Confesé mis aventuras a mi esposo y algo cambió en él
Después de contarle a Marcelo sobre mi primera aventura antes de casarnos, esperé lo peor. Un reproche, un silencio largo, quizá una pelea. Nada de eso pasó. Lo que pasó fue que esa noche me cogió con una intensidad que no le conocía, como si cada detalle que yo le había revelado fuera combustible para algo que él llevaba tiempo conteniendo.
Así funcionaba nuestra dinámica desde que descubrimos esto: yo le contaba, él se excitaba, y los dos terminábamos enredados en la cama como si acabáramos de conocernos. Para el mundo éramos un matrimonio normal con dos hijas y rutinas predecibles. Puertas adentro, habíamos despertado algo que ninguno de los dos sabía nombrar.
Llevábamos meses subiendo fotos a una página de contactos para parejas. Recibíamos mensajes de todo tipo, la mayoría descartables. Alguna videollamada con un extranjero que no me convenció, propuestas que nunca cuajaron. Pero Rodrigo era distinto. Desde el primer encuentro había quedado algo pendiente entre nosotros, una química que no se forzaba ni se apagaba. Su comunicación era esporádica: saludos breves, preguntas corteses, recados para Marcelo. Nada que delatara lo que había pasado aquella noche de abril.
Todo cambió cuando Marcelo me fotografió una noche. Me puse un camisón semitransparente, tacones plateados, y posé sin pudor frente a su cámara. Subimos las fotos al perfil con una descripción de lo que buscábamos y esperamos. A los pocos días llegaron respuestas, pero solo una me aceleró el pulso.
«Hola. Luces increíble. Se me puso dura de solo verte. Espero verlos en un par de semanas.»
Sentí un cosquilleo inmediato entre las piernas.
Al día siguiente estaba en la oficina, metida entre expedientes en una zona solitaria del archivo, cuando sonó mi teléfono.
—Hola, preciosa. ¿Estás ocupada?
—No mucho. ¿Qué pasa?
—No dejo de pensar en esas fotos. Te imagino en cuatro, pasando mi verga entre tus nalgas, frotando tu clítoris con la punta.
—Vas a hacer que me moje aquí en el trabajo. No puedo quitarme las ganas.
—Es lo que provocas. Quiero que llegues descansada el sábado. ¿Me entiendes?
—Perfectamente. Desde tu último mensaje no he cogido con Marcelo.
—Bien. El sábado nos quitamos las ganas los dos.
Esa tarde le enseñé los mensajes a mi esposo. Terminamos cogiendo en el sillón de la sala con una urgencia que no sentíamos en semanas. A partir de esa noche, guardé mi cuerpo para Rodrigo. Los días que faltaban para el sábado se sintieron eternos.
***
El sábado me preparé después de comer, cuando las niñas estaban entretenidas con la televisión. Me metí a la ducha y dejé que el agua tibia recorriera mi cuerpo despacio. Me depilé con cuidado, dejando la piel suave donde sabía que sus manos y su boca iban a buscar. Mientras me enjabonaba sentía el cosquilleo anticipado, esa mezcla de nervios y urgencia que solo aparece cuando sabes exactamente lo que va a pasar esa noche.
Me vestí como Rodrigo había pedido: minifalda negra, blusa de tirantes a rayas, ropa interior de encaje del mismo color, sandalias plateadas de tacón. El cabello recogido a medias con un broche, labios rosados, ojos apenas delineados. Cuando Marcelo llegó del trabajo me miró de arriba abajo y dijo que lucía hermosa. Se bañó rápido. A las siete y media salimos de casa.
Rodrigo llegó puntual al punto de encuentro. Ya no usaba la ropa formal de siempre; traía jeans holgados y una playera ceñida que le marcaba los brazos y el pecho. Me saludó con un beso en la mejilla, subimos al carro. Yo adelante, Marcelo atrás. Antes de arrancar hacia el motel, Marcelo se pasó a la cajuela porque no sabíamos si nos dejarían entrar los tres juntos.
Con el carro detenido y las ventanillas cerradas, Rodrigo se giró hacia mí, me tomó de la nuca y me besó. Fue un beso largo, con lengua, sin aviso. Su mano se deslizó por debajo de mi minifalda, hizo a un lado el encaje y sus dedos ásperos encontraron mi clítoris. Me estremecí entera. Frotaba con un ritmo preciso, cada pasada más firme que la anterior, y yo apretaba los muslos alrededor de su mano sin poder evitarlo. Las luces de los coches que pasaban por la carretera se volvieron puntos borrosos detrás de mis párpados entrecerrados. Me vine apretando los dientes, con un espasmo que me dejó sin aire y el asiento mojado.
Todavía estaba recuperándome cuando tomó mi mano y la puso sobre su bragueta. Estaba duro debajo de la mezclilla. Bajé la cremallera sin pensarlo y me incliné sobre su regazo. La tomé con los labios desde la punta, besándola despacio por todo el tronco, empapándola con mi saliva antes de meterla completa en mi boca. Apreté los labios alrededor de su grosor y subí y bajé hasta que él enredó los dedos en mi pelo.
—Así, no pares —dijo con la voz cortada.
Me detuvo antes de venirse, me agarró la cara con ambas manos y me dio otro beso.
—Vámonos. Necesito cogerte ya.
Arrancó el carro y entramos al motel. El portero nos miró de reojo mientras murmuraba algo a su compañero. Rodrigo y yo intercambiamos una sonrisa cómplice, con el maquillaje corrido y la cremallera de su pantalón todavía abierta. Le abrió la cajuela a Marcelo, y mientras él bajaba con su mochila, nosotros subimos a la habitación tomados de la mano.
No hubo preámbulos ni conversación. Al cerrar la puerta dejé mi bolsa en el tocador y Rodrigo se pegó a mí. Nos besamos mientras sus manos me quitaban la blusa, el brasier, mientras subía mi falda para agarrar mis nalgas con fuerza. Su boca bajó por mi cuello hasta mis pezones. Los chupaba con ganas, pasando la lengua alrededor de cada areola, mordiéndolos suave y luego con más presión. Mi cuerpo respondía solo: me contraía, me abría, me empapaba.
Me arrodillé para quitarle los jeans. Su verga saltó gruesa y firme, y la metí en mi boca con hambre, cerrando los labios alrededor del tronco, degustando ese sabor entre salado y metálico mientras él marcaba el ritmo con la mano en mi nuca. Después de un momento me levantó y me llevó a la cama.
Se puso el condón y yo lo monté. Me senté despacio, dejando que entrara centímetro a centímetro hasta sentirlo completo adentro. Empecé a balancear mi cadera hacia adelante y hacia atrás, apretándolo cada vez que subía. Rodrigo me agarraba los pechos con las dos manos, estrujándolos con firmeza. Yo me inclinaba para acercar mis pezones a su boca, jalando su cabeza contra mi pecho, y él los recibía con la lengua abierta, mordiéndolos como si fueran suyos.
Cambié de posición sin salirme: me di la vuelta, dándole la espalda, y cabalgué de cuclillas. Desde ese ángulo entraba más profundo, y cada embestida de su pelvis me arrancaba un gemido que no podía controlar. Marcelo grababa desde el sillón de la esquina, en silencio, con la respiración agitada.
Rodrigo me giró y me puso boca arriba. Me abrió las piernas, apoyó mis tobillos en sus hombros y entró de golpe. Me cogía mirándome a los ojos, con una mano en mi seno y la otra bajando hasta mi clítoris hinchado para frotarlo sin dejar de penetrarme. Grité sin importarme quién escuchara. Cambió el ángulo, dejando una de mis piernas extendida sobre la cama y la otra apoyada en su hombro, alternando entre estocadas profundas y momentos en que sacaba su verga para restregarla contra mi clítoris antes de volver a hundirse.
Me acomodó de lado, luego boca abajo con las piernas cerradas sintiendo el roce intenso en cada embestida, luego otra vez encima de él. Cada posición traía un ángulo nuevo, una profundidad distinta. No había palabras, solo el instinto de dos cuerpos que ya se conocían y se acoplaban sin esfuerzo. Hasta que se sacó el condón, se acercó a mi cara, y yo abrí la boca. Lo chupé con los labios firmes, acariciando con mi lengua, hasta que se vino largo y caliente. Tragué todo y lo limpié despacio con los labios.
Nos quedamos tirados en la cama, respirando fuerte, cubiertos de sudor. Rodrigo me pasó el brazo por la cintura y me acercó a su pecho. Marcelo seguía en el sillón, callado pero con los ojos brillantes.
Más tarde, envueltos en toallas y sentados en la cama, platicamos los tres de cosas triviales. Rodrigo y yo estábamos tomados de la mano. En algún momento me levanté al baño, y cuando volví me solté la toalla y me acerqué a él por la espalda. Al asomarme por debajo de su brazo encontré que ya estaba duro otra vez. Lo tomé con la mano y el juego empezó de nuevo. Hubo otra ronda intensa, primero en el sillón y luego de vuelta en la cama, con él cogiéndome desde atrás mientras yo le pedía a Marcelo que grabara de cerca. Cuando terminamos por segunda vez, quedé agotada y satisfecha. Marcelo se acercó y me cogió también, pero siendo honesta, después de Rodrigo apenas lo sentía. No tardó en venirse.
***
De regreso a casa, ya en nuestra cama, Marcelo empezó con las preguntas. No sobre Rodrigo, eso lo había visto con sus propios ojos. Quería saber del otro, del que le había mencionado semanas antes sin dar nombres ni detalles.
—¿Qué pasó con ese segundo hombre? —preguntó, intentando sonar casual.
Vi el brillo en sus ojos. No era curiosidad. Era necesidad. Me acomodé contra su pecho y le conté.
Se llamaba Damián. Trabajábamos en sucursales distintas de la misma empresa, pero cuando lo transfirieron a la mía, empezamos a cruzarnos todos los días. Era alto, moreno, de mandíbula cuadrada y manos grandes. Treinta y tantos años, casado, con un hijo. Yo lo sabía y por eso nunca le hablé más de lo necesario. Hasta que una tarde a la salida del trabajo me encontró sola en la tienda de la esquina tomando un refresco.
—¿Por qué tan seria? ¿Te pasa algo? —me dijo con una voz que me desarmó.
—Nada. Solo pensaba.
—¿Me aceptas un café uno de estos días?
No le contesté de inmediato, porque un amigo lo llamó y se alejó un momento. Cuando volvió mi compañera Lucía, le conté lo que me había dicho. Ella no dudó: «Ese hombre te mira desde que llegaste a esta sucursal. ¿De verdad me vas a decir que no te gusta?»
Tenía razón. Me gustaba. Y yo traía unas ganas que no me dejaban pensar con claridad.
El jueves siguiente fuimos al café. Me arreglé con jeans ajustados, tacones rojos y una blusa blanca de tirantes. La conversación empezó con el trabajo y derivó hacia lo inevitable: él era casado, yo andaba con alguien sin compromiso serio. Los dos sabíamos que no debíamos estar ahí. Ninguno se levantó de la mesa.
Al salir se soltó un aguacero. Corrimos al coche empapados. Mi blusa se pegó a mis senos y los pezones se marcaron duros por el frío. Damián me miró, me tomó del cuello y me besó. Los vidrios se empañaron en segundos. Su mano desabrochó mi pantalón y se coló hasta mi entrepierna. Sus dedos gruesos encontraron mi clítoris y lo frotaron con urgencia hasta que me vine en el asiento del copiloto, apretando los muslos, con un gemido que retumbó dentro del coche.
Marcelo me interrumpió.
—¿Así nada más? ¿En el carro?
—Así nada más. Estaba tan excitada que no necesité mucho. Pero esa noche no pasó de ahí. Quedamos para el sábado siguiente.
El sábado me puse una minifalda verde, tacones altos y una tanga que apenas cubría lo necesario. Nos encontramos en el centro. Nos saludamos con un beso largo, sin importar quién nos viera.
—¿Quieres cenar algo? —me preguntó.
—No tengo hambre. Comí bien.
—Yo no. Vengo hambriento —me dijo mirándome a los ojos—. Hambriento de ti.
Manejó directo al motel. Al entrar a la habitación se acercó por mi espalda, susurrándome al oído que mi minifalda le encantaba pero que ahí ya no la iba a necesitar. Me desnudó despacio, besando cada centímetro de piel que descubría: los hombros, la espalda, la curva del cuello. Sus manos cubrían mis pechos enteros, pellizcando mis pezones hasta que sentía punzadas de placer bajándome por el vientre. Encontró la cremallera de la falda y la bajó. La prenda cayó a mis pies junto con la tanga.
Me volteé, le desabroché la camisa y le bajé el pantalón hasta los tobillos. Me arrodillé para quitarle los zapatos, toda sumisa y entregada. Su verga goteaba líquido preseminal. Le di un beso en la punta, pasé la lengua despacio por el glande haciendo hebras con ese líquido transparente, y después la metí en mi boca. Él empujó su cadera suave contra mis labios, marcando un ritmo lento que me llenaba la garganta.
Me levantó como si no pesara nada. Le enredé las piernas en la cintura y su verga encontró la entrada sin que nadie la guiara. De lo mojada que estaba, entró completa de un solo empujón. Un dolor dulce que se transformó en placer inmediato cuando empezó a moverme de arriba abajo, sosteniéndome por las nalgas, mientras yo me aferraba a su cuello con las uñas clavadas en su espalda.
—¿De verdad te cargó así? —preguntó Marcelo con los ojos muy abiertos.
—Sí. Era fuerte. Y yo estaba tan mojada que no costó nada.
Seguí contándole. Damián me llevó al tocador, me sentó en la orilla y me abrió las piernas. Me cogió mirándome a la cara, con estocadas largas y profundas, mientras yo buscaba su boca entre gemidos. Después me llevó a la cama, se puso encima y se hundió con todo su peso. Sentía su pecho velludo rozándome los pezones, su aliento caliente en mi oído, sus manos agarrándome las muñecas contra el colchón. Me vine dos veces antes de que él explotara dentro de mí con un gruñido que le sacudió el cuerpo entero. Su semen me escurría caliente entre los muslos y yo sentía la pulsación lenta de mi cuerpo volviendo a la calma.
Nos quedamos en la cama con las piernas enredadas, cubiertos de sudor, agotados. Nos dormimos así, pegados, sin necesitar decir nada más.
Marcelo se quedó callado cuando terminé el relato. Pensé que se había arrepentido de preguntar.
—No sabía que habías hecho todo eso —dijo al fin—. Pensaba que eras la misma chica tímida de la preparatoria.
—Tú también cambiaste, Marcelo. Los dos lo hicimos. Tú estabas con otra en esa época, ¿o ya se te olvidó?
—No, tienes razón. Son mis celos de cornudo —sonrió y me jaló hacia él.
Esa noche hicimos el amor con la puerta cerrada y las luces apagadas. Fue diferente a todo lo anterior. Más lento, más suyo. Como si cada confesión, en lugar de alejarnos, nos cosiera más fuerte el uno al otro.
Nadie que nos viera de día lo sospecharía. Y eso, de algún modo, lo hacía todavía mejor.