El médico de mi marido me examinó a solas
Mi marido lleva más de un año haciendo trabajos para una pareja de médicos del barrio. Él se encarga del mantenimiento general de su local y ellos le pagan bien, así que la relación creció hasta volverse algo parecido a la amistad. Yo vendo figuras de yeso y cerámica pintada en un pequeño puesto frente al taller, y con el tiempo la doctora empezó a pasarse a ver mis cosas. Al principio compraba poco, pero después se quedaba a charlar. Así nos fuimos conociendo.
El doctor también venía a veces. Más reservado que ella, siempre amable. Me miraba de una manera que yo no quería analizar demasiado. Una de esas miradas largas que no son groseras, pero que dicen bastante. Miradas que me bajaban directo entre las piernas y me dejaban con el coño zumbando el resto de la tarde.
Lo que pasó, pasó porque fui al consultorio con un problema íntimo que no sabía cómo resolver. Y el problema, para ser honesta, no había caído del cielo.
***
Hacía dos semanas, mi vecino del piso de arriba me había ayudado a mover unos muebles pesados mientras Rodrigo estaba en el taller. Nos conocíamos de vista, nada más. Pero ese día, no sé cómo explicarlo, las cosas se fueron dando solas. Después de acomodar el ropero él se secó el sudor con la remera levantada y me quedé mirándole el abdomen más de la cuenta. Se dio cuenta. Vino, me agarró de la nuca y me metió la lengua en la boca sin preguntar nada.
Terminamos en el dormitorio en cuestión de segundos. Me tiró boca abajo sobre la cama, me bajó el pantalón y la bombacha de un tirón hasta las rodillas y se la sacó ahí mismo, sin quitarse siquiera los pantalones del todo. Era enorme. Sentí cómo me la apoyaba en la entrada, cómo el glande se me hundía sin resistencia porque yo ya estaba chorreando de solo verlo, y después el empujón entero, de una, contra el fondo. Grité en la almohada. Me clavó las manos en las caderas y empezó a follarme con una fuerza que no había sentido en años, con el ritmo apurado del que sabe que puede llegar el marido en cualquier momento.
Me la metía hasta la raíz y salía casi entera, y el ruido que hacía mi coño mojado contra su pelvis llenaba la habitación. Yo mordía la almohada y le pedía más. Me agarró del pelo, me arqueó la espalda y me la enterró todavía más profundo. Me corrí así, con la cara aplastada en la almohada y el culo levantado, apretándole la verga con espasmos que le arrancaron un gruñido. Él no aflojó. Me dio vuelta, me abrió las piernas de par en par, me escupió en el coño y se la volvió a meter de una. Me miró a los ojos mientras me embestía y me dijo cosas al oído que me hicieron correr otra vez. Cuando terminó lo hizo adentro, sin avisar, y sentí cómo se le vaciaba en oleadas mientras seguía empujando. Fue mucho y fue rápido, sin demasiado cuidado, sin condón, sin nada.
Esa tarde empecé a sentir un ardor que fue empeorando. Para el día siguiente ya no podía ignorarlo. El coño me quemaba, tenía los labios hinchados y enrojecidos de tanto habérmela metido a lo bestia.
Le conté a la doctora, en voz baja, mientras ella revisaba unas piezas de cerámica que le gustaban. Le dije que tenía una irritación y que no sabía qué era. Ella no hizo preguntas incómodas. Me dijo que fuera al día siguiente, temprano, y que me revisaría sin turno.
El problema era Rodrigo.
Esa noche, cuando mi marido me preguntó de qué habíamos estado hablando tanto rato, le conté lo del ardor. Como imaginé, se puso a pensar en voz alta. Dijo que algo tendría que haber hecho yo para terminar así. Yo lo negué todo con calma, pero él siguió insistiendo hasta que me pidió que le mostrara. Lo hice. Me bajé la bombacha delante de él, me abrí las piernas y le mostré el coño irritado. Lo vio enrojecido, frunció el ceño, me dijo cuatro cosas y se fue a dormir sin decirme buenas noches.
A la mañana siguiente se levantó temprano y desayunó en silencio. Antes de salir me dijo:
—Cuando vuelvas del médico, me explicás lo que te dijeron.
Tomé un taxi y me fui.
***
El consultorio estaba en el primer piso de un edificio de clínicas pequeñas. Subí las escaleras, entré y había una chica detrás del mostrador, joven, con el cabello recogido. Le pregunté por la doctora.
—Está en una urgencia de parto —dijo—. No sé cuándo vuelve.
Le expliqué que teníamos acordado que pasara temprano, que me había dicho que viniera sin turno. La chica asintió sin mucho entusiasmo y me dijo que podía esperarla. En ese momento se abrió la puerta del consultorio interior y salió el doctor.
Llevaba su bata blanca, el estetoscopio al cuello. Me vio y sonrió.
—Lucía, ¿vas a almorzar ya? —le preguntó a la recepcionista.
—Sí, doc, ahora mismo salía —respondió ella—. Pero llegó una paciente que venía a ver a la doctora.
—Ya veo. —Me miró—. Andá a comer tranquila, yo la atiendo.
Yo iba a decir que podía esperar, que no era urgente. Pero no encontré las palabras. Lucía ya estaba guardando su cartera. El doctor hizo un gesto hacia la puerta del consultorio.
—Pasá, por favor.
***
El consultorio era ordenado y olía a desinfectante mezclado con algo levemente dulce. Él cerró la puerta, se apoyó en el escritorio y me preguntó qué me pasaba.
—Es que venía a ver a la doctora, por un asunto de… —Me detuve. No sabía cómo decirlo.
—Una irritación en la zona íntima —completó él, con la calma de quien lo ha dicho mil veces—. Te escucho.
Le expliqué lo que sentía: ardor, enrojecimiento, sin otros síntomas. Mientras hablaba él escuchaba con atención, sin interrumpir. Luego tomó una bata descartable de la estantería y me la ofreció.
—Pasá detrás del biombo, dejá la ropa abajo y ponéte esto. Revisamos y ya está.
Dudé unos segundos. Podría decirle que prefiero esperar a la doctora. Pero algo en mí no quería decirlo. Tomé la bata y entré al biombo.
El material era tan fino que era casi transparente. Me quité la ropa, me la puse como pude y salí. Se me marcaban los pezones duros bajo la tela, y él lo notó de inmediato. Ya estaba de pie, junto a la camilla ginecológica del fondo. Me miró de arriba abajo con esa calma profesional que podría ser cualquier cosa. Se me acercó.
—No te la ataste —dijo.
—No supe cómo.
Se puso detrás de mí, tomó los cordones de la bata y los dejó sin atar, sus manos rozando brevemente mi espalda desnuda. Sentí el aliento en la nuca.
—Mejor así —dijo en voz baja—. Vas a estar más cómoda.
Luego notó que yo aún llevaba la ropa interior puesta.
—Vas a tener que quitarte eso también —dijo—. Si no, no puedo revisarte bien.
Puso sus manos en mis caderas, tomando el elástico por los costados. No era una pregunta. Era una afirmación dicha en voz baja, casi al oído.
—Yo te ayudo —agregó.
Me quedé quieta. Sus manos bajaron despacio, rozando la piel de mis muslos, deslizando la bombacha hasta el suelo. Me hizo levantar un pie y después el otro, y cuando se enderezó pasó los nudillos por la parte de atrás de mis muslos, sin disimular. Me estremecí.
***
Me acomodé en la camilla tal como me indicó, con las piernas en el soporte. Él acercó un banco, se sentó entre mis piernas y empezó a revisarme. Sin guantes.
Al principio pensé que no me había dado cuenta bien. Pero no: sus dedos eran cálidos, sin ningún látex entre ellos y mi piel.
Pasó los dedos por la zona de la ingle, a ambos lados, con movimientos suaves de arriba abajo. Dijo que veía algo de enrojecimiento ahí, consistente con una fricción. Yo asentía sin hablar porque me resultaba imposible hablar.
—Y acá —dijo, y sus pulgares rozaron el borde de mis labios—, también hay irritación.
Los abrió con dos dedos, separándomelos despacio, y sentí cómo se quedaba mirando. Se demoró. Pasó los pulgares por el interior de los labios menores, uno y después el otro, y de ahí subió hasta el clítoris, que rozó apenas, como si fuera parte de la revisación. Me arqueé sin querer.
—Tranquila —dijo—. Relajate.
Lo repitió dos veces más, con esa misma voz, mientras sus pulgares seguían moviéndose en pequeños arcos a lo largo de mis labios, cada vez más adentro, cada vez más cerca del capullo. Yo notaba que me estaba mojando y que él iba a darse cuenta en cualquier momento. Fue él quien lo dijo primero.
—Estás muy húmeda —murmuró, y hundió un dedo apenas en la entrada, sin llegar a meterlo—. Bueno. Por fuera ya vi. Ahora revisemos adentro.
Se puso de pie, se acercó a mi costado, y yo miré sin querer hacia su pantalón. Era evidente lo que había ahí. Un bulto duro que le empujaba la tela, marcándole la forma entera de la verga contra la pierna.
Me miró a los ojos.
—Los guantes —dijo, y se tocó los bolsillos—. Se me olvidaron en el otro cuarto.
Claro que se olvidaron.
Me sonrió. Yo le devolví la sonrisa sin entender del todo por qué.
—Para lo que toca ya —dijo—, tampoco tiene mucho sentido ponérselos. ¿Sí?
Asentí con la cabeza. Un movimiento pequeño, pero suficiente.
Tomó un tubo de lubricante de la mesita, lo miró, me miró a mí.
—Esto tampoco va a hacer falta —dijo, y lo dejó en la camilla—. Ya estás bastante lubricada.
***
Volvió a sentarse entre mis piernas. Metió dos dedos de una, hasta el fondo, y yo di un respingo que sacudió toda la camilla. Los tenía largos, gruesos, y llegaron a un punto que Rodrigo hacía años que no me tocaba. Empezó a moverlos despacio, a un ritmo que ya no era de revisación y los dos lo sabíamos. Los curvó hacia arriba, buscó, y cuando encontró el punto lo presionó como si supiera exactamente dónde apretar. Yo cerré los ojos. Sentí cómo mi cuerpo se tensaba con cada movimiento, cómo la humedad aumentaba y se escuchaba ya sin que yo pudiera evitarlo, un chapoteo obsceno cada vez que él sacaba y volvía a meter los dedos. Gemí.
—Perdón —dije.
—No pidas perdón —respondió él—. Gemí todo lo que quieras. Para eso estamos.
Con su otra mano empezó a presionar despacio encima, sobre el clítoris, haciendo círculos con el pulgar, y esta vez no pude contenerme. Gemí fuerte, me moví. Él no paró. Siguió así, combinando los dedos adentro con la presión afuera, hasta que yo estaba temblando y ya no trataba de disimularlo. Me acercó la boca al oído, sin dejar de mover los dedos, y me dijo bajito:
—Sos una calentona, ¿no? Mirá cómo me chorreás la mano.
Sacó los dedos empapados y me los pasó por los labios de la boca. Se los chupé sin pensar.
Entonces paró.
Se puso de pie. Escuché el clic del cinturón, el sonido de la cremallera, la tela cayendo. Después lo sentí: la punta de la verga, gruesa y caliente, frotando despacio contra mí, abriéndome sin entrar todavía. La deslizaba de arriba abajo entre los labios, empapándose en mi flujo, golpeándose contra el clítoris con cada pasada. Yo levanté las caderas buscándolo.
—Pedímelo —dijo.
—Metémela —susurré—. Por favor.
Cuando lo hizo fue de un solo movimiento, profundo, hasta el fondo. Solté un grito corto que intenté ahogar con la mano. Me llenó entera. Era más gruesa que la del vecino, más larga, y me llegó a un lugar del que no tenía memoria. Me vine ahí mismo, con ese primer empuje, con una sacudida que me recorrió entera y que le dejó la bata mojada de mí. Él miró hacia abajo, vio lo que había pasado, la mancha oscura extendiéndose sobre la tela blanca, y eso lo aceleró.
—Mirá lo que hacés —murmuró—. Te corriste con la primera.
Me tomó de los tobillos, subió mis piernas a sus hombros y empezó a moverse con fuerza. La camilla crujía a cada embestida. La cabeza de la verga me pegaba contra el fondo del útero y yo sentía que me abría entera. Yo ya no trataba de callarme. La sala olía a sexo y el ruido era inevitable: el golpeteo de sus caderas contra mis nalgas, el chapoteo de mi coño empapado, mis gemidos rebotando contra los azulejos.
—Doctor —jadeé, sin saber por qué.
—Callate y aguantá —dijo, y me la clavó más hondo.
Me bajó la bata de un tirón hasta la cintura, me agarró las tetas con las dos manos y me apretó los pezones entre los dedos mientras seguía embistiendo. Se agachó, me metió una en la boca, chupó fuerte, tiró con los dientes. Yo me arqueé y solté un grito. Me corrí de nuevo, apretándole la verga con un espasmo largo que le arrancó un gruñido.
—Así, así —jadeó—. Apretame bien fuerte esa cuchita.
Me sacó las piernas de los hombros, me hizo dar vuelta sobre la camilla y me puso en cuatro, con las rodillas al borde. Me clavó la mano en la espalda para arquearme y volvió a metérmela por atrás, de una, hasta las bolas. El nuevo ángulo era brutal. Le veía las bolas golpearme el clítoris cada vez que me embestía, y con cada golpe yo soltaba un quejido más ronco. Me agarró un mechón de pelo, tiró hacia atrás, me susurró al oído:
—Tu marido no te coge así, ¿no?
Negué con la cabeza, sin voz.
—Decílo.
—No —jadeé—. No me coge así.
—Buena chica.
Me metió el pulgar en el culo mientras seguía metiéndomela por adelante y me vine otra vez, esta con una sacudida tan fuerte que se me doblaron los brazos y quedé con la cara aplastada contra la camilla, el culo levantado, temblando. Me corrí dos veces más antes de que él terminara. Cuando lo hizo lo sentí adentro, caliente, en oleadas largas que me llenaron entera. Me la dejó adentro hasta la última contracción, agarrándome de las caderas para no salirse.
Se quedó quieto un momento, todavía dentro de mí, respirando fuerte. Después empezó a salir despacio, y yo sentí cómo el semen se me escurría por los muslos apenas la punta salió de mí.
Se retiró, se recompuso la ropa con gestos tranquilos, tomó otra bata blanca de la estantería y se cambió. Yo me quedé acostada sin fuerzas, el corazón todavía disparado, con las piernas todavía abiertas y su corrida chorreándome por el coño hinchado.
Se acercó a mi cara y me puso la verga blanda y pringada contra los labios.
—Limpiame.
No lo pensé. Abrí la boca y me la metí entera. La chupé despacio, saboreándome a mí mezclada con él, pasándole la lengua por toda la extensión, por las bolas también cuando me las acercó. Se la limpié entera con la boca. Y mientras lo hacía, él empezó a ponerse duro de nuevo dentro de mi boca, creciéndome contra el paladar. Pero me tomó del mentón con suavidad, sacó la verga con un ruido húmedo y dijo:
—Mejor lo dejamos para otro día. Lucía no tarda.
***
En cinco minutos era como si nada. Yo me vestí detrás del biombo, con el coño todavía chorreando su semen y la bombacha empapada apenas la subí, él revisaba una historia clínica en su escritorio. Cuando salí, me dijo sin levantar la vista:
—Lo que tenés es una rozadura por fricción. Nada grave. Podría ser por la elíptica, si la usás con ropa muy ajustada. Eso le podés decir a tu marido, si te pregunta.
Abrió la puerta. Salí al pasillo.
Lucía estaba detrás del mostrador, recién llegada, acomodando su cartera. Levantó la vista, me miró y sonrió con una sonrisa que no era de recepcionista. El doctor apareció en el umbral detrás de mí.
—¿Le doy turno, doc? —preguntó ella con ese tono.
—No hace falta —respondió él, como si nada.
Salí del edificio. En la parada del taxi me quedé pensando en cuánto habría escuchado Lucía, si se lo diría a la doctora, si esto cambiaría algo entre ellos. Pero después recordé la calma del doctor cuando ella le habló, lo rápido que respondió sin dudar, y me pregunté si esto habría pasado antes.
El taxi tardó. Me quedé parada al sol, apretando los muslos porque sentía cómo el semen seguía bajándome, pensando en sus manos, en cómo sonrió cuando vio lo que le había hecho sin que yo casi lo tocara.
***
Cuando llegué a casa, Rodrigo no estaba. Fui directo al baño, me bajé la bombacha empapada y la enjuagué antes de tirarla al cesto. Después fui a la elíptica que teníamos en el cuarto de lavar, la bajé de la pared donde llevaba meses colgada sin usarla y la dejé en el medio de la habitación con una botella de agua al lado. Me cambié y empecé a preparar la comida.
Mi marido llegó a la tarde. Lo primero que dijo fue:
—¿Qué te dijeron?
Me hice la indignada. Le expliqué que era una rozadura por la elíptica, que la había usado el día anterior con mallas ajustadas y que el roce había causado la irritación. Le dije que encima tuvo que atenderme el doctor porque la doctora estaba en un parto.
—¿El doctor te revisó? —preguntó, con el ceño fruncido.
—Es médico también —dije—. Y vos me mandaste a ir.
No supo qué contestarme. Fui a seguir con la comida y lo dejé rumiando solo.
Al día siguiente volví al consultorio y esta vez sí encontré a la doctora. Lucía me recibió con la misma sonrisa de la vez anterior, pero no dijo nada. Adentro, la doctora me revisó, confirmó que era una rozadura leve y me dio exactamente el mismo diagnóstico: fricción por ropa ajustada sobre piel sensible.
No tardé ni veinte minutos. Muy distinto a la hora larga que estuve el día anterior.
Volví a casa, le conté a Rodrigo, y el asunto quedó cerrado.
Aunque cada vez que paso frente al consultorio y veo el cartel, pienso que tengo que acordarme de no usar la elíptica con mallas demasiado ajustadas. O sí. Depende del día.