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Relatos Ardientes

Lo que nunca le conté a mi compañera de facultad

2.8 (12)

Hay recuerdos de la universidad que guardo solo para mí. No los cuento en reuniones de amigos ni los menciono en familia. Son los que viven en algún cajón cerrado con llave, esos que de vez en cuando abro cuando necesito recordar que fui una persona que supo arriesgarse. Lo que voy a contar ahora es uno de esos.

Fue en segundo año. Yo compartía la mayoría de las materias con Sofía, una chica de pelo negro y carácter fácil que vivía en el barrio de al lado del campus. Nos llevábamos bien sin ser amigas íntimas: estudiábamos juntas, nos prestábamos los apuntes y a veces salíamos con el mismo grupo. Nada más. Pero hay una noche que me cambió la perspectiva sobre ella y, sin que ella lo supiera, también sobre mí.

Fue en una salida de las nuestras, sin hombres. Cuatro chicas, un departamento pequeño, dos botellas de vino barato y la confianza que da el alcohol cuando la noche avanza. En algún momento la conversación derivó a los novios, como siempre deriva. Sofía llevaba casi dos años con Mateo, un chico que yo había visto un par de veces y que no me había generado ninguna impresión especial. Medio bajo, no especialmente guapo, pero con un cuerpo claramente trabajado. Ella lo mencionó con esa mezcla de ternura y frustración que tienen las personas cuando hablan de algo que no pueden resolver.

—El problema —dijo después de un silencio— es que es demasiado. No lo puedo aguantar sin quedar adolorida.

Las demás se rieron. Yo no. Tomé un sorbo largo de vino y la escuché con más atención de la que aparentaba.

Sofía explicó que terminaba mal después de cada vez, que habían ido reduciendo la frecuencia hasta casi nada, y que Mateo, con toda esa energía sin canalizar, seguramente encontraba otras formas de desahogarse. Lo dijo sin resentimiento real, casi como un hecho que ya había aceptado. Las demás cambiaron el tema pronto. Yo me quedé pensando.

No en Sofía. En Mateo.

***

Tardé dos semanas en actuar. No fue un impulso: fue una decisión que fui tomando despacio, con calma, mientras pesaba lo que me importaba y lo que no. Sofía no era mi amiga del alma. Mateo no le era fiel de todas formas, según ella misma lo había insinuado. Y yo llevaba varios meses con una vida sexual que no me daba lo que necesitaba.

Conseguí el nombre del gimnasio donde entrenaba a través de una conversación casual con Sofía sobre rutinas de ejercicio. Me cambié a ese gimnasio sin decirle nada. Fui un martes por la tarde, con la excusa mental de que solo iba a ver.

Mateo entrenaba en la zona de pesas con la concentración de alguien que lleva años en eso. Usaba una remera cortada que dejaba los hombros al descubierto y un pantalón ajustado que no dejaba mucho a la imaginación. Entendí de inmediato por qué Sofía lo había mencionado en esos términos. Incluso vestido era imposible no notarlo. Se movía por el espacio como si supiera que lo miraban, sin ostentación pero tampoco sin descuido.

Lo observé sin disimulo durante media hora. Él se dio cuenta. Esas cosas se notan siempre, y él tenía suficiente experiencia para reconocerlas.

Al día siguiente volví. Esta vez no hice ningún esfuerzo por parecer discreta: lo miré directamente cuando cruzamos el área de cardio, y sostuve la mirada hasta que él la apartó primero. Cinco minutos después se me acercó con el pretexto de preguntarme si usaba una mancuerna que tenía a mi lado.

—No, está libre —le dije.

—Me parecía haberte visto antes. ¿No sos amiga de Sofía?

—Compañera de facultad. Ella me habló bien de este gimnasio.

Sonrió. Era una sonrisa que sabía lo que valía, de alguien acostumbrado a que eso funcione. Y funcionó, aunque yo ya había decidido que funcionaría antes de que él abriera la boca.

Hablamos durante veinte minutos apoyados contra la pared del fondo. Cuando me preguntó si quería tomar algo esa tarde, le dije que prefería ir directamente a su casa.

Hubo un segundo de silencio.

—Bien —dijo.

***

Su departamento era pequeño y ordenado, en un cuarto piso sin ascensor. Llegué puntual, con los nervios justos que dan las expectativas reales: no los que paralizan, sino los que despiertan.

Mateo abrió la puerta con la misma remera del gimnasio. Me hizo pasar al living, que tenía un sofá grande contra la pared y una ventana con vista a los techos del barrio. No había decoración especial. Era el departamento de alguien que vivía solo y no le daba importancia a eso.

Me ofreció algo de tomar. Le dije que no. Me saqué la campera y la dejé en el respaldo de una silla.

—¿Qué querés escuchar? —preguntó, aunque creo que ya sabía la respuesta.

—Nada —dije.

Me había puesto un vestido sencillo, sin nada debajo. Me lo quité despacio, sin hacer de eso un show, pero sin apuro tampoco. Cuando quedé frente a él en el living iluminado solo por la luz de la calle, vi en su cara exactamente lo que quería ver: atención total, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.

Él era más bajo que yo. Se puso de pie, me rodeó la cintura con los brazos y apoyó la cara contra mi cuello. Lo sentí respirar hondo. Sus manos recorrieron mis caderas con calma, moldeando cada curva con una atención que no esperaba de alguien que yo había imaginado más impulsivo.

Me empujó suave hacia el sofá. Me recosté. Él se arrodilló en el suelo frente a mí y me separó las piernas con las palmas abiertas. Bajó la cabeza y empezó a trabajar con la lengua sin preámbulos ni rodeos. No era perfecto, pero lo hacía con ganas auténticas, y eso en ese momento valía más que cualquier técnica.

Me tomé mi tiempo. No me dejé llevar por el primer impulso de urgencia, sino que fui dejando que la tensión se acumulara capa sobre capa. Cerré los ojos. Escuché el sonido de la ciudad afuera, el tráfico lejano, el zumbido del refrigerador en la cocina. Todo eso junto con lo que estaba pasando me puso en un estado de concentración que a veces se confunde con distancia pero que en realidad es lo opuesto: estar completamente presente.

Mateo se levantó. Se quitó la remera con un movimiento y después el pantalón. Y ahí estaba.

Sofía tenía razón en todo. Largo, grueso, con esa forma que hace que el cuerpo reaccione antes de que la mente procese nada. Pero donde ella veía un problema, yo vi exactamente lo que llevaba semanas necesitando.

Esto va a estar bien.

Me levantó las piernas y me las apoyó en sus hombros. Entró despacio, ajustando la presión a mi respuesta, atento a cada señal sin necesidad de palabras. Cuando sintió que yo cedía, que el cuerpo lo recibía sin resistencia, empezó a moverse con más firmeza.

Lo que siguió fue directo, sin adornos. Yo me movía contra él. Él empujaba más hondo con cada embestida. El sofá crujía contra la pared. Yo no hice mucho esfuerzo por callarme.

El primer orgasmo llegó más rápido de lo que esperaba, acumulado por semanas de espera y por la intensidad de tenerlo exactamente donde lo quería. Lo dejé pasar entero, sin cortarlo. Y cuando terminó, cuando el cuerpo volvió a estar quieto por un segundo, le pedí que cambiara de posición.

—Quiero que me lo hagas por atrás —le dije. Sin rodeos, sin suavizarlo.

Mateo no respondió con palabras. Me dio vuelta despacio. Puse las rodillas en el borde del sofá y me incliné hacia adelante. Él tomó su tiempo: fue entrando de a poco, dejando que el cuerpo se adaptara al ritmo que yo marcaba con la respiración. Hubo incomodidad al principio, esa tensión al límite que precede a todo lo que después vale la pena. Después se fue abriendo paso hacia adentro y el cuerpo empezó a responder de otra manera.

Le pedí que no se detuviera. Que lo hiciera más fuerte. Que llegara hasta el fondo en cada movimiento.

Lo hizo.

Cuando llegó al final lo sentí completo: la descarga, el calor, la presión liberándose de golpe. Me quedé quieta unos segundos con la frente apoyada en el respaldo del sofá. Respiré despacio. Mi cuerpo estaba exactamente donde quería estar.

***

Fuimos a la ducha juntos. No hubo romanticismo en eso, solo practicidad: los dos transpirados, el departamento caluroso, el agua fría del grifo que tardó dos minutos en calentar. Me lavé el pelo. Él se limpió. Y en algún momento, ahí parados bajo el agua, volví a tomarlo en la mano y lo sentí responder.

Me arrodillé en la base de la bañera con el agua cayendo sobre mis hombros. Lo tomé con la boca despacio, sin apuro, consciente de que tenía tiempo y de que eso también podía ser exactamente como yo quisiera. Lo escuché tensar el cuerpo. Lo escuché respirar distinto, más corto, más concentrado. Cuando llegó al final me quedé donde estaba y dejé que terminara en mi boca. Tragué tranquila, sin dramatismo.

Después nos envolvimos en toallas y nos sentamos en el borde de la cama. Estábamos cansados de una forma satisfecha, esa que no pide nada más por el momento. Él habló poco. Yo tampoco tenía mucho que decir. Fue uno de esos silencios que no necesitan llenarse.

Antes de irme le dije que había sido mejor de lo que esperaba. No era un halago calculado: era verdad.

—Para mí también —dijo.

***

Lo que empezó esa tarde se extendió durante varios meses. Sin estructura fija, sin promesas de ningún tipo: él me mandaba un mensaje, yo aparecía, o al revés. Cada encuentro era directo, concreto, sin el peso de las expectativas que complican las cosas cuando hay sentimientos de por medio. Aprendí a conocer su ritmo. Él aprendió a conocer el mío.

Había algo que yo disfrutaba más allá de lo evidente: la certeza de que yo había elegido eso. No había pasado por casualidad ni porque alguien me lo propuso. Lo había buscado, lo había planeado, lo había ejecutado. Esa sensación de control sobre lo propio es algo que tardé años en reconocer como algo valioso.

Con Sofía seguí estudiando, prestándome los apuntes, tomando café entre clase y clase. Nunca noté que ella sospechara. Nunca la vi distinta después de esa primera tarde, ni ella a mí. Compartíamos las mismas mesas de la biblioteca, los mismos pasillos, los mismos exámenes finales. Hay conversaciones que lo cambian todo sin que la otra persona lo sepa.

Cuando el año terminó, las cosas con Mateo se disolvieron solas, sin escenas ni explicaciones. Él se mudó de barrio. Yo seguí en la facultad. Nos cruzamos una vez más en la calle, nos saludamos con naturalidad y cada uno siguió su camino. Fue exactamente como tenía que terminar.

Lo que ese tiempo me dejó fue algo que entonces no sabía nombrar del todo pero que ahora entiendo con claridad: la confirmación de que puedo ir a buscar lo que quiero sin esperar que llegue solo. Que hay decisiones que se toman con la cabeza fría y resultan exactamente como uno calculó. Que el deseo, cuando se administra bien, no tiene por qué complicarse.

Son los recuerdos que guardo sin culpa, en ese cajón que abro de vez en cuando cuando necesito recordar quién soy.

Y que no le contaré a Sofía jamás.

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2.8 (12)

Comentarios (10)

GusLector

excelente!!!

Carmencita78

Esa sonrisa del comienzo lo dice todo. Me atrapó desde la primera línea, muy buen relato!

RobertoLect

Me encantó el tono, se siente como si lo estuvieras contando en voz baja. Confesiones así son las que mas me gustan.

MartinaBsAs

Ay dios jajaja me recordó cosas de la facu que no pensaba recordar hoy. Muy bueno, seguí escribiendo!!

ElCordobes99

Se me hizo corto, esperando ansioso la segunda parte si es que la hay!

Vero_relatos

Qué bien manejado el doble sentido desde el principio. Lo que no se dice en voz alta a veces es lo mas picante de todo.

DanteRios77

Siempre me dejan con ganas de saber que pasó al dia siguiente. Un relato muy bien escrito, gracias por compartirlo.

Mari_J81

Tiene ese algo que te atrapa sin necesidad de ser explicito. Mas así por favor :)

carlitos_mdq

jajaja ese final... definitivamente una invitacion. Muy bueno, seguí así

TucMán88

Se nota que escribís con experiencia propia. Le da una autenticidad que no tienen muchos relatos de acá. Buen trabajo.

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