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Relatos Ardientes

Confesé a mi esposo que quería acostarme con otro

—Si de verdad me pusieras los cuernos —me preguntó mi esposo una noche, con esa voz baja que usaba cuando el juego se ponía serio—, ¿con quién sería y por qué?

La pregunta me dejó suspendida entre la risa y el vértigo. Mientras todo ocurría solo dentro de nuestra imaginación, responder era sencillo: era un juego, un territorio sin consecuencias reales. Pero esa noche algo en su tono me decía que ya no se trataba solo de fantasía.

Las implicaciones eran enormes. El trabajo, las amistades comunes, la reputación. Lo que podrían llegar a saber nuestros hijos cuando fueran mayores. Había demasiado en juego para tratarlo a la ligera.

La respuesta, sin embargo, llegó sola cuando menos lo esperaba.

La reunión anual de ex compañeros de la universidad caía ese mismo fin de semana. Como si el universo cerrara el círculo: fue exactamente ahí, años atrás, donde le hablé a Marcos por primera vez de Andrés y de aquella tarde que compartimos antes de que él se fuera a vivir al extranjero.

Me preparé con cuidado. Compré un vestido de verano azul oscuro que se ajustaba justo donde debía. Me maquillé un poco más de lo habitual, no tanto como para que se notara el esfuerzo, sino lo suficiente para sentirme distinta a la mujer de todos los días. Me sentía entera. Segura de mí misma de una manera que hacía tiempo no reconocía.

Cuando llegamos al salón del evento, encontré a mis viejas amigas y conversé con varios compañeros de los que apenas recordaba el apellido. Marcos se movía entre grupos, intercambiando bromas, cómodo en ese tipo de situaciones donde yo suelo perderme. Entonces Andrés entró por la puerta y lo supe en ese instante.

No hubo deliberación. La decisión estaba tomada desde antes de que lo viera.

Me las arreglé para separarme de Marcos con discreción y acercarme a Andrés. Hablamos durante más de una hora. Solo hablamos. De la vida, de los años que pasaron, de las versiones de nosotros mismos que ya no existían. Él seguía teniendo esa manera de escuchar que siempre me desarmó, la cabeza ligeramente inclinada, los ojos fijos en los míos como si no hubiera nadie más en la sala.

Marcos nos encontró en algún momento, pero se mantuvo a distancia. No intervino. Seguía la conversación desde lejos con esa calma suya que nunca sé del todo si es confianza o resignación.

Cuando la charla terminó y nos despedimos con un beso en la mejilla, volví con mi esposo. El salón seguía lleno de música y voces y risas que no nos pertenecían.

—Decidí que quiero acostarme con él —le susurré al oído.

***

Marcos me miró. Sus ojos no mostraban exactamente sorpresa, sino algo más difícil de nombrar: como si hubiera esperado esas palabras durante meses y ahora que las escuchaba no supiera exactamente qué hacer con ellas.

Guardó silencio.

A escasos metros de nosotros, entre la gente y el ruido, seguía Andrés. El hombre que yo había elegido. Si la revelación lo perturbó, Marcos eligió no demostrarlo. Se quedó firme, sosteniendo todo por dentro.

Nos quedamos otra hora en la fiesta. Nos despedimos de todos, también de Andrés, un apretón de manos breve y sin carga aparente. El viaje de regreso fue en silencio. Marcos conducía con los ojos fijos en la calle, los labios apretados, sin disgusto manifiesto pero tampoco con ganas de hablar.

Al llegar a casa y subir al cuarto, no esperó. Me empujó sobre la cama con una urgencia que no le veía desde hacía mucho tiempo. Levantó mi vestido, desgarró la tela de la ropa interior con los dedos, y mientras se desabrochaba torpemente el cinturón, su cuerpo ya presionaba sobre el mío.

Me sorprendió la fuerza con que lo deseaba en ese momento.

El silencio del trayecto me había enfriado un poco, pero al sentir el peso de su deseo sobre mí volví a encenderme. Lo besé. Aparté como pude el resto de la tela que aún colgaba de mi muslo. No llegamos a desnudarnos del todo: él con el pantalón en los tobillos, yo todavía con los zapatos puestos y el vestido enrollado en la cintura.

Entró en mí sin rodeos. Húmeda y dispuesta, lo recibí sin resistencia. Sus embestidas empezaron rápidas, casi toscas, pero pronto encontró un ritmo más pausado, como si quisiera prolongar cada segundo, que yo sintiera cada centímetro. Entraba y salía lento, deliberado, dueño de la situación de una manera que me hizo aferrarme a sus hombros.

Alcé las piernas y las enrollé en su cintura para atraerlo más. En algún momento usó los dedos para masajear mi clítoris con una precisión que me conoce desde hace años. Supe que estaba cerca cuando el aire se me cortó en la garganta.

—¿Vas a correrte? —preguntó, sin dejar de moverse.

—Sí, amor. Ya casi —dije.

—Quiero que grites mi nombre.

Empecé a decir el suyo.

—¡No. Mi nombre no!

Lo entendí en un segundo. Y lo grité sin dudarlo:

—¡Andrés! ¡Me corro, Andrés!

Marcos embistió una última vez con un gruñido grave y llegó conmigo.

El tiempo se detuvo. Nos quedamos quietos, él todavía dentro de mí, recuperando la respiración en silencio. Después nos miramos. No hacía falta hablar. Había algo entre nosotros esa noche que no existía desde hacía tiempo.

***

A la mañana siguiente, cuando los niños seguían con los abuelos y la casa era solo nuestra, le conté los detalles.

Andrés quería que fuera a su apartamento. Se tomaría el día libre y me esperaría desde temprano.

Quería que llegara vestida de manera que sus vecinos me vieran. Que supieran sin que nadie dijera nada. Los tres pisos tendría que subirlos por la escalera, para que el sonido de mis tacones anunciara mi llegada desde el portal hasta su puerta. Cuando abriera, me miraría de arriba abajo antes de dejarme pasar.

Cerraría con llave. Me abrazaría por detrás, su cuerpo pegado al mío, y yo sentiría lo duro que estaba antes incluso de que sus manos llegaran a mis senos. Los tomaría con calma, pellizcaría mis pezones despacio, sin apresurarse, mientras me hablaba al oído con esa voz que conserva desde los veinte años.

Luego sus dedos bajarían por mi vientre buscando el borde de la tela. Me conoció hace dos décadas. Sabe que cuando me toca de esa manera calculada, cuando lo hace despacio y sin disculparse, me derrito antes de que llegue a tocarme de verdad.

Yo buscaría con mis manos la cremallera de su pantalón y lo liberaría para tenerlo en la palma mientras seguimos así, de espaldas los dos. Firme, grande, más de lo que recordaba. Necesitaría verle la cara. Me giraría y me arrodillaría sin que nadie me lo pidiera.

Lo engulliría sin pausa, hambrienta de ese sabor que casi había olvidado. Él me agarraría del cabello sin hacer fuerza, solo para tenerme cerca. Haría todo lo que sé hacer para que pierda el control antes de tiempo, aunque no quiero que acabe ahí. Lo llevaría al límite y lo detendría justo antes.

Quiero cabalgarlo. Quiero verle la cara mientras me penetra lentamente, sentir ese peso específico, esa manera de entrar que nadie más tiene. Él ha sido muy claro en lo que quiere: nada entre nosotros, como la primera vez hace dos décadas, cuando éramos otros y no pesaban las consecuencias.

Al sentirlo dentro, sabría si me hace daño o si mi cuerpo lo recibe sin resistencia. Estoy convencida de que estaré tan excitada que no habrá dolor. Solo él y yo y el tiempo que no pasó.

No sé cuántas horas pasaríamos así. Lo que sí sé es que, al salir, mis tacones resonarían de nuevo por el pasillo, esta vez con el peso diferente de todo lo que acaba de ocurrir entre esas cuatro paredes.

Y cuando llegara a casa, le traería a Marcos la chaqueta de cuero que olvidé en el apartamento de Andrés. La misma que llevo desde que éramos jóvenes. La que me hizo sentir una vez que era yo, antes de ser la esposa y la madre y la mujer sensata que tengo que ser todos los días.

Cuando terminé de describírselo a Marcos, lo que pasó a continuación no necesita explicación.

***

El problema fue lo que vino después.

Una cosa es hablar de ello en la oscuridad, calientes y entregados, y otra muy distinta es abrir la agenda y buscar un hueco real en el calendario. Entre la enfermedad repentina del padre de Marcos, los compromisos del colegio de los niños, semanas de trabajo acumulado y una avería en la caldera que tardó tres fines de semana en resolverse, el proyecto quedó en suspenso indefinido.

Quizá era una señal. O quizá simplemente así funciona la vida: la fantasía convive con los horarios y generalmente pierde.

Empecé a ver obstáculos donde antes veía posibilidades. En la siguiente oportunidad que estuvimos solos, no hablé de Andrés. Hablé de lo que todavía no habíamos puesto encima de la mesa.

—¿Has pensado que podría gustarme más con él que contigo?

Marcos me miró sin responder.

—¿Y si me enamoro? ¿Y si se enamora él?

—¿Y si quedo embarazada?

—¿Y si alguien lo sabe y llega a oídos de nuestras familias? ¿Y si con el tiempo los niños se enteran de algo?

Silencio.

—¿Entonces qué? —pregunté.

Pero no esperé su respuesta. La mía llegó sola, clara y fría como un cubo de agua:

—Lo siento, Marcos. No puedo hacerlo.

***

Epílogo.

Después de aquello, la vida sexual de los dos entró en un ritmo más tranquilo. No malo, solo diferente. Como antes de que todo empezara, como si la fantasía se hubiera desinflado sola y dejado el espacio limpio pero un poco vacío.

Marcos se sentía, en el fondo, aliviado. Nunca lo dijo, pero Clara lo notaba en pequeños gestos, en la manera en que dormía sin tensión esa semana. Quizá habían estado a punto de algo irreversible. Quizá la negativa los había rescatado de una catástrofe que aún no tenía nombre.

Pero había otra parte de él que seguía dando vueltas a todo aquello. El morbo de imaginar, de saber sin saber del todo, tenía una textura adictiva que no desaparece por decisión propia. Lo había comprobado en los meses siguientes: la imagen volvía sola, siempre en el peor momento.

Había algo que no terminaba de encajar. Clara había descrito la escena con Andrés con todo detalle, pero él nunca había aparecido en esa descripción. No como testigo, no como partícipe. Solo como destinatario del relato. Nunca aclaró si quería que Marcos estuviera presente o no, y tampoco se lo preguntó. La fantasía se había concentrado en el acto mismo, no en los preparativos ni en el después.

Las cosas pasan por algo, decía la madre de Marcos. En este caso, aunque la frase siempre le había parecido un consuelo barato, debía admitir que algo de verdad había en ella.

Así pasaron los meses. El asunto quedó archivado sin fecha de reapertura y la vida siguió con sus propios ritmos.

Hasta ese martes.

Quizá fue la forma en que Clara preguntó a qué hora llegaría a casa. Quizá su aparente frialdad al cortar la llamada sin su despedida habitual. Una sensación que no supo nombrar se instaló en el estómago de Marcos durante el resto de la tarde y lo acompañó en el trayecto de vuelta.

Cuando abrió la puerta de casa, todo estaba en silencio. En la mesita de la entrada había una nota adhesiva amarilla. Colgó las llaves y la levantó.

Decía: «Sube».

Algo en él supo antes de moverse.

Subió las escaleras despacio. El pasillo estaba en penumbra, sin ninguna pista de lo que lo esperaba al otro lado. Empujó la puerta del dormitorio.

Clara estaba sobre la cama. El cabello recogido en alto, como cuando eran jóvenes y todo parecía más fácil. No llevaba nada más que la chaqueta de cuero.

La chaqueta que había olvidado en casa de Andrés.

Marcos sintió el peso de eso en el pecho: algo parecido al sufrimiento y al deseo mezclados en proporciones que no sabía calcular. No quiso preguntar. Intuía la respuesta y no estaba seguro de querer escucharla todavía.

Ya habría tiempo para hablar. Para procesar. Para decidir qué hacían los dos con lo que quedaba después de eso.

Pero todo eso podía esperar.

No perdió un segundo más.

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Comentarios (6)

MarcelaCBA

Me enganchó desde la primera línea. Qué situación tan incómoda, me imaginé perfectamente la tensión en esa fiesta con él ahí cerca...

Lector_GBA

Buenisimo, quede con ganas de saber como siguió todo. Por favor una segunda parte!!

VeronicaK

Leí de un tirón. Me pareció muy valiente ella, aunque no sé si yo hubiera tenido ese coraje jajaja. Muy bueno

NorbertoM

Lo que mas me gustó es cómo refleja esa tensión entre el deseo y la lealtad. No es una historia de actos sino de sentimientos, y eso se agradece. La descripcion de la fiesta está muy lograda. De las mejores que lei en esta sección. Saludos

totomdp

tremendo... me dejó con la boca abierta jajaja

lectora_silen

Me quedé pensando si él lo aceptó o se enojó de verdad... hay continuación?

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