Lo que nunca le conté a mi compañera de facultad
Hay recuerdos de la universidad que guardo solo para mí. No los cuento en reuniones de amigos ni los menciono en familia. Son los que viven en algún cajón cerrado con llave, esos que de vez en cuando abro cuando necesito recordar que fui una persona que supo arriesgarse. Lo que voy a contar ahora es uno de esos.
Fue en segundo año. Yo compartía la mayoría de las materias con Sofía, una chica de pelo negro y carácter fácil que vivía en el barrio de al lado del campus. Nos llevábamos bien sin ser amigas íntimas: estudiábamos juntas, nos prestábamos los apuntes y a veces salíamos con el mismo grupo. Nada más. Pero hay una noche que me cambió la perspectiva sobre ella y, sin que ella lo supiera, también sobre mí.
Fue en una salida de las nuestras, sin hombres. Cuatro chicas, un departamento pequeño, dos botellas de vino barato y la confianza que da el alcohol cuando la noche avanza. En algún momento la conversación derivó a los novios, como siempre deriva. Sofía llevaba casi dos años con Mateo, un chico que yo había visto un par de veces y que no me había generado ninguna impresión especial. Medio bajo, no especialmente guapo, pero con un cuerpo claramente trabajado. Ella lo mencionó con esa mezcla de ternura y frustración que tienen las personas cuando hablan de algo que no pueden resolver.
—El problema —dijo después de un silencio— es que la tiene demasiado grande. No me entra sin que termine adolorida.
Las demás se rieron. Yo no. Tomé un sorbo largo de vino y la escuché con más atención de la que aparentaba.
Sofía explicó que terminaba con el coño hinchado después de cada polvo, que habían ido reduciendo la frecuencia hasta casi nada, y que Mateo, con toda esa verga sin usar, seguramente se la metía a otra o se hacía pajas hasta vaciarse. Lo dijo sin resentimiento real, casi como un hecho que ya había aceptado. Las demás cambiaron el tema pronto. Yo me quedé pensando.
No en Sofía. En Mateo. En su polla. En el tamaño exacto. En cómo se sentiría eso adentro de una que sí supiera recibirla.
***
Tardé dos semanas en actuar. No fue un impulso: fue una decisión que fui tomando despacio, con calma, mientras pesaba lo que me importaba y lo que no. Sofía no era mi amiga del alma. Mateo no le era fiel de todas formas, según ella misma lo había insinuado. Y yo llevaba varios meses con una vida sexual que no me daba lo que necesitaba: dos tipos con pollas normales, sin idea de coger, que se corrían antes de que yo empezara.
Conseguí el nombre del gimnasio donde entrenaba a través de una conversación casual con Sofía sobre rutinas de ejercicio. Me cambié a ese gimnasio sin decirle nada. Fui un martes por la tarde, con la excusa mental de que solo iba a ver.
Mateo entrenaba en la zona de pesas con la concentración de alguien que lleva años en eso. Usaba una remera cortada que dejaba los hombros al descubierto y un pantalón ajustado que no dejaba mucho a la imaginación. Entendí de inmediato por qué Sofía lo había mencionado en esos términos. Incluso vestido se le marcaba el bulto contra el muslo, denso y largo, y la vista sola me apretó las bragas. Se movía por el espacio como si supiera que lo miraban, sin ostentación pero tampoco sin descuido.
Lo observé sin disimulo durante media hora. Él se dio cuenta. Esas cosas se notan siempre, y él tenía suficiente experiencia para reconocerlas.
Al día siguiente volví. Esta vez no hice ningún esfuerzo por parecer discreta: lo miré directamente cuando cruzamos el área de cardio, y sostuve la mirada hasta que él la apartó primero. Cinco minutos después se me acercó con el pretexto de preguntarme si usaba una mancuerna que tenía a mi lado.
—No, está libre —le dije.
—Me parecía haberte visto antes. ¿No sos amiga de Sofía?
—Compañera de facultad. Ella me habló bien de este gimnasio.
Sonrió. Era una sonrisa que sabía lo que valía, de alguien acostumbrado a que eso funcione. Y funcionó, aunque yo ya había decidido que funcionaría antes de que él abriera la boca.
Hablamos durante veinte minutos apoyados contra la pared del fondo. Cuando me preguntó si quería tomar algo esa tarde, le dije que prefería ir directamente a su casa.
Hubo un segundo de silencio.
—Bien —dijo.
***
Su departamento era pequeño y ordenado, en un cuarto piso sin ascensor. Llegué puntual, con los nervios justos que dan las expectativas reales: no los que paralizan, sino los que despiertan. Ya subiendo la escalera sentí que el coño me pulsaba.
Mateo abrió la puerta con la misma remera del gimnasio. Me hizo pasar al living, que tenía un sofá grande contra la pared y una ventana con vista a los techos del barrio. No había decoración especial. Era el departamento de alguien que vivía solo y no le daba importancia a eso.
Me ofreció algo de tomar. Le dije que no. Me saqué la campera y la dejé en el respaldo de una silla.
—¿Qué querés escuchar? —preguntó, aunque creo que ya sabía la respuesta.
—Nada —dije—. Quiero ver qué tenés ahí abajo.
Me había puesto un vestido sencillo, sin nada debajo. Me lo quité despacio, sin hacer de eso un show, pero sin apuro tampoco. Cuando quedé desnuda frente a él en el living iluminado solo por la luz de la calle, con las tetas al aire y los pezones ya duros, vi en su cara exactamente lo que quería ver: atención total, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir. Los ojos se le fueron directo al triángulo entre mis piernas y se quedaron ahí.
Él era más bajo que yo. Se puso de pie, me rodeó la cintura con los brazos y apoyó la cara contra mi cuello. Lo sentí respirar hondo, oler mi piel. Sus manos recorrieron mis caderas con calma, moldeando cada curva, y bajaron hasta ahuecarme el culo con las dos palmas abiertas. Me lo apretó fuerte, separándome los cachetes, y sentí contra la cadera el bulto tenso, gordo, empujando la tela del pantalón. Me llevé la mano ahí para confirmarlo. Cerré los dedos alrededor y no llegué a rodearlo. Era tan grueso como Sofía había dicho, y todavía estaba a medias.
—Vas a portarte bien con esto —murmuré, más para mí que para él.
Me empujó suave hacia el sofá. Me recosté, con las piernas abiertas ya sin pudor. Él se arrodilló en el suelo frente a mí y me separó los muslos con las palmas abiertas, empujándomelos hasta pegármelos al pecho. Me miró el coño de cerca, sin apuro, como quien inspecciona algo que va a comer despacio. Después bajó la cabeza y empezó a chuparlo sin preámbulos ni rodeos.
La lengua se le movía plana y ancha sobre los labios, subiendo hasta el clítoris y bajando otra vez, ensalivándome entera. Después me la metió adentro, todo lo largo que pudo, y me la clavó ahí a un ritmo lento que me hacía apretar los talones contra su espalda. Me chupaba el clítoris entre los labios, lo soltaba, volvía a bajar. Me metió dos dedos gruesos mientras seguía trabajándome con la boca y los curvó hacia arriba, buscando el punto exacto por dentro. Cuando lo encontró, dejó ahí la presión constante y no la soltó. No era perfecto, pero lo hacía con ganas auténticas, con hambre real, y eso en ese momento valía más que cualquier técnica.
Me tomé mi tiempo. No me dejé llevar por el primer impulso de urgencia, sino que fui dejando que la tensión se acumulara capa sobre capa. Cerré los ojos. Escuché el sonido de la ciudad afuera, el tráfico lejano, el zumbido del refrigerador en la cocina, y por debajo el ruido húmedo de su boca contra mi coño empapado. Le agarré la cabeza con las dos manos y le marqué el ritmo, empujándole la cara contra mí cada vez que la lengua daba en el punto justo. Todo eso junto con lo que estaba pasando me puso en un estado de concentración que a veces se confunde con distancia pero que en realidad es lo opuesto: estar completamente presente.
Me vine así, la primera vez, apretándole la cabeza entre los muslos y arqueándome contra el sofá. Él no paró. Siguió lamiéndome despacio mientras yo me sacudía, alargándomelo, hasta que le tuve que empujar la frente para que me soltara el clítoris.
Mateo se levantó. Se quitó la remera con un movimiento y después el pantalón. Y ahí estaba.
Sofía tenía razón en todo. Larga, gruesa, con la cabeza morada y venas marcadas a lo largo del tronco. Le colgaba entre las piernas ya del todo dura, apuntando al techo, con una gota clara asomando en la punta. Le calculé a ojo: tres dedos de ancho, más de veinte centímetros. Pero donde ella veía un problema, yo vi exactamente lo que llevaba semanas necesitando.
Esto va a estar bien.
Me senté en el borde del sofá y se la agarré con la mano. No llegaba a cerrar los dedos alrededor. Se la sacudí un par de veces, sintiendo el peso, la dureza, la vena gorda que le corría por abajo. Me acerqué y le pasé la lengua por la punta, recogiendo la gota. Después me la metí en la boca hasta donde pude, que no fue todo, y le sentí el sabor a piel limpia y sudor de gimnasio. Lo escuché soltar el aire de golpe.
Le chupé la polla despacio, con una mano en la base y la otra pesándole los huevos. Se la saqué y le pasé la lengua por toda la longitud, desde la raíz hasta la punta, marcándole la vena con la lengua plana. Después volví a metérmela, esta vez más adentro, hasta que me golpeó el fondo de la garganta y me obligó a apartarme tosiendo un poco. Los ojos se me llenaron de agua. Volví a intentarlo. Le babeé la verga entera y le hice bombear con las dos manos mientras le chupaba solo la cabeza.
—Vení, tirate acá —me dijo con la voz ronca, apartándome de la boca antes de que fuera demasiado tarde.
Me recosté otra vez. Me levantó las piernas y me las apoyó en sus hombros, plegándome en dos. Se guió con la mano y me apoyó la cabeza de la polla en la entrada del coño. Yo estaba tan mojada que se la sentí resbalar arriba y abajo, mojándose entera, antes de que empezara a empujar.
Entró despacio, ajustando la presión a mi respuesta, atento a cada señal sin necesidad de palabras. Sentí el estiramiento primero: los labios abriéndose, cediendo, ese instante en que el cuerpo duda si va a caber. La punta se abrió paso y solté un gemido largo. Empujó otro centímetro. Otro. Me abrió por dentro despacio, ganando terreno de a poco, hasta que sentí los huevos apoyarse contra mi culo y supe que la tenía entera dentro.
—Toda —le dije, respirando por la boca.
Cuando sintió que yo cedía, que el cuerpo lo recibía sin resistencia, empezó a moverse con más firmeza. Sacaba la verga casi entera y la volvía a clavar hasta el fondo, con un ritmo parejo que me hacía sacudir las tetas contra el pecho. Yo me movía contra él, buscándolo, apretándolo con las piernas cruzadas atrás de su espalda. Él empujaba más hondo con cada embestida. El sofá crujía contra la pared. Yo no hice mucho esfuerzo por callarme: gemía fuerte, le pedía más, le decía que me la metiera toda, que no aflojara.
—Así, hijo de puta, así, no pares.
Me la clavaba con las caderas apretadas contra las mías, los huevos golpeándome el culo con cada estocada. Se me llenó todo el bajo vientre de esa presión sorda que anuncia lo que viene. El segundo orgasmo se me armó rápido, acumulado por semanas de espera y por la intensidad de tenerlo exactamente donde lo quería. Me vine gritando contra su boca cuando bajó a besarme, apretándole la polla por dentro con los espasmos, y él siguió cogiéndome sin cambiar el ritmo, alargándomelo. Lo dejé pasar entero, sin cortarlo. Y cuando terminó, cuando el cuerpo volvió a estar quieto por un segundo, le pedí que cambiara de posición.
—Quiero que me la metas por el culo —le dije. Sin rodeos, sin suavizarlo.
Mateo no respondió con palabras. Se la sacó del coño con un ruido húmedo, me dio vuelta despacio, y me acomodó de rodillas en el borde del sofá. Puse las manos contra el respaldo y me incliné hacia adelante, arqueando la espalda para levantarle el culo. Le sentí las manos abrirme las nalgas. Escupió. La saliva me bajó tibia entre los cachetes. Después me pasó dos dedos, ensalivándome el agujero, metiéndolos uno por uno con paciencia hasta que el músculo empezó a ceder.
Le sentí la cabeza de la polla apoyarse ahí, todavía embadurnada de mis flujos del coño. Empujó. Al principio no entraba: era demasiado gruesa para el agujero cerrado. Pero él tomó su tiempo, presionando parejo, dejando que el cuerpo se adaptara al ritmo que yo marcaba con la respiración. Yo empujé hacia atrás, respirando hondo, obligándome a abrirme. Hubo un instante de dolor cuando la cabeza pasó, una tensión al límite que precede a todo lo que después vale la pena. Solté el aire y solté un gemido largo cuando la sentí adentro.
Después se fue abriendo paso hacia el fondo centímetro a centímetro y el cuerpo empezó a responder de otra manera. El culo me quemaba y me latía a la vez, lleno hasta un punto que no había conocido antes. Le sentí la mano bajar y buscarme el clítoris mientras seguía empujando. Me lo trabajó en círculos, sincronizando los dedos con las caderas. Cuando la tuvo entera adentro, se quedó quieto un segundo, dejándome sentirla toda.
Le pedí que no se detuviera. Que me la clavara más fuerte. Que llegara hasta el fondo en cada movimiento.
Lo hizo. Empezó a cogerme el culo con embestidas parejas, sacándola casi entera y volviéndola a clavar hasta que los huevos me chocaban el coño mojado. Me tenía agarrada de la cadera con las dos manos, tirándome hacia atrás cada vez que empujaba. Yo apreté los dientes contra el respaldo del sofá para no gritar tan fuerte. El culo se me había abierto para él y ya no me quemaba: me latía de puro placer.
—Más fuerte, más, hasta el fondo —le pedí, y él obedeció sin decir palabra.
Se me armó el tercer orgasmo con la polla clavada ahí atrás y sus dedos trabajándome el clítoris al mismo tiempo. Fue distinto: más profundo, más sordo, saliendo de un lugar más adentro del cuerpo. Me estremecí entera y le apreté la verga con el agujero al venirme. Él me sintió venir y perdió el ritmo por primera vez. Empujó dos veces más, muy hondo, y lo escuché soltar un gruñido corto.
Cuando llegó al final lo sentí completo: la descarga, el calor, la presión liberándose de golpe adentro mío. Los chorros me llenaron el culo, uno tras otro, calientes contra las paredes. Se quedó quieto ahí, con la polla todavía dura hundida hasta el fondo, hasta terminar de vaciarse. Me quedé quieta unos segundos con la frente apoyada en el respaldo del sofá. Cuando la sacó, sentí la corrida bajarme por la cara interna del muslo. Respiré despacio. Mi cuerpo estaba exactamente donde quería estar.
***
Fuimos a la ducha juntos. No hubo romanticismo en eso, solo practicidad: los dos transpirados, el departamento caluroso, la corrida chorreándome por las piernas, el agua fría del grifo que tardó dos minutos en calentar. Me lavé el pelo. Él se limpió. Y en algún momento, ahí parados bajo el agua, volví a agarrársela con la mano y la sentí responder, hinchándose otra vez despacio contra mi palma.
Me arrodillé en la base de la bañera con el agua cayendo sobre mis hombros. La tuve en la mano y le pasé la lengua por toda la longitud primero, subiendo desde los huevos hasta la punta. Después me la metí en la boca despacio, sin apuro, consciente de que tenía tiempo y de que eso también podía ser exactamente como yo quisiera. Le chupé la cabeza mientras le bombeaba la base con la mano cerrada. Le pasé la lengua por debajo del glande, en el punto donde sabía que se iban a poner peor. Lo escuché tensar el cuerpo. Le tomé los huevos con la otra mano y se los pesé, apretándoselos apenas mientras seguía chupándole la verga hasta el fondo de la garganta.
Me la clavé en la boca todo lo que pude, dejándola quieta ahí hasta que necesité aire. La saqué, respiré, volví a metérmela. La saliva me chorreaba por la barbilla y le bajaba por los huevos, mezclándose con el agua de la ducha. Lo escuché respirar distinto, más corto, más concentrado. Cuando le sentí latir la verga en la boca supe que estaba por acabar. Le apreté la base con la mano y me concentré en la cabeza, chupándosela rápido y trabajándole el frenillo con la punta de la lengua.
Se vino con un gemido ronco, agarrándome del pelo mojado. Cuando llegó al final me quedé donde estaba y dejé que terminara en mi boca. Sentí los chorros calientes uno tras otro contra la lengua, espesos, con ese sabor salado. Tragué tranquila, sin dramatismo, y le limpié la punta con la lengua para que no perdiera ni una gota.
Después nos envolvimos en toallas y nos sentamos en el borde de la cama. Estábamos cansados de una forma satisfecha, esa que no pide nada más por el momento. Él habló poco. Yo tampoco tenía mucho que decir. Fue uno de esos silencios que no necesitan llenarse.
Antes de irme le dije que había sido mejor de lo que esperaba. No era un halago calculado: era verdad.
—Para mí también —dijo.
***
Lo que empezó esa tarde se extendió durante varios meses. Sin estructura fija, sin promesas de ningún tipo: él me mandaba un mensaje, yo aparecía, o al revés. Cada encuentro era directo, concreto, sin el peso de las expectativas que complican las cosas cuando hay sentimientos de por medio. Aprendí a conocer su ritmo. Él aprendió a conocer el mío. Aprendí a tragarme la polla entera sin arcadas, y él aprendió exactamente dónde tocarme para hacerme acabar en menos de un minuto.
Había algo que yo disfrutaba más allá de lo evidente: la certeza de que yo había elegido eso. No había pasado por casualidad ni porque alguien me lo propuso. Lo había buscado, lo había planeado, lo había ejecutado. Esa sensación de control sobre lo propio es algo que tardé años en reconocer como algo valioso.
Con Sofía seguí estudiando, prestándome los apuntes, tomando café entre clase y clase. Nunca noté que ella sospechara. Nunca la vi distinta después de esa primera tarde, ni ella a mí. Compartíamos las mismas mesas de la biblioteca, los mismos pasillos, los mismos exámenes finales. Hay conversaciones que lo cambian todo sin que la otra persona lo sepa.
Cuando el año terminó, las cosas con Mateo se disolvieron solas, sin escenas ni explicaciones. Él se mudó de barrio. Yo seguí en la facultad. Nos cruzamos una vez más en la calle, nos saludamos con naturalidad y cada uno siguió su camino. Fue exactamente como tenía que terminar.
Lo que ese tiempo me dejó fue algo que entonces no sabía nombrar del todo pero que ahora entiendo con claridad: la confirmación de que puedo ir a buscar lo que quiero sin esperar que llegue solo. Que hay decisiones que se toman con la cabeza fría y resultan exactamente como uno calculó. Que el deseo, cuando se administra bien, no tiene por qué complicarse.
Son los recuerdos que guardo sin culpa, en ese cajón que abro de vez en cuando cuando necesito recordar quién soy.
Y que no le contaré a Sofía jamás.