Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche lésbica que Sandra no debería recordar

La noche había empezado dos horas antes con una botella de champán y una lista de reproducción que Verónica, la anfitriona improvisada de esa reunión, había preparado para la ocasión. Doce mujeres en un departamento alquilado para la despedida de una amiga en común —la excusa perfecta para que todo lo que estaba pasando tuviera algo de justificación—. Pero nadie pensaba ya en la festejada. El ambiente lo había absorbido todo: música baja, luces tenues, el olor a perfume mezclado con algo más íntimo y difícil de nombrar.

Nadia tenía la boca hundida entre las piernas de su tía Rosa. La lengua se movía despacio pero con precisión, recorriendo los labios internos, deteniéndose en el clítoris hinchado con pequeñas succiones que hacían que Rosa aferrara el cojín del sillón con las dos manos. Detrás de Nadia, su hermana Celia empujaba el dildo con un ritmo constante, sosteniéndole las caderas para que no se moviera. El arnés brillaba bajo la luz indirecta del pasillo.

—Tenías razón, Lorena —dijo Nadia, levantando apenas la cabeza, los labios húmedos—. El sexo anal tiene algo que no se parece a nada.

—Te lo dije —respondió Lorena desde el otro extremo del sillón, con voz entrecortada porque Natalia —la stripper que Diana había contratado para la noche— le estaba haciendo algo extraordinario con la boca entre las piernas—. Y todavía no te conté la mejor parte.

—¿Cuál es la mejor parte? —preguntó Diana, acomodándose a su lado y apoyando la cabeza en el hombro de Lorena.

—Espera. Primero quiero que me prometas algo.

—Lo que sea.

—Que no me vas a juzgar.

Diana soltó una risa suave y cálida.

—¿Después de todo lo que está pasando en este cuarto? Lorena, nadie te va a juzgar esta noche.

***

Lorena había tardado semanas en hablar del video. Lo guardó en su teléfono durante diez días sin saber qué hacer con eso: su marido Sebastián con la trabajadora sexual que frecuentaba un departamento del centro. No fue el sexo lo que más le dolió —o al menos eso se decía a sí misma—. Fue lo que él le había dicho siempre: que odiaba esa clase de mujeres. Que él era diferente. Que el sexo debía tener un marco, un orden, un respeto. Misionero. Siempre misionero. «No me casé con una cualquiera», le había dicho una vez, cuando ella quiso probar algo diferente. Ella lo había tomado como un halago. El video llegó por mensaje anónimo. Lorena lo vio tres veces antes de bloquearlo. Después, temblando de rabia, llamó a Nadia y le dijo que iba al gimnasio. Necesitaba mover el cuerpo para no gritar.

En la sala de máquinas había dos hombres que no paraban de mirarlas. Cuando uno de ellos se acercó y le preguntó si quería tomar algo más tarde, Lorena casi dijo que no. Casi. Fue cuando el tipo miró a su amigo con esa sonrisa de complicidad que algo dentro de ella cambió de dirección.

—Entendí perfectamente lo que querían —dijo Lorena, con los ojos semicerrados mientras Natalia le pasaba la lengua con firmeza—. Y en lugar de irme, los seguí al vestuario de hombres.

—¿Vos también seguiste? —le preguntó Celia a Nadia, sin detener el movimiento del dildo.

—Fui a buscarla —respondió Nadia, con la voz amortiguada—. Y cuando los encontré… no me fui.

Lorena sonrió ante el silencio que siguió. Se tomó un momento para beber un sorbo de su copa antes de continuar.

—Los dos tenían cuerpos trabajados. Espaldas anchas, abdomen marcado. Y lo que tenían entre las piernas no era cosa menor. Grueso, endurecido, venoso. Cuando el primero me empujó contra los lockers y me besó, yo ya no estaba pensando en Sebastián. Solo quería sentir algo diferente. Algo que él nunca me había dado.

—¿Cómo se sintió? —preguntó Diana, con la voz más ronca de lo habitual.

—Como despertar. —Lorena arqueó la espalda cuando Natalia aceleró—. Uno me entró por la boca, el otro me corrió la ropa interior y me penetró desde atrás. Contra los lockers, paradas, sin ceremonia. Me decían cosas que Sebastián jamás se habría atrevido a decir. Y en lugar de molestarme… me gustó. Más de lo que quiero admitir.

Camila, la hija de Rosa, había dejado de masturbarse y escuchaba con los labios entreabiertos. Sandra —la madre de Nadia, hermana de Rosa— se había quedado inmóvil en su sillón, la copa apretada entre los dedos, los ojos fijos en el suelo. Pero sus muslos estaban más abiertos que antes.

—Nadia lo estaba filmando todo —continuó Lorena—. Yo misma se lo pedí. Quería tener algo de vuelta. Si Sebastián tenía un video, yo también iba a tener el mío.

—Al principio intenté detenerla —dijo Nadia, levantando la cabeza un momento—. Pero cuando vi la cara que ponía mientras la cogían los dos al mismo tiempo… no pude hacer otra cosa que quedarme.

—¿Y? —insistió Celia.

—Y me toqué. Con una mano sostenía el teléfono. Con la otra me metí los dedos.

Varias rieron. Sandra apretó más la copa.

***

Mientras Lorena hablaba, el cuarto seguía vivo. Natalia no había parado en ningún momento: su boca era precisa, hambrienta, alternando entre succiones al clítoris y lamidas largas que recorrían todo el sexo de Lorena. Diana le acariciaba el pelo y se inclinó para besarla en la boca, despacio, saboreándola. Al otro lado del sillón, Rosa había llegado al orgasmo y aún temblaba, los muslos apretados alrededor de la cabeza de Nadia, que seguía lamiendo con trazos lentos para prolongar el placer.

Celia sacó el dildo con cuidado y lo dejó a un lado. Se limpió las manos y fue a sentarse junto a Lorena y Diana. Natalia levantó la vista un momento, labios brillantes, y sonrió antes de volver a hundirse entre las piernas de Lorena.

—¿Qué pasó al final? —preguntó Celia.

—Uno acabó dentro de mí. El otro me pidió que me arrodillara y me terminó en la cara. Yo abrí la boca y lo miré directo a la cámara. Directo a Nadia. —Lorena cerró los ojos un segundo—. Y después le pedí al primero que me la metiera por el culo. Así, sin anestesia.

—¿En serio? —dijo Camila.

—En serio. No era algo que yo hiciera normalmente. Pero esa noche quería cruzar todos los límites que Sebastián me había puesto. Y lo hice. Entró despacio al principio, con cuidado. Dolió un poco, ese dolor caliente que te hace respirar distinto. Pero no le pedí que parara. Le pedí que siguiera.

Rosa, ya recuperada del orgasmo, se incorporó y miró a Nadia con una mezcla de asombro y algo que no era exactamente vergüenza.

—Lo que describes —dijo Rosa en voz baja, casi para sí misma— no suena tan diferente de ciertas fantasías que yo he tenido.

—¿Cuáles? —preguntó Camila, y en su voz había algo más que curiosidad.

Rosa no respondió de inmediato. Se levantó, buscó el strap-on que Celia había dejado en el suelo y lo sostuvo un momento, evaluándolo. Luego miró a Nadia.

—¿Puedo?

Nadia asintió sin decir nada y se puso en cuatro sobre la alfombra, abriendo las piernas.

***

Sandra no había dicho nada en diez minutos. Verónica se había acercado dos veces a rellenarle la copa, y las dos veces Sandra la había aceptado sin levantar la vista. Era la única que estaba sola, que no tocaba ni era tocada, que mantenía las piernas cruzadas mientras los demás cuerpos del cuarto se enredaban con naturalidad.

Pero Verónica la había estado observando toda la noche.

Se arrodilló frente a ella sin pedirle permiso, como si la situación lo hiciera innecesario. Le pasó los dedos por la cara interna del muslo, apenas rozando, y la miró a los ojos. Sandra no la apartó. Verónica sonrió y acercó la boca.

Sandra cerró los ojos.

Lo que siguió no fue lo que ella esperaba. No fue torpe ni mecánico ni impersonal. La boca de Verónica se movía con una atención que ningún hombre le había prestado antes. Sabía exactamente dónde detenerse, cuánta presión aplicar, cuándo alternar entre las succiones y las lamidas largas que hacían que las caderas de Sandra se movieran solas hacia esa boca sin que ella lo decidiera conscientemente.

—Veo que Sandra por fin se sumó —dijo Lorena, con una sonrisa burlona, entre un gemido y otro.

Nadie respondió. No hacía falta.

***

Nadia tenía las manos apoyadas en la alfombra y los ojos cerrados. Detrás de ella, Rosa empujaba el dildo con un ritmo que empezó lento y fue ganando confianza. El arnés le rozaba el clítoris con cada embestida y Rosa apretaba los dientes para no gemir demasiado fuerte. Era una locura hacer esto con su sobrina. Lo sabía. Y precisamente eso —lo prohibido, lo que nunca debería haber ocurrido en circunstancias normales— hacía que cada empujón se sintiera más intenso, más caliente.

Nadia gimió contra la alfombra. Camila se sentó frente a ella y le ofreció el interior del muslo como apoyo. Nadia entendió sin necesidad de palabras y acercó la boca.

En el otro extremo del cuarto, Lorena soltó un gemido largo cuando Natalia le metió dos dedos curvados mientras seguía con la lengua en el clítoris. Diana, besándola al mismo tiempo, deslizó una mano entre sus propias piernas y empezó a tocarse despacio. Natalia extendió la lengua hacia Diana también, alternando entre las dos sin apuro.

—Te quiero mucho, amiga —dijo Diana, con la voz ronca—. Más de lo que imaginás.

—Yo también —respondió Lorena. Y volvieron a besarse.

El cuarto seguía lleno de gemidos, respiraciones agitadas y el sonido suave de la música que Verónica había dejado en loop. Sandra tenía los ojos cerrados y las caderas levantadas, moviéndose contra la boca de Verónica que no paraba. Nadie la miraba. O todas la miraban, pero nadie decía nada.

Fue Camila quien cortó el silencio, con la voz tensa de quien lleva tiempo aguantando algo.

—Creo que ya es hora de contar la segunda parte —dijo.

Rosa, detrás de Nadia, se detuvo en seco.

—Camila… —murmuró, con advertencia en la voz.

—Mamá, ya no podés pedirme que me quede callada. No después de esta noche.

El cuarto se aquietó poco a poco. Nadia levantó la cabeza. Lorena abrió los ojos. Hasta Sandra, sin querer, giró la cara hacia Camila. Solo Verónica siguió donde estaba, con la misma calma de quien sabe que su trabajo no ha terminado.

—¿Segunda parte de qué? —preguntó Nadia.

Camila miró a su madre. Rosa tenía los hombros tensos, los ojos fijos en el suelo. El arnés todavía puesto, las manos a los costados como si no supiera qué hacer con ellas.

—De lo que pasó después de la ducha —respondió Camila—. Porque lo que contamos esta noche no es todo. Ni de lejos.

Nadie habló. La música siguió, baja e indiferente. El departamento olía a sudor, a lubricante, a vino y a algo que ninguna sabría nombrar con exactitud pero que todas reconocían: el olor de una noche que había cruzado demasiadas líneas para volver atrás.

Rosa levantó la vista al fin. Miró a su hija. Luego a su hermana. Luego al resto, una por una.

—No sé si es buena idea —dijo.

—Nadie te va a juzgar —repitió Nadia, esta vez dirigiéndose a su tía—. Quien lo haga, se va de la fiesta. —Y le sostuvo la mirada a Sandra hasta que esta apartó los ojos.

El silencio se extendió un momento más. Largo. Denso. Cargado de todo lo que todavía quedaba por decir. El leve crujir del sillón, la respiración agitada de Sandra, el sonido casi imperceptible de los dedos de Camila moviéndose despacio sobre su propio cuerpo. Todo esperaba.

Y entonces Rosa abrió la boca.

Valora este relato

Comentarios (7)

CarmenSol45

increible!!! quede con ganas de mas, por favor continualo

ElenaRoja

La tension del vestuario me tuvo al borde del asiento, no pude dejar de leerlo

Valentina_R

Muy bien escrito, se siente natural y real. Gracias por compartirlo!

NocturnoPerdido

Que relato tan intenso, lo lei dos veces jajaja

PatricioR

Me gusto mucho como manejaste la parte emocional, no es solo picante sino que tiene profundidad. Esperando la segunda parte

LucasBsAs

Me pregunto si habrá continuación... quede intrigado con el final

Santi_cba

buenisimo!!! sigue asi

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.