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Relatos Ardientes

El extraño del autobús que terminó en nuestra cama

El turno terminó a las tres de la tarde, con ese calor pegajoso de agosto que hace que la camisa se adhiera a la espalda como una segunda piel. Me lavé las manos en el baño del almacén, tiré el delantal en el casillero y salí a la calle esperando el autobús solo.

Valeria me sorprendió en la parada.

La vi desde lejos: venía caminando con ese vestido de tela liviana, de los que se mueven con cualquier brisa. Era azul claro, con tirantes finos, y le llegaba hasta la mitad del muslo. Llevaba el pelo suelto y una sonrisa que yo conocía bien. No era la sonrisa de «vine a buscarte porque te extrañé». Era la otra.

—Hola, amor —me dijo al llegar, y se pegó a mí desde el pecho hasta las caderas. Sentí el calor de su cuerpo antes de sentir nada más.

—¿Qué hacés aquí? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Vine por vos. ¿Hace falta más explicación?

Me besó en el cuello, despacio, con la boca apenas entreabierta. Sentí su aliento cálido y la forma en que sus manos se engancharon en mis caderas. No era el beso de bienvenida habitual. Era otro tipo de beso.

—¿Llevás algo debajo del vestido? —le pregunté al oído.

—Solo lo que siempre —respondió, y se apartó con esa sonrisa.

El autobús llegó tres minutos después. Subimos al final de la fila y fuimos directo a los asientos del fondo, donde siempre hay menos gente. Me senté junto a la ventana y Valeria se acomodó a mi lado, apoyando el muslo contra el mío. El motor rugió y el vehículo arrancó traqueteando por las calles del centro.

La ciudad era un horno a esa hora. El aire del autobús no funcionaba bien y casi todos los pasajeros iban con la vista perdida en el celular o mirando por la ventana. Nadie prestaba atención a nada en particular.

Valeria cruzó las piernas y el vestido se corrió hacia arriba. Solo un poco. Lo suficiente.

Apoyé una mano en su rodilla y empecé a subir despacio, siguiendo la curva del muslo. Ella no se movió. Siguió mirando al frente con esa calma que tenía cuando estaba muy encendida, como si el esfuerzo de parecer normal le costara todo el autocontrol disponible.

Llegué hasta donde el vestido terminaba. La piel estaba caliente. Seguí un poco más y confirmé lo que ya sospechaba: no llevaba nada abajo.

—Ya te lo dije —murmuró, sin mover los labios demasiado.

Retiré la mano antes de que alguien pudiera ver algo, pero el daño estaba hecho. O el bien, dependiendo de cómo se mire.

***

En la tercera parada subió él.

Era joven, de esos que parecen tener entre veinticinco y treinta pero podrían ser menos. Pantalón oscuro, remera blanca, mochila colgada de un hombro. Miró el fondo del autobús, vio los asientos libres y se sentó del lado del pasillo, dos lugares a mi derecha.

No dijo nada. Nadie dice nada en el autobús.

Pero a los dos minutos noté que no miraba el celular. Miraba de costado. Con cuidado, con esa disimulación que te enseña el miedo a quedar en evidencia. Miraba los muslos de Valeria, que seguían asomando por debajo del dobladillo del vestido.

Valeria también lo había notado. La conocía demasiado bien como para no darme cuenta: había descruzado las piernas muy despacio, y el vestido había subido un centímetro más. Tal vez dos.

Me incliné hacia ella.

—Te está mirando —le dije al oído.

—Lo sé —respondió, con una voz que no bajó todo lo que debería haber bajado.

—¿Querés que le diga algo?

Tardó un segundo. Solo uno.

—Hacé lo que quieras.

Giré la cabeza hacia el chico. Él se tensó levemente, como si lo hubieran descubierto haciendo algo malo. Pero no apartó los ojos.

—No te preocupes —le dije en voz baja—. A ella le gusta que la miren.

Él abrió la boca y la cerró. Asintió apenas, con los ojos todavía fijos en Valeria.

Valeria giró la cabeza hacia él por primera vez. Lo miró de arriba abajo con esa calma que a mí me ponía loco, y después volvió a mirar al frente. Pero separó un poco las rodillas.

El chico tragó saliva de forma visible.

—¿Cómo te llamás? —le pregunté.

—Matías —respondió, con la voz más ronca de lo que él habría querido.

—Yo soy Marco. Ella es Valeria. ¿Querés sentarte al lado de ella?

No hubo mucha deliberación. Se puso de pie y cambió de asiento.

Valeria no lo miró cuando se sentó a su lado. Siguió con la vista al frente, pero la mano que tenía sobre el muslo se movió apenas hacia el costado, hacia él. Un gesto pequeño. Una invitación sin palabras.

La mano de Matías cubrió la suya primero. Después se movió hacia adentro, despacio, siguiendo el mismo camino que yo había recorrido antes. Vi cómo Valeria apretaba los labios. Vi cómo cerraba los ojos durante un momento antes de volver a abrirlos y seguir mirando al frente, como si nada estuviera pasando.

Hubo otros pasajeros y había un límite a lo que se podía hacer sin que alguien se diera cuenta. Pero duró lo suficiente para saber cómo iba a seguir esto.

Cuando anunciaron nuestra parada, le pregunté a Matías si quería acompañarnos.

No tardó nada en responder.

***

Caminamos los tres por la vereda. El sol ya no pegaba de frente pero el calor seguía ahí, húmedo y pesado. Valeria iba en el medio, con una mano en mi brazo y la otra rozando el codo de Matías sin sujetarlo del todo. Hablábamos poco. No hacía falta.

Cuatro cuadras. Las cuatro cuadras más largas de mi vida reciente.

Cuando llegamos al edificio, Valeria sacó las llaves y abrió sin apuros. Subimos al segundo piso en silencio. En el ascensor nos miramos los tres y nadie dijo nada, pero todos sabíamos exactamente lo que estaba a punto de pasar.

***

Cerré la puerta del departamento y cuando me giré, Valeria ya estaba besando a Matías.

No fue un beso tímido. Tenía las dos manos en el cuello de él y él tenía las manos en su cintura, y se besaban como si se conocieran de hace tiempo. Yo me apoyé contra la pared y los miré.

Había algo extraño en eso. No extraño en el sentido de incómodo. Extraño en el sentido de que era real, de que estaba pasando a treinta centímetros de mí y no en ninguna pantalla. El cuerpo de Valeria, que yo conocía de memoria, respondiendo a alguien que conocíamos hacía menos de una hora.

Se separaron con el aliento un poco agitado. Valeria giró la cabeza hacia mí.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Más que bien —respondí.

Me dio un beso rápido y corto, y después tomó a Matías de la mano y lo llevó al dormitorio.

***

Me quedé parado en el umbral.

Valeria subió el vestido hasta la cintura y después se lo quitó de un solo movimiento, dejándolo caer al piso. No llevaba nada más que el hilo, que en ese momento no cubría prácticamente nada. Se recostó en la cama con los brazos abiertos y miró a Matías con una expresión que yo reconocía bien.

—Vení —le dijo.

Matías se arrodilló en la cama y empezó a besarla en el cuello, en la clavícula, bajando despacio por el esternón. Valeria arqueó la espalda cuando llegó al vientre. Cuando siguió bajando, cerró los ojos y extendió una mano hacia donde yo estaba parado, buscándome.

Encontró mi muñeca y la apretó.

Matías le recorrió la pierna con la boca, lento, abriéndole más las rodillas con una mano mientras la otra le sujetaba la cadera. Yo veía cómo el pecho de Valeria subía y bajaba más rápido, cómo se le endurecían los pezones, cómo se le humedecía la piel en el cuello y en el vientre. Matías no iba a los manotazos; sabía usar la lengua, sabía lamer, sabía hacer presión con los labios donde ella más se ponía nerviosa. Valeria gemía bajito, con la respiración rota, y me apretaba la muñeca como si no quisiera soltarse de mí aunque en ese momento estuviera ocupada devorándolo a él con las piernas.

—Eso, ahí —dijo ella, casi sin voz—. No pares.

Matías alzó la vista un segundo hacia mí, como pidiendo permiso o confirmación, y yo le asentí. Entonces hundió la cara entre sus piernas con más ganas. Le separó el hilo con los dedos y la lamió de una forma lenta, insistente, embarrándose la boca sin la menor vergüenza. Valeria levantó la cadera apenas, buscando más contacto, y dejó escapar un gemido más limpio, más largo, de esos que ya no se pueden fingir.

—Mierda —susurró, y después, más alto—: Así. Así. Chupame así, hijo de puta.

La frase me pegó en el pecho. No porque me sorprendiera; porque la hacía más real. Matías no se achicó. Al contrario, abrió más los dedos en sus muslos y la sostuvo con firmeza mientras le daba lengua con precisión, metiendo el ritmo justo, alternando presiones y pausas para mantenerla colgada del borde. Yo podía ver el brillo húmedo en su barbilla cuando se separaba un poco para respirar y volvía a hundirse otra vez. Valeria ya no intentaba contenerse. Tenía la cara encendida, la boca entreabierta, y me miraba a mí de vez en cuando como si quisiera que viera exactamente lo que le estaban haciendo.

Matías la hizo correrse primero con la boca. Se le tensó todo el cuerpo de golpe, la espalda arqueada, una mano aferrada a las sábanas y la otra todavía clavada en mi muñeca. Soltó un gemido áspero, casi un grito ahogado, y después quedó temblando, respirando a bocanadas cortas, con las piernas todavía abiertas mientras Matías seguía lamiéndola despacio para alargarle el temblor.

Cuando volvió en sí, Valeria abrió los ojos y lo empujó apenas con una mano en la frente.

—No termines todavía —le dijo—. Todavía no.

Matías se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió apenas. Después empezó a desnudarse con la misma calma con la que se había sentado en el autobús, pero ahora había otra cosa en su cuerpo: estaba duro, marcado, con la verga ya medio levantada contra la tela del pantalón. Valeria lo miró sin disimulo, recorriéndolo con los ojos como si evaluara la mercancía antes de tocarla. A mí me dio una palmada suave en el muslo.

—Vos también —me dijo.

Me acerqué. No hubo demasiada ceremonia: me saqué la ropa rápido, sintiendo el aire caliente del cuarto en la piel, y terminé desnudo delante de los dos. Matías me miró de arriba abajo con curiosidad franca; Valeria, en cambio, tenía esa cara de hambre que la volvía otra persona. Se incorporó sobre los codos y me abrió una sonrisa lenta.

—Vení —repitió.

Me arrodillé junto a ella. Primero la besé. Después le metí dos dedos en la boca y la dejé chuparlos despacio, mirándome sin pestañear. Quise besarla otra vez, pero ella me agarró la cara y me giró hacia Matías.

—Ahora él —ordenó.

Matías se acercó sin decir nada y me tomó de la nuca. Nos besamos de una manera torpe al principio, probando el espacio, midiendo la saliva, hasta que Valeria nos tiró a los dos hacia abajo por los hombros y nos hizo quedar entre sus piernas otra vez. La cama crujió. El aire se llenó de respiraciones entrecortadas, de piel rozando piel, de una urgencia sucia que ya no tenía vuelta atrás.

Valeria se puso boca arriba y abrió las piernas con una naturalidad obscena. Me señaló con la barbilla.

—Metele los dedos —dijo.

Obedecí. La tenía empapada todavía. Le deslicé primero uno, luego dos, entrando despacio hasta que suspiró con fuerza y me clavó los dedos en el antebrazo. Matías se inclinó al mismo tiempo y le mordió el pecho, duro, sin lastimarla pero dejándole la marca. Ella soltó una risa breve, ahogada, y me miró con esa mezcla de orden y burla que solo sacaba en estas situaciones.

—Más adentro —me dijo—. No seas tímido.

Le metí otro poco más y la sentí cerrarse alrededor de mis dedos con esa presión húmeda que te hace perder la cabeza. Matías se puso detrás de ella y le separó las nalgas con ambas manos, amasándole el culo mientras le frotaba la verga entre las piernas, dura y caliente, empujando contra su monte sin entrar todavía. Valeria gemía por los dos lados, cargándose de tensión como una cuerda a punto de cortarse.

—Quiero que me llenen —dijo, sin rodeos, mirándonos a ambos—. Uno después del otro. Sin hacerme esperar.

Matías se quitó del todo el pantalón y la verga le saltó libre, gruesa, roja en la punta. Yo saqué el preservativo del cajón de la mesita y se lo alcancé. Se lo puso con manos rápidas. Valeria lo vio hacer y sonrió de costado.

—Así me gusta —murmuró—. Sin boludeces.

La acomodamos entre los dos. Yo me arrodillé a la altura de su boca y le di a besar mientras Matías se colocaba detrás, guiando la punta de la verga hasta su entrada con una paciencia que casi me pareció provocadora. Valeria respiró hondo, se agarró de mis hombros, y asintió una vez.

Entonces Matías entró.

Despacio al principio, hundiéndose en ella con una presión visible que le hizo apretar la mandíbula. Valeria soltó un gemido largo, crudo, y se le arqueó el cuerpo de una manera que me dejó la boca seca. Yo seguía besándola, sintiendo cómo me mordía el labio cuando la embestida la empujaba hacia adelante. Matías no se apuró. Le dio tiempo al cuerpo para abrirse, para acomodarse a esa verga entrando cada vez más, hasta que quedó metido del todo y soltó una respiración temblorosa contra su nuca.

—Eso —dijo Valeria, con la voz rota—. Ahí. Ahora sí.

Empezó a moverse con más fuerza. El sonido húmedo de los cuerpos llenó el cuarto, acompañado por el golpe de la cama contra la pared. Yo la tenía de frente, viendo cómo se le aflojaban los rasgos cada vez que Matías la empujaba con un poco más de ganas. Le metí la mano entre las piernas y seguí tocándola al ritmo de las embestidas, hundiendo los dedos en su carne ya sensible, hasta que se retorció y me clavó las uñas en la espalda.

—Marco —jadeó—. No pares. No me dejes sola ahora.

Le chupé un pezón mientras Matías la cogía desde atrás con una regularidad obsesiva, entrando y saliendo con la respiración cada vez más pesada. Valeria tenía las piernas abiertas hasta el límite, el pelo pegado al cuello, la cara brillante de sudor. A cada golpe se le escapaba un sonido nuevo: un gemido, una puteada, una exhalación entre dientes. A mí me gustaba verla así, perdida pero mandando todavía, disfrutando de perder el control sin perder el poder.

Me tomó la cara con una mano.

—Quiero tu boca —dijo.

Se la di. Me besó con hambre, con la lengua empujando sin cuidado. Al mismo tiempo, Matías le sujetó las caderas y cambió el ángulo de entrada, más profundo, más seco, y Valeria soltó un quejido fuerte que se le quebró al final. Se quedó un segundo quieta, temblando entera, y después empezó a moverse contra él con desesperación.

—Dale —lo apuró—. Más fuerte. Así. Así, carajo.

Matías obedeció. La cama empezó a golpear más rápido. Yo le sostuve las piernas mientras él la rompía a embestidas cortas y firmes, la verga entrando hasta el fondo una y otra vez, haciéndola gemir con la boca abierta y los ojos entrecerrados. Ella ya estaba empapada de sudor y de excitación, completamente entregada. Se corría contra la mano que yo le seguía moviendo entre las piernas y encima de eso seguía pidiendo más, como si no tuviera un límite reconocible.

Llegó una segunda vez con un grito ahogado, agarrándose de las sábanas y arqueándose hacia atrás contra la polla de Matías. Yo la vi morderse el labio, tensarse de arriba abajo y quedarse luego temblando, con la respiración rota, mientras él seguía dándole hasta dejarla vacía de fuerza. Cuando se sostuvo apenas, me hizo una seña con los dedos, dos veces, invitándome a entrar donde yo quisera.

Me acomodé entre sus piernas y la penetré despacio, sintiendo cómo seguía abierta y sensible, caliente de una forma que me hizo apretar los dientes. Ella me recibió con un gemido bajo, profundo, y apoyó ambas manos en mi pecho. Matías se retiró un poco, lo justo para no romper el ritmo, y quedó cerca, tocándole el culo y la cintura mientras yo empezaba a moverme. Valeria me miró fijo.

—Ahora vos —dijo—. Haceme acabar otra vez.

Le di lo que pedía. Empecé suave y fui subiendo, clavándole la verga más hondo con cada empuje, hasta que volvió a cerrarse alrededor de mí y me hizo perder el pulso por un instante. Matías le acarició el clítoris con dos dedos, y el cuarto se llenó otra vez de esos sonidos húmedos y rotos que solo salen cuando nadie está fingiendo nada. Valeria se retorció entre los dos, una mano en mi nuca y la otra en el muslo de Matías, llevándonos a ambos al mismo borde.

—Sí —dijo, sin aire—. Sí. Así.

Cuando se corrió por tercera vez, lo hizo con la boca abierta y la mirada clavada en la mía, como si quisiera arrastrarme con ella al mismo agujero. Yo no tardé mucho más. Sentí la presión acumulándose hasta volverme insoportable, y terminé soltando una corridaza en el preservativo mientras seguía enterrado en ella. Matías se quedó un momento apoyado sobre su espalda, respirando fuerte. Valeria se dejó caer entre los dos, agotada y satisfecha, con la piel todavía temblándole.

***

Matías se fue cuando el sol ya había bajado del todo.

Valeria lo acompañó hasta la puerta del departamento y lo escuché hablar un momento en el pasillo en voz baja, sin prisa. La puerta se cerró y ella volvió al dormitorio con el pelo revuelto y esa expresión de quien todavía está procesando algo.

Se recostó a mi lado. Nos quedamos en silencio un rato, mirando el techo.

—¿Cómo fue? —le pregunté, aunque no necesitaba la respuesta.

—Bien —dijo. Y después, tras una pausa—: Muy bien.

La miré de costado. Seguía con los ojos en el techo.

—No le pedimos el número —dijo.

—No.

—Qué lástima —dijo, sin demasiada convicción. Como si en realidad no fuera una lástima, sino solo algo que había que decir.

Me rodeó con el brazo y se acomodó contra mi costado. Afuera, el barrio seguía con su ruido habitual. Bocinas, algún perro, la tele encendida del vecino de abajo. Todo igual que siempre, como si nada hubiera pasado.

Pero algo había pasado. Y los dos lo sabíamos aunque ninguno dijera nada más esa noche.

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Comentarios(8)

NocheCandela

Dios mio que calor hace leyendo esto jajaja. Muy bueno!!

Tomas_r

Increible, eso es todo lo que puedo decir. Una segunda parte por favor

SentirVerdad

Se me hizo cortisimo, los dos sabiendo y sin decirse nada... eso tiene algo especial que no tiene cualquier relato. Gracias por escribirlo

Rodrigo_nc

Muy bueno!! seguí asi

MarisolNoche

Me recordo a un viaje que hice hace años, ese silencio cómplice que describis es real, te lo juro. Nunca llegó a tanto pero la tension era exactamente esa. Tremendo relato

LectorDeSombras

La categoria infieles tiene muchos relatos pero pocos llegan a este nivel. Muy bien narrado, se siente autentico

PabloFernz

Y despues dicen que los viajes en bus son aburridos jajaja

Gabo_lector

Que tension tan bien construida, sin apuro. Me gusto mucho como lo contaste

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