Mi hijastro me llevó en su moto esa noche prohibida
Carla bajó las escaleras descalza, con los tacones colgando de dos dedos y el pelo todavía húmedo de la ducha. Mateo llevaba más de una hora esperándola en el salón, tirado en el sofá, fingiendo no escuchar cada paso que ella daba en la planta de arriba.
—Lista, ya estoy —dijo ella, deteniéndose en el último escalón.
Mateo levantó la vista del móvil y, por un segundo, no supo qué decir. Carla se había puesto unos pantalones de cuero negro que le ceñían los muslos, una camisa blanca con dos botones abiertos de más y una chaqueta corta a juego. Llevaba el pelo recogido hacia un lado, dejando un hombro al descubierto y una cadena fina cayendo sobre la clavícula. Parecía sacada de un editorial de moda, pero había algo en sus ojos esa noche, una mezcla de curiosidad y desafío, que la hacía mucho más peligrosa que cualquier portada de revista.
—¿Qué? ¿Es demasiado? —preguntó ella, malinterpretando el silencio.
—No. Es lo que toca para subirse a una moto.
—Vi un tutorial —admitió, encogiéndose de hombros—. No iba a ponerme un vestido si pensabas trazar curvas.
Mateo se levantó del sofá. Iba con vaqueros oscuros, una chaqueta de cuero con protecciones ocultas en codos y espalda, y unas botas negras de motorista. Le sacaba diez centímetros, era ancho de hombros y tenía esa barba cuidada de hombre que ya pasó los treinta y cinco. Carla lo miró un poco más de la cuenta y enseguida desvió la mirada hacia los tacones que aún colgaban de sus dedos.
Es el hijo de tu marido. Solo el hijo de tu marido.
—¿Preparada para subir a la bestia? —preguntó él, con esa media sonrisa que le dibujaba un hoyuelo del lado izquierdo.
—Eso espero —contestó ella, intentando sonar segura.
El garaje olía a aceite, a gasolina y a algo más oscuro que Carla no supo identificar. Mateo retiró la lona de la moto y apareció una Yamaha negra y roja, baja, con líneas que recordaban más a un arma que a un vehículo. Se subió primero, metió la llave y el motor rugió contra las paredes del garaje. Carla sintió la vibración en el suelo, en las plantas de los pies y en el estómago, como si algo despertara dentro de ella sin pedirle permiso.
—Súbete —le ordenó él, con una calma que no admitía discusión.
Le tendió un casco. Carla lo sostuvo unos segundos antes de ponérselo, pensando en su peinado de dos horas y aceptando, con una resignación casi divertida, que esa noche el peinado no iba a sobrevivir. Pasó la pierna por encima del asiento, intentando no rozarlo demasiado, y se sentó detrás. El cuero de los pantalones crujió contra el acolchado.
—Agárrate fuerte —dijo Mateo, mirándola por encima del hombro—. No quiero perderte en la primera curva.
—No te preocupes por mí.
—No me preocupo. Te aviso.
Carla puso las manos a los costados de él, todavía guardando una distancia prudencial. Mateo soltó una risa baja, metió primera y aceleró suavemente para salir del garaje. Las luces de la calle se filtraban a través del visor del casco. La urbanización dormía. Solo el motor rompía el silencio de la noche.
—Última oportunidad para abrazarme como Dios manda —avisó él.
—Estoy bien así.
—Tú misma.
***
La carretera bajaba en curvas cerradas hacia la ciudad. En la primera, Mateo inclinó la moto en un ángulo que a Carla le pareció imposible. Sintió el aire huyendo de sus pulmones, el corazón saltando contra las costillas y los muslos cerrándose por instinto contra los de él. En la segunda curva, cuando la moto se inclinó al otro lado, ella ya había decidido que la dignidad era un lujo. Se pegó contra su espalda, le rodeó la cintura con los brazos y entrelazó los dedos sobre su abdomen. Sintió, debajo de la chaqueta, los músculos firmes contrayéndose con cada giro.
—¡Dijiste que ibas a ir despacio! —le gritó al oído, a través del casco.
—Y voy. Confía.
Mateo soltó una carcajada que ella sintió vibrar en su propio pecho. Las siguientes curvas fueron una mezcla de pánico y placer. Cada acelerón le levantaba el cuerpo del asiento y la lanzaba contra él. La moto rugía entre sus muslos, la velocidad la empujaba, el viento le entraba por la chaqueta y le erizaba la piel del estómago. Cerró los ojos. Apoyó la mejilla contra su espalda. Y, sin proponérselo, una sonrisa se le instaló bajo el casco.
Estoy empapada, pensó, y enseguida notó cómo el coño se le apretaba contra la costura del pantalón de cuero, hinchado y palpitante, dejando una mancha caliente que el propio cuero le devolvía multiplicada. Es por la moto. Solo por la moto. Pero cada vibración del motor le trepaba directo al clítoris, y cuando Mateo aceleraba, ella tenía que morderse el labio dentro del casco para no gemir en voz alta.
Cuando llegaron al puerto, las piernas le temblaban. Mateo aparcó cerca del paseo, paró el motor y bajó. Le ofreció la mano para ayudarla a desmontar. Carla la aceptó, dio un paso y se le aflojaron las rodillas. Él la sostuvo por la cintura sin pensarlo, con los dedos abiertos sobre el cuero del pantalón.
—Tranquila. Es normal la primera vez —le dijo, sin soltarla todavía—. Hay que dejar que el cuerpo se acostumbre.
—Estoy bien —mintió ella, aunque seguía agarrada a su brazo.
Mateo la soltó despacio, asegurándose de que no se cayera. Carla se quitó el casco, se atusó la melena lo mejor que pudo y le devolvió un suspiro mezcla de queja y rendición.
—Es brutal —admitió—. Brutal.
—Avísame si te enganchas.
—Demasiado tarde.
***
Caminaron hacia el paseo del puerto. La noche era tibia, con un olor a mar y a vino que salía de las terrazas. Carla dudó si darle el brazo o caminar a su lado, y antes de que decidiera, Mateo le ofreció el codo con un gesto casi anticuado. Ella pasó la muñeca por su brazo y la dejó caer.
—Pareces otra cuando te ríes —le dijo él, mirándola de reojo.
—¿Otra cómo?
—Otra de verdad.
Carla no supo qué contestar. Caminaron en silencio hasta que un tipo enorme, casi de dos metros, con la cabeza rapada y una sonrisa imposible, los interceptó cerca de una marisquería.
—¡Mateo! No llevas ni un día en la ciudad y ya andas con este pibón del brazo —exclamó, acercándose para darle un abrazo de oso.
Detrás del gigante apareció una chica menuda, de rasgos asiáticos, que sonrió con una calma que contrastaba con la energía de su pareja.
—Disculpa, pero no soy su novia —se apresuró Carla, deteniéndose antes de añadir lo que, en realidad, era. ¿Cómo se explicaba que la madrastra fuese diez años más joven que el hijastro?
—Hernán, ella es Carla. Una amiga —cortó Mateo.
—¡Claro, claro! Una amiga —respondió el gigante, guiñándole un ojo a Carla con un descaro que la hizo sonrojar.
—¡Hernán, basta! —lo regañó la chica, ofreciéndole la mano a Carla—. Soy Mei. Perdona a este. No tiene filtro.
—Encantada —contestó Carla, aliviada.
—¿Cenáis con nosotros? —propuso Hernán.
—Acabamos de salir, otro día —cortó Mei, agarrando a su novio del brazo con esa firmeza de mujer que sabe cuándo retirarlo.
—Pues nos vemos en el pub para una copa luego. Y, Carla, cuidado con este. Es un rompecorazones de manual.
—Lo tendré en cuenta —contestó ella con una sonrisa que ya no era impostada.
Cuando se despidieron y siguieron caminando, Carla se atrevió a preguntar.
—Hacen una pareja… curiosa.
—La madre de Hernán quedó parapléjica en un accidente. Su padre los abandonó. Él la cuida desde los veinte años. Ninguna chica le aguanta esa carga. A Mei la conoció en el hospital, donde estaba con su padre, que también está en silla de ruedas. Solo ella lo entendió.
Carla se quedó callada. La actitud bromista del gigante le pareció, de pronto, un escudo. Apretó un poco más el brazo de Mateo, sin darse cuenta de que lo hacía.
—¿Te asusto? —preguntó él.
—¿Tú? Lo justo.
***
Una mujer alta y rubia, con un vestido demasiado corto para la temperatura, los interceptó desde el otro lado de la calle. La acompañaba otra mujer, morena, de las mismas piernas interminables.
—¿Mateo? ¿Eres tú? —chilló la rubia, cruzando sin mirar.
—Renata —contestó él, y Carla notó cómo el cuerpo de Mateo se tensaba a su lado.
La rubia ignoró por completo a Carla y se le colgó del cuello como si tuviera derecho. Mateo la apartó con suavidad pero firmeza.
—Renata, ella es Carla. Una amiga.
—¡Carla, qué suerte tienes! Este es uno de los solteros más codiciados del puerto —ronroneó la rubia, mirándola por primera vez con un escaneo rápido y desdeñoso.
—No es para tanto. Renata, vamos a cenar —cortó él, agarrando a Carla de la mano y tirando de ella sin esperar respuesta.
Caminaron media manzana en silencio. Carla todavía sentía la mano de él envolviendo la suya, los dedos entrelazados de un modo que no era el de un hijastro acompañando a la mujer de su padre.
—«Una amiga», ¿eh? —dijo ella, con una ironía que pretendía ser ligera y le salió temblorosa—. Supongo que eso me convierte en parte de un club bastante amplio.
—Renata era buena gente. Se enganchó al éxtasis, a la coca, a todo lo que pasaba por sus manos. Yo no soy un santo, pero llegó un punto en que no podía seguir mirando. Cortar con ella fue una de las cosas más difíciles que hice.
Carla volvió a callarse. Mateo no encajaba con la imagen del «hijastro mujeriego» que su marido le había pintado por teléfono. Cada palabra suya era una grieta más en el muro que ella había levantado para no mirarlo.
—¿Y tú? —preguntó él, sin soltarle la mano—. ¿Quién es la Carla que no aparece en redes?
—¿Me has buscado?
—Te has casado con mi padre. Era inevitable.
Ella se rio sin ganas. Llegaron a un banco frente al mar y se sentaron sin que ninguno lo propusiera. La luna se reflejaba sobre el agua. Las luces de los barcos parpadeaban a lo lejos. Una pareja besándose se apoyaba contra la baranda, ajena a ellos.
—La que está aquí —contestó Carla al fin—. La que no quiere agobiar a su madre con sus problemas. La que se casó con un hombre veinte años mayor porque pensaba que iba a estar tranquila, y ahora tiene a su hijastro mirándola como si fuera ella la peligrosa.
Mateo se giró hacia ella. La miró un buen rato sin decir nada. Carla sintió cómo el aire entre los dos se espesaba, como si el mar hubiera dejado de respirar.
—Yo no te miro como si fueras peligrosa —dijo él, despacio—. Te miro como si fueras, simplemente, tú.
—Eso es peor.
—Lo sé.
Carla apoyó la cabeza en su hombro. No supo por qué lo hizo. No quería pensarlo. Sintió cómo él respiraba contra su pelo, cómo levantaba la mano y la dejaba a medio camino, sin atreverse a tocarla. Al final, la posó sobre su rodilla. Por encima del cuero. Caliente.
—Llévame a casa —susurró ella.
—¿Cenamos primero?
—Llévame a casa —repitió, con voz más firme.
Mateo tardó un momento en responder. Después, sin decir nada, se levantó y le ofreció la mano.
***
La carretera de vuelta fue distinta. No había prisa. La moto subía despacio entre las curvas que antes habían bajado a toda velocidad. Carla se abrazó a él con una intimidad que ya no era miedo. Sentía cada respiración de Mateo, cada ajuste del cuerpo, cada cambio de marcha. Apoyó la mejilla en su espalda y no la levantó hasta que llegaron al garaje. Una vez, al frenar en un semáforo, dejó que la mano izquierda bajara por el abdomen de él, casi sin proponérselo, hasta el límite del cinturón. Los dedos rozaron el bulto duro que le tensaba la bragueta y ella los dejó ahí un segundo de más, midiendo el grosor por encima del vaquero, sintiendo cómo la polla de él daba un latido bajo su palma. Mateo no se movió. No dijo nada. La aceleración de la siguiente recta los empujó otra vez juntos y ella subió la mano al abdomen, temblando, con la boca seca y el coño tan mojado que le corría por la cara interna del muslo.
Mateo paró el motor. El silencio cayó como una losa. Ninguno de los dos se movió. Carla, todavía con los brazos rodeándolo, no se atrevía a soltarlo. Él tampoco le quitó las manos de los muslos, donde las había puesto al frenar. Las palmas calientes a través del cuero.
—Carla.
—Cállate.
—Carla.
—Si lo dices, mañana mismo me vuelvo a casa de mi madre.
Mateo bajó la cabeza. Ella sintió cómo asentía, despacio. La mano izquierda de él subió desde su muslo hasta cubrir las suyas, las que ella tenía cruzadas sobre su abdomen. Carla giró la cara y, sin pensarlo más, le besó el cuello justo encima del cuello de la chaqueta. Una sola vez. Larga. Húmeda. Le sacó la lengua y le pasó la punta por el borde de la mandíbula, mordiéndole después la piel con los dientes, sin marcarlo pero clavándoselos lo suficiente para sentir cómo se le tensaba la espalda y se le aceleraba la respiración, cómo la mano le apretaba con más fuerza la suya y cómo, debajo del vaquero, la polla se le volvía a poner dura como una piedra.
—Vete a la cama —dijo él, en voz tan baja que apenas lo oyó.
—Sí —contestó ella—. Buena idea.
Bajó de la moto sin mirarlo. Se quitó el casco, lo dejó sobre el asiento y subió las escaleras hacia la casa todavía tambaleándose, aunque esta vez no era por la velocidad. Cuando llegó a su dormitorio, cerró la puerta despacio, apoyó la espalda contra ella y se quedó así un buen rato, escuchando los pasos de Mateo que, dos plantas más abajo, no terminaban de subir.
Es el hijo de tu marido, se repitió mientras se desabrochaba los pantalones de cuero con dedos que ya no le obedecían. Es solo el hijo de tu marido.
Se bajó el pantalón hasta las rodillas y no pudo con más: se tumbó de espaldas sobre la colcha, con las botas todavía puestas, y se pasó la mano por encima de las bragas. Estaban empapadas, tanto que el algodón se le pegaba a los labios como una segunda piel. Cuando apartó la tela, un hilo pegajoso se estiró entre la braga y el coño hasta romperse. Se llevó los dedos a la boca, los chupó y volvió a bajarlos, esta vez directo a la carne. Los labios estaban hinchados, calientes, resbalosos. El clítoris le latía, duro, del tamaño de una perla, exigiendo.
Se acarició en círculos lentos al principio, respirando por la boca, y le vino la imagen del cuello de Mateo justo donde le había mordido, la sombra oscura de barba, el olor a cuero y a gasolina que se le había quedado pegado a la ropa. Metió el dedo corazón entre los labios y lo hundió hasta los nudillos, notando cómo su coño se cerraba alrededor con un chapoteo obsceno. Sacó el dedo, se abrió los labios con la otra mano y se metió dos, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que solo ella se sabía encontrar. Los tacones se le clavaban en el edredón. El pantalón de cuero, medio bajado, le apretaba las rodillas y no la dejaba abrir del todo las piernas, y eso le gustó, le gustó estar así, medio atada, medio vestida, como si él la hubiera dejado a medio desnudar antes de tirársela.
Imagínate que sube, pensó, y se le escapó un gemido bajo. Imagínate que sube y me abre las piernas y me la mete sin decir nada.
Se sacó los dedos, se los llevó al clítoris y empezó a frotarse rápido, con la yema resbalando en su propio flujo. Con la otra mano se metió por debajo del camisón, se agarró una teta y se pellizcó el pezón, tirando fuerte, como quería que él le tirara. Se imaginó a Mateo entrando en la habitación sin decir nada, quitándose la chaqueta, bajándose el vaquero justo lo necesario para sacar la polla, gruesa, dura, con la punta ya mojada. Se imaginó abriéndole el coño con dos dedos y escupiéndole encima antes de metérsela. Se imaginó el peso de él encima, la barba raspándole el cuello, el aliento en la oreja diciéndole guarradas.
Mírame, madrastra. Mira cómo te la meto. Mira cómo se la tragás.
Se le contrajo el vientre. Metió dos dedos otra vez, con el pulgar sobre el clítoris, y empezó a follarse la mano con las caderas, subiendo y bajando el culo del colchón, chapoteando, mordiéndose el antebrazo para no gritar. El coño se le apretó de golpe alrededor de los dedos, una vez, dos, tres, y se corrió con una sacudida que le arqueó la espalda entera. Sintió cómo el orgasmo le salía a chorros pequeños, mojándole la mano, la cara interna de los muslos, la colcha debajo. Se mordió el labio hasta que le dolió para no llamarlo por su nombre.
Se quedó así, tirada, con las piernas medio abiertas y los dedos todavía dentro, temblando. Se los sacó despacio, se los miró brillando en la penumbra y se los volvió a chupar sin pensarlo, saboreándose entera como si hubiera que borrar la prueba. Pero no se sentía saciada. Se sentía peor: hambrienta, con el coño todavía palpitando y vacío, sabiendo perfectamente lo que le habría hecho falta para llenarlo.
Se giró de lado, se abrazó a la almohada y se pasó la mano otra vez entre las piernas, esta vez sin ganas de correrse rápido. Se acarició despacio, alargándolo, imaginándose la polla de Mateo entrando y saliendo de ella al ritmo del motor. Se corrió otras dos veces antes de que el sueño la venciera, cada vez más callada, cada vez más rendida. Lo que sintió no tenía nada que ver con su marido, ni con las normas, ni con la prudencia. Lo que sintió fue el rugido del motor entre las piernas, el cuero ciñéndole los muslos, la espalda de Mateo bajo su mejilla, el bulto duro que había rozado con los dedos en el semáforo y la curva imposible donde había decidido, sin saberlo, que la dignidad era un lujo.
Aquella noche tardó horas en dormirse. Y no fue la única.