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Relatos Ardientes

El médico de mi marido me examinó a solas

Mi marido lleva más de un año haciendo trabajos para una pareja de médicos del barrio. Él se encarga del mantenimiento general de su local y ellos le pagan bien, así que la relación creció hasta volverse algo parecido a la amistad. Yo vendo figuras de yeso y cerámica pintada en un pequeño puesto frente al taller, y con el tiempo la doctora empezó a pasarse a ver mis cosas. Al principio compraba poco, pero después se quedaba a charlar. Así nos fuimos conociendo.

El doctor también venía a veces. Más reservado que ella, siempre amable. Me miraba de una manera que yo no quería analizar demasiado. Una de esas miradas largas que no son groseras, pero que dicen bastante.

Lo que pasó, pasó porque fui al consultorio con un problema íntimo que no sabía cómo resolver. Y el problema, para ser honesta, no había caído del cielo.

***

Hacía dos semanas, mi vecino del piso de arriba me había ayudado a mover unos muebles pesados mientras Rodrigo estaba en el taller. Nos conocíamos de vista, nada más. Pero ese día, no sé cómo explicarlo, las cosas se fueron dando solas. Terminamos en el dormitorio. Él era grande y se movía rápido, y yo llevaba tiempo sin tener relaciones de verdad con mi marido, de esas que te dejan sin fuerzas. Fue mucho y fue rápido, sin demasiado cuidado.

Esa tarde empecé a sentir un ardor que fue empeorando. Para el día siguiente ya no podía ignorarlo.

Le conté a la doctora, en voz baja, mientras ella revisaba unas piezas de cerámica que le gustaban. Le dije que tenía una irritación y que no sabía qué era. Ella no hizo preguntas incómodas. Me dijo que fuera al día siguiente, temprano, y que me revisaría sin turno.

El problema era Rodrigo.

Esa noche, cuando mi marido me preguntó de qué habíamos estado hablando tanto rato, le conté lo del ardor. Como imaginé, se puso a pensar en voz alta. Dijo que algo tendría que haber hecho yo para terminar así. Yo lo negué todo con calma, pero él siguió insistiendo hasta que me pidió que le mostrara. Lo hice. Lo vio enrojecido, frunció el ceño, me dijo cuatro cosas y se fue a dormir sin decirme buenas noches.

A la mañana siguiente se levantó temprano y desayunó en silencio. Antes de salir me dijo:

—Cuando vuelvas del médico, me explicás lo que te dijeron.

Tomé un taxi y me fui.

***

El consultorio estaba en el primer piso de un edificio de clínicas pequeñas. Subí las escaleras, entré y había una chica detrás del mostrador, joven, con el cabello recogido. Le pregunté por la doctora.

—Está en una urgencia de parto —dijo—. No sé cuándo vuelve.

Le expliqué que teníamos acordado que pasara temprano, que me había dicho que viniera sin turno. La chica asintió sin mucho entusiasmo y me dijo que podía esperarla. En ese momento se abrió la puerta del consultorio interior y salió el doctor.

Llevaba su bata blanca, el estetoscopio al cuello. Me vio y sonrió.

—Lucía, ¿vas a almorzar ya? —le preguntó a la recepcionista.

—Sí, doc, ahora mismo salía —respondió ella—. Pero llegó una paciente que venía a ver a la doctora.

—Ya veo. —Me miró—. Andá a comer tranquila, yo la atiendo.

Yo iba a decir que podía esperar, que no era urgente. Pero no encontré las palabras. Lucía ya estaba guardando su cartera. El doctor hizo un gesto hacia la puerta del consultorio.

—Pasá, por favor.

***

El consultorio era ordenado y olía a desinfectante mezclado con algo levemente dulce. Él cerró la puerta, se apoyó en el escritorio y me preguntó qué me pasaba.

—Es que venía a ver a la doctora, por un asunto de… —Me detuve. No sabía cómo decirlo.

—Una irritación en la zona íntima —completó él, con la calma de quien lo ha dicho mil veces—. Te escucho.

Le expliqué lo que sentía: ardor, enrojecimiento, sin otros síntomas. Mientras hablaba él escuchaba con atención, sin interrumpir. Luego tomó una bata descartable de la estantería y me la ofreció.

—Pasá detrás del biombo, dejá la ropa abajo y ponéte esto. Revisamos y ya está.

Dudé unos segundos. Podría decirle que prefiero esperar a la doctora. Pero algo en mí no quería decirlo. Tomé la bata y entré al biombo.

El material era tan fino que era casi transparente. Me quité la ropa, me la puse como pude y salí. Él ya estaba de pie, junto a la camilla ginecológica del fondo. Me miró de arriba abajo con esa calma profesional que podría ser cualquier cosa. Se me acercó.

—No te la ataste —dijo.

—No supe cómo.

Se puso detrás de mí, tomó los cordones de la bata y los dejó sin atar, sus manos rozando brevemente mi espalda.

—Mejor así —dijo en voz baja—. Vas a estar más cómoda.

Luego notó que yo aún llevaba la ropa interior puesta.

—Vas a tener que quitarte eso también —dijo—. Si no, no puedo revisarte bien.

Puso sus manos en mis caderas, tomando el elástico por los costados. No era una pregunta. Era una afirmación dicha en voz baja, casi al oído.

—Yo te ayudo —agregó.

Me quedé quieta. Sus manos bajaron despacio.

***

Me acomodé en la camilla tal como me indicó, con las piernas en el soporte. Él acercó un banco, se sentó entre mis piernas y empezó a revisarme. Sin guantes.

Al principio pensé que no me había dado cuenta bien. Pero no: sus dedos eran cálidos, sin ningún látex entre ellos y mi piel.

Pasó los dedos por la zona de la ingle, a ambos lados, con movimientos suaves de arriba abajo. Dijo que veía algo de enrojecimiento ahí, consistente con una fricción. Yo asentía sin hablar porque me resultaba imposible hablar.

—Y acá —dijo, y sus pulgares rozaron el borde de mis labios—, también hay irritación.

La forma en que lo dijo, la calma con que lo hacía, era casi más difícil de soportar que si hubiera sido brusco. Me mordí el labio para no moverme.

—Tranquila —dijo—. Relajate.

Lo repitió dos veces más, con esa misma voz, mientras sus pulgares seguían moviéndose en pequeños arcos a lo largo de mis labios. Yo notaba que me estaba mojando y que él iba a darse cuenta en cualquier momento. Fue él quien lo dijo primero.

—Bueno —dijo—. Por fuera ya vi. Ahora revisemos adentro.

Se puso de pie, se acercó a mi costado, y yo miré sin querer hacia su pantalón. Era evidente lo que había ahí.

Me miró a los ojos.

—Los guantes —dijo, y se tocó los bolsillos—. Se me olvidaron en el otro cuarto.

Claro que se olvidaron.

Me sonrió. Yo le devolví la sonrisa sin entender del todo por qué.

—Para lo que toca ya —dijo—, tampoco tiene mucho sentido ponérselos. ¿Sí?

Asentí con la cabeza. Un movimiento pequeño, pero suficiente.

Tomó un tubo de lubricante de la mesita, lo miró, me miró a mí.

—Esto tampoco va a hacer falta —dijo, y lo dejó en la camilla—. Ya estás bastante lubricada.

***

Empezó a moverlos despacio, a un ritmo que ya no era de revisación y los dos lo sabíamos. Yo cerré los ojos. Sentí cómo mi cuerpo se tensaba con cada movimiento, cómo la humedad aumentaba y se escuchaba ya sin que yo pudiera evitarlo. Gemí.

—Perdón —dije.

—No pidas perdón —respondió él.

Con su otra mano empezó a presionar despacio encima, y esta vez no pude contenerme. Gemí fuerte, me moví. Él no paró. Siguió así, combinando los dedos adentro con la presión afuera, hasta que yo estaba temblando y ya no trataba de disimularlo.

Entonces paró.

Se puso de pie. Escuché que se movía, que ajustaba algo en su ropa. Después lo sentí: frotando despacio contra mí, abriéndome sin entrar todavía.

Cuando lo hizo fue de un solo movimiento, profundo. Solté un grito corto que intenté ahogar con la mano. Me vine ahí mismo, con ese primer empuje, con una sacudida que me recorrió entera y que dejó su ropa mojada. Él miró hacia abajo, vio lo que había pasado, y eso lo aceleró.

Me tomó de los tobillos, subió mis piernas a sus hombros y empezó a moverse con fuerza. Yo ya no trataba de callarme. La sala olía a sexo y el ruido era inevitable. Me corrí dos veces más antes de que él terminara, y cuando lo hizo lo sentí adentro, caliente, en oleadas.

Se quedó quieto un momento, todavía dentro de mí, respirando fuerte.

Después se retiró, se recompuso la ropa con gestos tranquilos, tomó otra bata blanca de la estantería y se cambió. Yo me quedé acostada sin fuerzas, el corazón todavía disparado.

Se acercó a mi cara y dijo:

—Limpiame.

No lo pensé. Lo hice. Y mientras lo hacía, él empezó a ponerse duro de nuevo. Pero me tomó del mentón con suavidad y dijo:

—Mejor lo dejamos para otro día. Lucía no tarda.

***

En cinco minutos era como si nada. Yo me vestí detrás del biombo, él revisaba una historia clínica en su escritorio. Cuando salí, me dijo sin levantar la vista:

—Lo que tenés es una rozadura por fricción. Nada grave. Podría ser por la elíptica, si la usás con ropa muy ajustada. Eso le podés decir a tu marido, si te pregunta.

Abrió la puerta. Salí al pasillo.

Lucía estaba detrás del mostrador, recién llegada, acomodando su cartera. Levantó la vista, me miró y sonrió con una sonrisa que no era de recepcionista. El doctor apareció en el umbral detrás de mí.

—¿Le doy turno, doc? —preguntó ella con ese tono.

—No hace falta —respondió él, como si nada.

Salí del edificio. En la parada del taxi me quedé pensando en cuánto habría escuchado Lucía, si se lo diría a la doctora, si esto cambiaría algo entre ellos. Pero después recordé la calma del doctor cuando ella le habló, lo rápido que respondió sin dudar, y me pregunté si esto habría pasado antes.

El taxi tardó. Me quedé parada al sol, pensando en sus manos, en cómo sonrió cuando vio lo que le había hecho sin que yo casi lo tocara.

***

Cuando llegué a casa, Rodrigo no estaba. Fui directo a la elíptica que teníamos en el cuarto de lavar, la bajé de la pared donde llevaba meses colgada sin usarla y la dejé en el medio de la habitación con una botella de agua al lado. Después me cambié y empecé a preparar la comida.

Mi marido llegó a la tarde. Lo primero que dijo fue:

—¿Qué te dijeron?

Me hice la indignada. Le expliqué que era una rozadura por la elíptica, que la había usado el día anterior con mallas ajustadas y que el roce había causado la irritación. Le dije que encima tuvo que atenderme el doctor porque la doctora estaba en un parto.

—¿El doctor te revisó? —preguntó, con el ceño fruncido.

—Es médico también —dije—. Y vos me mandaste a ir.

No supo qué contestarme. Fui a seguir con la comida y lo dejé rumiando solo.

Al día siguiente volví al consultorio y esta vez sí encontré a la doctora. Lucía me recibió con la misma sonrisa de la vez anterior, pero no dijo nada. Adentro, la doctora me revisó, confirmó que era una rozadura leve y me dio exactamente el mismo diagnóstico: fricción por ropa ajustada sobre piel sensible.

No tardé ni veinte minutos. Muy distinto a la hora larga que estuve el día anterior.

Volví a casa, le conté a Rodrigo, y el asunto quedó cerrado.

Aunque cada vez que paso frente al consultorio y veo el cartel, pienso que tengo que acordarme de no usar la elíptica con mallas demasiado ajustadas. O sí. Depende del día.

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Comentarios (6)

LectorAnonimo

Tremendo relato. Me dejo sin palabras la verdad

SaraV77

Por favor que haya segunda parte!! Me quede con ganas de saber que paso despues jaja

TatiRosario

El titulo ya lo dice todo, pero igual te sorprende. Muy bien escrito!!

Marcos_BsAs

Increible como describe la tension desde el principio. De esos relatos que te enganchan y no podes parar de leer

VeroL_

Me recorde de algo que me paso a mi hace tiempo en una situacion similar... da escalofrios de lo real que se siente

PanchoCuyo

Muy buen relato, de lo mejor que lei en mucho tiempo. Saludos desde Cuyo

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