La mirada que los delató en plena infidelidad
Supe que algo iba mal en cuanto noté su mano tibia subiendo por el interior de mi muslo.
Pese a lo placentero del momento, en cuanto los nervios se atenuaron lo suficiente para pensar, no pude evitar sentirme rara. Aquellas caricias eran tímidas, exploratorias. Todo lo contrario de lo que esperaba, porque Marcos había estado ansioso desde mucho antes de que la cera de la vela se consumiera y nos dejara a oscuras. Yo sabía lo que iba a pasar, y la anticipación me había mantenido en un vilo suficiente como para sentir la humedad filtrándose ya por la tela de mis bragas, empapándolas hasta el punto de notar cómo se me pegaban a los labios del coño.
Los truenos del exterior apagaban a intervalos los primeros jadeos de la otra pareja. Aun así, los gemidos guturales de mi amiga Daniela empezaban a sincoparse con el temporal. La oía perfectamente: cómo respiraba entrecortada, cómo se le escapaba un «ay, sí, así» tragado a medias, cómo un chasquido húmedo delataba una boca chupando otra cosa que no era una boca.
Oírlos me estaba calentando. Las caricias también.
Estaba caliente. Caliente y borracha. Tenía los pezones tan duros que me rozaban contra el sujetador y me hacían apretar los muslos, buscando fricción entre las piernas.
Era la última noche de nuestra escapada de Semana Santa. Al día siguiente teníamos que volver a remar en el mar de la rutina laboral. Marcos y Tomás, su compañero de despacho, habían reservado una casa rural para aprovechar el puente. Era la primera vez que salíamos los cuatro juntos en un viaje así. Tomás, pareja de Daniela, era la novedad: no llevaban demasiado tiempo juntos. Daniela y yo somos amigas desde la facultad; ella se había divorciado dos años atrás y aquel chico apareció gracias a una cena que organizamos Marcos y yo. Cuatro meses después, este viaje era el primer experimento serio de convivir los cuatro fuera de la ciudad.
Lo que estaba a punto de pasar en aquel saloncito de piedra y madera no estaba preparado, pero tampoco era totalmente improvisado.
Era una fantasía.
Con Marcos llevo siete años casada. Él, ingeniero. Yo, médica. No tenemos hijos, ni planeamos tenerlos. Somos una pareja normal —signifique lo que signifique esa palabra— y, salvo una bronca enorme en mitad de nuestra relación que estuvo a punto de romperlo todo, nos iba bien. Bastante bien, diría yo. Tan bien como una puede pedirle a la vida. Follábamos dos o tres veces por semana, con ganas, y él seguía sabiendo dónde tocarme para hacerme correr sin demasiado esfuerzo.
O eso creía yo.
En fin. No me quiero enrollar con esos detalles, porque cada pareja es un mundo. Pero todos los caminos llevan a Roma y en todas las casas se cuecen habas.
Aquella noche se nos había ido un poco de las manos. Cena de despedida copiosa; vino a botella por cabeza; juegos estúpidos para recordar los viejos tiempos de la universidad: verdad, prenda o caballito de mezcal. Y, qué demonios, un par de porros de la reserva que Daniela siempre guarda para ocasiones especiales.
Yo no bebo mucho y fumo menos. Casi nada. Pero un día es un día.
Fuera caía un diluvio. El fuego de la chimenea se iba apagando y nadie quería salir al cobertizo a por más leña. El destino, como si se hubiera invitado solo a nuestra reunioncilla, se presentó en forma de apagón. Una única vela olvidada en un cajón polvoriento de la alacena, señalando lo irónico del asunto: cuatro adultos con móviles de última generación buscando con linternas un objeto tan vetusto como un cabo de cera.
Con un dedo escaso de mezcal en la botella, nos cansamos de las preguntitas y desarrollamos la última que a Daniela le había tocado en suerte hacerme: tu mayor fantasía erótica.
Mi osadía, montada en piragua y dando pantocazos sobre el río alcohólico de mis venas, lo soltó a bocajarro y entre risas: hacerlo junto a otra pareja. Oírnos coger, creo que fueron mis palabras exactas, deslavazadas por la lengua de trapo. Oír a otra tía gemir mientras a mí me follan. Oír a otro tío gruñir cuando se corre a la vez que mi marido me llena el coño. Sentí la vergüenza subiéndome por el cuello y las orejas. La sinestesia de la maría me hizo sentir el rojo.
Más risas.
La mirada de Marcos, mitad alcohol, mitad lujuria, repasándome de arriba abajo. No era nuevo: ya lo habíamos hablado alguna vez en la cama, mientras me la metía por detrás y me susurraba al oído que se imaginaba a otro tío mirándome mientras me follaba, o a mí chupándosela a otro delante de él. Se hablan esas cosas que jamás van a pasar, y a mí siempre me hacían correrme más fuerte.
Risas de unos y silbidos de otros. Como críos adolescentes.
Daniela, siempre traviesa, órdago a la grande con unas cartas que habíamos descartado un par de horas antes para jugar al strip-poker.
—Cuando se apague la vela, lo hacemos —dijo.
—No hay huevos —contestó alguien que se parecía mucho a mi marido.
—Sois idiotas —me reí, pero me puse nerviosa. Demasiado. ¿Y si…?
Estábamos sentados en dos sofás, cada pareja en el suyo, con una mesa de madera cruda entre nosotros. Sobre el tablero, los restos de la juerga rodeaban la palmatoria con la vela que, desde las palabras de Daniela, parecía consumirse más rápido. Las ascuas de la chimenea apenas iluminaban nada fuera de su propio hueco. Nuestras caras se difuminaban en la oscuridad conforme la llama temblaba en el pábilo.
Había una tensión densa, como niebla. No era molesta. Tampoco agradable. Era… todo lo contrario. El silencio se había apoderado de nosotros, y yo podía oír las respiraciones de los cuatro cargando el ambiente a cada exhalación. Cada vez más húmedo, más pegajoso. Mi coño palpitaba solo, con cada respiración de los otros tres, como si me lo estuvieran tocando en la distancia.
Otro trueno nos sobresaltó, recordándonos que todo era real, aunque estuviéramos teñidos de una pátina onírica por el alcohol y los canutos.
Fue entonces cuando miré a Tomás y me sorprendí a mí misma sorprendiéndome. No estaba cómodo. Se le notaba, aunque intentara disimularlo en la complicidad del entorno.
No lo conocía mucho. No tanto como a los demás, al menos. Desde el principio me había parecido un tipo cabal. Era más joven que nosotros, pero no desentonaba. Tenía esa clase rara que da empaque a la persona como si llevara puesto un traje a medida. A diferencia de los compañeros habituales de mi marido —carnaza de la estética de las series televisivas del momento—, Tomás era lo que ahora llaman «old money». No era guapo como Marcos. Tampoco feo. Era… elegante. Marcos, en cambio, podría protagonizar un anuncio de Dolce. Vestido o sin vestir. Cuerpo curtido en el gimnasio, sin exageraciones. Pelo canoso en las sienes que le daba aspecto de saber lo que hacía. Manos… ¡ay, las manos! Fuertes, grandes, duras como las estructuras en las que le gusta enfangarse. Planta de estibador enfundado en traje de Armani. Una polla gruesa, ni demasiado larga ni corta, con esa curvatura hacia arriba que me tocaba el punto exacto cada vez que me montaba encima.
Nadie decía nada. Solo respirábamos, pesadamente. ¿Por qué nadie decía nada? ¿Iba a pasar?
Me debatí conmigo misma. Nadie había confirmado nada, pero todos parecíamos de acuerdo en que pasara.
Miré la vela: el pábilo era ya un charco de cera transparente sobre el hueco de la palmatoria. La llama era apenas una luneta de uña. Su color azulado apenas arrojaba luz sobre el halo que dibujaba.
Marcos se levantó de mi lado. Casi pierdo el equilibrio con la ausencia de su peso sobre los cojines. Llenó los vasos con el resto del mezcal y nos dio uno a cada uno.
—Lo que pasa en la sierra… —dijo, levantando el suyo a modo de brindis postrero.
Entonces tuve claro que iba a pasar.
Y una parte de mí lo estaba deseando. Mañana sería otro día y no sería porque no hubiera compartido situaciones embarazosas con Daniela. Tomás era otro cantar. Pero la oscuridad en la que nos estábamos metiendo sin remedio me dio ánimos que ni yo misma sabía que tenía. Me imaginé por un segundo su boca en mis pezones, sus dedos abriéndome, su polla entrando en mí despacio mientras del otro sofá me llegaba el ruido de Marcos follándose a Daniela a cuatro patas. Se me escapó un jadeo mudo.
Eso y el trago de fuego del espadín.
Entonces la vela terminó de consumirse. Lo último que vi fue un hilo de humo trepando hacia las vigas del techo inclinado.
El silencio que se produjo era sepulcral. Parecía que no era solo yo la que había dejado de respirar.
Pasaron dos segundos, mil, hasta que volví a notar la presencia de Marcos a mi lado, llenando un vacío que ya me dolía.
La oscuridad sólida hacía que mi cabeza diera vueltas como si hubiera perdido su punto de referencia. Ni siquiera sabía si tenía los ojos abiertos o si los apretaba con fuerza.
Los primeros gemidos de Daniela, tímidos al principio, llegaron a mis oídos. «Ay… así, más despacio…», la oí murmurar. Después un jadeo profundo, y el sonido inconfundible de una lengua trabajando entre unos labios mojados. Alguien se estaba comiendo un coño ahí, a menos de dos metros de mí, y ese chapoteo lento y sucio me hizo cerrar los muslos con fuerza. Inconscientemente, o no tanto, me acurruqué un poco más contra el cuerpo de mi marido buscando el contacto explícito.
Pero él estaba quieto. Conocía el juego: ya me lo había hecho más de una vez. Pero, para cabezona, yo.
Pasó otro rato indeterminado y los gemidos de mi amiga se convirtieron en jadeo puro. Ya no se contenía. «Sí, chúpame ahí, joder, cómeme entera», jadeaba, y luego un chillido corto y agudo cuando algo —una lengua, dos dedos, quién sabe— la tocaba en el sitio justo. El ruido de ropa y muelles hacía evidente lo que la oscuridad pretendía tapar. Oí el metal de una hebilla, el roce de una cremallera, un gruñido masculino y después ese sonido húmedo, rítmico, que solo puede hacer una boca chupando una polla dura hasta el fondo.
Fue entonces cuando sentí la mano entrando por debajo del vuelo de mi falda.
El contacto fue eléctrico. Tanto que me quedé esperando el trueno, que no tardó en llegar retumbando entre las montañas que rodeaban la casa.
Sentí la tibieza de su piel contra el calor que emanaba la mía. El contraste de temperatura fue lo que me hizo empezar a pensar en algo distinto. Aún no sabía qué. Tenía la sensación de estar ante algo que no entendía, ni qué representaba, ni qué hacer con ello, pero con la urgencia de tener que decidir ya.
Tenía los sentidos agarrotados y, a la vez, hipersensibles. La desazón de quien quiere despertar pero no puede.
La mano subía hacia mi entrepierna que, a su puta bola, se empapaba. Notaba mis bragas convertidas en una tela pegajosa, empapadas de flujo, con el olor de mi coño abriéndose paso en el aire pesado del salón. Pero no era como siempre. A mi mente vino la imagen de una tarántula borracha, tanteando con sus patas peludas de manera desacompasada.
Cuando la araña beoda llegó a tocar la tela de mi ropa interior, hizo un movimiento extraño —un pellizco torpe, un dedo que resbaló sin encontrar el clítoris, un pulgar que apretó donde no era— y mi garganta se cerró de golpe.
De miedo.
El sentimiento fue tan fuerte que quise gritar, aunque ningún sonido salió de mi boca.
Paranoia, diagnosticó mi mente. Tranquilízate, recetó a continuación. Pero ya era tarde para mí.
Una fuerza que parecía venir de otra persona acudió en mi ayuda. Me aparté todo lo que pude, golpeándome los riñones con el reposabrazos del sofá.
Otro trueno sacudió la casa, rompiendo el cristal que parecía atraparme. Oí ruidos apresurados a mi lado. Del otro sofá me llegó, ahora nítido, el chapoteo inconfundible de una polla entrando y saliendo de un coño mojado, un «así, más fuerte, métemela toda» susurrado con la voz ronca de Daniela, y el gruñido bajo de Marcos empujando de rodillas contra ella.
No sabía qué carajo pasaba. Mi cuerpo se defendía y noté unas lágrimas gruesas cayendo por mis mejillas.
Menudo ridículo, susurró otra vez mi mente.
La mandé callar como pude, recobrando el control para decir algo a mi asustado marido. Pero antes de que pudiera emitir un sonido coherente, como si hubiera sido invocada por el último trueno, la luz eléctrica volvió a iluminar la estancia.
La imagen que intenté digerir, cuando mis ojos se acostumbraron a la luz dolorosa, quedó congelada en mi memoria como una instantánea.
Al otro lado del sofá, Tomás. Blanco como el papel de fumar. Cara de ciervo deslumbrado por las luces largas de un coche en plena carretera. La bragueta abierta, la polla flácida asomando de mala manera por encima del calzoncillo, la mano derecha todavía tendida hacia el hueco vacío donde yo había estado sentada un segundo antes.
Al otro lado de la mesa, Daniela, con prisa, se subía los pantalones levantando la pelvis como si estuviera en una clase de yoga a contrarreloj. Le vi el coño depilado, brillante de saliva y de otra cosa, antes de que la tela negra le tapara la vulva. Marcos no fue tan rápido: su mano se movió algo más lenta al retirarla de donde la tenía unos segundos antes —tres dedos entrando y saliendo del coño de mi amiga, brillantes hasta los nudillos—. Parecía la imagen ralentizada de alguien que se ha quemado y hace el movimiento instintivo de evasión. Su polla, dura y goteando por la punta, se le vio también un instante antes de que se atropellara con la cremallera.
Hubo una décima de segundo que brilló en colores en la Polaroid que se había revelado en mi cabeza. El resto de la fotografía era en blanco y negro. Pero ese detalle estaba en vivísimos colores.
Era una mirada.
Breve. Casi inexistente. Aun así, mi cerebro la había grabado a fuego.
Un intercambio entre Daniela y Marcos que para mí tenía una significación enorme. Pese a saber que era importante, no estaba todavía en disposición de analizarla con detenimiento.
Eso vendría luego.
Ahora, lo importante, era mi furia: plomo ardiente derramándose sobre todo mi cuerpo, como aquella condena medieval reservada para los grandes traidores.
Tomás se catapultó del sofá, alejándose del mueble como si quemara, guardándose la polla a manotazos. Retrocedió de espaldas hasta que su cuerpo chocó contra la pared de piedra.
Me veía desde fuera. Mi cara estaba contraída en un gesto de ira e incredulidad.
—Lucía… tranquila. No es más que una broma.
No reconocí la voz de mi amiga. El tono agudo con el que pronunciaba las primeras palabras delataba sus nervios.
—Cariño…
Corté lo que demonios fuera a decir mi marido con una mirada gélida antes de volver a fijar la vista en Daniela.
—¿Una broma?
Oí mi grito, pero no sentí que lo hubiera proferido yo.
Vi a Marcos levantarse, aún con la obscena erección marcada en sus vaqueros —una mancha oscura en la tela justo en la punta, ahí donde el pre-semen había traspasado— y encaminarse hacia mí con los brazos extendidos.
Volví a emplear la misma mirada ártica para detener su avance. Ni lo intentes, decían mis ojos.
Sentía que estaba hirviendo por dentro, aunque por fuera tenía mucho frío.
Tomás, al otro lado del salón, parecía tan congelado como yo. Hizo un intento de mirar hacia el otro sofá. En sus ojos febriles había una plegaria que no terminé de entender.
—Lucía, por favor —volvió a hablar Marcos—. Déjame que te explique. No es lo que piensas.
Alterné la mirada de uno a otro hasta dejarla clavada en él. Tenía la sensación de ser la presa de una encerrona, cada vez más arrinconada.
—¿Lo que pienso? —grité—. ¿Qué mierda quieres que piense? Te acabo de ver con los dedos hasta la muñeca dentro del coño de mi amiga, y con la polla lista para metérsela. ¿Qué cojones quieres que piense?
La incredulidad me asaltó en mitad de un torbellino de malas sensaciones.
—¡Es una broma! Lucía, por Dios —repitió Daniela—. No saquemos las cosas de quicio. Sentémonos y aclaramos…
—Daniela, como vuelvas a decir eso, te arranco la cabeza. Hija de puta.
Podría jurar que oí el ruido que hicieron sus mandíbulas al tocar el suelo. Pese a la enjundia de mis palabras, salieron de mi boca con una calma siniestra. Creo que ni yo misma me había oído nunca hablar de esa forma. En mi cabeza había tomado el control mi parte más analítica. Esa que se enfrenta a los casos más urgentes en mi trabajo.
La conozco. Es minuciosa, exigente y expeditiva, para bien o para mal. Cuando aparece, no hay quien la detenga. Ni yo misma soy capaz.
Mi primer impulso fue coger las llaves del coche de Marcos y largarme de allí. Remanente de mi otra yo: la impulsiva. Pronto la descarté. Lo último que tendría lógica en aquel desbarajuste sería ponerme a conducir. Mi mente recreó la escena de una desquiciada conduciendo aquella mole aspiracional por caminos de cabras, en plena oscuridad y con los niveles tóxicos en sangre lo bastante altos como para reventar cualquier control de tráfico.
En lugar de esa estupidez, me alejé del salón donde todo me resultaba ya tan ajeno y me encaminé hacia el piso superior, donde estaban las habitaciones.
Las tres caras siguieron mis movimientos pausados, alternando miradas hacia mí y entre ellos dos. Sí, entre ellos, porque Tomás permanecía congelado en su rincón. Parecía tan fuera de lugar como yo.
Una vez dentro de nuestra… de mi habitación, cerré la puerta con un portazo y eché el pestillo.
Me apoyé contra la madera, confundida en la oscuridad. Mi mente empezó entonces a pasar la película de la noche. Desgranó, meticulosa, cada fotograma de lo ocurrido. Me detuve en un par. Los pasaba una y otra vez, buscando algo que aún no acertaba a entender.
Del exterior llegaba un rumor de voces aumentando de volumen. Solo dos. Las dos que mejor conocía.
Empecé a recorrer el camino de un pensamiento que aparecía en mi cabeza con el miedo de no saber si quería avanzar por él. Sabía que no iba a llevarme a nada bueno. Me sorprendí buscando excusas para no hacerlo.
No podían ser tan estúpidos. Era mi planteamiento base. La alternativa era que sí lo fueran. Y eso me enfurecía más.
¿Una broma? Una jodida broma que hubiera llegado hasta… ¿dónde? ¿Cuál era el momento de pararla?
No, no era una broma. Aquello no podía ser improvisado. Daniela ya estaba gimiendo de placer antes incluso de que yo sintiera el contacto de… Daniela ya tenía la polla de mi marido metida hasta el fondo antes de que a Tomás le temblara la mano encima de mi muslo.
Oh, Dios. Tomás me había metido mano. ¿Eso también era una broma? ¿Que mi puto marido se la estuviera follando a mi amiga por la boca, por el coño, por donde le diera la gana, también lo era?
Volví a sacar la instantánea grabada a fuego. Daniela subiéndose los pantalones, con sus bragas negras enrolladas entre los pliegues del cargo, y su coño abierto todavía brillante de saliva. La mano de Marcos retirándose con la fuerza de quien se ha pillado un dedo en una trampa para roedores, los tres dedos empapados hasta los nudillos, mojados del flujo de mi mejor amiga. Los dos con cara de sorpresa, deshaciendo otra anterior que no había podido retener pero que me podía imaginar perfectamente. Lo conocía lo suficiente, al menos a él: sabía la cara que ponía cuando estaba a punto de correrse, la mandíbula apretada, la vena del cuello tensa. Esa cara la había puesto hacía apenas un minuto, pero no por mí.
Eso me cabreaba. Joder. Me cabreaba muchísimo.
¿Qué se les había pasado por la cabeza? ¿En qué momento habían pensado que aquello iba a colar? Y, si hubiera pasado, si yo no hubiera notado nada raro, si la luz no hubiera vuelto… si… ¿y luego qué?
¿Una broma?
Que mi marido hubiera terminado cogiéndose a mi amiga, corriéndose dentro de ella, y yo lo hubiera hecho con el suyo, tragándome una polla ajena por primera vez en siete años… Al día siguiente, ¿qué? ¿Una broma? ¿Jajaja, y nos reíamos todos tan a gusto?
Lo absurdo del asunto me hizo dudar de todo. No puede ser era la construcción más repetida en mi cabeza, chocando, en su camino, con es una broma.
Suaves golpes en la puerta cortaron mis maldiciones.
—Cariño —dijo mi marido a través de la madera—, abre y hablemos. Por favor.
—Cielo —se sumó la voz de mi amiga—, no hagas de esto un drama. Ha sido… quiero decir, los canutos… el alcohol… Estás confundida.
¿Confundida?, pensé. Sí, estaba confundida. No alcanzaba a entender nada de lo que acababa de pasar. ¿Por las drogas, por el alcohol? No. Eso no era el problema. El problema era otra cosa.
Y entonces caí.
Caí en cuál era el problema.
El problema era la mirada que habían intercambiado, imperceptiblemente. Aquel detalle a color, como el abrigo rojo de la niña en La lista de Schindler.
Me giré y abrí la puerta. Marcos casi se cayó dentro de la habitación: supongo que tenía la oreja pegada a la madera.
Daniela se quedó a medio camino de cogerlo, sin dejar de mirarme, sorprendida.
—¿Desde cuándo? —pregunté a bocajarro.
Mi pregunta retumbó como un disparo de recortada.