Nunca olvidé su boca después de aquella tarde
El despertador sonó. No me moví. Desde el pasillo, mi madre llamó a gritos usando ese tono que mezclaba el amor con la impaciencia. Me levanté de mala gana, me puse unos vaqueros rotos y una camiseta de Iron Maiden, desayuné algo de pie y caminé las calles en cuesta que separaban mi barrio del instituto.
Lo odiaba. Siempre lo había odiado. Lo único que lo hacía tolerable era el grupo de amigas con el que compartía las clases que más me gustaban. Ese martes de octubre, sin embargo, la clase de historia iba a deparar algo que no estaba en el programa.
Don Ernesto, el profesor, nos anunció que el Franquismo entraba para selectividad pero que no iba a llegar a tiempo de explicarlo, así que haríamos un trabajo en parejas. No con quien quisiéramos: por orden de lista.
Me tocó Nicolás.
Lo conocía de vista: moreno, gafas redondas, el pelo un poco largo. Unas semanas antes lo había escuchado reírse con un compañero de que yo estudiara latín, diciéndole que era una lengua muerta y que para qué servía. Me había caído fatal desde ese momento.
Me acerqué a su mesa sin mucho entusiasmo.
—Nos ha tocado juntos. Yo tampoco lo elegiría —solté.
Él levantó la vista con las mejillas ligeramente rojas. El chico de al lado, Pablo, se rió por lo bajo.
—¿Quieres que lo cambiemos? —preguntó Nicolás rascándose la nuca.
—No, da igual. ¿A las cinco en mi casa?
—Sí, claro.
***
Llegó puntual. Mi madre había salido al trabajo y tenía el piso para mí sola. Le abrí la puerta con la ropa que me había puesto al llegar del instituto: una camiseta de tirantes y un pantalón corto de pijama. No era la ropa que hubiera elegido para recibir a nadie, pero tampoco se me había ocurrido cambiarme.
Importó, al final.
Pusimos hard rock de fondo y empezamos con el trabajo. En los primeros veinte minutos descubrí que Nicolás sabía más de música que casi nadie que conocía. Hablamos de bandas durante un buen rato antes de recordar lo que teníamos que hacer. Me sentía cómoda. Mucho más de lo que esperaba.
—A mí no me disgusta nada haber tenido que venir —dijo en un momento dado, mirando la pantalla del portátil.
Lo miré de reojo.
—Creí que te caía mal. Lo del latín.
—Fue una estupidez. Era por llamarte la atención.
—Qué forma más rara de hacerlo —dije, y los dos nos reímos.
No terminamos el trabajo esa tarde. Quedamos para el día siguiente. Cuando se fue, me quedé en el sofá con la música puesta, pensando que Nicolás, que a primera vista no era el tipo que me solía llamar la atención, me había parecido de repente algo completamente distinto.
***
Al día siguiente volvió. Esta vez yo llevaba la misma camiseta oversize, pero debajo de la cintura solo tenía unas braguitas de encaje. No fue una decisión del todo consciente. Quizás un poco sí.
Terminamos el trabajo en tiempo récord. Cuando me levanté a servirle más refresco, la camiseta se subió lo suficiente al estirar el brazo. Al sentarme de nuevo vi que se movía incómodo en el sofá.
Me gustó darme cuenta de ese efecto. Me puso muy cachonda.
—Ya está, hemos terminado —dije—. Me da hasta pena, la verdad.
—A mí también. —Bajó la voz—. Y dudo mucho que yo te haya sorprendido. No suelo sorprender a nadie. Ni he estado con nadie, la verdad. Ni un beso.
Lo dijo sin dramatismo, casi de pasada. Me quedé con esa frase un segundo, mirándolo. Y entonces sentí algo que no esperaba: deseo. No compasión, no ternura. Ganas de ser la primera.
—¿Me dejas solucionar eso? —pregunté.
Me miró sin moverse del sitio.
—¿Me estás pidiendo permiso para besarme?
—¿No quieres?
—Valentina —dijo despacio—, te dejaría hacerme lo que quisieras.
Me acerqué sin prisa. Le puse la mano en la cara y lo besé. Despacio al principio, después con más fondo. Me senté encima de él y noté su erección enseguida, firme bajo mis bragas. Tenía las manos en mi espalda, nerviosas pero no torpes. Le cogí el pelo. Le ayudé a quitarme el sujetador. Sus manos bajaron.
No fue directo al grano. Fue despacio, mirándome a los ojos cada vez que yo arqueaba la espalda. Tenía la boca abierta y caliente, y sabía lo que hacía aunque dijera que era la primera vez. O quizás precisamente por eso: sin vicios, sin prisa, atento a todo.
—Como no pares voy a pedirte que me folles —dije con la respiración cortada.
—Es lo único que quiero —respondió con la voz ronca.
Y justo entonces escuché la llave en la cerradura.
Me bajé de él de un salto. Corrí al baño a por un pantalón de pijama. Cuando salí, Nicolás estaba recto en el sofá con el portátil encima de las piernas y un cojín estratégicamente colocado. Mi padre entró tarareando algo, preguntó si estábamos estudiando y se fue a la cocina.
Nos pasamos el trabajo en papel con las manos temblorosas y sin mirarnos demasiado a los ojos.
***
Al día siguiente, corriendo alrededor de la pista de educación física, Nicolás se puso detrás de mí. Al terminar me susurró al oído que había estado mirando cómo me movía todo el rato.
Esa tarde no me escribió.
Ni esa noche. Ni el día siguiente. Ni el siguiente.
Al cabo de una semana supe lo que había pasado: su padre, del que estaba distanciado, había muerto en un accidente de tráfico. Su madre, que era de Valencia, decidió volver allí con los dos hijos. Nicolás se fue sin cargador, sin poder avisar bien. Cuando por fin consiguió uno compatible, ya llevaba días fuera.
—Lo siento mucho. No sé cuándo volvemos. Me encantaría verte —me escribió.
—Lo siento yo. Espero que estés bien —contesté.
Pero no volvió. Llegó la selectividad. El verano. La universidad. Un mensaje más en septiembre diciéndome que los exámenes le habían ido bien. Para cuando él estuvo de vuelta en la ciudad, yo estaba de viaje con unos tíos. Cuando volví, él ya no estaba. Y así se quedó.
***
En la universidad conocí a mucha gente. Chicos, chicas. Sexo con regularidad, sin compromiso. Pero cuando alguien entraba en mí, pensaba en cómo se habría sentido él. Cuando alguna chica me besaba el cuello, pensaba en su boca torpe y precisa a la vez sobre mis pechos aquella tarde en el sofá.
Era mi cuenta pendiente.
Me daban celos de mujeres que no conocía. Envidiaba a fantasmas que no existían. Y también sentía algo parecido al rencor, aunque no tenía derecho a ello: él no había vuelto, pero yo tampoco fui a buscarlo. Ninguno de los dos fue, y los dos pagamos el precio.
***
El club de Rodrigo estaba a las afueras, en una nave industrial reformada con buen gusto: paredes oscuras, buena música rock, luz tenue. Lo conocí una noche que fui con unas amigas por curiosidad. Era un lugar para adultos, para conocer gente, para intercambios de parejas. Rodrigo se acercó a presentarse como el dueño del local y aquella misma noche terminamos en una de las habitaciones del fondo. Cuatro años después me había pedido que me casara con él.
Nos queríamos. Nuestra relación no era convencional: a él le gustaba experimentar y yo se lo permitía, aunque raramente participaba. Aquella noche de Año Nuevo, sin embargo, algo iba a cambiar.
Era una fiesta para parejas. Las habitaciones privadas estaban cerradas esa noche para los clientes; las llaves las teníamos nosotros. Rodrigo tenía una lista de parejas inscritas. Cenamos con mi familia, brindamos con las uvas y fuimos al club.
Me había puesto un corsé negro que levantaba mucho el escote y una falda vaquera bastante corta. Rodrigo me miró al quitarme el abrigo.
—¿Quieres que te coman con la mirada?
—Quizás —dije alargando la palabra.
Empezó a llegar la gente. Yo me quedé en la barra ayudando a Carmen, la camarera de confianza, mientras Rodrigo hacía las veces de portero en la entrada.
Iba por el tercer cóctel de la noche cuando entró una mujer rubia con un vestido demasiado elegante para el sitio y unos tacones de vértigo. Pidió un vodka con hielo para ella y un cubata para su pareja. Me giré a prepararlos y, al volver, busqué con la vista al acompañante, que estaba de espaldas observando el local.
Lo reconocí antes de que se girara. La espalda ancha, la altura, el pelo oscuro recogido con una goma negra. Cuando giró los ojos hacia la barra y vi sus gafas, el suelo se movió bajo mis pies.
Él me miró y se quedó completamente inmóvil.
Dios mío.
—¿Para quién es el vodka? —pregunté con toda la calma que pude.
—Para mí, que soy la fuerte de la relación —dijo la rubia riendo.
Nicolás no había abierto la boca. Me miraba fijo.
Rodrigo entró en la barra un momento y se acercó a saludarlos.
—¿Ya conocisteis a mi novia? Chicos, ella es Valentina.
—Lorena —dijo la rubia—. Y él es Nico.
Carmen me miró de reojo cuando se alejaron.
—Ese tipo te ha mirado como si te conociera de antes.
—Lo conozco —dije sin más.
***
Rodrigo me buscó en el almacén diez minutos después.
—¿Te gusta el tipo ese?
—Rodrigo.
—En serio. La rubia me parece perfecta para lo nuestro. Si quieres probar con él, lo dejo a tu elección.
—No me importa experimentar —dije—. Pero yo también quiero estar con él.
—Lo imaginaba por cómo te miraba. Cuando termine la noche, vamos a casa...
—No. Aquí. En las habitaciones.
Rodrigo sonrió.
—¿Empezamos todos juntos?
—Sí. Después quiero una habitación para mí.
***
Sonaba una canción que Nicolás y yo habíamos escuchado once años antes aquella tarde en mi sofá. Lorena fue a la barra a por otro vodka. Yo salí a la pista y me acerqué a él.
—Me encanta esta canción —le dije.
—Lo sé. Me acuerdo —respondió, y me apartó un mechón de pelo de la cara con la mano, con una naturalidad que me desarmó por completo.
Me ruboricé como si tuviera dieciséis años.
—¿Y te acuerdas de mí?
—Más de lo que crees. ¿Por qué nunca volviste a escribirme?
—Un tipo de clase me dijo que ya estabas con alguien cuando volviste en septiembre. Me dolió mucho.
—Eso no era verdad. No estuve con nadie ese año. Sufrí muchísimo que desaparecieras así.
—Entonces sufrimos los dos sin saber que el otro también sufría.
Nos quedamos callados un segundo. La música llenaba el silencio entre los dos.
—Rodrigo quiere acostarse con tu novia —dije al final, directa.
—Lo sé. Y yo llevo once años queriendo terminar lo que empezamos aquella tarde en tu casa.
Sentí que me temblaban las rodillas.
—Esta vez no se abre ninguna puerta —dije.
***
La habitación tenía poca luz y olía a madera oscura. Entramos los cuatro, pero en cuanto Rodrigo y Lorena se encontraron al otro extremo de la cama, Nicolás me cogió por la cintura y me separó del resto como si llevara once años esperando ese gesto.
Me quitó el corsé despacio, con más paciencia de la que esperaba. Se puso de rodillas y subió con la lengua desde mi costado hasta el pecho, dejando la boca en cada tatuaje que encontraba. Se tomó su tiempo en el pezón: lo lamió, lo apretó suave con los labios, lo mordió con cuidado.
—¿Esto hace que quieras que te folle? —susurró mirándome a los ojos.
—Desde hace once años —respondí.
En algún momento escuché la respiración agitada de Rodrigo al fondo de la habitación. Me importó poco.
Saqué las llaves de la segunda habitación del bolso y se las puse en la mano de Nicolás.
—Ahora.
***
Cerramos la puerta y el mundo se redujo a esa habitación.
Me empujó suave hacia la cama. Me rompió las medias de un tirón. Bajó con la boca desde el tobillo hasta el interior del muslo, despacio, con esa paciencia exasperante que me ponía a mil, hasta llegar a las bragas y dejarlas empapadas de saliva. Las tiré yo misma hacia abajo.
Me lamió despacio. Sin prisa. Succionó con cuidado y saboreó como si tuviera toda la noche, alternando entre lamer y succionar, atento a cada temblor de mis piernas. Entre pequeñas risas me preguntó si ya no podía más. Lo notó por los espasmos de mis muslos antes de que yo dijera nada.
Cuando subió hasta mí le puse las manos en la cara.
—No cierres los ojos.
No los cerró.
Me lo metí despacio, notando cada centímetro. Tenía la boca entreabierta, los ojos fijos en mí. Me llenaba por completo. Empecé a moverme encima de él y no paré hasta que el segundo orgasmo me sacudió de la cabeza a los pies. Sus manos me sujetaban por las caderas y tiraban cuando yo aminoraba el ritmo, exigiéndome que no parara.
—Sácamela —pedí—. Quiero probarte.
Me puse boca arriba en el borde de la cama con la cabeza colgando hacia abajo. Se puso de pie delante de mí y me la metió hasta donde llegó. En esa posición aguanté más. Mientras lo hacía me toqué hasta llegar otra vez, casi al mismo tiempo que él.
Nos quedamos boca arriba en silencio, respirando hacia el techo. La habitación olía a sexo y a once años de espera.
—No quiero que vuelvas a desaparecer —dije al final.
—Si no quieres que desaparezca, ya no podría aunque quisiera —respondió, y me dio un beso largo en la sien.
Alguien llamó a la puerta.
***
Al día siguiente me llegó un mensaje de un número que no tenía guardado.
«Soy Nico. Me llevé sin querer las llaves de la habitación. ¿Te las llevo mañana?»
Rodrigo tenía pádel por la tarde.
«Mañana a las cinco, perfecto», respondí.
Llegó a las cinco y cuarto. Viejas costumbres.
—Bonita casa —dijo dejando el abrigo en el perchero—. Y mente muy perversa, la tuya. Esas llaves no se metieron solas en mi bolsillo.
—Quería verte —dije sin rodeos—. Necesitaba una excusa.
Nos sentamos en el sofá. Intenté explicarle lo que pensaba: que lo deseaba, que siempre lo había deseado, pero que tenía algo construido con Rodrigo, once años de vida compartida, un futuro que no podía ignorar. Que no sabía si lo nuestro podía ser algo más que deseo.
—Para mí perdí a una chica increíble el día que me marché —dijo con la voz un poco rota—. Te comparé con todas las que conocí después. Ninguna era tú. Y ahora te encuentro y voy a perderte otra vez.
Le cogí las manos. Una lágrima le resbaló por la mejilla. Se la besé donde estaba húmeda. Le rodeé el cuello con los brazos.
—También te he buscado —dije—. Mil veces. Pero en el sexo. A veces sin tu recuerdo no era capaz de llegar.
Nos quedamos en silencio un minuto entero.
—Llevamos veinte minutos sentados aquí —dije al final—. Haz cuentas de cuántas veces he pensado en besarte.
Le besé. Fondo total, lengua y manos y sin disculpas. Le quité la ropa. Me quitó la mía. Hicimos el amor en el sofá, en el suelo, en la alfombra. Me penetró mirándome a los ojos con los brazos a ambos lados de mi cabeza, sin apartar la vista ni un segundo.
—Me voy a correr dentro de ti —dijo.
—Esta vez no —respondí.
Me puse boca arriba en el respaldo del sofá con la cabeza colgando hacia abajo. Me la metió hasta el fondo. En esa posición lo aguanté todo y me toqué mientras lo hacía. Cuando él se vació llegué yo también, casi al mismo tiempo.
Lo despedí con un beso suave en la puerta.
—Busca otra excusa —me pidió.
—Sí —dije.
***
Año nuevo, 2028. Fiesta en el club, como siempre.
Carmen llegó cargando cajas y me pidió que le sujetara una. Rodrigo apareció de la nada.
—Carmen, que está embarazada, no la pongas a cargar cosas —dijo.
—No pesa nada —protesté riéndome.
Me puso la mano un segundo en la barriga, esa barriga que ya se notaba bastante, y siguió hacia la entrada a recibir a las parejas de la lista.
Entre la gente que fue llegando esa noche, un hombre al que conocía muy bien se acercó a la barra y pidió un refresco.
—¿No prefieres algo con más fuerza? —le dije.
—Si después te beso con olor a alcohol, te dan náuseas —respondió—. Mejor no arriesgar.
Nos miramos y sonreímos los dos.
Una vez al mes. Ese fue el acuerdo cuando le expliqué a Rodrigo quién era Nicolás y qué había significado para mí durante todos esos años. Le dije que lo quería, y era verdad. Le dije también lo que sentía por Nicolás, que no era lo mismo pero era igual de real. A Rodrigo le gustaba explorar, siempre lo había hecho; Lorena repitió con él varias veces, igual que alguna otra. Así que una vez al mes intercambiábamos las llaves de las habitaciones del club.
El resto del mes éramos una pareja como cualquier otra.
No sé de quién es el niño. La verdad es que no nos importa demasiado, ni a Rodrigo ni a mí. Sea de quien sea, lo criará como suyo.
Aunque, si soy completamente sincera conmigo misma: yo hacía las tiras de ovulación. Sabía el día exacto. Y ese mes, el día que elegí ver a Nicolás fue ese.
Porque lo deseaba. Sin más.