Nunca olvidé su boca después de aquella tarde
El despertador sonó. No me moví. Desde el pasillo, mi madre llamó a gritos usando ese tono que mezclaba el amor con la impaciencia. Me levanté de mala gana, me puse unos vaqueros rotos y una camiseta de Iron Maiden, desayuné algo de pie y caminé las calles en cuesta que separaban mi barrio de la facultad.
Lo odiaba. Siempre lo había odiado. A mis diecinueve años, ya en segundo de carrera, lo único que lo hacía tolerable era el grupo de amigas con el que compartía las clases que más me gustaban. Ese martes de octubre, sin embargo, la clase de historia iba a deparar algo que no estaba en el programa.
Don Ernesto, el profesor, nos anunció que el Franquismo entraba para el examen final pero que no iba a llegar a tiempo de explicarlo, así que haríamos un trabajo en parejas. No con quien quisiéramos: por orden de lista.
Me tocó Nicolás.
Lo conocía de vista: moreno, gafas redondas, el pelo un poco largo. Unas semanas antes lo había escuchado reírse con un compañero de que yo estudiara latín, diciéndole que era una lengua muerta y que para qué servía. Me había caído fatal desde ese momento.
Me acerqué a su mesa sin mucho entusiasmo.
—Nos ha tocado juntos. Yo tampoco lo elegiría —solté.
Él levantó la vista con las mejillas ligeramente rojas. El chico de al lado, Pablo, se rió por lo bajo.
—¿Quieres que lo cambiemos? —preguntó Nicolás rascándose la nuca.
—No, da igual. ¿A las cinco en mi casa?
—Sí, claro.
***
Llegó puntual. Mi madre había salido al trabajo y tenía el piso para mí sola. Le abrí la puerta con la ropa que me había puesto al llegar de la facultad: una camiseta de tirantes y un pantalón corto de pijama. No era la ropa que hubiera elegido para recibir a nadie, pero tampoco se me había ocurrido cambiarme.
Importó, al final.
Pusimos hard rock de fondo y empezamos con el trabajo. En los primeros veinte minutos descubrí que Nicolás sabía más de música que casi nadie que conocía. Hablamos de bandas durante un buen rato antes de recordar lo que teníamos que hacer. Me sentía cómoda. Mucho más de lo que esperaba.
—A mí no me disgusta nada haber tenido que venir —dijo en un momento dado, mirando la pantalla del portátil.
Lo miré de reojo.
—Creí que te caía mal. Lo del latín.
—Fue una estupidez. Era por llamarte la atención.
—Qué forma más rara de hacerlo —dije, y los dos nos reímos.
No terminamos el trabajo esa tarde. Quedamos para el día siguiente. Cuando se fue, me quedé en el sofá con la música puesta, pensando que Nicolás, que a primera vista no era el tipo que me solía llamar la atención, me había parecido de repente algo completamente distinto.
***
Al día siguiente volvió. Esta vez yo llevaba la misma camiseta oversize, pero debajo de la cintura solo tenía unas braguitas de encaje. No fue una decisión del todo consciente. Quizás un poco sí.
Terminamos el trabajo en tiempo récord. Cuando me levanté a servirle más refresco, la camiseta se subió lo suficiente al estirar el brazo y le enseñé sin querer —o queriendo— el encaje de las bragas y el nacimiento del culo. Al sentarme de nuevo vi que se movía incómodo en el sofá y que la polla se le marcaba bajo el vaquero, ya despierta.
Me gustó darme cuenta de ese efecto. Me puso muy cachonda. Sentí la humedad empezando entre los muslos, apretándome el encaje.
—Ya está, hemos terminado —dije—. Me da hasta pena, la verdad.
—A mí también. —Bajó la voz—. Y dudo mucho que yo te haya sorprendido. No suelo sorprender a nadie. Ni he estado con nadie, la verdad. Ni un beso.
Lo dijo sin dramatismo, casi de pasada. Me quedé con esa frase un segundo, mirándolo. Y entonces sentí algo que no esperaba: deseo. No compasión, no ternura. Ganas de ser la primera.
—¿Me dejas solucionar eso? —pregunté.
Me miró sin moverse del sitio.
—¿Me estás pidiendo permiso para besarme?
—¿No quieres?
—Valentina —dijo despacio—, te dejaría hacerme lo que quisieras.
Me acerqué sin prisa. Le puse la mano en la cara y lo besé. Despacio al principio, después con más fondo. Le mordí el labio de abajo, se lo chupé, le metí la lengua entera en la boca y le escuché soltar un gemido que salió de algún lugar hondo del pecho. Me senté encima de él a horcajadas y noté enseguida cómo se le ponía la polla dura debajo del vaquero, un bulto caliente que se apretaba contra mi coño, con solo el encaje empapado de las bragas por medio. Empecé a moverme lento contra él, restregándome, buscando esa fricción exacta que me hacía cerrar los ojos.
—Joder —murmuró contra mi cuello.
Tenía las manos en mi espalda, nerviosas pero no torpes, subiendo por debajo de la camiseta oversize. Le cogí del pelo y le tiré la cabeza hacia atrás para chuparle el cuello, para morderle la vena que le latía como si tuviera vida propia. Le ayudé a quitarme la camiseta de un tirón. Debajo estaba desnuda de cintura para arriba. Sus ojos se quedaron clavados en mis tetas y las manos le temblaron un segundo antes de subírselas.
—¿Puedo? —preguntó con la voz ronca.
—Hazlo ya.
Me las apretó primero con las palmas enteras, apretándomelas contra el cuerpo. Después bajó la boca y me chupó un pezón entero, envolviéndolo con la lengua, mordiéndomelo suave hasta hacerme arquear. Se pasó al otro. Los alternaba con la lengua, con los labios, mientras yo seguía restregándome encima de él, buscándole la polla dura debajo del pantalón. La mancha de humedad de mis bragas crecía y crecía sobre el vaquero. Le bajé la mano por el vientre y le desabroché el botón. Le metí la mano dentro del calzoncillo. La tenía dura como una piedra, gorda, caliente. Se la agarré entera y él soltó un gruñido en mi pecho.
—No sabes desde cuándo llevo empalmado por ti —susurró.
—Enséñamela.
Se bajó el pantalón hasta los muslos. La polla le rebotó contra el vientre, gruesa, con la punta ya mojada de líquido preseminal. Se me hizo la boca agua. Se la trabajé con la mano de arriba abajo, escupí en la palma para deslizarla mejor, mientras él me metía la mano por dentro de las bragas y me buscaba el clítoris con dos dedos.
—Estás empapada —susurró.
—Es tu culpa.
Empezó a mover los dedos en círculos, torpe al principio pero aprendiendo rápido, dando con el ritmo exacto. Me metió uno y luego dos, curvándolos hacia arriba mientras seguía comiéndome las tetas. Yo le apretaba la polla, le pasaba el pulgar por el capullo, le extendía el líquido por todo el glande. Sentía la humedad chorreándome por el muslo.
No fue directo al grano. Fue despacio, mirándome a los ojos cada vez que yo arqueaba la espalda. Tenía la boca abierta y caliente, y sabía lo que hacía aunque dijera que era la primera vez. O quizás precisamente por eso: sin vicios, sin prisa, atento a todo.
—Como no pares voy a pedirte que me folles —dije con la respiración cortada.
—Es lo único que quiero —respondió con la voz ronca.
Me deslicé al suelo, de rodillas entre sus piernas. Le lamí la polla desde la base hasta la punta. Un lametón largo, húmedo. Él soltó un gruñido ahogado.
—Valentina... joder...
Me la metí en la boca entera hasta donde pude. Se la chupé despacio, sacando y metiendo, notando cómo se le tensaba todo el cuerpo. Se la escupí entera y le pasé la lengua por los huevos, se los besé, volví a metérmela en la boca hasta el fondo. Le hundí una mano en el pelo. Con la otra le acariciaba los huevos y le apretaba la base. Se me llenó la boca de baba y de su sabor. Le sentí temblar.
—Para, para, o me corro ya —jadeó.
Le solté con un chasquido. Me subí encima de él otra vez y le tiré del encaje para arrancármelas de un lateral. Me quedé desnuda, con la polla dura apretada entre nuestros vientres, buscando el ángulo para metérmela.
Y justo entonces escuché la llave en la cerradura.
Me bajé de él de un salto. Corrí al baño a por un pantalón de pijama y a limpiarme el chorreo con papel. Cuando salí, Nicolás estaba recto en el sofá con el portátil encima de las piernas y un cojín estratégicamente colocado sobre la polla, que se le notaba todavía dura debajo. Mi padre entró tarareando algo, preguntó si estábamos estudiando y se fue a la cocina.
Nos pasamos el trabajo en papel con las manos temblorosas y sin mirarnos demasiado a los ojos.
***
Al día siguiente, corriendo alrededor de la pista de atletismo del campus, Nicolás se puso detrás de mí. Al terminar me susurró al oído que había estado mirando cómo se me movía el culo todo el rato y que había estado empalmado media hora.
Esa tarde no me escribió.
Ni esa noche. Ni el día siguiente. Ni el siguiente.
Al cabo de una semana supe lo que había pasado: su padre, del que estaba distanciado, había muerto en un accidente de tráfico. Su madre, que era de Valencia, decidió volver allí con los dos hijos. Nicolás se fue sin cargador, sin poder avisar bien. Cuando por fin consiguió uno compatible, ya llevaba días fuera.
—Lo siento mucho. No sé cuándo volvemos. Me encantaría verte —me escribió.
—Lo siento yo. Espero que estés bien —contesté.
Pero no volvió. Llegaron los exámenes finales. El verano. Otro curso. Un mensaje más en septiembre diciéndome que los exámenes le habían ido bien. Para cuando él estuvo de vuelta en la ciudad, yo estaba de viaje con unos tíos. Cuando volví, él ya no estaba. Y así se quedó.
***
En los años que siguieron conocí a mucha gente. Chicos, chicas. Sexo con regularidad, sin compromiso. Pero cuando alguien me metía la polla, pensaba en cómo se habría sentido la suya. Cuando alguna chica me chupaba los pezones, pensaba en su boca torpe y precisa a la vez sobre mis tetas aquella tarde en el sofá.
Era mi cuenta pendiente.
Me daban celos de mujeres que no conocía. Envidiaba a fantasmas que no existían. Y también sentía algo parecido al rencor, aunque no tenía derecho a ello: él no había vuelto, pero yo tampoco fui a buscarlo. Ninguno de los dos fue, y los dos pagamos el precio.
***
El club de Rodrigo estaba a las afueras, en una nave industrial reformada con buen gusto: paredes oscuras, buena música rock, luz tenue. Lo conocí una noche que fui con unas amigas por curiosidad. Era un lugar para adultos, para conocer gente, para intercambios de parejas. Rodrigo se acercó a presentarse como el dueño del local y aquella misma noche terminamos en una de las habitaciones del fondo. Cuatro años después me había pedido que me casara con él.
Nos queríamos. Nuestra relación no era convencional: a él le gustaba experimentar y yo se lo permitía, aunque raramente participaba. Aquella noche de Año Nuevo, sin embargo, algo iba a cambiar.
Era una fiesta para parejas. Las habitaciones privadas estaban cerradas esa noche para los clientes; las llaves las teníamos nosotros. Rodrigo tenía una lista de parejas inscritas. Cenamos con mi familia, brindamos con las uvas y fuimos al club.
Me había puesto un corsé negro que levantaba mucho el escote y una falda vaquera bastante corta. Rodrigo me miró al quitarme el abrigo.
—¿Quieres que te coman con la mirada?
—Quizás —dije alargando la palabra.
Empezó a llegar la gente. Yo me quedé en la barra ayudando a Carmen, la camarera de confianza, mientras Rodrigo hacía las veces de portero en la entrada.
Iba por el tercer cóctel de la noche cuando entró una mujer rubia con un vestido demasiado elegante para el sitio y unos tacones de vértigo. Pidió un vodka con hielo para ella y un cubata para su pareja. Me giré a prepararlos y, al volver, busqué con la vista al acompañante, que estaba de espaldas observando el local.
Lo reconocí antes de que se girara. La espalda ancha, la altura, el pelo oscuro recogido con una goma negra. Cuando giró los ojos hacia la barra y vi sus gafas, el suelo se movió bajo mis pies.
Él me miró y se quedó completamente inmóvil.
Dios mío.
—¿Para quién es el vodka? —pregunté con toda la calma que pude.
—Para mí, que soy la fuerte de la relación —dijo la rubia riendo.
Nicolás no había abierto la boca. Me miraba fijo.
Rodrigo entró en la barra un momento y se acercó a saludarlos.
—¿Ya conocisteis a mi novia? Chicos, ella es Valentina.
—Lorena —dijo la rubia—. Y él es Nico.
Carmen me miró de reojo cuando se alejaron.
—Ese tipo te ha mirado como si te conociera de antes.
—Lo conozco —dije sin más.
***
Rodrigo me buscó en el almacén diez minutos después.
—¿Te gusta el tipo ese?
—Rodrigo.
—En serio. La rubia me parece perfecta para lo nuestro. Si quieres probar con él, lo dejo a tu elección.
—No me importa experimentar —dije—. Pero yo también quiero estar con él.
—Lo imaginaba por cómo te miraba. Cuando termine la noche, vamos a casa...
—No. Aquí. En las habitaciones.
Rodrigo sonrió.
—¿Empezamos todos juntos?
—Sí. Después quiero una habitación para mí.
***
Sonaba una canción que Nicolás y yo habíamos escuchado once años antes aquella tarde en mi sofá. Lorena fue a la barra a por otro vodka. Yo salí a la pista y me acerqué a él.
—Me encanta esta canción —le dije.
—Lo sé. Me acuerdo —respondió, y me apartó un mechón de pelo de la cara con la mano, con una naturalidad que me desarmó por completo.
Me ruboricé como si volviera a tener diecinueve años.
—¿Y te acuerdas de mí?
—Más de lo que crees. ¿Por qué nunca volviste a escribirme?
—Un tipo de clase me dijo que ya estabas con alguien cuando volviste en septiembre. Me dolió mucho.
—Eso no era verdad. No estuve con nadie ese año. Sufrí muchísimo que desaparecieras así.
—Entonces sufrimos los dos sin saber que el otro también sufría.
Nos quedamos callados un segundo. La música llenaba el silencio entre los dos.
—Rodrigo se quiere follar a tu novia —dije al final, directa.
—Lo sé. Y yo llevo once años queriendo terminar lo que empezamos aquella tarde en tu casa.
Sentí que me temblaban las rodillas.
—Esta vez no se abre ninguna puerta —dije.
***
La habitación tenía poca luz y olía a madera oscura. Entramos los cuatro, pero en cuanto Rodrigo y Lorena se encontraron al otro extremo de la cama, Nicolás me cogió por la cintura y me separó del resto como si llevara once años esperando ese gesto.
Me plantó la espalda contra la pared y me besó como si quisiera comerse los once años perdidos de golpe. Me metió la lengua hasta el fondo, me mordió el labio, me apretó la mandíbula con una mano. Me quitó el corsé despacio, cordón a cordón, con más paciencia de la que esperaba, hasta que las tetas me quedaron libres frente a él.
—Joder —dijo—. Ya no eres una cría.
—Ni tú un virgen —respondí.
—Por tu culpa.
Se puso de rodillas frente a mí y subió con la lengua desde mi costado hasta el pecho, dejando la boca en cada tatuaje que encontraba. Se tomó su tiempo en el pezón: me lo lamió, me lo apretó suave con los labios, me lo mordió con cuidado. Yo le tenía la cabeza cogida por el pelo, tirándole cuando quería que subiera un poco más.
Al otro lado de la cama, la voz de Rodrigo se mezclaba con jadeos de Lorena y con el sonido inconfundible de una boca chupando una polla. Se me metió el sonido en el cuerpo, me puso más cachonda todavía. Nicolás me miró un instante, comprobando cómo lo llevaba.
—¿Te pone escucharlos? —susurró.
—Me pones tú.
Me subió la falda del todo y me arrancó las bragas de un lateral. Me metió la mano entre las piernas y encontró el chorreo enseguida. Sonrió contra mi tripa.
—Empapada.
—Once años llevo así.
Me metió dos dedos y los curvó hacia dentro. Me puso el pulgar en el clítoris y empezó a hacerme círculos lentos. Yo tenía la cabeza apoyada contra la pared, la boca abierta, y le veía la cara pegada a mi vientre mientras me trabajaba con la mano. Se acercó con la boca y me lamió justo encima de donde tenía los dedos metidos, chupándome el clítoris a la vez que me abría por dentro.
—Hostia... —jadeé.
—¿Esto hace que quieras que te folle? —susurró mirándome a los ojos, con la boca brillante de mi humedad.
—Desde hace once años —respondí.
En algún momento escuché la respiración agitada de Rodrigo al fondo de la habitación. Me importó poco.
Saqué las llaves de la segunda habitación del bolso y se las puse en la mano de Nicolás.
—Ahora.
***
Cerramos la puerta y el mundo se redujo a esa habitación.
Me empujó suave hacia la cama. Me tumbó boca arriba, me terminó de arrancar la falda y me rompió las medias de un tirón. Se quitó la camisa por la nuca, esa forma que tienen los tíos, y se desabrochó el pantalón sin dejar de mirarme. La polla le saltó fuera del calzoncillo, gorda, dura, con la punta hinchada y ya brillante.
—Enséñamela otra vez —dije.
Se acercó al borde de la cama. Me giré hacia él, se la agarré por la base con la mano y me la metí en la boca. Le pasé la lengua alrededor del glande, le besé el frenillo, se la chupé despacio de arriba abajo, sacándola entera para escupirle encima y volver a metérmela. Le lamí los huevos uno a uno, me los metí en la boca con cuidado, subí otra vez a la punta. Él me tenía cogida del pelo, no imponiendo, solo acompañando el ritmo. Le vi la cara: los ojos entornados, la boca abierta, y esa expresión de estar viviendo algo que llevaba once años imaginando.
—Túmbate —me pidió con la voz espesa—. Quiero comerte.
Me tumbé. Bajó con la boca desde el tobillo hasta el interior del muslo, despacio, con esa paciencia exasperante que me ponía a mil. Me chupó la cara interna del muslo, me la mordió, subió hasta la ingle. Me abrió las piernas con las manos y se quedó un segundo mirándome el coño, entero, expuesto, empapado.
—No sabes cuántas veces me la he cascado pensando en esto —dijo.
—Enséñame cómo.
Me lamió despacio. Sin prisa. Del perineo al clítoris, un lametón largo, entero. Después me abrió los labios con los dedos y me lamió por dentro, metiéndome la lengua, sacando y metiendo como si fuera una polla pequeña. Volvió al clítoris y lo succionó con cuidado, alternando lametones planos con círculos pequeñitos con la punta de la lengua. Me metió dos dedos a la vez que me chupaba, y los curvó hacia arriba buscando ese punto que hacía que se me tensaran las piernas.
—Joder, joder, joder... —jadeé.
Saboreó como si tuviera toda la noche, alternando entre lamer y succionar, atento a cada temblor de mis piernas. Entre pequeñas risas me preguntó si ya no podía más. Lo notó por los espasmos de mis muslos antes de que yo dijera nada. Yo tenía las manos apretadas en las sábanas, la espalda arqueada, y la boca abierta buscando aire. Cuando el primer orgasmo me sacudió, me apretó los muslos contra su cabeza para no soltarme y siguió lamiéndome hasta la última contracción, hasta que el placer se me hizo insoportable y le empujé la frente para que parara.
Cuando subió hasta mí le puse las manos en la cara. Se la limpié con el pulgar. Le besé y me probé entera en su boca.
—No cierres los ojos.
No los cerró.
Lo empujé de espaldas y me subí encima. Le agarré la polla, la usé para restregarme el clítoris un par de veces, y me la metí despacio, notando cada centímetro. Tenía la boca entreabierta, los ojos fijos en mí. Me llenaba por completo. Sentí cómo se acomodaba dentro de mí, cómo me abría, cómo palpitaba.
—Once años esperando esta polla —susurré.
—Móntame —jadeó él.
Empecé a moverme encima de él. Al principio despacio, subiendo y bajando entera, sacándosela casi del todo antes de volver a hundirla. Después más rápido, apoyándome con las manos en su pecho. Le vi los músculos de la mandíbula tensos, los labios apretados. Sus manos me sujetaban por las caderas y tiraban cuando yo aminoraba el ritmo, exigiéndome que no parara. Me incliné hacia delante y le di las tetas en la cara. Se las comió, chupándome un pezón mientras me apretaba el otro con la mano. Yo me movía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, chocando el culo contra sus muslos, escuchando el chapoteo de mi coño mojado tragándosela entera.
—Voy a correrme —jadeé.
—Córrete en mi polla —dijo con los dientes apretados—. Ahógamela.
Me clavé hasta el fondo, me apreté contra su pubis y me quedé quieta mientras me sacudía entera. Un orgasmo largo, profundo, de esos que te dejan la mente en blanco. Le sentí latir dentro de mí, aguantando por los pelos.
—Sácamela —pedí cuando pude respirar—. Quiero probarte.
Me puse boca arriba en el borde de la cama con la cabeza colgando hacia abajo. Se puso de pie delante de mí y me la metió despacio en la boca. En esa posición la garganta se abre distinto y me la pude tragar entera. Le sentí golpearme el fondo, entrando y saliendo, con las bolas apoyándose en mi nariz cada vez que se hundía. Escupí saliva alrededor para deslizarla mejor. Con una mano me toqué las tetas y con la otra bajé al clítoris. Me follaba la boca despacio, controlando, mirando hacia abajo cómo desaparecía entera en mí.
—No voy a aguantar —jadeó—. ¿Dónde te la acabo?
—En la boca —dije con la voz ahogada por su polla.
Aceleró. Empujó más fuerte, la mano apoyada en mi cuello, y sentí cómo se ponía todavía más dura justo antes de estallar. Se corrió a chorros dentro de mi boca, corridas espesas y calientes que me llenaron entera. Tragué lo que pude, el resto me chorreó por la comisura hacia el pelo. Yo me estaba tocando y llegué casi al mismo tiempo, un segundo orgasmo más pequeño pero igual de intenso, con su polla todavía dentro de mi boca palpitando las últimas contracciones.
Se la saqué despacio. Le lamí las últimas gotas del glande. Me limpié la comisura con el dedo y me chupé el dedo.
Nos quedamos boca arriba en silencio, respirando hacia el techo. La habitación olía a sexo y a once años de espera.
—No quiero que vuelvas a desaparecer —dije al final.
—Si no quieres que desaparezca, ya no podría aunque quisiera —respondió, y me dio un beso largo en la sien.
Alguien llamó a la puerta.
***
Al día siguiente me llegó un mensaje de un número que no tenía guardado.
«Soy Nico. Me llevé sin querer las llaves de la habitación. ¿Te las llevo mañana?»
Rodrigo tenía pádel por la tarde.
«Mañana a las cinco, perfecto», respondí.
Llegó a las cinco y cuarto. Viejas costumbres.
—Bonita casa —dijo dejando el abrigo en el perchero—. Y mente muy perversa, la tuya. Esas llaves no se metieron solas en mi bolsillo.
—Quería verte —dije sin rodeos—. Necesitaba una excusa.
Nos sentamos en el sofá. Intenté explicarle lo que pensaba: que lo deseaba, que siempre lo había deseado, pero que tenía algo construido con Rodrigo, once años de vida compartida, un futuro que no podía ignorar. Que no sabía si lo nuestro podía ser algo más que deseo.
—Para mí perdí a una chica increíble el día que me marché —dijo con la voz un poco rota—. Te comparé con todas las que conocí después. Ninguna era tú. Y ahora te encuentro y voy a perderte otra vez.
Le cogí las manos. Una lágrima le resbaló por la mejilla. Se la besé donde estaba húmeda. Le rodeé el cuello con los brazos.
—También te he buscado —dije—. Mil veces. Pero en el sexo. A veces sin tu recuerdo no era capaz de correrme.
Nos quedamos en silencio un minuto entero.
—Llevamos veinte minutos sentados aquí —dije al final—. Haz cuentas de cuántas veces he pensado en besarte.
Le besé. Fondo total, lengua y manos y sin disculpas. Le desabroché la camisa, botón a botón, y le pasé la lengua por el pecho mientras bajaba. Le desabroché el cinturón, le bajé el pantalón y el calzoncillo de un tirón. La polla le saltó libre, ya tan dura como la recordaba de dos noches antes. Se la agarré por la base, me la acerqué a la cara y me la metí sin ceremonia. Se la chupé profundo, apretándole los huevos con la otra mano, sacándomela solo para escupirle encima y volver a tragarla. Él me tenía la cabeza cogida con las dos manos, no forzando, solo sujetando.
—Vas a hacer que me corra en dos minutos —jadeó.
—Todavía no.
Me levanté, me quité el vestido por la cabeza y le presenté el coño empapado a la altura de su cara. Le empujé hacia atrás en el sofá y me subí encima con las rodillas a cada lado, poniéndoselo directamente en la boca. Nicolás me lamió como si llevara días muerto de hambre. Ya no era el chico dudoso del sofá: era un tío que sabía exactamente qué hacer con la lengua. Me abrió con dos dedos, me chupó el clítoris haciendo el vacío con la boca, me metió tres dedos a la vez que me lamía y los movió rápido, apretándome contra el punto exacto por dentro. Yo tenía las manos en su pelo, la cabeza echada hacia atrás, moviéndole la cara contra mí sin filtros.
Me corrí en su boca en dos minutos.
Cuando me recuperé, lo tiré de espaldas al suelo. Me subí encima. Le hundí la polla en el coño de una vez, hasta el fondo, y me quedé quieta un segundo notando cómo el orgasmo todavía me palpitaba alrededor de él. Empecé a follármelo despacio. Con las manos en su pecho. Con la boca en su boca. Le lamí un pezón, se lo mordí. Le clavé las uñas en los hombros.
—Te he echado tanto de menos... —jadeé.
Cambiamos de posición. Me puso a cuatro patas en la alfombra y se puso detrás. Me metió la polla despacio, y una vez dentro empezó a follarme fuerte, agarrándome de las caderas, tirándome hacia atrás cada vez que empujaba. Escuchaba el chapoteo de mi humedad, el choque de sus huevos contra mi coño, sus jadeos detrás de mí. Me cogió del pelo con una mano y me tiró la cabeza hacia atrás.
—Así, joder, así —jadeé—. No pares.
Me giró después boca arriba, en la alfombra, y me penetró mirándome a los ojos con los brazos a ambos lados de mi cabeza, sin apartar la vista ni un segundo. Cada embestida me sacaba un jadeo. La polla se le puso más dura todavía, y le vi la cara tensarse.
—Me voy a correr dentro de ti —dijo.
—Esta vez no —respondí.
Me la sacó justo a tiempo. Me puse boca arriba en el respaldo del sofá con la cabeza colgando hacia abajo. Me la metió en la boca hasta el fondo, deslizándose sobre mi lengua, tocándome la garganta. En esa posición lo aguanté todo. Me follaba la boca despacio, controlando, con las manos apoyadas en mis tetas, apretándomelas, pellizcándome los pezones. Le vi los huevos apretándose, la vena de la polla latiéndole encima de mi labio. Me toqué mientras lo hacía, dos dedos frotándome el clítoris rápido. Cuando él se vació me llenó entera la boca de semen espeso y caliente, corrida tras corrida, y yo llegué a la vez, tragando y temblando al mismo tiempo.
Se me escurrió un hilo por la comisura. Me lo limpié con el dedo y se lo di a él a lamer. Lo hizo sin dudar.
Lo despedí con un beso suave en la puerta.
—Busca otra excusa —me pidió.
—Sí —dije.
***
Año nuevo, 2028. Fiesta en el club, como siempre.
Carmen llegó cargando cajas y me pidió que le sujetara una. Rodrigo apareció de la nada.
—Carmen, que está embarazada, no la pongas a cargar cosas —dijo.
—No pesa nada —protesté riéndome.
Me puso la mano un segundo en la barriga, esa barriga que ya se notaba bastante, y siguió hacia la entrada a recibir a las parejas de la lista.
Entre la gente que fue llegando esa noche, un hombre al que conocía muy bien se acercó a la barra y pidió un refresco.
—¿No prefieres algo con más fuerza? —le dije.
—Si después te beso con olor a alcohol, te dan náuseas —respondió—. Mejor no arriesgar.
Nos miramos y sonreímos los dos.
Una vez al mes. Ese fue el acuerdo cuando le expliqué a Rodrigo quién era Nicolás y qué había significado para mí durante todos esos años. Le dije que lo quería, y era verdad. Le dije también lo que sentía por Nicolás, que no era lo mismo pero era igual de real. A Rodrigo le gustaba explorar, siempre lo había hecho; Lorena repitió con él varias veces, igual que alguna otra. Así que una vez al mes intercambiábamos las llaves de las habitaciones del club.
El resto del mes éramos una pareja como cualquier otra.
No sé de quién es el niño. La verdad es que no nos importa demasiado, ni a Rodrigo ni a mí. Sea de quien sea, lo criará como suyo.
Aunque, si soy completamente sincera conmigo misma: yo hacía las tiras de ovulación. Sabía el día exacto. Y ese mes, el día que elegí ver a Nicolás fue ese.
Porque lo deseaba. Sin más.