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Relatos Ardientes

Fingí dormir mientras mi amiga me tocaba

Sofía y yo nos conocimos el primer día de facultad. Llegamos tarde las dos al mismo aula de Arquitectura, cada una con el papel de inscripción en la mano y la misma expresión de pánico al ver el pasillo lleno de desconocidos. Entramos juntas por pura supervivencia. Nos sentamos al fondo porque ya no quedaban lugares cerca de la pizarra. Y de ahí en más, algo quedó entre nosotras.

No éramos inseparables. Era una amistad más tranquila que eso: nos buscábamos en la biblioteca cuando llegábamos antes de que se llenaran las mesas, compartíamos apuntes de las materias que teníamos en común, coincidíamos en las mismas fiestas y nos íbamos juntas cuando las dos habíamos tenido suficiente. Era el tipo de vínculo que no necesita demasiado cuidado para sobrevivir los años.

Era menuda, Sofía. Pelo castaño oscuro que llevaba corto sobre los hombros, ojos claros que contrastaban con su tez morena. No era el tipo de mujer que para el tráfico al pasar, pero tenía algo difícil de nombrar: una forma de prestarte atención cuando le hablabas, de mirarte como si lo que decías fuera lo más importante del mundo en ese momento. Tuvo varios pretendientes durante la carrera. Ninguno me pareció bueno para ella, aunque nunca lo dije.

Nunca pensé en ella de esa manera. Por lo menos, eso me decía a mí misma.

***

En cuarto año nos tocó un trabajo final para Estrategia y Gestión de Proyectos. El grupo era de cuatro personas, pero las otras dos vivían lejos y ninguna quería cruzar la ciudad a esa hora de la tarde. Terminamos siendo solo nosotras. Como en otras ocasiones, nos quedamos en su departamento: un cuarto piso con vista a un patio interior, pequeño, silencioso, más cómodo que el mío para trabajar.

Trabajamos hasta pasadas las once. Armamos el borrador, lo revisamos dos veces, acomodamos las diapositivas. Cuando terminamos estábamos las dos agotadas y ya no tenía sentido que yo me tomara el colectivo a esa hora.

—Quedate —dijo Sofía. No era una pregunta.

—Sí —dije, y fue así de simple.

Me prestó una remera larga y un par de medias. Yo me quedé con el corpiño y la bombacha que tenía puesta. En su cuarto había dos camas desde hacía años: la suya y la de su ex compañera, que se había mudado el año anterior y había dejado la cama vacía. Yo usaba esa cama cada vez que me quedaba, que no era la primera vez.

Me acosté de costado, mirando la pared. Sofía se quedó leyendo con la lamparita del velador encendida, algo que le había visto hacer cien veces. La luz no me molestaba. Me quedé dormida enseguida: el cansancio de las últimas semanas me cayó encima en cuanto apoyé la cabeza en la almohada.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que lo sintiera.

Fue algo muy leve al principio, casi inapreciable, sobre la curva de mis nalgas. Pensé que era el borde de la sábana moviéndose, o una mosca. Me mantuve quieta. Pero la sensación no desapareció: era suave y continua, y cuando lo procesé del todo entendí que eran dedos. Los dedos de Sofía.

Me desperté por completo en ese instante, aunque no me moví. El cuerpo me pedía que me diera vuelta, que dijera algo, que rompiera el silencio de alguna manera. Pero algo más fuerte me mantuvo donde estaba. No quería que terminara. No todavía. Quería saber adónde iba a llegar.

Sus dedos se movían despacio. Era cuidadoso, casi metódico: recorría el contorno de mis nalgas siguiendo la línea de la tela, sin cruzarla, como mapeando el terreno antes de avanzar. No había nada torpe en ese movimiento. Era alguien que sabía exactamente lo que hacía y elegía hacerlo con paciencia.

Decidí no decir nada.

Me puse boca abajo. No sé si fue una decisión consciente o si el cuerpo se adelantó a la cabeza; lo hice despacio, como si lo hiciera durmiendo, y apoyé la cara en la almohada. Por unos segundos no pasó nada. Silencio absoluto.

Luego la sentí moverse. Se levantó de su cama, vino hacia la mía, se sentó a la altura de mis caderas con cuidado de no hacer ruido. Sus manos volvieron con más espacio. Las dos palmas abiertas sobre mis nalgas, recorriéndolas, aprendiéndolas. Su respiración cambió: se hizo más honda y lenta, y yo la oía en la oscuridad del cuarto aunque ninguna de las dos dijera nada.

Cuando acercó la cara y sentí su aliento tibio sobre mi piel, cerré los ojos.

Empezó a rozarme con la nariz. Solo eso: sin besar, sin abrir la boca. Iba de un lado al otro con una lentitud que era casi insoportable. Y yo sentía cada milímetro de ese desplazamiento como si esa parte de mi cuerpo hubiera cobrado una sensibilidad nueva, como si cada terminación nerviosa hubiera estado dormida hasta ese momento y se despertara de golpe. El calor que me subía desde adentro era algo que conocía, pero no en ese contexto. No así.

La humedad llegó sin pedirla.

Cuando puso los labios sobre mí, sin llegar a besarme todavía, solo apoyando la boca sobre mis nalgas y moviéndola despacio, solté un sonido que no pude contener. Fue casi inaudible. Pero fue suficiente.

Sofía no se detuvo. Siguió.

Me bajó la bombacha. Lo hizo centímetro a centímetro, sin tirones ni urgencia, como si el tiempo no existiera. La dejó a mitad de los muslos. Luego separó mis nalgas con las dos manos, con suavidad pero con firmeza, y sentí el aire frío del cuarto un instante antes de sentir su lengua.

Cerré los puños sobre la almohada.

No había nadie que me hubiera hecho eso de esa manera. Ni con esa paciencia, ni con esa precisión. Sofía sabía exactamente dónde poner la lengua y cuánto tiempo quedarse, y yo me rendí sin pensarlo más. El cuerpo dejó de esperar instrucciones de la cabeza.

Separé las piernas.

No lo decidí. Pasó. Y ella lo entendió sin que yo dijera nada: mientras seguía con la lengua, su mano encontró el camino entre mis muslos y sus dedos empezaron a moverse allí. Despacio primero, luego con más claridad, con más intención. Gemir en voz alta me daba vergüenza, así que me mordí el antebrazo. Pero los sonidos salían igual, apagados contra la almohada, mezclados con el silencio del cuarto pequeño.

En algún momento noté que su propia respiración tenía una cadencia diferente. Sus movimientos sobre mí también cambiaron levemente, como si algo le distrajera la concentración de una manera específica. Entendí que también ella se tocaba. Que lo que estaba ocurriendo entre nosotras la afectaba de la misma manera que a mí.

Eso me terminó de romper.

El orgasmo llegó de golpe, sin el aviso gradual que uno espera. Fue un quiebre repentino que me recorrió entera y me quitó el aire durante varios segundos. Me quedé inmóvil, sacudiéndome por dentro, con la cara enterrada en la almohada y las manos apretando la sábana.

Un momento después, escuché a Sofía llegar. Fue breve y contenido: un sonido casi imperceptible, un suspiro que duró lo que dura una exhalación, y luego silencio.

***

Me acomodó la ropa. Fue el último gesto que tuvo conmigo esa noche: bajó la tela de vuelta a su lugar con la misma paciencia con la que había hecho todo lo demás. Se levantó, fue a su cama, se acostó. El crujido del colchón, y luego el clic de la lamparita al apagarse.

Oscuridad total.

Yo seguía boca abajo, sin saber qué hacer con mi cuerpo ni con lo que acababa de procesar. El cuerpo todavía le zumbaba. La cabeza empezaba a girar en espirales: qué había pasado, qué significaba, qué iba a pasar ahora. Si ella sabía que yo estaba despierta. Si yo quería que lo supiera.

No dormí mucho esa noche.

A la mañana siguiente sonó su alarma a las siete y media. Sofía se levantó, fue al baño. Me hice la dormida hasta que escuché la ducha. Luego me vestí en silencio, doblé la remera que me había prestado y la dejé sobre la cama. Cuando ella salió, ya estaba lista para irme.

—Te hago un café —dijo, como si fuera un día cualquiera.

—Tengo práctica temprano —mentí.

—Bueno —dijo. Y no agregó nada más.

Ninguna de las dos mencionó nada. Ni esa mañana, ni esa semana, ni en los meses que siguieron. Era como si la noche existiera en un plano separado de nuestra amistad, un espacio donde las cosas sucedían sin necesitar palabras para tener peso.

Pero algo cambió entre nosotras. No de manera dramática ni obvia: fue algo en la forma en que nos mirábamos cuando nos cruzábamos en la facultad. Una fracción de segundo de más antes de desviar los ojos. Una corriente nueva que corría por debajo de lo de siempre y que ninguna de las dos nombraba.

Terminamos la carrera. Cada una siguió su camino. Nos vemos poco ahora, de vez en cuando, cuando coincidimos en algún evento o cuando una le escribe a la otra después de mucho tiempo. Y cada vez que la veo, pienso en esa noche: en el cuarto oscuro, en sus manos que me recorrieron despacio, en el silencio que compartimos después sin necesitar explicarlo.

No sé si lo que hizo fue valentía o locura. No sé si lo mío fue cobardía o exactamente lo que quería hacer.

Lo que sé es que desde esa noche, hay noches en que pienso en ella. Y eso tampoco necesita nombre.

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Comentarios (7)

Monika40

que historia!!! me tuvo pegada hasta el final

valentina_noc

Por favor necesito saber que paso despues, no puede terminar ahi!!

Romi_Noc

Me encanto el detalle de que fingiste. Eso dice mucho de los dos lados jeje. Muy bien escrito!

LuciaPampas

Me recordo a una situacion parecida que tuve en la facu, aunque la mia no llego tan lejos jajaja. Los nervios de ese momento los entiendo perfectisimo

NachoCba

Lo que no tiene nombre a veces es lo que mas se siente, no?

SolBonaerense

increible!!! sigue escribiendo por favor

Fernanda_Lect

Que manera de arrancar el relato, con eso solo ya te ganaste al lector. Ojala haya segunda parte porque quedaron muchas cosas sin decir

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