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Relatos Ardientes

La confesión que escuché en el jacuzzi del hotel

Mi marido nunca había permitido que viajara sin él. En quince años de matrimonio, la única vez que me alejé más de cien kilómetros fue cuando murió mi abuela, y aun así Mauricio insistió en acompañarme hasta el cementerio. Por eso, cuando me dijo que esa semana no podía dejar la oficina y que aprovechara para irme con mi hermana al Caribe, sospeché que algo extraño le pasaba.

Lo que no imaginé fue que él mismo había metido en mi maleta vestidos de baño que jamás me había visto puesta, lencería que nunca habíamos usado en la intimidad y un sobre rojo con una nota: «úsala para el indicado y tomate unas fotos para mí».

Hasta ese viaje, mi vida sexual había sido un cuarto cerrado con una sola ventana. Mauricio fue mi único hombre. Lo conocí cuando yo todavía era una niña, y nunca se me ocurrió mirar a otro lado. En la luna de miel descubrí que su lado salvaje era brusco, no apasionado: me quitó el vestido como quien abre un regalo y me poseyó sin tener en cuenta que era mi primera vez.

Con los años aprendí a fingir, a bloquear partes de mí. Nunca me dejé venir en la boca. Nunca me cogió por detrás más allá de la punta. Nunca me tocó con la lengua donde más me ardía.

Verónica, mi hermana mayor, lleva dos años divorciada y vive como si tuviera veinte. Fue ella la que insistió en este viaje. Damián apareció el primer día en la barra del hotel, junto a su primo Marcos. Marcos era para ella desde la primera mirada: alto, fuerte y torpe, justo el tipo que mi hermana sabe domar.

Damián era de otra raza. No por su piel, que era del color de la madera oscura, sino por la manera en que hablaba. Cada palabra suya parecía calculada para abrirme una puerta dentro y dejarme sola del otro lado, decidiendo si entraba.

Para el tercer día, ya había hecho con él cosas que no había hecho con Mauricio en quince años. Le había mamado el sexo en la pista de una discoteca, frente a desconocidos, y había tragado lo que se vino en mi boca con un sabor a coco que no se parecía a nada que conociera. Le había sostenido el miembro mientras orinaba, y la primera gota tibia que cayó en mi mano blanca despertó una vergüenza que era, en realidad, deseo.

Le había entregado lo que Mauricio nunca pudo arrancarme, despacio, mientras Verónica nos miraba desde el sillón con una cara que era a la vez de hermana y de cómplice.

***

Esa tarde, después del almuerzo, Verónica volvió a su habitación con Marcos y empezaron de nuevo. Mi hermana gime sin pudor, sin medirse. Damián y yo nos reímos en la cama de al lado, con la pared vibrando.

—Tu hermana se volvió adicta a mi primo —dijo, pasándome el dedo por el labio inferior.

—¿Y cuando volvamos? ¿Cómo va a manejar esto?

Se quedó pensando un segundo y esbozó una sonrisa que me incomodó.

—Solo se calmará si vienen seguido. A que tengamos sexo de verdad.

Hablaba en plural. Hablaba de las dos. Hablaba de mí, como si lo que estaba ocurriendo pudiera continuar en la otra vida, en la real. Quise responderle algo cortante, pero la idea me encendió, y eso me asustó más que la propuesta misma.

—Salgamos a caminar —dije, levantándome de la cama—. No aguanto otro orgasmo de mi hermana.

Me puse uno de los vestidos de baño que Mauricio había empacado, uno morado con una salida transparente, y bajamos tomados de la mano. La piscina estaba casi vacía a esa hora. Casi. En las escaleras del fondo, sentada con el agua hasta el cuello y la mirada perdida, había una mujer que reconocí. Lucía, una chica que habíamos saludado el día anterior en el catamarán: morena, joven, con el pelo negrísimo hasta la cintura. Había venido con su marido, Andrés, un tipo que sonreía demasiado y miraba donde no debía.

Lucía levantó la mano apenas me vio, como si fuésemos amigas viejas.

—¡Pensé que ya se habían vuelto! ¿Y este mulato dónde lo conseguiste?

Sentí que me ardían las orejas. No por la pregunta, sino por la naturalidad con que la hizo. Damián se rió, hizo una broma y se ofreció a traernos algo de la barra. Yo le hice una seña: media hora.

—¿Y Andrés? —pregunté, metiéndome en el agua junto a Lucía.

Hizo una mueca.

—Está allá, con un «amigo de la universidad» que apareció «de casualidad» en este mismo hotel. La casualidad se llama Rafael y la planearon entre los dos.

Vi cómo se le humedecieron los ojos antes de que decidiera no llorar. Le pregunté si quería que me fuera, pero me apretó la muñeca.

—Necesito hablar con alguien que me entienda. Tu hermana me contó que estás viviendo cosas. Yo… vi algo, hace años. Y desde entonces no soy la misma.

Le dije que sí, porque su voz tenía la urgencia de quien necesita confesarse, y porque algo en mí ya estaba abriendo la puerta antes de saber qué iba a entrar.

—Vamos a la zona húmeda —propuse—. Aquí hay demasiada gente.

Le hice señas a Damián desde la entrada del kiosco. Me devolvió un pulgar arriba y siguió escuchando a los hombres. Caminamos abrazadas, conscientes de las miradas que se nos pegaban a la espalda.

***

El jacuzzi estaba en un rincón apartado, con una pared de bambú. Nos metimos hasta los hombros y dejé que el silencio nos asentara antes de pedirle que continuara. Lucía se mordió el labio inferior.

—Rafael fue el mejor amigo de Andrés en la universidad. Cuando yo todavía era novia, él empezó a aparecer cada vez que salíamos. Andrés terminaba siempre borracho, y entonces Rafael me llevaba a casa en su coche. Al principio no pasaba nada. Solo me hablaba. Me contaba cómo se había llevado a la cama a tantas mujeres. Me describía todo: lo que les hacía con la lengua, dónde las tocaba, cómo se las cogía por detrás. Yo no le decía nada. Lo dejaba hablar.

Tragué saliva. Sentí el agua moverse entre mis muslos.

—Una noche salí con una amiga, Daniela. Era recatada, callada. Esa noche se nos pegó a la salida. Andrés se durmió en el sillón de su casa, como siempre, y Rafael se ofreció a llevarnos. Daniela insistió en que me dejaran a mí primero. Yo me hice la dormida en el asiento de atrás. Veía todo por el reflejo del retrovisor.

Su voz se hizo más fina, más apretada.

—Le susurró algo al oído. Le mordió el lóbulo. Él se desabrochó el pantalón sin decir una palabra. Le agarró la cabeza y la empujó hacia abajo, y mi amiga, mi amiga callada, se lo metió en la boca como si llevara años esperando ese momento. Pero él no la dejaba subir. La sostenía del pelo. Y mientras manejaba, me miraba por el espejo, sabiendo que yo lo veía todo.

Yo había bajado la mano debajo del agua sin darme cuenta. Lucía se acercó un poco más, hasta que sus muslos rozaron los míos.

—Cuando él se vino en su boca, le ordenó que tragara. Y ella tragó, llorando. Después detuvo el coche. Le preguntó si quería seguir o no. Ella dijo que sí. Y la cogió ahí, en el asiento del copiloto, conmigo a treinta centímetros, con los ojos cerrados pero abiertos.

Su mano había llegado, sin que yo supiera cuándo, hasta el borde de mi vestido de baño.

—¿Y tú no hiciste nada? —susurré.

—No moví un músculo. Disfruté. Disfruté como nunca había disfrutado con Andrés. Y cuando me bajé del coche, me hice la que despertaba. Le di las gracias. Y desde esa noche no he podido dejar de pensar en eso. Cada vez que Andrés me toca, lo veo a él. Y lo odio. Y lo deseo.

No supe si fui yo quien la besó primero o ella. La boca le sabía a sal y a vino blanco. Le metí la mano por debajo del traje de baño, encontré que estaba completamente depilada, encontré que estaba mojada de una forma que el agua del jacuzzi no podía explicar.

Ella respondió bajándome el escote del vestido, dejándome los pechos al aire, y me lamió un pezón con una calma que parecía ensayada.

—Nunca lo había hecho con una mujer —murmuró—. Pero contigo quiero hacerlo todo.

La tomé del cuello con una mano y con la otra le aparté el bikini. Mi propio dedo entró en ella, guiado por su respiración. Después fueron dos. Después fue su lengua, cuando se hundió bajo el agua y me empujó hasta el borde para sentarme en la loza fría y abrirme las piernas como si yo fuera una cosa suya.

Cerré los ojos. No quería ver a las parejas que nos miraban desde los otros jacuzzis.

***

Cuando los abrí, Damián estaba en la entrada. Se quitó las bermudas sin apuro. Se acercó. Sacó el celular y tomó una foto, y aunque debí haberme tapado, no lo hice. Lo dejé hacer. Le sonreí. Lucía no lo vio hasta que él se arrodilló frente a mi cara y me ofreció su sexo con esa tranquilidad de las cosas que no se piden.

Empecé a mamarlo mientras Lucía me lamía. Cuando ella levantó la mirada y lo vio, se le abrieron los ojos como a una niña frente a un postre.

—¿Quieres probarlo? —le dije, sacándomelo de la boca y ofreciéndoselo con la mano.

Asintió. No habló. Lo tomó con las dos manos y se lo metió despacio, mirándolo todo el tiempo, como midiéndolo. Damián le sostuvo la cabeza con una delicadeza que me hizo apretar las piernas.

Yo bajé y le besé los testículos, y nos turnamos durante minutos largos: una le lamía el tronco y la otra le acariciaba el resto, hasta que no pude más y le susurré a Lucía al oído:

—Ahora yo a ti. Por primera vez.

Se acostó en la loza con las piernas abiertas. Bajé entre ellas y le lamí el sexo como ella me había hecho, sin saber bien qué estaba haciendo, dejándome guiar por sus gemidos. Damián le metió el suyo en la boca y le sostuvo la cabeza. En unos minutos sentí cómo se vino contra mi boca: dulce, salada, urgente.

Le metí dos dedos en el ano sin pensarlo, y cuando ella levantó las caderas, le hundí ahí la lengua. Fue lo más sucio que había hecho en mi vida.

Damián la miró, me miró, y se vino en la boca de Lucía sin avisar. Ella tragó lo que pudo. El resto le bajó por la comisura. Damián la giró con una mano. Le apuntó al ano. Entró despacio, primero la cabeza, después la mitad, mientras ella gemía contra mi muslo.

Le lamí los restos de semen de los labios y la besé con lengua. Sabía a él, sabía a mí, sabía a una mujer que dos horas antes era una desconocida.

—Quiero meter la lengua en tu culo, como tú me lo hiciste —me susurró Lucía entre embate y embate.

Me acosté boca arriba. Ella se montó al revés. Armamos un sesenta y nueve mientras Damián seguía hundiéndose en su ano sin pausa. Cerré los ojos cuando sentí la lengua de ella, ese ardor distinto, esa humillación deliciosa de ser abierta así por una mujer que apenas conocía.

Damián se inclinó sobre mi cara y me besó.

—Gracias por dejarme entrar en tu juego de niñas —dijo bajito.

Lo miré con todo el deseo del mundo. Y dije algo que jamás había salido de mi boca:

—Si te portas bien, esta noche te puedes coger a las dos. Pero antes vas a verme con un amigo de ella.

Abrió los ojos. Yo bajé a lamer otra vez el sexo de Lucía, que estaba inundado. Damián aceleró. Cuando se vino dentro de ella, le lamí lo que se desbordó y, sin pensarlo, levanté la cabeza y le pasé a Lucía el miembro a la boca para que lo limpiara. Lo hizo como si llevara toda la vida haciéndolo.

***

Cuando volvimos a la habitación, ya era de noche. Damián caminaba un paso atrás, mirándome la espalda. Yo no era la misma mujer que había llegado al hotel cuatro días atrás. No sabía si la que volvía era mejor o peor. Solo sabía que esa noche iba a ponerme el conjunto rojo y a tomarme las fotos para Mauricio. Pero la mujer que iba a aparecer en ellas no era la suya.

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Comentarios (7)

NocheSuave

Que historia!! me la lei sin parar, no podia soltar el cel

Valentina_rdp

Por favor continuacion! quede con muchas ganas de saber que paso despues de esa confesion

spaghetti2009

Me recordo a unas vacaciones en un hotel hace años, esas casualidades que te sacuden de golpe jaja. Muy bueno

LectorDespierto

Esto paso de verdad? se siente muy real, muy autentico

Esteban_Sur

Me gusto mucho el ritmo, no se hizo predecible en ningun momento. Muy bien escrito

Marce2k

jaja ahora voy a querer ir a todos los hoteles con jacuzzi a ver que escucho

PilarGDL

Genial!!!

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