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Relatos Ardientes

La tarde que mi hijastra me enseñó a desear

Me llamo Marcela y tengo cuarenta y cuatro años. Me casé hace cuatro años con Rodrigo, un empresario que viaja por negocios la mitad del año. Él estuvo casado antes y tiene dos hijos: un varón de veintisiete y una chica de veinte. La chica se llama Sofía, y lo que voy a contar ocurrió durante el último viaje de su padre.

Tengo el cabello castaño claro, largo, y los ojos color miel. Lo que se suele llamar un físico bien conservado. Sé que me miran cuando entro a un lugar — hombres y mujeres — y eso nunca me ha molestado. Tengo curvas pronunciadas, caderas anchas, un trasero redondo que me ha ganado más de una mirada larga, y unos pechos pequeños que siempre preferí así. No me visto de manera provocativa, pero sí con cuidado, que no es lo mismo.

Sofía es de otro tipo de belleza. Tiene el cabello color chocolate, la piel levemente bronceada todo el año, pechos grandes, cintura estrecha y un trasero que compite con el mío sin esfuerzo aparente. La primera vez que la vi, cuando llegó a casa con una mochila y esa expresión de quien no quiere estar donde está, pensé que era de esas chicas que lo saben todo sobre sí mismas desde muy jóvenes. Después entendí que tenía razón.

***

Sofía vino a vivir con nosotros porque su madre la encontró en su cuarto teniendo sexo con dos hombres al mismo tiempo. La madre, escandalizada, la mandó con su padre para que la «corrigiera». El problema era que Rodrigo viajaba constantemente, así que delegó esa responsabilidad en mí. Me dijo: «Tú te encargas, Marcela. Tú sabes cómo manejar estas situaciones.» Yo no estaba tan segura de eso, pero acepté.

Con su padre en casa, Sofía era formal, casi invisible. Respondía lo justo, comía en silencio y desaparecía en su habitación después de la cena. Cuando Rodrigo viajaba, era una persona completamente distinta. Se sentaba conmigo en la cocina por las mañanas, tomábamos café, y me contaba cosas con esa naturalidad de quien asume que el otro adulto puede manejar la información. Me dijo que le gustaban los hombres y las mujeres por igual. Que había tenido una relación de dos años con una chica. Que, según ella, ningún hombre sabía tocar a una mujer como otra mujer lo hacía.

—Es que es diferente —me explicó una mañana—. Es como tocarte a ti misma, pero sin poder predecir exactamente lo que vas a sentir. Por eso es mejor.

Yo la escuchaba y no sabía muy bien qué hacer con esa información. La guardaba en algún lugar indefinido y seguía con mi día.

***

El detonante fue el último viaje. Sofía le pidió a su padre permiso para que una amiga se quedara el fin de semana. Rodrigo se negó en redondo: dijo que su casa no iba a ser escenario de sus «porquerías», que estaba castigada, y que yo me encargaría de que cumpliera el castigo. Sofía protestó, lloró, juró que la amiga era una chica completamente normal que no sabía nada de sus gustos. No sirvió de nada. Rodrigo se fue al aeropuerto y dejó un silencio denso en toda la casa.

Pasaron tres horas. Yo estaba en la cocina sin escuchar ningún ruido desde arriba. Le preparé un sándwich y un zumo, subí al primer piso y llamé suavemente a su puerta.

—Adelante —dijo ella.

La encontré en la cama. El cabello revuelto sobre la almohada, los ojos todavía enrojecidos de haber llorado. Llevaba solo un top turquesa de tirantes y una braga de encaje del mismo color, y la combinación con su piel bronceada era tan directa que tuve que mirar deliberadamente hacia la ventana antes de seguir. Dejé la bandeja en la mesilla de noche.

—¿Vienes a asegurarte de que no estoy haciendo porquerías? —preguntó.

—Vengo a traerte algo de comer —dije.

Me di la vuelta para salir.

—No te vayas —dijo.

Me senté en el sillón que había junto a la cama. No era la primera vez que veía a una mujer en ropa interior — vestuarios, piscinas, casas de amigas de toda la vida. Pero aquella tarde era diferente, y no habría sabido explicar exactamente por qué, salvo que Sofía me miraba de una manera que hacía que yo tomara conciencia de cada cosa que llevaba puesta, de cómo estaba sentada, de si respiraba con normalidad o no.

Comió en silencio unos minutos. Luego dejó el sándwich a medias sobre la bandeja y me miró fijo.

—¿Te gusta lo que ves?

No respondí. Ella se levantó de la cama y vino a sentarse a mi lado en el sillón. Había muy poco espacio entre nosotras. Olía a algo suave, floral, mezclado con piel caliente de quien lleva horas tumbada sin moverse demasiado.

—¿Me puedes abrazar? —preguntó—. Estoy muy sola y no se me pasan las ganas de llorar.

Yo llevaba un vestido de tirantes largo y liviano, sin nada debajo. Lo entendí en ese momento como algo que iba a cambiar todo o no iba a cambiar nada, y no supe cuál de las dos opciones me daba más miedo.

La abracé. Ella apoyó la cabeza contra mi pecho, y en ese instante mis pezones se endurecieron contra la tela fina del vestido. Sofía lo notó. Levantó la vista hacia mí con una expresión que no era exactamente inocencia.

—¿Podemos jugar a algo? —dijo—. Un juego que a mí me calma cuando estoy triste.

—¿A qué? —pregunté.

—A que yo soy una nena y tú eres mi mamá.

La forma en que lo dijo — despacio, sin ironía, con los ojos clavados en los míos — me provocó una presión entre las piernas que no esperaba. No sé exactamente qué evaluó la parte racional de mi cabeza en ese momento. La parte del cuerpo dijo que sí sin esperar consulta.

Me quedé sentada como estaba. Ella se acomodó en mi regazo, de costado, con las piernas dobladas hacia arriba, como una niña pequeña. Luego, con esa voz finita y deliberada que había adoptado de golpe, me pidió «tetita». Y antes de que yo pudiera procesar la palabra, bajó el tirante izquierdo de mi vestido y dejó al descubierto mi pecho.

Mi pezón estaba completamente erecto.

Ella empezó a succionarlo despacio. Yo gemí — un sonido que salió solo, antes de que pudiera decidir si quería que saliera — y ella intensificó la presión de inmediato. Con la mano libre bajó el otro tirante, dejó el pecho derecho al aire, y empezó a trabajarlo con una destreza que no tenía absolutamente nada de principiante. Mis gemidos se volvieron más continuos, y ella sonreía cada vez que los oía.

Paró un momento y me miró.

—¿Has estado con una mujer antes?

—No —admití.

Intenté cubrirme con las manos. Ella las apartó sin violencia pero con firmeza, se acercó a mi boca y me besó. No fue un beso tentativo ni educado: fue con la lengua adentro, con las manos en mis pechos, con una seguridad que me desarmó de golpe. Yo tenía cuarenta y cuatro años, había estado casada dos veces, y nadie me había besado así en mucho tiempo, o quizás nunca.

Mis manos empezaron a moverse sin que yo las instruyera. Primero su espalda. Luego sus caderas. Luego esos pechos grandes que cabían exactamente en mis palmas abiertas, con los pezones tan duros como los míos. Me perdí entre sus curvas con una sensación que reconocí como algo que había estado esperando sin saberlo, durante más tiempo del que quería calcular.

***

Se levantó del sillón sin dejar de besarme, me tomó de la mano y me guió hacia la cama. A mitad de camino paró. Me quitó el vestido despacio, lo dejó caer al suelo, y me observó un momento en silencio: de frente, de espaldas, de frente otra vez. No como evaluación, sino como quien está mirando algo que llevaba tiempo queriendo ver.

—Tenía razón —dijo en voz baja—. Mejor de lo que imaginaba.

Me tumbé sobre la cama. Ella se colocó encima y empezó desde el principio, con paciencia: el cuello, los hombros, los pechos de nuevo, el abdomen. Su lengua iba dejando un camino hacia abajo sin apresurarse, y yo sentía que el tiempo había dejado de funcionar con normalidad. Cuando llegó al borde de mi ropa interior la quitó con las manos y continuó sin pausa.

Empezó por los bordes. Exploró despacio, encontró exactamente lo que hacía que yo apretara las sábanas con los puños, y cuando lo tuvo localizado fue directamente ahí. Lo que hizo durante los minutos siguientes fue lo más concentrado que nadie había puesto en mí en mucho tiempo. No como quien cumple un trámite sino como quien presta atención de verdad, como si le importara llegar al fondo de la cosa.

Me corrí con una intensidad que me dejó sin habla, con las piernas temblorosas y los ojos cerrados. Sofía levantó la cara — completamente mojada — y en vez de limpiarse se acercó a mi boca.

—Con la lengua —murmuró—. Recógelo todo.

Lo hice. Y me excité haciéndolo, lo que no esperaba en absoluto.

Cuando terminé, ella se quitó el top y la braga y se colocó sobre mi cara. Yo nunca había estado en esa posición, pero el cuerpo no esperó instrucciones del cerebro. Empecé a lamer, introduje los dedos despacio, seguí el ritmo que ella me marcaba moviéndose encima de mí. Se corrió dos veces. La segunda, aferrada al cabecero de la cama con los nudillos blancos y la espalda arqueada hacia adelante.

***

Después se tumbó a mi lado. Las dos mirando el techo. Las dos respirando despacio sin decir nada durante un rato largo.

—A partir de ahora —dijo Sofía, con esa calma de quien anuncia algo que ya estaba decidido desde antes— no necesito traer a nadie a casa. Te tengo a ti.

Pensé en Rodrigo. En sus viajes, en los años que llevaba casada sintiéndome vista pero no del todo conocida, cuidada pero no deseada de aquella manera específica que Sofía acababa de mostrarme que existía y que yo nunca había experimentado.

—¿Y cuando él esté aquí? —pregunté.

Ella se giró hacia mí, me miró unos segundos y respondió sin apartar los ojos.

—Eso también tiene sus posibilidades.

No dije nada más. Solo asentí y miré de nuevo el techo.

Así empezó lo que Sofía y yo tenemos ahora. Una cosa sin nombre que ocurre en los viajes de su padre y a veces sin que haya viaje de por medio. Ella tiene veinte años y yo cuarenta y cuatro, y lo que me enseñó no fue solo cómo tocar o cómo dejarme tocar — fue que a esta edad todavía era posible descubrir algo sobre una misma que cambiara la forma en que se mira al espejo por las mañanas.

Eso, supongo, no tiene precio.

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Comentarios (8)

CuriosaLectora22

Que relato tan hermoso, me dejo con ganas de saber mas. Gracias por compartirlo!!

Luna87

Esperando la segunda parte, por favor no nos dejes con las ganas jaja

Silvieta88

increible!!!

Mariana_cr

Me recordo a algo que pase hace tiempo, esa mezcla de sorpresa y confusion que no se puede explicar bien... muy bien escrito

NocheVelada88

Lo que mas me gusto es como captaste ese momento de duda antes de que pase todo. Se siente autentico, sin nada forzado. Sigue asi!

DulceTormenta

Algo diferente a lo de siempre, me gusto mucho el enfoque. Ojala mas historias asi :)

Tatianita97

buenisimo, de los mejores que lei ultimamente en el sitio!!!

Lectora_Porfi

hay segunda parte?? me quede con curiosidad jaja

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