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Relatos Ardientes

El mensaje de mi mujer que lo cambió todo

Mi esposa Claudia y yo llevamos diecisiete años juntos. Dos hijos, una hipoteca, el mismo barrio desde que éramos unos críos. Lo que no esperaba era que una tarde de miércoles iba a verme escondido en el garaje de mi propia casa, mirando por la rendija de la puerta algo que nunca había imaginado.

Pero voy por partes.

Claudia mide unos ciento sesenta y dos centímetros, es morena de piel, con el pelo castaño oscuro que le cae en ondas hasta los omóplatos. Sus ojos son de un marrón intenso, casi negro, con una mirada que siempre pareció saber más de lo que decía. Desde que la conocí, los hombres se giraban a mirarla. Yo lo notaba. Ella también, aunque nunca lo reconocía.

Su cuerpo es el tipo de cuerpo que no pasa desapercibido. Las caderas anchas, las piernas largas que van haciéndose más carnosas hacia arriba, y un trasero redondo y firme que se mueve cuando camina como si supiera que lo observan. Los pechos son abundantes, bien formados, del tono moreno de su piel con pezones oscuros que asoman en cualquier blusa con escote. Cuando nos casamos, yo era consciente de que tenía algo que muchos otros querrían. Con los años, dejé de pensar en eso.

Fue ella quien lo volvió a poner sobre la mesa.

***

Aquella noche yo estaba tumbado en la cama mirando el móvil. Puse un vídeo erótico casi sin darme cuenta, de esos que uno guarda en una carpeta sin nombre. Claudia llegó del baño, se metió a mi lado en calzón y camiseta, y tardó exactamente quince segundos en mirar la pantalla.

—¿Qué estás viendo?

—Un vídeo.

—Ya veo que es un vídeo.

Lo acerqué hacia ella. En la pantalla había una mujer entre dos hombres. Pensé que se iba a molestar. En cambio, apoyó la cabeza en mi hombro y siguió mirando en silencio.

—¿Los ves a menudo? —preguntó.

—A veces. Me imagino que somos nosotros.

Ella no respondió enseguida. Llevé el pulgar hacia el siguiente vídeo. Más de lo mismo: una mujer, dos hombres, mucho más explícito. Y Claudia empezó a moverse despacio, con la mano entre las piernas.

Aquello me sorprendió más que cualquier otra cosa.

—A veces pienso en probar algo diferente —dije, y no supe muy bien si lo estaba diciendo en serio o tantando el terreno.

—Yo nunca había pensado en eso —contestó ella. Y luego, sin levantar los ojos de la pantalla, añadió—: O sí. No lo sé.

Le pregunté qué quería decir. Tardó en responder, pero no paró de tocarse.

—Tienes un cuerpo increíble —le dije—. Los hombres te miran por la calle, en la playa, en todas partes. Estoy seguro de que más de uno ha fantaseado contigo.

Claudia cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, la expresión había cambiado.

—Mis celos no me dejarían verte con otra mujer. Pero sería deshonesta si dijera que nunca he pensado en estar con otro hombre.

Sentí algo raro en el pecho. Una mezcla de rabia y excitación que no sabía cómo clasificar.

—Sería injusto —continuó ella—, reclamar algo que yo misma no te daría. Lo reconozco.

En la pantalla, la mujer del vídeo gemía con los ojos en blanco. Claudia tomó mi mano y se la llevó al muslo.

—Si quisieras probar algo diferente —dijo en voz baja—, yo estaría dispuesta a ser la mujer de ese vídeo.

Mi erección fue inmediata. No esperaba esas palabras. No de Claudia, no de la mujer recatada que siempre había conocido. Ella lo notó y empezó a acariciarme despacio.

—Llevo diecisiete años haciendo el amor solo contigo —me susurró—, mirando hombres en la calle que me ponían nerviosa, recibiendo mensajes que borraba antes de que los vieras.

—¿Qué tipo de cosas te gustaría probar? —logré preguntar.

Siguió moviéndose y habló despacio, como si midiera cada palabra.

—Me pondría mucho que alguien nos mirara. Que pudiéramos invitarlo a unirse o no. Pero lo que más me pone, si soy sincera, es la idea de estar con dos hombres a la vez. O más.

La cabeza me daba vueltas.

—Eso lo dices para provocarme —respondí.

—Puede. O puede que no.

***

Al día siguiente, mientras desayunábamos, Claudia puso en su móvil un vídeo parecido al de la noche anterior. Me lo mostró sin decir nada, solo mirándome a los ojos. Luego lo guardó y tomó su café.

—En el gimnasio hay un monitor —dijo—. Se llama Marcos. Siempre me dice algo cuando entro. No de forma grosera, sino... ya sabes.

—No sé.

—El tipo de comentario que uno hace cuando le parece bien lo que ve. Una vez lo escuché decirle a otro monitor: «Esa mujer me tiene loco. Llego a casa y no puedo dormir.»

Me quedé sin palabras.

—¿Te gustaría? —pregunté al fin.

—Si tú quisieras intentar algo de lo que hablamos anoche, él sería mi primera elección.

Le pregunté qué tenía en mente. Me dijo que podría invitarlo a casa esa misma tarde. Así yo lo conocería. Y veríamos hasta dónde estábamos dispuestos a llegar.

Dije que sí. No supe si por curiosidad, por excitación o por miedo a no decirlo.

***

Claudia estuvo casi dos horas en el baño antes de que llegaran. Cuando salió, olía a crema y tenía el pelo recién lavado, liso y brillante. Se puso una blusa sin mangas con un escote pronunciado, sin sujetador, y una falda que apenas le tapaba la mitad del muslo. Unas sandalias de tacón bajo que le marcaban las pantorrillas.

Se había arreglado para él. No para mí. Y los dos lo sabíamos.

Cuando sonó el timbre, fui yo el que abrió. Marcos era más joven de lo que esperaba, tal vez diez años menos que nosotros, moreno, con los hombros anchos de alguien que pasa muchas horas levantando pesas. Venía acompañado de otro hombre.

—Perdona que venga con Dani —dijo Marcos—. Habíamos quedado después para ir al polideportivo.

—No te preocupes —dijo Claudia desde detrás de mí—. Aquí hay sitio para los dos.

Dani era distinto. Alto, de tez muy oscura, con los ojos de un verde claro que contrastaba de una manera que llamaba la atención. El tipo de hombre que no pasa desapercibido en ningún sitio. Claudia le estrechó la mano y lo saludó con una naturalidad que a mí me costó disimular.

Nos sentamos en el salón. Claudia fue a la cocina a por algo de beber y vi cómo caminaba: más despacio que de costumbre, con ese contoneo que yo siempre había creído que era solo para mí.

Mientras hablábamos de cosas sin importancia, el móvil me vibró en el bolsillo. Era ella.

«Cariño, qué buena idea. Ahora mismo los haría a los dos sin pensarlo. ¿Puedes ir al supermercado? No tardes más de cuarenta y cinco minutos.»

Leí el mensaje dos veces. Sentí el pulso en las sienes.

—Perdonad —dije, poniéndome de pie—. Tengo que bajar un momento al super. Vuelvo enseguida.

Cogí las llaves del coche y salí por la puerta principal. Pero en lugar de seguir caminando, di la vuelta por el lateral de la casa. Entré al garaje, saqué el coche unos metros para que pareciera que me había ido y volví a entrar a pie. Desde el pasillo trasero, con la cocina entre nosotros, podía verlos sin que me vieran.

***

Claudia esperó a que se cerrara la puerta principal y luego se quedó quieta un momento. Luego miró a Marcos.

—Siempre me dices cosas muy bonitas en el gimnasio —dijo, con una voz que no era la de todos los días.

—Porque son verdad.

—Soy una mujer casada, Marcos.

—Lo sé.

—Pero hoy mi marido no está.

Marcos no respondió. Miraba el escote de Claudia, que se inclinó un poco hacia adelante para recoger los vasos. El espacio que quedó entre la tela y su pecho era suficiente para que no quedara nada a la imaginación.

Claudia se puso de pie y se quitó la blusa. Se quedó frente a los dos hombres con los pechos al aire, sin hacer nada, dejando que la miraran. Luego dio un paso hacia Marcos y lo besó.

Yo, desde el pasillo, apoyé la espalda contra la pared y no me moví.

El beso duró mucho. Las manos de Marcos fueron directamente a los pechos de Claudia, que cerró los ojos y apoyó la frente en su hombro cuando él empezó a lamerle el pezón. Dani seguía sentado, pero ya no miraba los cuadros de la pared.

Claudia le desabrochó el cinturón a Marcos con una calma que me sorprendió. Lo sacó y lo tomó en la mano. Era grueso, considerablemente más grande que el mío. No esperó un segundo más: lo metió en la boca despacio, sin apartar los ojos de los de él.

Marcos la tumbó en el sofá. Le arrancó la falda de un tirón y le apartó la ropa interior con los dedos. Empezó a chuparla mientras ella gemía con la boca apretada, como si no quisiera hacer demasiado ruido.

Dani se había quitado la camisa. Claudia lo miró desde donde estaba.

—Puedes acompañarnos si quieres —dijo, con la voz ronca.

Él no necesitó que se lo repitiera dos veces.

***

Claudia se colocó a cuatro patas sobre el sofá. Marcos entró en ella desde atrás, sujetándola por las caderas. Ella quedó de frente a Dani, que seguía sentado, mirando la escena con una erección visible.

—Sácatela si quieres —le dijo Claudia entre respiraciones.

Cuando lo hizo, Claudia hizo un sonido que nunca le había escuchado. Era enorme. Largo, grueso, con el glande de un tono más claro que el resto. Ella lo tomó con las dos manos y tardó un momento en procesar lo que tenía delante. Luego inclinó la cabeza y empezó, despacio, desde la base.

Marcos no paraba. Cada golpe desplazaba a Claudia hacia adelante y ella usaba ese movimiento para enterrar más en la boca lo que tenía delante. Los tres encontraron un ritmo que duró varios minutos.

Entonces Claudia se reincorporó. Miró a Marcos por encima del hombro.

—Siéntate. Quiero terminarte así.

Se subió encima de él, de espaldas, y comenzó a moverse muy deprisa. Marcos agarró sus nalgas con las dos manos y en menos de un minuto se corrió, envolviéndola por la cintura con un gemido ahogado. Claudia se levantó, se limpió y se giró hacia Dani.

—Ahora tú —dijo.

Lo que vino después no encontré cómo describírmelo a mí mismo. Solo recuerdo el sonido. El sonido de mi mujer, que llevaba diecisiete años siendo discreta y recatada, dejándose llevar de una manera que yo nunca había visto ni creído posible.

Cuando escuché que los dos empezaban a vestirse, salí por donde había entrado. Moví el coche otra vez. Esperé diez minutos aparcado en la esquina con el motor apagado y las manos sobre el volante.

Luego volví a casa como si nada.

—¿Todo bien? —preguntó Claudia desde la cocina. Estaba fregando los vasos. Se había vuelto a poner la blusa.

—Sí —dije—. Había cola en la caja.

Ella asintió. Me miró un segundo más de lo habitual. Luego volvió a fregar.

Esa noche, cuando se apagó la luz, Claudia se acercó a mí en la oscuridad.

—¿Lo habrías querido ver? —me preguntó en voz baja.

No respondí enseguida.

—Ya lo he visto —dije al final.

Silencio.

—Lo sé —dijo ella.

Y se quedó dormida.

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Comentarios (6)

Ritmo_oscuro

Increible giro, no lo vi venir. Tremendo relato.

PabloK_Lector

Por favor que haya segunda parte, quedé con ganas de mucho mas. Espero ansioso!!

CuriosaLectora

Me dejó sin palabras. Se me hizo cortísimo y eso siempre es buena señal, significa que engancha de verdad.

Lautaro_BA

Muy bueno!! Sigue subiendo relatos así

Silvieta88

Me recordó a una situacion que viví hace un tiempo jaja. Tremendo, muy bien escrito y con mucha tension.

NicoK_reader

Hay continuacion? Termina justo cuando empieza lo mejor, no puede quedarse ahi!

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