Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Cuando un chico de 22 años curó mi menopausia

Siempre fui una mujer de casa, ordenada y sin escándalos. Crié a mis dos hijos, los vi partir uno a uno a estudiar en otras ciudades, y me quedé sola con mi marido Ricardo, que trabaja vendiendo seguros. Llevábamos una vida tranquila, sin sobresaltos, hasta que cumplí los 47 y el cuerpo me cambió sin pedirme permiso.

Los sofocos llegaron sin aviso. Me despertaba en plena noche empapada, con el corazón acelerado y una ola de calor subiéndome desde el abdomen hasta la cara, dejando las sábanas mojadas. Pero lo que más me perturbaba no era el sudor ni el insomnio: era la otra cosa, una calentura interna sin nombre, una urgencia entre las piernas que no me daba tregua ni de día ni de noche. Era como tener fuego bajo la piel que no encontraba salida. El coño se me hinchaba solo, se me ponía mojado en cualquier momento del día, y me pasaba las horas apretando los muslos disimuladamente para calmar el latido que me subía desde el clítoris.

Al principio, Ricardo intentaba seguirme el ritmo. Yo lo buscaba a toda hora, en la cocina, en la ducha, a mitad de la siesta; le metía la mano en el pantalón, se la sacaba y se la chupaba ahí mismo con tal de que se le parara. Pero llegó un momento en que él ya no alcanzaba. Se me venía a los dos minutos de metérmela, se daba vuelta y a los cinco minutos estaba roncando, dejándome con el coño palpitando y su semen escurriéndoseme entre los muslos sin haber sentido nada. Yo me quedaba con los ojos abiertos en la oscuridad, sintiendo el vacío y una frustración que no sabía adónde dirigir. El pobre hacía lo que podía, pero su verguita cansada no era lo que yo necesitaba: yo quería que me partieran en dos, que me follaran hasta dejarme sin voz.

Empecé a encerrarme en el baño cuando él se dormía. Me masturbaba viendo porno en el celular, buscando videos de hombres jóvenes y bien dotados, negros y latinos con vergas enormes que reventaban a mujeres maduras como yo. Me metía dos dedos, después tres, imaginando que era una polla gruesa la que me estiraba. Con la otra mano me pellizcaba los pezones duros mientras me mordía el labio para no gritar. Me venía apretando la mandíbula, con el coño chorreando encima del inodoro, pero la ansiedad de sentir algo de verdad, algo grande y caliente que de verdad me llenara, no se me quitaba con los dedos. Necesitaba carne, no fantasía.

Así estuve semanas hasta que llegó el cumpleaños de mi hermana Nora y nos reunimos todos en la finca que tiene su marido a las afueras de la ciudad. Cuñados, primos, sobrinos, los amigos de siempre, un gentío. El sol pegaba fuerte y yo sentía los sofocos peor que nunca, sudando por el escote con una inquietud entre las piernas que no me daba descanso.

Estaba sentada a la sombra de un árbol, abanicándome con lo que fuera, cuando mi hermano llegó con un amigo. —Mira a quién traje —dijo, con el tono de siempre. Pero yo apenas pude asentir.

El muchacho se llamaba Marcos. Amigo de mi hermano desde hacía años, pero yo nunca lo había visto. Tenía facciones marcadas, una mirada directa y el cuerpo de alguien que trabaja con las manos: hombros anchos, brazos con las venas bien marcadas, manos grandes y capaces de cualquier cosa. No era de esos tipos de gimnasio con músculos inflados; era pura fibra, pura fuerza natural. Cuando se quitó la camiseta para meterse al arroyo que cruza la finca, sentí un cosquilleo que no había sentido en mucho tiempo, un tirón directo en el clítoris que me hizo cruzar las piernas.

Pero lo peor vino cuando salió del agua. El traje de baño empapado se le pegó al cuerpo y lo que se le marcaba ahí adelante me dejó sin habla. Era grueso, largo, evidente. Se le dibujaba entera contra la tela mojada, caída pesada hacia un costado del muslo, con el bulto de los huevos también marcado. Comparado con lo que yo tenía en casa, eso era otra liga completamente distinta. Sentí que me humedecí de golpe, tanto que temí que se me notara la mancha en el pantalón corto.

Marcos se dio cuenta de que no le quitaba la vista de encima. En lugar de taparse, se estiró un poco bajo el sol, dejando que la piel le brillara mientras se secaba, y hasta se acomodó la verga con un gesto disimulado, corriéndola dentro del traje de baño para que quedara aún más marcada. Yo aparté la mirada tarde, mucho más tarde de lo que debía. El hombre que había estado buscando en esas pantallas de porno existía de carne y hueso, y estaba a unos metros de mí.

Después, mientras yo intentaba recuperar la compostura, Marcos se acercó a buscar algo de tomar y nos pusimos a conversar. Me hablaba cerquita, bajando la voz para que solo yo lo oyera, y de vez en cuando me rozaba el brazo con ese músculo suyo que quemaba. Era un muchacho tranquilo, seguro de sí mismo, de esos que no necesitan esforzarse para llamar la atención.

—No sé cómo no la había visto antes, señora —me dijo en un momento, mirándome de reojo—. Soy amigo de su hermano desde hace años. Si la hubiera visto, me acordaría.

El comentario me revolvió el estómago de una manera que no tenía nada de inocente. Solo alcancé a decirle que antes salía poco, que los hijos me quitaban mucho tiempo. Él asintió con esa sonrisa tranquila, convencido de que ya tenía todo bajo control.

***

Esa noche, de vuelta en casa, con Ricardo roncando a mi lado, me masturbé pensando en Marcos. Me bajé las bragas debajo de las sábanas y empecé a frotarme el clítoris con dos dedos, imaginando que era la lengua de él la que me lamía. Con la otra mano me apreté una teta y me tironeé el pezón hasta que me dolió rico. Estaba en lo mejor, con tres dedos metidos hasta los nudillos y el coño chorreando contra mi muñeca, cuando el celular vibró. Un WhatsApp de un número desconocido: «Buenas noches, señora. Soy Marcos, amigo de su hermano. Reparto agua en botellón por si alguna vez le hace falta. Sin recargo, jeje.»

El corazón me dio un vuelco. Tenía al hombre de mis fantasías escribiéndome en el momento exacto en que estaba pensando en él, con los dedos empapados de mi propio flujo. Con los dedos temblando le respondí que sí tenía agua, que ya le avisaría cuando necesitara. Era mentira. A los cinco minutos ya le había pedido el botellón. Después me volví a acostar, me metí los dedos otra vez, y me vine mordiendo la almohada pensando en su bulto marcado bajo el traje de baño.

Al día siguiente, en cuanto Ricardo cerró la puerta para irse a trabajar, le escribí a Marcos. «Se me acabó el agua. ¿Puedes traer uno?» Contestó en segundos: «Deme su dirección, ya voy.» Me cambié el pijama por algo ceñido que me marcara bien las curvas, sin corpiño, y me puse unas bragas mínimas de encaje. Esperé con el corazón latiéndome a mil y el coño ya mojado antes de que tocara el timbre.

Cuando abrí la puerta, casi me derrito. Marcos llegó con una camiseta sin mangas que dejaba ver esos brazos trigueños y venosos que tanto me habían gustado en la finca. Entró a la cocina cargando el botellón al hombro como si no pesara nada, mostrando esa fuerza de manera completamente natural, sin presumirla.

—Qué bonita casa, señora —me dijo, recorriéndome de arriba abajo con una mirada que no tenía nada de inocente, deteniéndose en los pezones que se me marcaban a través de la tela—. Si alguna vez necesita ayuda con algo más, solo diga. Fuerza no me falta.

Al pagarle, aproveché para ponerle la mano en el brazo un momento, apenas apretando, sintiendo esos músculos duros bajo mis dedos. Él me miró a los ojos y sonrió despacio. Antes de salir, me dio un beso en la mejilla que duró un segundo de más, dejando su aliento rozándome la piel caliente y el olor de su colonia mezclada con sudor que me atravesó las bragas.

No sé de dónde saqué el valor. O sí lo sé: de la calentura de la menopausia que me tenía fuera de mí desde semanas antes.

—Marcos —le solté antes de que llegara a la puerta—. ¿Puedes venir pasado mañana? A la misma hora, cuando mi marido no esté.

Él se detuvo, se dio la vuelta y me miró con esa calma que me ponía los nervios de punta.

—Ahí estaré sin falta —contestó, y salió caminando despacio.

***

Esos dos días se me hicieron eternos. Me masturbé mirando la foto de perfil que tenía en el WhatsApp: estaba sin camiseta frente a un espejo, con los abdominales marcados y el pantalón tan bajo que se le veía el vello bajando hacia donde yo quería. Me vine dos veces mirándola, con tres dedos adentro y la palma golpeándome el clítoris, pero no era suficiente. Necesitaba sentirla real, dura, empujándome hasta el fondo.

Cuando llegó, lo puse a mover unos muebles del patio y a sacar unas cajas pesadas a la calle. Quería verlo trabajar, quería verlo sudar. El sudor le corría por el cuello, las venas de los brazos se le marcaban con cada esfuerzo y los músculos de la espalda se le tensaban en un ritmo que me tenía hipnotizada. Al ver esa fuerza, solo podía imaginar cómo sería esa misma energía dirigida hacia mí, esos brazos sujetándome de la cintura mientras me la clavaba por atrás.

Cuando terminó, se quitó la camiseta sin pedirme permiso y se echó agua de la manguera por la cabeza. Se quedó ahí, con el torso desnudo y el agua escurriéndole por el abdomen fibroso hasta perderse en la cintura del pantalón, mirándome de reojo con una sonrisita que ya no era ambigua para nada. Alcancé a ver el bulto marcado bajo el pantalón mojado, cómo se le acomodaba a un costado.

—¿A qué hora llega el señor? —me preguntó mientras se sacudía el pelo.

—Tarde —respondí, sin poder decir nada más.

Al despedirse, no buscó mi mejilla. Se acercó despacio y me plantó los labios en la comisura de la boca. Yo lo aparté de instinto.

—¿Qué haces? —le dije, aunque mis piernas no se movían y el coño se me contrajo solo.

Él soltó una risa corta y me miró fijo, con esa picardía de muchacho que sabe exactamente lo que quiere.

—¿A poco no le gustó, señora? —preguntó.

Antes de que pudiera responder, me agarró de la nuca con esa mano grande y me dio un beso de verdad. Largo, con lengua, con sabor a deseo y a juventud, que me hizo olvidar por un momento quién era yo y qué estaba en juego. Su otra mano me bajó por la espalda hasta apretarme una nalga por encima del pantalón, y sentí perfectamente cómo se le paraba contra mi vientre, dura y larga, marcándose entre los dos cuerpos. Cuando me soltó, yo tenía la respiración cortada, las piernas flojas y las bragas empapadas.

***

Esa noche Marcos me escribió disculpándose por el beso, pero siguió lanzándome indirectas: que no podía sacarme de la cabeza, que le parecía la mujer más atractiva que había visto en mucho tiempo, que se había ido con la verga tan parada que había tenido que hacerse una paja pensando en mí apenas llegó a su casa. Leí el mensaje tres veces y me masturbé pensando en él hasta quedarme sin fuerzas, con los dedos hundidos hasta el fondo y el clítoris hinchado de tanto frotarlo. Pero no era suficiente. La calentura me ganó. Al día siguiente le pedí otro botellón.

Cuando escuché la camioneta afuera, los nervios que sentía no eran de miedo: eran de anticipación pura. Marcos entró, acomodó el botellón en la cocina y antes de que abriera la boca, lo jalé de la camiseta y lo besé.

Nos besamos con semanas de ganas acumuladas, con las lenguas peleándose adentro de nuestras bocas. Sus manos grandes bajaron por mi espalda hasta apretarme las nalgas con una firmeza que me arrancó un gemido, levantándome apenas contra su bulto. Por fin tenía esa energía de veinteañero encima de mí. El calor de la menopausia ya no era nada comparado con el fuego que él estaba encendiendo en cada rincón de mi cuerpo.

Lo guié hacia el cuarto sin soltarle la boca, tropezando con las paredes del pasillo. Le arranqué la camiseta por el camino y él me metió la mano por debajo de la mía, agarrándome las tetas sin sostén, pellizcándome los pezones duros hasta hacerme gemir contra su boca. Caímos en la cama y, entre besos que nos dejaban sin aire, nos deshicimos la ropa el uno al otro a manotazos. Mis manos recorrieron su torso fibroso, sus abdominales duros, la línea de vello que bajaba hacia donde yo quería llegar.

Cuando por fin le bajé el bóxer y se le salió la verga de un salto, me quedé sin aire. Era exactamente lo que había imaginado mientras me masturbaba a escondidas: larga, gruesa, caliente, con las venas marcadas recorriéndola de arriba abajo y una cabeza morada e hinchada que ya soltaba una gota transparente. Una pieza de carne firme que apenas podía abarcar con mi mano. El bulto que vi en la finca no era nada comparado con tenerlo ahí, palpitando de deseo contra mi palma.

—¿Ya vio, señora? —me susurró con la voz ronca—. Esto es todo suyo.

Lo agarré despacio, recorriéndolo de arriba abajo mientras escuchaba cómo se le cortaba la respiración. Me arrodillé en la cama entre sus piernas abiertas y me la llevé a la boca sin pensarlo dos veces. Le pasé la lengua por la cabeza, saboreando esa gota salada, y después me la fui metiendo despacio, tragándomela hasta donde llegaba. Era tanta que se me atragantaba, se me llenaban los ojos de lágrimas cuando la empujaba contra la garganta, pero no quería soltarla. La chupaba con hambre atrasada de meses, con las mejillas hundidas, sacándomela con un ruido húmedo y volviéndomela a meter entera.

—Ay, señora, así, así… —gemía él, agarrándome del pelo y marcándome el ritmo—. Qué rico chupa, hijueputa.

Le pasé la lengua por el tronco, se la mamé de costado como si fuera una mazorca, después me metí uno de sus huevos en la boca mientras le hacía una paja despacio. La verga se le puso más dura todavía, palpitándome en la mano. Él tenía la cabeza echada hacia atrás y la mandíbula apretada. Me la volví a meter entera, me la clavé en la garganta hasta que sentí sus vellos contra mi nariz, y me quedé ahí, tragando saliva alrededor de su carne caliente, hasta que él me apartó tirándome del pelo.

—Pare, pare, que me vengo y quiero cogérmela primero —jadeó.

Me tiró de espaldas contra el colchón y se me tiró encima, comiéndome la boca. Bajó besándome el cuello, mordiéndome las tetas, chupándome los pezones tan duro que grité. Siguió bajando por el vientre, me abrió las piernas de un manotazo y hundió la cara entre mis muslos. Su lengua fue directo al clítoris y empezó a chupármelo como si supiera de memoria todo lo que yo necesitaba. Me metió dos dedos gruesos, curvándolos hacia arriba, y con la boca me lamía y me succionaba el clítoris a un ritmo endemoniado. En un minuto ya me estaba viniendo contra su cara, con las piernas cerradas alrededor de su cabeza, mojándole la barbilla entera con mi flujo.

—Ponte condón —le dije jadeando, poniéndole la mano en el pecho antes de que me la metiera así nomás.

Marcos se levantó de la cama y caminó desnudo hasta su ropa, mostrando ese cuerpo trigueño que me tenía fuera de mí, con la verga bailándole entre las piernas todavía brillante de mi saliva. Sacó el sobrecito, se lo puso con un movimiento seguro y experto, y se me tiró encima otra vez.

Sin rodeos, agarró aire, se acomodó la cabeza de la verga en la entrada del coño chorreando y me la dejó ir de un solo golpe, hundiendo todo ese largo y grueso dentro de mí hasta el fondo. Sentí el golpe hasta en el útero.

Sentí que me abría por completo. Era una sensación de llenura que mi marido nunca me había dado: sus venas raspándome por dentro, ese grosor estirándome las paredes, llenándome hasta el último rincón. Me quedé sin aire, con la boca abierta en un gemido mudo. Marcos se quedó quieto un momento, mirándome con esos ojos oscuros que ya sabían demasiado de mí.

—Uy, señora, qué apretada la tiene —murmuró, empezando a moverse muy despacio, sacándola casi entera y volviéndola a meter centímetro a centímetro—. Está toda mojada para mí.

La pausa duró poco. En cuanto sintió que me acomodaba a su tamaño, empezó a darme estocadas rápidas y profundas que hacían que todo mi cuerpo rebotara contra el colchón. El sonido de nuestras pieles chocando empezó a llenar el cuarto, junto con el ruido húmedo del coño empapado tragándose su verga una y otra vez. Me agarró los brazos y los pegó a la cama por encima de mi cabeza, dominándome con una potencia que no conocía, cogiéndome con la fuerza de un muchacho al que se le habían acumulado las ganas.

—¡Qué apretada está! —me gruñó al oído mientras aceleraba el ritmo—. Me encanta cómo me recibe. Dígame cómo le gusta, señora.

—Duro, dámela duro —le pedí sin reconocerme, arqueando la espalda—. Rómpeme, cógeme como se me tenía que haber cogido siempre.

Marcos gruñó, me soltó los brazos y me agarró de las caderas con las dos manos. Me levantó las piernas y me las apoyó en sus hombros, doblándome casi por la mitad, y empezó a darme con todo. La verga me entraba hasta el fondo en cada estocada, chocándome contra un punto que me hacía ver luces. Yo solo podía enterrar las uñas en sus hombros, sintiendo sus músculos duros y el sudor de los dos mezclándose y goteando sobre mi pecho. Ya no había nervios ni culpa: solo la satisfacción de sentir que por fin me estaban dando lo que tanto había soñado desde aquella tarde en la finca.

Me sacó las piernas de los hombros, me dio la vuelta boca abajo y me levantó la cadera. Me puse en cuatro por instinto, con la cara pegada al colchón y el culo en pompa, y él me la volvió a hundir de un empujón que me sacó un grito ronco. Desde atrás me daba todavía más duro, agarrándome de la cintura, tirándome del pelo con una mano y con la otra dándome nalgadas que me dejaban la piel ardiendo. Yo empujaba el culo contra él, buscando cada centímetro, escuchando el chapoteo del coño encharcado y sus huevos golpeándome el clítoris con cada embestida.

—Así, así, mi señora, muéstreme cómo lo quiere —me jadeaba—. Este culo maduro se me está volviendo un vicio.

Sentí ese cosquilleo eléctrico subiéndome desde la entrepierna hasta la cabeza. Me metió los dedos en la boca desde atrás y yo se los chupé como una loca. El orgasmo me reventó de golpe: se me contrajo todo el coño alrededor de su verga, se me tensaron las piernas y me vine a gritos contra la almohada, soltando todo el deseo acumulado en semanas de insomnio y frustración, chorreando alrededor de él. Marcos no paró: aceleró todavía más, cogiéndome con una rabia deliciosa mientras yo me convulsionaba debajo suyo, hasta que él también se tensó, me clavó los dedos en las caderas y se vació con un gruñido largo y profundo que me resonó en el pecho. Sentí cada latido de su verga adentro, llenando el condón hasta el fondo.

Nos quedamos los dos bañados en sudor, con el corazón queriendo salirse. Él se apartó despacio, sacándomela con un ruido húmedo, se quitó el condón cargado hasta la mitad y se dejó caer a mi lado. Silencio. Solo el ruido de nuestros jadeos enfriándose poco a poco y el olor a sexo impregnándolo todo.

—Usted me va a matar, señora —dijo con la voz todavía ronca, pasándose la mano por la cara—. Pero qué rico estuvo.

Yo me quedé acostada con las piernas temblorosas y el coño palpitando abierto, sabiendo que mi marido nunca me haría sentir así. Y sabiendo también que de ahora en adelante, en esta casa nunca iba a faltar el agua.

***

Lo que empezó como una emergencia de la menopausia se convirtió en una rutina deliciosa y prohibida. Cada vez que Ricardo salía a sus reuniones de trabajo, Marcos aparecía. Ya no hacía falta ningún pretexto: entraba, cerrábamos la puerta y nos entregábamos sin más rodeos, la mayoría de las veces sin llegar siquiera al cuarto. Me la cogía contra la mesa de la cocina, contra la lavadora, en el sofá de la sala donde por las noches me sentaba con mi marido a ver televisión.

Me volví adicta a su cuerpo. Me encantaba arrodillarme frente a él y chupársela despacio, recorriéndole cada vena con la lengua mientras lo escuchaba jadear. Me la metía entera, hasta la garganta, dejando que me la clavara moviéndome la cabeza con las dos manos, y cuando se iba a venir me la sacaba y le pedía que me acabara en la cara y en las tetas. Me encantaba sentir su semen caliente cayéndome en los cachetes, en los labios, resbalándome por el escote, y después me chupaba los dedos con lo que había recogido. Él desarrolló una obsesión con mi cuerpo maduro que ninguno de los dos sabía cómo explicar con palabras: decía que le encantaba mi olor, la forma en que me ponía cuando me trabajaba con la boca, la manera en que perdía el control cuando me agarraba de la cadera y me daba sin piedad. Le fascinaba mi coño, decía que era el más apretado que había cogido nunca.

Nuestras sesiones se volvieron largas e intensas. Me encantaba verlo desnudo por la casa, ver cómo se le tensaba la espalda cuando me levantaba en vilo y me pegaba contra la pared con esa fuerza que solo él tenía, sosteniéndome del culo mientras me clavaba la verga entera de pie. Yo le perdí el asco a todo. Le dejé metérmela por el culo una tarde, despacito, con harta saliva, hasta acostumbrarme; y desde entonces también me la coge por ahí cuando se le antoja, mientras yo me froto el clítoris hasta venirme por los dos lados. Lo hacíamos en cada rincón de la casa, a toda hora, con una urgencia que no se calmaba nunca del todo.

Mi marido nunca sospechó nada. Yo seguía sentada frente a él en la cena, escuchándolo hablar de pólizas y clientes, con la satisfacción sucia de quien guarda el secreto mejor guardado de la cuadra, sintiendo a veces el semen fresco de Marcos escurriéndoseme todavía en las bragas debajo de la mesa. A los 47 años, en plena menopausia, nunca me había sentido tan deseada, tan viva, tan peligrosamente libre.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(9)

Fernando_BsAs

increible!! uno de los mejores que lei en esta categoria

Meli2003

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas...

MironDelSur

jaja el titulo lo dice todo, me mato de risa y despues no pude parar de leer

CarmenValdes

Me gusto mucho como esta escrito, se siente autentico y sin exageraciones. Gracias por compartirlo!

GabrielBsAs

Ufff que buen relato. Me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin. Hay algo muy real en como esta narrado, sin vulgaridades innecesarias. Sigan subiendo mas de esta categoria que es de las mejores!

PilarK

excelente!!!

vale_2103

Lo que mas me gusto es como arranca, muy intrigante. Gran relato

Leandrito92

tenes mas relatos de este estilo? espero con ansias el proximo

MarisolCba

Me recordo algo que le paso a alguien que conozco, ja. Muy bien narrado, se siente real.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.