina también, alternando entre ambas: succionaba los labios hinchados de una, después los de la otra, recogiendo los jugos que goteaban sin parar.

—Será que estoy un poco borracha —dijo Romina con voz ronca—, pero te quiero mucho, amiga. Más de lo que imaginás.

—Uff… yo también. —Volvieron a besarse.

—Quien las viera pensaría que planean dejar a sus maridos para fugarse juntas —comentó Carmen.

Las dos rieron picaronas.

Carmen observaba todo con el estómago apretado. Miró a su hija Lucía: el cuerpo se sacudía con cada embestida del dildo, el ano dilatado brillando de lubricante. Miró a Beatriz, su propia hermana, acariciando el pelo de la sobrina mientras esta le lamía el sexo con devoción, la lengua recorriéndola entera. Tiene fantasías con su propia sobrina. Debería darle vergüenza. Pero no dijo nada. Sabía que interrumpir solo iba a generar enojo. Se quedó callada, sintiendo cómo su propio sexo se humedecía a pesar de la rabia, traicionándola mientras el departamento se llenaba de gemidos y de música sensual.

Selene se acercó con un vaso fresco de daiquiri. Carmen la observó de arriba abajo. Esa cintura estrecha que se abría en caderas firmes. La lencería negra resaltaba cada curva. Sus ojos bajaron hasta los labios de Selene, apenas cubiertos por la tela fina, y sintió un escalofrío. Esa vagina estaba ahí, disponible, abierta, como parte de un buffet libre. ¿Por qué no probar? Al fin y al cabo, ella también había pagado por las strippers.

No dijo nada, pero abrió las piernas despacio. Subió un pie al sillón, adoptando una pose abierta. Con un gesto leve de la mano le indicó a Selene lo que quería. Tomó un sorbo del daiquiri; el alcohol le encendió la sangre. Selene asintió y se arrodilló frente a ella. Primero le acarició los labios mayores con los dedos, comprobando lo mojada que estaba. Después acercó la boca y empezó a lamerla con ganas reales. Llevaba rato fantaseando con romper esa resistencia de la mujer que se oponía a todo lo lésbico… y ahora le iba a dar una chupada que no olvidaría nunca.

Carmen suspiró hondo cuando Selene se prendió del clítoris con succiones firmes, alternando con lamidas largas que recorrían todo el sexo.

—Veo que a Carmen le está interesando mi historia —dijo Daniela con un tono burlón—. Quizás le interese saber que los dos tipos me cogieron de verdad. Cuando intercambiaron lugares sentí… mmm… que la puta que llevo dentro se despertaba por completo. Estuvieron metiéndomela un buen rato. Esa fuerza con la que me penetraban, las cosas sucias que me decían… «Tomá, putita, abrí bien esa concha», «cómo te gusta tragar pija»… Me decían todo lo que Diego nunca se atrevería. Y yo solo gemía, pidiendo más.

—¿Y Lucía? —preguntó Mara—. ¿Qué hacías vos mientras filmabas?

—Al principio intentaba que parara —respondió Lucía, con la voz entrecortada—. Pero ver cómo la cogían los dos, cómo se le ponía la cara de placer, cómo se le caía la baba mientras chupaba una verga y la otra la penetraba… me prendió tanto que no pude evitar tocarme. Me bajé la calza y me metí los dedos. Filmaba con una mano y me masturbaba con la otra.

—Cuando uno de ellos acabó dentro mío —siguió Daniela—, sentí el chorro caliente llenándome. El otro me pidió que me arrodillara y me terminó en la cara. Yo abrí la boca, dejé que me la llenara… y miré directo a la cámara. Directo a Lucía. Quería que viera todo.

***

Beatriz soltó un gemido largo cuando Lucía le metió dos dedos junto a la lengua. Mara, sin parar, sacó el dildo del culo de su hermana y lo reemplazó con sus dedos, abriendo más el ano dilatado.

Selene levantó la vista un segundo, los labios brillantes de los jugos de Carmen, y sonrió antes de volver a hundirse: ahora metía la lengua adentro, mientras un dedo presionaba el ano sin entrar todavía. Carmen cerró los ojos. Las caderas se le movían solas. No dijo nada, pero el suspiro que escapó de su garganta valió por mil palabras.

—¿Y a Lucía? —preguntó Mara—. ¿Qué hicieron con ella?

—Al principio solo filmaba. Pero después el tipo al que le estaba chupando la verga decidió ponerse juguetón. Le bajó la calza y la bombacha de un tirón. Quedó desnuda de la cintura para abajo. No saben lo nerviosa que se puso. Yo me apiadé y les pedí que no la tocaran. Me dijeron que lo harían con una condición: querían ver cómo yo le chupaba la concha a ella. Esa parte ya la saben.

—Lo hice porque tenía miedo de que ese tipo me penetrara —aclaró Lucía—. Pero igual… lo hice. Y lo disfruté.

—Y ahí fue cuando le dije al primer tipo: «Quiero que me la metas por el culo, y no pares hasta meterla toda».

—Obviamente yo protesté —dijo Lucía—. Y fue una tontería, ahora me arrepiento. El sexo anal se siente tan rico… uf… es delicioso.

—¿Y por qué le pediste eso? —quiso saber Mara—. No te imaginé de las que entregan el culo.

—Y no lo soy. De verdad que no. Pero en ese momento quería portarme mal. Quería hacer todo lo que jamás me atrevería: sexo lésbico, coger con dos hombres, sexo anal. No iba a dejar pasar la oportunidad.

***

Mara ayudó a Beatriz a colocarse el strap-on. Primero lubricó el dildo con gel, después lo ajustó firme contra la pelvis de su tía. Antes de apartarse, Mara la besó en la boca. No fue un beso rápido; fue profundo, con lengua, y Beatriz le respondió abrazándola por la cintura un segundo más de lo necesario.

Camila se sentó donde había estado su madre, abrió las piernas bien anchas, y Lucía se arrodilló frente a ella sin dudar. La recorrió entera: separó los labios con la punta de la lengua, succionó el clítoris con movimientos lentos y firmes. Camila suspiró hondo, agarró el pelo de su prima y empujó la cabeza más contra ella.

Beatriz sintió cómo se le aceleraba el corazón al ver el trasero de Lucía: dilatado, brillante, abierto como si la estuviera esperando. Lucía se separó las nalgas con las manos, invitándola. Es una locura hacer esto con mi propia sobrina. Pero al fin y al cabo era solo un juego. Una noche sin límites. Después todo volvería a la normalidad.

Se acercó ante la mirada fría de su hermana. Carmen la observaba con rigidez, pero no dijo nada. Beatriz apuntó el dildo, mirando fijo a los ojos de Carmen, como pidiendo permiso. Le pareció ver un asentimiento mínimo, casi imperceptible. ¿O fue mi imaginación? No importaba. Iba a hacerlo.

El dildo entró con facilidad. El ano de Lucía se abrió sin resistencia, tragándose el juguete centímetro a centímetro hasta que la base tocó la piel. Beatriz empezó a moverse despacio, sintiendo cómo el arnés presionaba contra su propio clítoris en cada embestida. Pronto aceleró: empujones firmes, profundos, tal como imaginaba que le gustaría que un amante hipotético la cogiera a ella. En su mente pasaron flashes: dos tipos con cuerpos esculturales en el vestuario, turnándose para llenarle la concha y el culo, diciéndole cosas sucias mientras ella gemía pidiendo más. Si estuviera en ese estado de alcohol y excitación… sí, les habría entregado el culo sin dudar.

Hundió el dildo hasta el fondo y se quedó ahí un segundo, moviendo las caderas en círculos para que Lucía lo sintiera en todas direcciones. Lucía gimió contra el sexo de Camila, el sonido amortiguado por la carne húmeda.

—¿Acaso esto no te trae recuerdos, mamá? —preguntó Camila, notando el leve temblor en las manos de Beatriz.

—¿Eh? No sé de qué me hablás… nunca había hecho algo como esto —respondió Beatriz, pero la voz le salió más débil de lo habitual.

—No digo exactamente igual… pero ya sabés. —Camila le guiñó un ojo. Todas notaron cómo el cuerpo de Beatriz se tensó de golpe—. Creo que ya es hora de contarles la segunda parte.

—¿Segunda parte? —preguntó Lucía, intrigada, levantando la cabeza.

—Sí, después de lo que pasó en la ducha… hay más.

—Yo sabía que tenía que haber más —comentó Romina con sonrisa pícara.

—No sé, hay cosas que es mejor no compartirlas —murmuró Beatriz. La actitud confiada se le había derrumbado. Ahora evitaba las miradas, los hombros levemente encorvados.

—Ay, mamá… no creo que vayan a pensar mal, no después de lo que estamos haciendo.

Beatriz suplicó en silencio a su hija. Pero Camila ya estaba decidida. Se puso de pie con calma y fue a sentarse junto a su tía Carmen, abriendo las piernas sin pudor.

—Sé que cada una de ustedes tendrá una opinión sobre lo que les voy a contar. Y sé que no todas serán buenas. Pero no me importa. Necesito hablar de esto con alguien, o voy a explotar.

—Te escuchamos —dijo Lucía. Suspendió las embestidas, se sacó el dildo despacio y se quedó sentada en la alfombra con las piernas cruzadas. Beatriz, con las manos temblando, se quitó el strap-on. Selene se acercó con un vaso fresco para Lucía—. Quedate tranquila, nadie te va a juzgar. Quien lo haga, tendrá que retirarse. —Y miró fijo a su madre—. ¿Está claro?

La mayoría asintió en silencio. Carmen apretaba los labios, los ojos en el suelo. Beatriz respiraba agitada, las manos entrelazadas en el regazo como si intentara contener algo que amenazaba con desbordarse.

El departamento quedó en un silencio expectante, roto solo por la música baja, el roce de los dedos de Camila moviéndose en su propia concha y el tintineo de los vasos. Todas esperaban. El aire estaba cargado de anticipación, de sudor y del olor persistente del sexo. Nadie se movió para apurar ni para detener.

Solo escucharon.

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Comentarios (7)

Lau_mdp

me encanto!!! no pude parar de leer hasta el final

ClaraInFuego

Por favor una segunda parte!! quede con muchas ganas de saber que paso despues con todas

MarcelaBaires

jajaja lo de la alfombra me mato, que escena tan bien contada

Leti_cuentos

Muy bien redactado, se nota que hay algo autentico ahi. Me encanto como fue escalando la situacion sin apuro. Felicitaciones!

PalomitoNocturno

la culpa la tienen los daiquiris jajaja

SilviaK

me recordo a una despedida a la que fui hace unos años... algo paso pero mucho menos epico jeje

Gonza_B

Excelente, morboso sin ser burdo. Eso es lo que mas me gusta. Seguí escribiendo!

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