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Relatos Ardientes

La semana que le fui infiel a mi pareja dos veces

Esa semana, mi pareja y yo llevábamos días sin dirigirnos la palabra.

No era la primera vez que llegábamos a ese punto de silencio absoluto, pero esa vez se sentía diferente. Más pesado. Como si algo hubiera cambiado de forma definitiva y ninguno de los dos quisiera admitirlo todavía.

Me llamo Sandra. Tengo veintinueve años, piel morena clara, piernas largas y caderas anchas que nunca pasaron desapercibidas. Siempre supe que tenía cuerpo, y siempre supe usarlo. Pero esa semana mi cuerpo y mi cabeza tiraban en direcciones completamente opuestas.

Por un lado estaba Martín, mi ex, con quien tengo una hija de cinco años. Martín llevaba meses insinuando que podríamos retomar lo nuestro, mezclando los mensajes sobre la niña con frases que no venían al caso. Lo rechazaba cada vez, pero en ese estado de ánimo, con la pelea con mi pareja todavía resonándome en los oídos, la idea empezaba a perder nitidez.

Por el otro lado estaba Diego.

Diego era alguien que me había seguido en Instagram hacía unos meses, un tipo que conocía de vista de fiestas de amigos en común, pero con quien nunca había cruzado más de dos palabras. Nos dejábamos likes, algún comentario de vez en cuando, nada que superara la cordialidad. Pero lo había mirado de cerca un par de veces y lo que sentía no era exactamente cordialidad.

El jueves, la pelea con mi pareja llegó al punto de no retorno. Ni gritos, ni portazos. Solo ese silencio de cemento y la certeza de que esa noche dormiríamos en cuartos separados.

***

El viernes por la tarde tenía que verme con Martín para entregarle a la niña el fin de semana.

La entrega duró diez minutos. Pero Martín, puntual como siempre para las malas ideas, aprovechó que la niña se fue corriendo al cuarto de los abuelos para quedarse bloqueando la puerta con ese gesto que yo reconocía perfectamente.

—Podrías quedarte un rato —dijo—. A la niña le haría bien que cenáramos juntos.

—Martín...

—Solo cenar. Nada más.

Dudé. No debería haber dudado, pero lo hice, y él lo vio en mi cara.

Cenamos. La niña se fue a dormir temprano. Los padres de Martín también. Y de repente eran las diez de la noche y quedábamos solos en la cocina, con los platos sucios en el fregadero y ese silencio denso que solo existe entre personas que se han visto desnudas muchas veces.

—Deberías irte —dije, aunque era a mí misma a quien se lo decía.

Martín se acercó despacio y me besó. Lo dejé. Había algo cómodo y conocido en su boca, algo que no requería esfuerzo, y en ese momento el esfuerzo era lo último que tenía ganas de hacer.

Nos besamos de pie junto a la encimera. Cuando sus manos empezaron a moverse, yo no las detuve. Me arrodillé ante él sobre el suelo de cerámica fría y le bajé el pantalón. Lo conocía bien. Demasiado bien. Empecé despacio, con la lengua, disfrutando de ese calor familiar, y él aguantó mucho menos de lo que recordaba.

Terminó en un par de minutos, sujetándose al borde del mueble con los nudillos blancos, con un gemido que sonó más a alivio que a placer.

Eso es todo, pensé mientras me ponía de pie.

Martín se disculpó con torpeza. Dijo que llevaba semanas con mucha tensión acumulada. Yo me limpié la comisura de la boca, agarré el bolso y me fui sin decir nada más.

***

Llegué a casa pasada la una de la madrugada. Las luces apagadas. La cama de mi pareja vacía.

Me senté en el sofá con el teléfono en la mano y ese calor en el cuerpo que Martín no había resuelto. Al contrario. Me había dejado a medias, encendida y sin nada que mostrar por ello.

Fue entonces cuando abrí Instagram.

El perfil de Diego estaba ahí, en la lista de conversaciones sin usar. Fui al chat y escribí algo corto, sin pensar demasiado. Que estaba despierta y que hacía tiempo quería hablarle.

Respondió casi de inmediato.

Conversamos durante media hora. Diego era directo y gracioso, con ese tipo de humor que reconoce la tensión en lugar de fingir que no existe. Hablamos de música, de una fiesta donde coincidimos meses atrás, de nada importante. Pero debajo de esa conversación había otra, y los dos lo sabíamos.

Al final, fue él quien lo dijo sin rodeos.

—Hace tiempo que quería conocerte mejor. ¿Mañana tienes planes?

—Podría no tenerlos —respondí.

—Vivo solo. Puedo hacer café. O lo que se nos ocurra.

Hubo una pausa. Luego me llegó un archivo. Una foto. Sin texto.

La abrí.

Dios.

La cerré. La volví a abrir. No podía creer que eso fuera real.

Guardé el teléfono debajo de la almohada y tardé mucho en dormirme.

***

El sábado amaneció con el teléfono sobre la mesilla. Mi pareja no había dormido en casa. Me había dejado un mensaje de madrugada diciendo que necesitaba tiempo para pensar. Lo leí con una calma que me resultó extraña incluso a mí misma.

A las seis de la tarde, Diego me mandó la dirección.

Me duché dos veces. Me puse una falda oscura y corta, la misma que llevaba aquella noche de fiesta cuando Diego me siguió con la mirada desde el otro extremo de la sala. Sin medias. Me miré al espejo más tiempo del habitual.

Caminé hasta su edificio. Quince minutos a pie que se me hicieron cinco por la adrenalina.

Pulsé el interfono del cuarto piso. Una voz grave me dijo que subiera.

La puerta estaba entreabierta cuando llegué al rellano. Diego apareció al fondo del pasillo en camiseta y pantalón de deporte. Más alto de lo que recordaba. Brazos marcados, piel oscura, una sonrisa que no era inocente.

—Viniste —dijo.

—Vine —respondí.

Tenía compañeros de piso, me explicó mientras me hacía pasar al salón. Pero habían salido. Hablamos durante un rato con un café que ninguno llegó a terminar. Yo miraba sus manos cuando hablaba, grandes y tranquilas. Él me miraba de una forma que hacía difícil sostenerle la mirada.

Fue Diego quien rompió el silencio de la única manera que tenía sentido.

—¿Te gustó la foto?

Sentí que se me subía el color a la cara.

—Sí —admití.

Él se levantó, me tendió la mano y me llevó al pasillo sin prisa.

***

En su habitación no había urgencia.

Diego cerró la puerta y me besó de pie junto a la cama, con las manos en mi cara primero y luego en mi cintura, tomándose el tiempo que Martín nunca se tomó. Cuando me desabrochó la camisa lo hizo botón a botón, mirándome entre uno y otro como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Cuando la falda cayó al suelo, él dio un paso atrás y me miró.

—Sabía que serías así —dijo en voz baja.

Yo lo empujé hacia la cama.

Me arrodillé entre sus piernas y le bajé el pantalón. Lo que había visto en la foto era real. Completamente real. Lo tomé con la mano primero, calibrando el tamaño, y luego con la boca. Él apoyó la cabeza en la almohada y dejó escapar un sonido largo y grave. Me tomé mi tiempo. No había ninguna prisa.

—Para —dijo después de un rato—. No quiero terminar aquí.

Me levantó por los brazos y me tumbó boca abajo sobre la cama.

Se agachó sobre mí y empezó desde la nuca. Bajó por la espalda, despacio, hasta llegar más abajo. Yo agarré la sábana con los dedos y apoyé la frente en la almohada. Estuvo mucho tiempo ahí, sin prisa, hasta que yo ya no podía pensar en ninguna otra cosa. Casi llegué así, pero cuando ya estaba al borde él se incorporó.

Me colocó de rodillas y se puso detrás de mí. Se tomó su tiempo para entrar, poco a poco, hasta el fondo, dejándome sentir cada centímetro. Solté el aire que había estado conteniendo desde el día anterior.

Empezó despacio. Luego no tan despacio.

Llegué al clímax antes de que él cambiara de posición, con la cabeza hundida en la almohada y los dedos de los pies contraídos. Él esperó a que terminara antes de seguir.

—Sube encima —me dijo.

Me coloqué sobre él y lo miré desde arriba. Puse las manos en su pecho y empecé a moverme. La expresión de su cara en ese momento era algo que guardé en algún lugar preciso de la memoria.

Estuvimos horas. Con pausas, con agua, con alguna risa que no esperaba. Él fue generoso y yo no tuve que pedir nada. Hicimos de todo, probamos todo lo que se nos ocurrió, y cuando ya nos quedaban pocas fuerzas a los dos, nos quedamos tumbados en silencio mirando el techo.

A medianoche me vestí en el baño. Diego me acompañó hasta la puerta.

—Vuelve cuando quieras —dijo, apoyado en el marco.

Yo no prometí nada. Pero los dos sabíamos que volvería.

***

Llegué a casa poco antes de la una. Las piernas me temblaban ligeramente al subir las escaleras. No me había duchado.

La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Mi pareja estaba en la cama, despierto, con el teléfono sobre el pecho.

—¿Dónde estabas? —preguntó sin moverse.

—En casa de Verónica —dije—. Necesitaba hablar con alguien.

Asintió. Dejó el teléfono en la mesilla. Vi en su cara algo que reconocí como culpa, o quizás como el deseo de enmendar lo que llevábamos días rompiendo.

—He sido un idiota esta semana —dijo.

Yo no respondí. Me senté en el borde de la cama.

Él se acercó. Me puso una mano en la rodilla, luego en el muslo. Yo no lo aparté. Cuando me recostó y me subió la falda, yo miraba el techo.

Él no hizo preguntas. Fue minucioso y tomó su tiempo. No preguntó por qué yo era diferente esa noche, o quizás lo notó y prefirió no saberlo. Estuvo largo rato ahí, sin darse cuenta de nada, limpiándome sin saberlo de todo lo que había pasado esa tarde.

Yo cerré los ojos y pensé en la habitación del cuarto piso. En las manos de Diego. En la expresión de su cara.

Mi pareja terminó convencido de haber arreglado algo entre nosotros.

Me quedé mirando el techo durante mucho tiempo después de que él se durmiera. Pensaba en el viernes y en el sábado, en Martín y en Diego, en lo que había sido ese fin de semana. Y pensaba en que mi pareja acababa de dormirse sin imaginar siquiera la mitad de lo que había pasado.

No sentía culpa. Sentía otra cosa. Algo más parecido a la curiosidad de saber hasta dónde llegaría todo aquello.

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Comentarios (10)

fercho_lee

Dos en una semana!! jaja tremendo. Muy buen relato, se siente autentico

NocheRosa22

Buenisimo!! Me quede con ganas de saber como termino todo con Diego, por favor una segunda parte

Pili_ba

10 de 10, sin mas

Clara_nocturna

Se me hizo corto, quiero mas! Muy bien narrado, gracias por compartirlo

Lucas_Noc

jajaja el ex siempre aparece en el peor momento... o en el mejor segun como se mire. Excelente relato!

Curiosa_99

Que paso despues con tu pareja? Me quede muy intrigada con ese final

PabloRdt

De los mejores que lei en mucho tiempo. Muy honesto y bien contado, se siente que es algo vivido. Saludos desde Mendoza

Valeria_R

Dios mio, me recordo a algo que me paso hace unos años. Tremendo como las cosas se van dando sin que uno lo planee...

Esteban_BA

El titulo ya lo dice todo jaja. Muy bien!

Mavi_Lect

Increible como lo describis, se nota que fue real. Sigue escribiendo!!

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