Salí cinco minutos: la aventura que no olvidamos
Mi esposa Daniela tiene ese tipo de presencia que cambia la temperatura de un cuarto cuando entra. A sus 33 años, con ese cuerpo de curvas generosas, el pelo oscuro cayéndole en ondas hasta los hombros y unos ojos castaños que te miran como si ya supieran dónde terminará todo, es imposible no notarla. Le gusta vestirse bien: no de manera estridente, sino con esa elegancia calculada que consiste en mostrar lo justo para que la imaginación haga el resto.
Yo me llamo Camilo. Tengo 38 años, trabajo como arquitecto y llevo doce casado con ella. Nos conocimos en una reunión de trabajo, nos pusimos de novios tres semanas después, y nunca hubo un momento en que dudara de que quería pasar el resto de mi vida con esa mujer. Lo que nadie me dijo es que compartir la vida también puede significar, en ciertos casos muy específicos, compartir a la persona.
Hacía dieciocho meses que habíamos tenido nuestra primera experiencia. Un ex compañero de trabajo mío, una noche que empezó como una cena entre los tres y terminó con Daniela arrodillada en el living mamándonos la polla por turnos, tragándose la corrida de los dos con esa avidez que descubrimos que tenía. Tan bueno fue que la conversación siguió después, en la cama, durante semanas: yo cogiéndomela mientras ella me contaba con lujo de detalles cómo se había sentido la otra verga entrando en su coño mojado, cómo le había gustado que dos hombres la usaran al mismo tiempo. La pregunta no era si querríamos repetir: era cuándo y con quién.
La respuesta llegó en la forma de Tomás.
***
Tomás tiene treinta años y lleva casi una década tatuando en ese estudio pequeño del centro que tiene su nombre en letras negras sobre la puerta. Daniela fue su cliente primero: un diseño en el tobillo, minimalista, que tardó una sola sesión. Después fui yo por un par de piezas en el costado derecho. Con el tiempo nos hicimos amigos del tipo que se junta a cenar sin necesidad de excusa, que se mandan mensajes sin motivo particular, que aparecen en la vida del otro sin que nadie lo haya planificado.
Es alto, de hombros anchos, con barba corta y los antebrazos cubiertos de tinta. Daniela lo encontraba atractivo; yo lo sabía porque lo había visto en su cara la primera vez que lo saludó. Y nunca me había molestado. Al contrario.
Una tarde, después de una cena en la que los tres habíamos tomado vino de más y la conversación había derivado hacia territorios que no se frecuentan habitualmente, empecé a pensar en serio. Una semana después le escribí a Tomás.
No le fui con rodeos: le expliqué la situación, le dije que Daniela estaba al tanto y de acuerdo, y le pregunté si le interesaba. Su respuesta llegó antes de que yo guardara el teléfono.
—Llevas mucho tiempo con esa mujer. Sí. Claro que sí —respondió.
Organizamos los detalles en dos mensajes más. El jueves siguiente, Daniela iría al estudio con el pretexto de cerrar un diseño que tenía pendiente para el antebrazo. Yo la acompañaría. En algún momento saldría a buscar algo afuera y los dejaría solos.
Simple. Sin complicaciones innecesarias.
***
Ese jueves, Daniela tardó casi una hora en vestirse.
Eligió una falda negra ajustada que terminaba a mitad del muslo, una blusa de seda color arena con el escote en uve, y unas sandalias de tacón que le cambiaban la forma de caminar. Se puso perfume en el cuello y en las muñecas, y se miró en el espejo del dormitorio con esa expresión de quien sabe exactamente el efecto que va a producir. Debajo de la falda no llevaba nada más que una tanga de encaje negro, mínima, que me mostró levantándose la falda un instante y volviéndola a bajar con una sonrisa.
—¿Cómo estoy? —preguntó, aunque no era una pregunta real.
—Como si quisieras arruinarle la concentración a alguien —le dije.
Se rio. Era esa risa que tiene cuando está nerviosa y emocionada al mismo tiempo, esa mezcla que yo reconozco sin necesidad de que me la explique.
Llegamos al estudio poco antes de las siete. Tomás abrió antes de que llamáramos. La miró de arriba abajo en el segundo exacto en que ella cruzó el umbral, un vistazo breve y controlado, de los que dicen todo sin decir nada. Daniela lo saludó con un beso en la mejilla que duró un instante más de lo habitual.
Pasamos adentro. El estudio olía a tinta y a algo levemente antiséptico, con música de fondo que nadie había elegido con demasiado cuidado pero que tampoco molestaba. Tomás sacó la carpeta con los bocetos y los extendió sobre el mostrador. Daniela se inclinó a mirarlos, con la falda subiéndole un poco en esa posición, y yo me quedé junto a la ventana observando.
Los dejé hablar durante unos quince minutos. Después me puse de pie.
—Voy a la esquina a buscar un café. ¿Quieren algo?
Daniela levantó la vista. Ese segundo de contacto entre los dos no necesitó palabras.
—No, estamos bien —dijo Tomás.
Salí.
***
La calle estaba fresca para ser un jueves de octubre. Me quedé parado en la vereda, a unos doce metros de la entrada, sin ir a ningún lado. No busqué el café. Me apoyé contra la pared con el teléfono en la mano, sin mirar nada, sin hacer absolutamente nada.
¿Ya le habría metido la mano debajo de la falda? ¿Le habría descubierto la tanga? ¿Le estaría chupando el coño encima de la mesa de tatuar?
Pasaron tres minutos. Cuatro. A los cinco me moví.
Abrí la puerta del estudio sin hacer ruido. El área de recepción estaba en penumbras; solo la luz del fondo estaba encendida. No había nadie en el mostrador. Caminé hacia el interior pisando despacio, sin anunciarme.
Los escuché antes de verlos.
Un sonido bajo, húmedo. Un jadeo cortado que reconocí sin esfuerzo. Me detuve a un metro del pasillo y me asomé con cuidado.
Tomás tenía a Daniela apoyada contra la mesa de trabajo. La blusa seguía puesta, pero desabotonada casi hasta el ombligo, y él le había bajado el corpiño de una copa dejándole una teta afuera, el pezón duro y oscuro. La falda estaba subida hasta la cadera. Él tenía una mano en su muslo, la otra enredada en su pelo, y se estaban besando con esa urgencia que no se finge, con las lenguas metiéndose en la boca del otro sin ningún tipo de decoro.
Me quedé inmóvil.
Daniela tenía los ojos cerrados. Sus manos aferraban la camisa de Tomás por el pecho, tirando de él hacia ella. Cuando él bajó la boca hasta su cuello y de ahí hasta el pezón que ya tenía afuera, ella echó la cabeza hacia atrás y soltó un suspiro largo que llegó hasta donde yo estaba parado. Tomás le chupó la teta entera dentro de la boca, la mordió despacio, y con la mano libre le arrancó la tanga de encaje de un tirón seco. La escuché rasgarse. Vi el pedazo de tela negra caer al piso al lado de las sandalias.
—Estás empapada —le dijo él, con la mano metida entre sus piernas.
—Hace una hora que estoy así, boludo —le respondió ella, con la voz espesa—. Desde que me estaba vistiendo.
Tomás le metió dos dedos y ella soltó un gemido gutural, agarrándose de sus hombros. Los sacó relucientes, se los mostró, y después se los llevó a la boca sin quitarle la mirada de encima. Daniela lo miró hacer eso y se mordió el labio con una expresión que yo le había visto pocas veces en doce años.
***
Tomás la ayudó a subirse a la mesa y se arrodilló frente a ella. Le abrió las piernas con las dos manos, sin ceremonia, y hundió la cara entre sus muslos. El sonido que Daniela hizo en ese momento, un jadeo seco seguido de un gemido que no intentó reprimir, me hizo apoyar la mano en la pared para no moverme.
Ella se aferró al borde de la mesa con las dos manos. Tenía los labios entreabiertos y los ojos a medias, mirando al techo. Tomás no tenía prisa: le lamía el coño de abajo hacia arriba con la lengua plana, después le chupaba el clítoris con los labios cerrados, después metía la lengua entera adentro y la sacaba, midiendo sus reacciones con la paciencia de alguien que sabe lo que está haciendo. Yo podía ver desde el pasillo cómo la barba corta le brillaba de humedad y cómo Daniela le empujaba la cabeza contra ella con la mano izquierda mientras con la derecha se apretaba la teta que él le había dejado al aire.
—Ahí, ahí, ahí —jadeaba ella, subiendo el tono—. No te muevas de ahí, Tomás, por favor.
Él le clavó dos dedos mientras le seguía chupando el clítoris, curvándolos, buscando ese punto que yo conocía de memoria. Daniela se arqueó entera. Le tembló todo el cuerpo, se le tensaron los muslos alrededor de la cabeza de Tomás, y soltó un grito ronco que le salió del fondo del pecho mientras se acababa contra su boca. Tomás no se retiró: siguió lamiéndola despacio, más suave, hasta que ella le tiró del pelo pidiéndole que parara.
—Tomás —susurró, con la voz tensa—. Ya. Cogeme ya. Por favor.
Él se puso de pie, se quitó la camisa de un tirón y se abrió el cinturón con las dos manos. Se bajó el pantalón hasta las rodillas y la polla le saltó afuera, gruesa, dura, apuntándole a Daniela directo a la cara. Ella no lo pensó: se inclinó hacia adelante todavía sentada en la mesa, se la agarró con la mano y se la metió entera en la boca de una sola vez. Tomás echó la cabeza para atrás y soltó un gruñido.
—La puta madre, Daniela —dijo entre dientes.
Ella se la mamaba profundo, con las dos manos apoyadas en los muslos de él, sin apuro, sacando la lengua para lamerle los huevos entre chupada y chupada. Yo la vi tragarse esa verga hasta el fondo y ahogarse un poco, saliva chorreándole del mentón, y después volver a metérsela sin quejarse. Tomás le agarró la cabeza con las dos manos y le empujó la cara contra su pelvis, forzándola un poco más. Daniela no se resistió. Se dejó usar la boca durante un minuto largo, con los ojos vidriosos mirándolo desde abajo, hasta que él la soltó.
La hizo girar despacio, la inclinó sobre la mesa boca abajo, con la falda todavía enrollada en la cintura y las piernas abiertas apoyadas en el piso. Le acomodó la cadera para arriba, la escupió sobre el coño, se agarró la polla, y en ese momento los dos me vieron al mismo tiempo.
Daniela no se sobresaltó. Me miró por encima del hombro y sonrió: lento, cómplice, sin una pizca de disculpa.
—Quédate —dijo—. Miralo bien.
No era una pregunta.
***
Tomás la penetró despacio al principio, metiéndosela de a poco, dejándola que se acostumbrara al grosor. Daniela lo recibió con un gemido prolongado que resonó en las paredes del estudio, uno de esos gemidos largos que le salen cuando algo le entra más grande de lo que esperaba. Él fue ganando ritmo de a poco, tomándola de la cadera con las dos manos y clavándole los dedos en la carne, y ella empujaba el culo hacia atrás en cada embestida como si no pudiera quedarse quieta.
—Qué rico coño, Daniela —le decía él, entre embestida y embestida—. Qué rico coño tenés, la puta madre.
—Cogeme fuerte —le contestaba ella, apretando los dientes—. Rompémelo.
Yo los miraba desde el pasillo sin moverme, pero se me había puesto dura como una piedra y tenía la mano encima del pantalón sin siquiera darme cuenta. Daniela me buscó con la mirada varias veces. No para pedir permiso: para incluirme. Para que yo fuera parte de eso aunque estuviera parado a tres metros de distancia, mirando cómo mi amigo le entraba y le salía del coño chorreante a mi mujer.
Tomás le dio una palmada seca en la nalga derecha y le dejó la marca de la mano roja sobre la piel. Daniela gritó, pero fue un grito de gusto. Le pidió otra. Se la dio. Y otra. Después él le agarró el pelo con la mano derecha, se lo enroscó en el puño y le tiró la cabeza hacia atrás mientras seguía cogiéndola desde atrás, forzándola a arquear la espalda.
En algún momento cambió el ángulo, más hacia abajo, más profundo. Ella dejó escapar un grito que no hizo ningún esfuerzo por contener, seguido de una cadena de sonidos cortos y secos, como si se le escaparan sin permiso. Sus piernas temblaban visiblemente. Sus dedos apretaban los bordes de la mesa hasta ponerse blancos.
—¡Así! —dijo, con la voz completamente rota—. ¡Así, no pares, no pares, no pares!
Se corrió de nuevo. Se le contrajo todo el cuerpo, el culo se le sacudió sobre la verga de Tomás, y soltó un aullido largo que terminó en una risa entrecortada, con la mejilla apoyada en la madera de la mesa.
Tomás apretó los dientes. La tomó con más fuerza de las caderas y terminó con seis o siete embestidas largas y brutales que casi la levantaron de la mesa. En la última se hundió hasta el fondo, se quedó ahí, y yo vi cómo se le tensaba toda la espalda mientras se le vaciaba adentro. Daniela lo sintió: hizo un ruidito con la garganta, casi de sorpresa, y se dejó caer hacia adelante con los brazos extendidos, todavía respirando con fuerza. Él se retiró despacio, sacándola centímetro a centímetro. Vi el hilo blanco escurrirle a Daniela por el muslo. Tomás me miró. Asintió.
***
Me acerqué desabotonándome el pantalón en el camino.
Daniela seguía apoyada en la mesa cuando llegué a su lado, con las piernas todavía abiertas y el semen de Tomás resbalándole. Puse la mano en su espalda, la subí despacio hasta la nuca, y ella levantó la vista. Tenía el pelo revuelto, la boca hinchada de tanto mamar, y esa expresión de después que yo ya le conocía de la vez anterior: vaciada, satisfecha, todavía ahí.
—Hola —dijo, como si hiciera tiempo que no nos veíamos.
—Hola —respondí, y me reí sin poder evitarlo.
La penetré en esa misma posición, de una sola embestida hasta el fondo. El calor que encontré, la mezcla de ella con lo que Tomás había dejado, la resistencia mínima de un coño ya usado y todavía apretado, fue una sensación que me sacó de cualquier lugar razonado en el que todavía pudiera estar. Daniela arqueó la espalda y buscó el ángulo, apoyándose en los antebrazos, empujándome el culo contra la pelvis.
—¿Te gusta cogerme así? —me preguntó, sin girarse—. ¿Cogerme con la lecha de Tomás adentro?
—Mucho —dije, y lo decía en serio.
La agarré de la cintura y le di duro, sin cuidado, con esa mezcla de rabia y adoración que solo entiende el que la vivió. Ella me lo pedía más rápido. Yo le obedecía. Sentía cómo el semen del otro se me embarraba en la polla en cada embestida, cómo el ruido húmedo era distinto al habitual, cómo Daniela apretaba las paredes del coño alrededor mío buscando ordeñarme. Terminé pocos minutos después, hundido hasta el fondo, agregando lo mío a lo que ya había ahí adentro. No hacía falta más.
***
Tomás hizo café. Los tres nos quedamos parados en el área de recepción, bebiendo en silencio, con esa complicidad extraña que solo deja un momento así. Daniela se había acomodado la falda pero no había pedido nada con qué limpiarse; yo sabía que le seguía chorreando por dentro del muslo y ella lo sabía también. Nadie habló de lo que había pasado. Nadie lo necesitó.
Nos despedimos en la puerta. Dos besos en la mejilla, como siempre. Como si nada hubiera pasado. Como si todo.
***
En el auto, camino a casa, Daniela se quitó las sandalias y apoyó los pies en el tablero. Tenía esa calma de después que yo ya le conocía de la vez anterior, con las rodillas separadas y la falda subida sin ningún pudor.
—Cuéntame —le dije.
—¿Qué quieres saber?
—Cómo empezó. Cuando salí.
Se acomodó en el asiento. Miró la ventanilla un momento antes de hablar.
Me contó que en cuanto cerré la puerta, Tomás cerró la carpeta de bocetos sin decir nada. Se acercó a ella, la tomó de la cintura con las dos manos y la besó. Al principio con cuidado, midiendo. Cuando ella respondió metiéndole la lengua, algo en él cambió: la levantó en peso, la sentó en la mesa, y le metió la mano debajo de la falda de una.
—Me encontró sin nada abajo, casi —dijo Daniela riéndose—. Solo la tanga esa, empapada. Me dijo que llevaba meses pensando en esto. Que siempre se había guardado todo por respeto a ti, por la amistad que tienen. Pero que esta tarde, cuando entré así vestida, no pudo seguir fingiendo que no pasaba nada. Que se la había estado tocando en el baño del estudio pensando en mí desde que confirmé la cita.
Escuchar eso me encendió de nuevo, aunque no tenía ningún sentido lógico. Saber que mi amigo se había hecho la paja pensando en mi mujer durante meses, y que esta noche por fin se la había cogido sobre su mesa de tatuar, fue el cierre perfecto.
—¿Y qué le respondiste? —pregunté.
—Nada —dijo ella, con esa sonrisa pequeña que tiene—. Le bajé el cierre del pantalón y le agarré la polla. No hizo falta más.
Seguimos manejando en silencio. El semáforo en rojo. La ciudad afuera. Los dos todavía con la cabeza en el estudio, con el olor a los tres mezclado todavía encima de ella.
—¿Cuándo terminamos el diseño? —preguntó ella después de un rato.
Me reí.
—El jueves que viene, si quieres.