Lo que pasó en la sauna nunca debió suceder
Aquel martes amaneció gris, con ese frío húmedo de noviembre que se cuela por las ventanas aunque las tengas bien cerradas. Había vuelto de un viaje de trabajo la noche anterior, cuatro días en Bilbao que me dejaron agotado y con la maleta sin deshacer todavía en la entrada del piso. Sofía, mi mujer, ya se había marchado cuando me desperté. Sobre la encimera de la cocina dejó una nota corta: «Cenas con tus padres, ¿no? Yo vuelvo tarde.»
Me preparé el desayuno solo. Huevos revueltos, dos tostadas, café cargado que me bebí de pie mirando por la ventana la calle todavía mojada. Luego me senté con el portátil y estuve respondiendo correos sin demasiada urgencia real, de esos que podrían esperar perfectamente al día siguiente pero que uno abre por la mañana para tener la sensación de estar haciendo algo. Cuando levanté la vista eran las once y cuarto. No tenía que llegar a la oficina hasta las cinco de la tarde.
El piso estaba en silencio. Un silencio de esos que se hacen notar.
Entonces pensé en el gimnasio.
Me había apuntado hacía casi tres años a ese centro grande que abrieron cerca del río, de esos que tienen de todo: sala de pesas, clases dirigidas, piscina olímpica cubierta y una zona de aguas que más parece un balneario de hotel que parte de un gimnasio de barrio. Spa con chorros de burbujas, oleaje programado, sauna seca, sauna húmeda, una piscina estrecha de agua helada para los valientes de turno y unas tumbonas donde la gente se quedaba dormida con la toalla sobre la cara. A esas horas entre semana era un sitio tranquilo, casi vacío. Los que trabajaban aún no habían salido, los pensionistas que llegaban a las nueve ya habían terminado su sesión matinal y se habían marchado.
Me puse el bañador, cogí la mochila con la toalla y salí.
***
La zona de aguas olía a cloro suave y a madera húmeda. La chica de recepción me saludó sin levantar demasiado la vista del ordenador. Colgué la toalla en un gancho del vestuario, me duché brevemente como exigía el cartel plastificado pegado sobre el grifo y empujé la puerta de cristal del spa.
Era una piscina rectangular de unos seis metros de largo, con bancos de piedra volcánica a los lados y chorros de aire comprimido que convertían el agua en una masa blanca de burbujas en movimiento constante. A intervalos programados, una corriente suave empujaba el agua de un extremo al otro imitando el oleaje del mar. Esa turbulencia permanente hacía el agua completamente opaca bajo la superficie. No se veía absolutamente nada de lo que ocurriera por debajo del nivel de la cintura.
Solo había una persona dentro.
Era una mujer. Le calculé unos cincuenta años, quizás algo más. Bien conservada, con el cabello oscuro recogido en un moño húmedo sobre la nuca y unos pendientes pequeños de oro que seguía llevando puestos dentro del agua. Tenía algo en la postura, una cierta tranquilidad en la forma de apoyar los brazos en el borde, que hacía pensar en alguien que conoce bien ese sitio y lleva años viniendo a la misma hora. Me miró un segundo cuando entré. Ni con curiosidad ni con indiferencia, solo con ese reconocimiento neutro que se le da a alguien con quien compartes un espacio sin conocerlo realmente.
—Buenos días —dije.
—Buenos días —respondió.
Me senté en el banco del lado opuesto, dejando entre los dos toda la anchura del spa. El agua caliente me envolvió hasta los hombros de golpe, y el contraste con el frío del vestuario resultó casi doloroso al principio. Cerré los ojos. Los chorros me golpeaban en la espalda como dedos insistentes, y el calor empezó a disolver el cansancio acumulado en los últimos días. El ruido continuo del agua tapaba cualquier sonido del exterior.
Estuve así varios minutos, sin pensar en nada concreto, dejando que la mente se vaciara.
El primer contacto fue un accidente. Me moví para cambiar de posición en el banco y mi mano, al bajar, rozó su muslo de pasada. Apenas una fracción de segundo, como cuando tocas sin querer el brazo de alguien en el autobús. La retiré enseguida. Ella no dijo nada ni cambió de postura. Siguió con los ojos entornados, la cabeza ligeramente echada hacia atrás, como si no hubiera pasado nada porque en realidad no había pasado nada.
Pasaron dos o tres minutos más. Quizás cinco. El oleaje programado empujó el agua suavemente hacia mi lado y luego de vuelta.
Entonces fue ella la que se movió. Cambió de posición en el banco, dejó caer el brazo y sus dedos rozaron mi muslo con más intención que la que había tenido el mío. No fue un accidente. Duró más de lo que dura un accidente y la presión fue leve pero deliberada.
Seguimos sin mirarnos.
No sé cuánto tiempo estuve con el pulso acelerado sin hacer nada. Las burbujas seguían, el oleaje seguía, algún ruido lejano llegaba desde la piscina al otro lado del cristal. Puse mi mano sobre su muslo. Despacio, sin brusquedad, con la misma calma con la que uno pone una carta sobre la mesa. Ella respondió colocando la suya encima de la mía y apretando levemente los dedos.
Nos deslizamos en los bancos hasta quedar con el agua a la altura del cuello. El movimiento pareció natural, como si simplemente ajustáramos la postura. Mi mano subió por su costado por debajo del agua y la apoyé sobre su pecho. A través del tejido del bañador sentí el peso real, la calidez diferente a la del agua caliente. Ella metió la mano entre el agua y mi bañador.
Me quedé sin respiración.
Le toqué el pecho por dentro del sujetador del bañador mientras ella me rodeaba con los dedos con una decisión que no esperaba. Las burbujas nos cubrían hasta el cuello y desde el pasillo de cristal solo se veían dos personas sentadas cerca la una de la otra, aparentemente inmóviles.
—¿Vamos a la sauna seca? —dijo en voz baja, sin levantar la cabeza.
No era una pregunta de verdad.
—Vamos —contesté.
***
La sauna seca quedaba al fondo de un pasillo corto, pasada la piscina de agua helada donde nunca se metía nadie a esa hora. Las paredes eran de cristal muy grueso con un tratamiento especial: desde fuera se adivinaban bultos y movimiento, sombras, pero no caras ni detalles. Desde adentro, en cambio, se veía el pasillo con total claridad. Era un sistema pensado para la intimidad visual sin perder la sensación de espacio.
Entramos. No había nadie.
La sala olía a madera de abeto y a calor seco acumulado. Tres niveles de bancos de pino claro subían hacia el techo en forma de gradería. Teníamos el cuerpo húmedo del spa y el calor nos golpeó en la cara en cuanto cerramos la puerta. Nos sentamos en el banco del nivel medio sin mediar más palabra, y en cuanto la puerta quedó cerrada nos giramos el uno hacia el otro.
La besé. O ella me besó a mí. Fue simultáneo, como si los dos llevásemos la misma idea suspendida en el aire durante los últimos diez minutos y la soltásemos al mismo tiempo. Tenía la boca cálida y los labios firmes, y no besaba con timidez ni con prisa. Besaba como alguien que sabe exactamente lo que quiere.
Le bajé los tirantes del bañador. Ella se dejó hacer. Me pasó las manos por la nuca y me atrajo hacia su pecho. Tenía la piel suave y caliente por el agua del spa. Le mordí suavemente el cuello, le lamí la clavícula, bajé la boca hacia donde ella me dirigía sin necesitar usar palabras. Gemía en voz muy baja, con esa contención de alguien que lleva tiempo sin que le presten la atención que merece.
Me puse de rodillas en el banco inferior. Le abrí las piernas y aparté el tejido del bañador a un lado. Llevaba la piel completamente depilada. Empecé despacio, con la lengua recorriendo el interior de sus muslos antes de llegar adonde quería llegar. Cuando lo hice, cogió aire bruscamente y me apretó la cabeza con ambas manos. Sus caderas se movieron hacia mí de forma involuntaria. Seguí, sin prisa, leyendo sus respuestas.
Estábamos así cuando se abrió la puerta de la sauna.
Me detuve. Levanté la vista.
Un hombre entró. Alto, ancho de hombros, con una toalla enrollada en la cintura y el pelo corto mojado. Llevaba una cicatriz pequeña en el mentón que le daba un aspecto entre duro y tranquilo. Se quedó parado un segundo en el umbral, tomando la escena con calma, sin sorpresa visible en la cara.
Esperé que saliera. No salió.
Cerró la puerta detrás de él.
Caminó hacia nosotros sin prisa, como si tuviese tanto derecho a estar ahí como cualquiera. La mujer lo miró un momento, luego me miró a mí. No dijo nada. Tampoco hizo ningún gesto para cubrirse. El hombre se sentó en el banco superior, directamente frente a ella, dejó caer la toalla a un lado y se quedó ahí, mirándola con una serenidad que resultaba casi desconcertante.
Ella extendió el brazo y lo alcanzó. Lo tomó entre los dedos, lo acarició un momento valorándolo, y luego se inclinó hacia delante.
Yo seguí con lo que estaba haciendo.
Los tres encontramos un ritmo que nadie había negociado con palabras. Era algo puramente físico, como cuando tres instrumentos distintos dan con la misma nota sin que nadie dirija. Me puse de pie detrás de ella. Se apoyó sobre el banco con los codos, ofreciéndome la espalda, con el hombre sentado en el nivel superior frente a ella. El calor seco de la sauna hacía todo más intenso, más concentrado en la piel.
La penetré despacio al principio. El calor era tan denso que costaba respirar bien, y cada sensación llegaba amplificada, casi demasiado. Ella emitió un sonido sordo, amortiguado, y retomó lo que estaba haciendo con el hombre delante de ella sin perder el ritmo.
Follamos así durante un tiempo que no supe medir. El calor era brutal. El sudor nos empapaba a los tres. Lo que más recuerdo de aquellos minutos no es ninguna imagen concreta sino el silencio: ninguno de los tres habló ni una sola vez. Solo respiraciones cada vez más aceleradas y algún sonido involuntario que se escapaba sin poder evitarlo, amortiguado por las paredes de madera.
Él acabó primero. Ella no se apartó. Tragó sin dudar lo que pudo y limpió la comisura con el dorso de la mano con una naturalidad que me resultó increíblemente erótica, sin afectación, sin teatro.
Cuando acabé yo, ella también. Lo supe por la manera en que sus músculos respondieron alrededor de mí y por el temblor que le recorrió los hombros de improviso. Soltó el aire de golpe, un sonido entre suspiro y jadeo, y apoyó la frente en el banco de madera con los ojos cerrados.
Nos quedamos los tres inmóviles un momento. El único ruido era nuestra respiración y el crujido leve de la madera. Luego el hombre recogió la toalla del suelo, se la enrolló en la cintura, asintió con la cabeza sin decir nada y salió de la sauna. La puerta se cerró despacio detrás de él.
***
Nos limpiamos en silencio con nuestras toallas. Ella se recolocó los tirantes del bañador, pasó los dedos por el moño deshecho de la nuca para recomponérselo un poco y echó un vistazo hacia el pasillo a través del cristal. Yo me até el bañador. Salimos juntos al pasillo y cada uno fue hacia su ducha sin cruzar más palabras.
En los días siguientes la vi dos veces en el gimnasio.
La primera fue en la sala de máquinas, unos cuatro días después. Estaba en la cinta de caminar con unos auriculares inalámbricos puestos y la mirada fija en una de las pantallas que cuelgan del techo. Pasé a menos de dos metros de ella para coger un vaso de agua en la fuente. No levantó los ojos.
La segunda vez coincidimos en la entrada, los dos de frente en el pasillo estrecho que lleva a los vestuarios. Me sostuvo la mirada exactamente un segundo, ni más ni menos, y continuó caminando hacia el mostrador de recepción a entregar su tarjeta.
Nunca hemos vuelto a hablar. Nunca hemos vuelto a cruzar más que ese saludo neutro que se le da a alguien que reconoces sin conocer de verdad. En un gimnasio grande hay mucha gente así, caras que se repiten sin que haya nunca conversación, presencias habituales que forman parte del paisaje sin dejar de ser desconocidas.
No sé su nombre. Ella tampoco sabe el mío. Al hombre de la cicatriz no he vuelto a verlo nunca más.
Lo cuento porque a veces necesito recordar que pasó de verdad. Que no me lo inventé. Que durante cuarenta minutos en una sauna vacía un martes por la mañana el mundo fuera de esas paredes de cristal dejó de existir por completo, sin que mediara ninguna conversación previa ni ningún plan, sin nombres ni explicaciones ni consecuencias. Solo tres personas adultas que se encontraron en el momento justo y supieron leer lo que había que leer.
El relato no tiene ninguna pretensión de excepcional. Pero por lo inusual, y también por lo inesperado de la situación, me apetecía contarlo.
Sofía me preguntó esa tarde si me había dado tiempo a descansar antes de ir a la oficina.
Le dije que sí, que me había ido muy bien.