Cuando la amiga de mi mujer cruzó la línea
Rodrigo no contestó de inmediato. Rodó el vaso de aguardiente entre sus dedos, mirando el fondo ambarino como si en él encontrara la manera de empezar. Andrés aguardó sin apurarlo, con ese silencio suyo tan particular, el que usaba más como invitación que como vacío.
—No sé por dónde empezar —dijo al fin Rodrigo, sin levantar los ojos del vaso—. ¿Sabes lo que es vivir con alguien durante años y descubrir que no sabías todo lo que esa persona necesitaba? Que se corría contigo pero pensando en otras cosas, en otras bocas, en otros cuerpos que nunca te había nombrado.
—Más de lo que imaginas —respondió Andrés, y su tono no fue de burla sino de genuina comprensión.
Valentina siempre fue así: directa, sin rodeos, con esa energía que llenaba cualquier habitación antes de que ella terminara de cruzar el umbral. La conocí cuando los dos éramos jóvenes y ya entonces tenía esa costumbre de pedir lo que quería, sin disculparse por ello. Era lo que más me atraía. Con el tiempo, lo que más me desconcertaba. En la cama era igual: me agarraba de la nuca y me empujaba la cabeza entre sus piernas sin preguntar, me decía «chúpame el coño hasta que te lo pida yo» con la voz ronca, y no había manera de negarse.
Era azafata. Había sido azafata desde los veintitrés años, y esa vida —los aeropuertos a las seis de la mañana, los hoteles de paso, los tiempos muertos en ciudades ajenas— le había dado una soltura que pocas personas tienen. Valentina no se asombraba de casi nada. Y cuando se asombraba, sabía disimularlo.
Fue Camila quien comenzó a aparecer en nuestra vida con más frecuencia. Colega de la aerolínea, rubia, de ojos claros y una forma de entrar a un lugar que hacía girar cabezas sin que ella lo buscara especialmente. Las dos habían coincidido en decenas de vuelos, compartido capas de tripulación en hoteles de distintas ciudades. Entre escala y escala habían construido esa clase de complicidad que solo dan los años y los kilómetros.
—¿La conocías? —preguntó Andrés, cruzando una pierna sobre la otra.
—De vista. La había saludado un par de veces. Mujer de presencia, eso se nota en seguida. Tetas grandes bajo el uniforme, un culo que llenaba la falda sin exagerar, y una boca de labios gruesos que uno miraba sin querer. Pero no fue hasta aquella noche cuando la vi de verdad.
Valentina había vuelto de Buenos Aires después de tres días de vuelo. Llegó a casa con ese agotamiento luminoso de quien ha dormido poco pero ha vivido mucho. Camila la recogió en el aeropuerto y llegaron juntas al apartamento, ya con plan armado: salir esa noche los tres. A algún sitio diferente, había dicho Valentina, con aquel tono que no admitía réplica.
El lugar al que nos llevó Camila no era una discoteca corriente. Se llamaba El Olimpo, y estaba escondido detrás de un centro comercial en una calle sin nombre visible. Por dentro tenía algo de cueva y algo de teatro: sillones de cuero rojo oscuro dispuestos alrededor de una pista circular, luces que iban cambiando de color con la música, y un ambiente donde la gente hablaba poco y observaba mucho.
Bailamos los tres durante un buen rato. Valentina en el centro, entre los dos, riendo con esa soltura suya cuando el alcohol la afloja un poco. Sentí varias veces cómo Camila se pegaba por detrás a mi mujer, cómo le apoyaba las manos en la cintura y le rozaba el culo con la pelvis mientras me miraba a mí, sin apartar los ojos, retándome. La noche era exactamente lo que prometía ser: divertida, ligera, sin más. Hasta que una voz por los altavoces anunció el espectáculo.
Las luces bajaron hasta casi la oscuridad completa, salvo un único foco que caía sobre un tubo de cromo en el centro de la pista. De las sombras emergieron dos mujeres. Llevaban poca ropa, apenas unos velos ligeros que la luz hacía casi transparentes, y se movían alrededor del tubo con una precisión que no era improvisada. Cada gesto estaba calculado para ir un paso más allá del anterior. La pista se quedó quieta. Nadie hablaba.
El espectáculo escaló sin prisa. Las dos bailarinas se fueron desnudando mutuamente con una lentitud que era casi una tortura para el público. Primero los velos, después las bragas mínimas que llevaban debajo, hasta que quedaron con las tetas al aire y los coños depilados brillando bajo el foco. Se besaban con lengua, con la boca abierta, y una le pellizcaba los pezones a la otra hasta ponerlos duros. Después se acomodaron en el suelo: una de rodillas, la otra abierta de piernas contra el tubo, y la primera hundió la cara en el coño de la segunda y empezó a chuparlo con una avidez que arrancó murmullos de la sala. Se veía la lengua rosada moviéndose entre los labios abiertos, se veía el brillo de la saliva en los muslos. Era explícito, sin ningún tipo de ambigüedad. Y cuando parecía que todo acababa, apareció él: un hombre alto y musculoso, cubierto apenas por una tanga mínima que le marcaba un bulto imposible de disimular, que fue recibido por las bailarinas con una energía que hasta ese momento no habían mostrado. Le arrancaron la tanga entre las dos y le sacaron la polla, gruesa y ya medio dura, y se pusieron a mamársela por turnos. Una le chupaba la punta mientras la otra le lamía los huevos, y después cambiaban. Cuando la tuvieron completamente tiesa, la más alta se puso a cuatro patas sobre la tarima y él la penetró de una sola embestida. Lo que siguió fue pornográfico, sin más calificativo ni intención de disfrazarlo: la folló duro, con las manos agarradas a sus caderas, mientras la otra bailarina se sentaba encima de la cara de su compañera para que se la comiera al mismo tiempo.
—¿Y Valentina? —preguntó Andrés, sin apartar los ojos de Rodrigo.
—Miraba. Con esa intensidad suya cuando algo le interesa de verdad. Con los labios entreabiertos y las piernas apretadas la una contra la otra bajo el vestido. Yo la observé más a ella que a las bailarinas.
Rodrigo se detuvo. Pasó los dedos por el borde de la copa vacía.
—Lo que más me importó no fue el espectáculo. Fue cuando me fijé en Valentina y Camila. Estaban tomadas de las manos. Con fuerza. Como si necesitaran un ancla. Y Camila tenía la otra mano apoyada en el muslo de Valentina, por debajo del borde del vestido, sin moverla, pero ahí. Ahí, quieta, marcando territorio.
Salimos del club bastante alterados los tres. Yo tenía la polla medio dura desde hacía media hora dentro del pantalón. El aire de la calle era frío y se agradecía. Camila propuso continuar la noche en un lugar más íntimo. Y Valentina sonrió. Con esa sonrisa suya que conozco de sobra, la que pone cuando quiere algo y sabe que lo va a conseguir.
Nos dirigimos al apartamento de Camila. Ya en el ascensor, ya en el pasillo, todo parecía normal. Pero cuando entramos, cuando ella deslizó la mano por el hombro de Valentina despacio, subiendo hasta detenerse en su mejilla, y vi cómo Valentina entreabrió los labios sin resistirse, cómo Camila acercó su boca a la de mi mujer y la besó con lengua delante de mí, lento, hondo, con la mano ya bajando hacia una teta por encima del vestido, sentí algo que no esperaba sentir. No fue deseo. Fueron celos. De exclusión, no de posesión.
Como si ese espacio entre las dos no me dejara sitio a mí.
Inventé una excusa. Los niños, que estaban con mi cuñada. Me disculpé, me llevé a Valentina y nos fuimos. Ella no dijo nada en todo el trayecto de regreso. Ni esa noche ni los días siguientes demasiado.
***
La reconciliación llegó una semana después, cuando ella volvió de un vuelo a Ciudad de México. Flores rojas, una cena larga y, más tarde, ya en casa con los niños dormidos, dos copas de vino blanco y la conversación que llevábamos postergando desde aquella noche en El Olimpo.
Me dijo que todo había sido idea suya desde el principio. Que quería añadir algo a lo nuestro, pero no de la manera que yo había imaginado. No quería otro hombre. Quería explorar con una mujer. Que llevaba años masturbándose pensando en coños, en tetas de otras, en bocas de mujer chupándole los pezones, y que ya no soportaba correrse en silencio con esa fantasía dentro de la cabeza sin compartirla conmigo. Y que Camila era alguien en quien confiaba. Que lo que vi esa noche no era una traición. Era una propuesta.
—¿Y cómo te sentiste? —preguntó Andrés.
—Idiota. Y curioso al mismo tiempo. —Rodrigo sonrió, pero era una sonrisa que llevaba peso—. Me di cuenta de cuánto había asumido sin preguntar. Cuántas capas de Valentina seguían siendo un misterio para mí después de todos esos años juntos.
Esa noche, después de la conversación, me la follé como no me la follaba desde hacía meses. Le arranqué las bragas de un tirón, la puse boca abajo contra el colchón y le hundí la cara en la almohada mientras la penetraba por detrás. Ella se corrió gritando, mordiendo la funda para que no la oyeran los niños, y me pidió al oído, con la voz rota, que le dijera cosas. Cualquier cosa. Que si me imaginaba a Camila lamiéndole el coño mientras yo se lo follaba, que si me imaginaba las dos tetas de Camila apretadas contra las suyas. Se lo dije todo. Y me corrí dentro de ella con una fuerza que no recordaba.
Le dije que no lo descartaba. Que necesitaba tiempo. Que esa noche en el club no lo había visto así. Y ella asintió, sin insistir. Como si entendiera algo que yo todavía no había terminado de procesar.
***
Los meses que siguieron, Camila fue integrándose en nuestra vida de una manera distinta. Sin presiones ni insinuaciones directas. Almuerzos en casa, salidas a bailar, noches de conversación que se estiraban hasta tarde. Fui dejando de verla como una amenaza y empecé a verla como una presencia. Una que me resultaba, lo reconozco, cada vez más natural. Me la pajeé más de una vez pensando en aquella mano suya sobre el muslo de mi mujer.
Los chistes entre Valentina y Camila tenían un código que yo no siempre descifraba del todo. Las miradas que cruzaban cuando creían que no miraba. Pero no me incomodaban. Al contrario. Algo en mí había empezado a soltar una guardia que no sabía que seguía levantada.
La noche que cambió todo llegó sin anunciarse, como suelen llegar esas noches.
Era un viernes cualquiera. Había tenido una jornada larga y me dormí temprano, con el teléfono en silencio. No sé exactamente a qué hora fue, pero en algún punto de la madrugada el sueño se rompió de golpe. No fue un ruido lo que me despertó. Fue el peso. Y el calor. Y varios perfumes mezclados. Y risas muy bajas, de las que hacen cuando intentan no reírse.
—Fue surrealista —dijo Rodrigo, y por primera vez aquella noche su voz sonó diferente, más tranquila, como si al llegar a ese punto de la historia algo en él se hubiera asentado—. Me desperté en la oscuridad total, rodeado de cuerpos desnudos. Reconocí a Valentina por el aroma de su piel, siempre el mismo, y por el peso de sus tetas apoyadas contra mi brazo. Al otro lado, Camila, inconfundible, con esa piel más fría y la mano ya metida bajo la sábana. Y más abajo, en los pies de la cama, un tercer cuerpo que no identifiqué de inmediato.
—¿Quién era? —preguntó Andrés. Esta vez había algo distinto en su voz, una atención más aguda.
—Isabel. Una excompañera del colegio de Valentina. La había conocido un par de veces, y siempre me había parecido callada, tímida en apariencia. Morenita, delgada, con unos ojos oscuros que nunca sostenían mucho tiempo la mirada. Esa noche no parecía ninguna de las dos cosas.
Rodrigo se levantó del sillón y caminó hacia la ventana, sin cruzar al balcón. Se quedó en el umbral, con las manos en los bolsillos.
—Estaban las tres en la cama. Desnudas. Completamente desnudas. Valentina contra mi espalda, con una teta pegada a mi omóplato y la mano apoyada en mi cadera, ya rozándome la polla que empezaba a despertarse. Camila a mi derecha, activa, con esa audacia suya que nunca fue discreta, apoyada en un codo con las tetas balanceándose sobre mi pecho. E Isabel más abajo, que fue la primera en moverse: apartó el edredón con los dedos, muy despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y me dejó al descubierto. Yo estaba durmiendo desnudo, como siempre, y me la encontró ya medio dura.
Hizo una pausa. Andrés no dijo nada.
—Camila me recorrió el pecho con los dedos, bajando hasta el abdomen con una deliberación que no tenía nada de accidental. Me agarró la polla con la mano y empezó a masturbarme lento, muy lento, apretando la base y subiendo hasta el glande, escupiéndose en la palma para deslizarse mejor. Valentina me besó el cuello desde atrás, con esa boca suya que conozco de memoria, pero que esa noche tenía algo diferente: una urgencia que no era habitual. «Déjate», me susurró al oído, «déjate hacer, mi amor, mira lo que te trajimos». Entre las dos me quitaron lo que quedaba de resistencia. Yo abrí las piernas sin darme cuenta.
Los besos llegaron de dos lados a la vez. Valentina por uno, Camila por el otro, alternándose sin coordinarse del todo, chocando a veces, riéndose contra mi boca cuando sus lenguas se tocaban. La boca de Camila siguió bajando: cuello, clavículas, pecho, costillas. Me chupó los pezones uno por uno, mordiéndolos suavemente, hasta hacerlos endurecer. Isabel, mientras tanto, subió desde los pies con una lentitud que me obligó a fijarme en cada centímetro del recorrido. Me lamía los tobillos, las pantorrillas, la cara interna de los muslos, y cuando llegó a la ingle me miró. Y en esa mirada no había timidez. Había algo parecido al hambre.
Su boca se cerró sobre mí con una calidez que me dejó sin respiración. Me la tragó entera, hasta el fondo, hasta que sentí la punta chocar contra su garganta, y volvió a subir dejando un hilo de saliva. Después empezó a mamármela con un ritmo lento y hondo, apretando los labios en cada bajada, sacándola de vez en cuando para pasarme la lengua por los huevos y volver a metérsela hasta la campanilla. La tímida Isabel sabía hacer garganta profunda, y la hacía sin arcadas, con los ojos oscuros clavados en los míos. Valentina lo supo, por el sonido o por el movimiento o por algo que las mujeres perciben entre sí, y en lugar de apartarse, se acomodó contra mi costado y dejó que Camila le pasara el brazo por los hombros. Camila le abrió las piernas a mi mujer con una rodilla y le metió dos dedos en el coño delante de mí, hasta el nudillo, y Valentina soltó un gemido largo contra mi cuello. No se miraron para pedirse permiso. Simplemente ocurrió.
—Las vi besarse —dijo Rodrigo, con voz baja—. A Valentina y a Camila. Ahí, a mi lado, con lengua, con la boca abierta, y Camila metiéndole los dedos hasta el fondo mientras Isabel seguía mamándomela. Y no sentí lo que esperaba sentir. No hubo celos. Hubo algo que no sé si tiene nombre preciso. Una expansión, quizás. Como si el espacio de la habitación se hubiera vuelto más grande de repente.
Se giró desde la ventana y miró a Andrés.
—Las manos de Camila encontraron a Valentina. Le pellizcaba los pezones y se los chupaba, uno y otro, mientras seguía metiéndole los dedos. Vi cómo mi mujer cerró los ojos y apretó la sábana con el puño, cómo arqueó la espalda y le pidió más. «Cómemelo», le dijo, «Camila, cómemelo por favor, hace años que te lo quiero pedir». Y Camila bajó. Se puso entre sus piernas y le hundió la cara en el coño, y se lo empezó a chupar con una lengua rápida y experta que hacía a Valentina retorcerse contra el colchón. Isabel me soltó la polla un momento, subió y se sentó a horcajadas sobre mí. Me miró desde arriba, se agarró mi verga con una mano, se abrió los labios del coño con la otra y se dejó caer despacio, empalándose ella misma, centímetro a centímetro, hasta que la tuvo entera dentro. Estaba tan mojada que entré de una. Todo ocurría al mismo tiempo: respiraciones entrecortadas, piel contra piel, el ruido sordo de los cuerpos moviéndose con esa torpeza cálida de cuando el deseo va más rápido que los gestos, el chapoteo de la boca de Camila trabajando entre las piernas de mi mujer, los gemidos ahogados de Isabel moviéndose encima de mí.
Las manos de Isabel se aferraron a mis caderas con una firmeza inesperada en alguien que había entrado a la habitación tambaleándose. Empezó a cabalgarme fuerte, subiendo y bajando con todo el peso del cuerpo, haciendo rebotar sus tetas pequeñas y firmes delante de mi cara. Yo se las agarré, se las apreté, le pellizqué los pezones oscuros hasta que ella soltó un jadeo agudo y se inclinó para meterme la lengua en la boca. Sabía a coño y a alcohol. Valentina se giró hacia mí en ese momento y abrió la boca contra la mía por el otro lado, profundamente, mientras Camila seguía comiéndosela sin descanso y le recorría la espalda con los dedos en un movimiento largo y continuo. Los cuatro respiraban al mismo ritmo sin haberlo buscado. Era un orden caótico que sin embargo tenía su propia lógica.
Valentina se corrió primero, con la boca de Camila apretada contra su coño y los dedos de Camila metidos hasta el fondo. Se corrió gritando en mi oído, mordiéndome el hombro, clavándome las uñas en el brazo. Un orgasmo largo, que la sacudió entera, con las piernas cerrándose sobre la cabeza de su amiga. Camila subió con la cara brillante y la besó en la boca, dándole a probar su propio sabor, y después vino hacia mí y me besó también, con esa misma lengua, para que yo probara a mi mujer. Isabel seguía cabalgándome encima, cada vez más rápido, cada vez más hondo, y cuando Camila se agachó y le empezó a chupar el clítoris mientras yo la penetraba desde abajo, Isabel se corrió con un temblor que me apretó la polla como un puño y me dejó a un paso del final.
—Aguanta un poco más —me pidió Valentina al oído—, córrete conmigo.
Y me hizo salir de Isabel. Se puso ella misma boca arriba, abierta de piernas, con Camila detrás lamiéndole las tetas y jugando con sus pezones, y me pidió que la follara. La penetré de una embestida y me hundí entero. Estaba empapada, hirviendo, apretada de una manera imposible. La follé duro, con las piernas de mi mujer sobre mis hombros, mientras Camila e Isabel se besaban a un lado sin dejar de tocarnos. En algún momento sentí una lengua ajena recorriéndome los huevos por debajo cada vez que salía y entraba, no supe cuál de las dos era y no me importó. Valentina se corrió por segunda vez, más fuerte que la primera, y yo me solté dentro de ella con un grito que ahogué contra su cuello, vaciándome en oleadas mientras ella me apretaba las nalgas para que no me saliera, para que le dejara todo dentro.
En algún momento, cuando ya los cuatro estábamos hechos un nudo húmedo sobre las sábanas revueltas, Valentina apartó los labios de los míos. Me miró directamente, con esos ojos oscuros suyos que siempre saben demasiado, y me preguntó muy bajito: «¿Estás bien?».
—¿Y lo estabas? —preguntó Andrés.
Rodrigo tomó el vaso que había dejado sobre la mesa. Lo sostuvo un momento sin beber.
—Más que bien —dijo al fin—. Era la primera vez en mucho tiempo que sentía que los dos estábamos completamente presentes. Sin que ninguno de los dos estuviera a medias en otra parte.
Andrés apagó el cigarrillo en el cenicero con un gesto calmado. La música del salón había cambiado a algo más suave, casi sin que ninguno lo notara. Por la ventana, la llovizna seguía cayendo sobre el jardín.
—El resto de la noche —continuó Rodrigo— fue más de lo mismo, en otro orden, en otras combinaciones. Camila se sentó sobre la cara de mi mujer y Valentina se la comió hasta hacerla correr dos veces seguidas. Isabel me la volvió a mamar hasta que se me puso dura otra vez y me la follé por detrás mientras ella comía coño. Perdimos la cuenta de quién hacía qué a quién. Lo que sí te digo es que cuando Isabel y Camila se fueron al amanecer, Valentina y yo nos quedamos en la cama callados un buen rato, oliendo a sexo, con las sábanas hechas un desastre. Y que lo que sentí en ese silencio no fue culpa. Fue algo más parecido a la honestidad.
—¿Y Camila? —preguntó Andrés, con ese tono suyo que no juzgaba pero tampoco soltaba.
Rodrigo dejó el vaso sobre la mesa y sonrió apenas, con los ojos fijos en algún punto más allá de la ventana.
—Camila siguió siendo la amiga de Valentina. Siguió viniendo a almorzar. Seguimos saliendo los tres. Solo que ya no había entre nosotros ningún secreto que necesitara guardarse. Y de vez en cuando, cuando los niños se iban con los abuelos, se quedaba a dormir.