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Relatos Ardientes

Lo que descubrí en Viena casi me costó la vida

Viena en noviembre tenía esa cualidad particular de las ciudades que han visto demasiado: una elegancia cansada, calles de adoquines mojados por una llovizna que no llegaba a ser lluvia, fachadas barrocas mirando hacia abajo con la indiferencia de quien lleva siglos guardando secretos.

Valeria Medina llegó desde Córdoba con dos maletas, una grabadora digital y el encargo de su revista: investigar la muerte de tres hombres que habían aparecido sin vida en habitaciones de hotel de cinco estrellas en los últimos cuatro meses. Un banquero croata, un ministro búlgaro, un empresario alemán. Todos habían cenado la noche anterior en compañía de una mujer. Todos habían muerto durante esa misma noche o en las horas siguientes, sin señales de violencia externa y sin historial de enfermedades cardíacas.

Los detalles que la policía austríaca no hacía públicos eran los que más le interesaban a Valeria: cuerpos desnudos, signos evidentes de actividad sexual reciente y trazas de una sustancia orgánica que los toxicólogos no lograban clasificar. La descripción de la mujer variaba según el testigo, pero coincidía en tres puntos: pelo oscuro, altura notable, acento difícil de ubicar.

Valeria tenía treinta y tres años y la costumbre de entrar en los lugares por la puerta que otros no usaban. Era de mediana estatura, con un cuerpo que en otro tipo de trabajo habría sido menos complicado de llevar, y la habilidad específica de parecer inofensiva hasta que dejaba de parecerlo. Había dejado en Córdoba un matrimonio que se fue apagando como una vela que nadie apaga sino que simplemente se consume, y un nivel de energía sexual que los últimos meses de trabajo periodístico no habían hecho más que represar.

La primera noche, instalada en un hotel modesto cerca de la Karlsplatz, repasaba documentos en su laptop con una copa de vino tinto que no terminaba de convencerla cuando llegó el mensaje de un número desconocido:

—El puente de cadenas. Esta noche, a las once. Vení sola.

***

Stefan Köhler tenía la mandíbula cuadrada de alguien acostumbrado a no ceder y el acento de un austríaco que había pasado tiempo en Buenos Aires. Era inspector de la Mordkommission y llevaba el saco abierto a pesar del viento que subía desde el Danubio negro. Rondaba los cuarenta años, aunque el trabajo le había puesto en los ojos algo más antiguo.

—Señorita Medina —dijo sin preámbulo—. Investigo los mismos casos desde hace tres meses y sigo en el mismo punto. Usted tiene fuentes que yo no tengo. Y yo tengo información que usted no puede conseguir sola.

La llevó a un apartamento de la Innere Stadt, tercer piso, con ventanas que daban al río y estantes llenos de expedientes ordenados con la obstinación de alguien que se niega a cerrar un caso. Valeria revisó las fotos. Tres habitaciones de hotel con el mismo orden perturbador de quien fue meticuloso incluso en eso.

—¿La sociedad tiene nombre? —preguntó.

—Die Nachtfalter. La Polilla Nocturna. Un círculo privado de hombres con dinero y la certeza de que el dinero los protege de todo.

Cuando levantó la vista, Stefan la estaba mirando de una manera que no tenía nada que ver con el caso. Valeria sostuvo la mirada sin apartar la suya.

El beso llegó sin anuncio, como llegan las cosas que llevan tiempo acumulándose. Fue un beso de alguien que sabe exactamente lo que quiere, y Valeria respondió desde el mismo lugar.

Stefan la empujó con suavidad contra los estantes. Le bajó el cierre del vestido con los dedos, despacio, con una atención que Valeria no esperaba de un inspector de homicidios. Cuando la tela cayó al suelo, él retrocedió un paso y la miró durante un momento que duró más de lo que debería.

—Hace cuánto —murmuró él.

—Demasiado —dijo ella.

La levantó y la sentó sobre la mesa de trabajo, apartando de un manotazo los expedientes que cayeron al suelo. Valeria le abrió los botones de la camisa mientras él le bajaba la ropa interior por las piernas. Lo que siguió fue directo y sin rodeos: Stefan la penetró despacio, sin apuro, con una mirada fija en la de ella que Valeria tuvo que sostener con esfuerzo.

—Así —dijo ella, guiándolo con las manos en sus caderas.

El ritmo aumentó gradualmente. La mesa crujía contra la pared. Stefan la cogía con embestidas largas y regulares, agarrándole la cintura con las dos manos, y Valeria dejó de pensar en el caso, en Viena, en el Danubio negro que se veía desde las ventanas. Se corrió contra su pecho, con los dientes apretados, sin soltarlo hasta que la tensión se deshizo por completo.

Él terminó poco después, con la frente apoyada en su hombro y la respiración pesada.

Sentados en el suelo, con la espalda contra los estantes y los expedientes esparcidos alrededor, Stefan le contó el resto. Anya, la llamaban. Nadie sabía más que ese nombre. Se acercaba a los miembros que la sociedad quería eliminar —aquellos que sabían demasiado o que habían decidido que ese conocimiento era negociable— y los seducía. Les administraba un veneno derivado de una planta de origen sudamericano que se activaba en el momento preciso del orgasmo y desencadenaba un colapso cardíaco sin rastro detectable. Las muertes parecían naturales porque, en cierto sentido, lo eran.

—¿Y por qué me estás contando todo esto? —preguntó Valeria.

—Porque tenés una invitación para la reunión de este viernes y yo no.

***

La segunda noche fue diferente. Sin la urgencia de la primera vez, Stefan exploró su cuerpo con una calma que tenía algo de deliberado. Le chupó los pezones durante un rato largo, con una presión suave que le tensaba la espalda hasta el límite. Cuando bajó, Valeria le enredó los dedos en el pelo y se dejó ir sin resistencia, moviéndose despacio contra su boca hasta que se corrió con una lentitud que fue casi dolorosa.

Más tarde le pidió que la tomara por detrás. Apoyó las palmas contra la ventana fría, con el Danubio negro varios metros abajo, y sintió cada embestida con una nitidez que quería guardar en algún lugar del cuerpo. Stefan le agarraba las caderas con las dos manos y la penetraba con fuerza, sin prisa pero sin pausa, hasta que Valeria se corrió dos veces seguidas y le pidió que no parara.

—No paro —dijo él.

Y no paró.

Los días siguientes fueron investigación pura por las mañanas y ese apartamento con el río abajo por las noches. Valeria visitó las escenas de los crímenes, habló con testigos y revisó archivos. Las pistas se interrumpían siempre en el mismo punto: una mujer de pelo oscuro que nadie sabía dónde buscar.

El viernes llegó frío y con lluvia fina.

***

La reunión de Die Nachtfalter se realizaba en un palacete del Josefstadt, cerca del Palais Auersperg. Las ventanas estaban tapadas y la música de cuerdas se filtraba por debajo de las puertas como si no quisiera salir del todo. Valeria entró con un vestido negro ceñido y la invitación que había conseguido a través de un contacto en la embajada argentina.

El salón principal olía a tabaco caro y a algo más difícil de nombrar. Había unas cincuenta personas y el nivel de desinhibición variaba según el rincón. Algunas parejas se tocaban abiertamente; otras directamente cogían en los sillones del fondo sin ningún disimulo. Nadie miraba con sorpresa. Valeria se acercó a la barra y pidió agua con gas.

Un hombre de unos cincuenta años, pelo canoso cortado al ras y acento porteño inconfundible, apareció a su lado.

—Primera vez por acá, ¿no? Soy Eduardo. Negocios, Buenos Aires. —Le extendió la mano con una sonrisa que sabía exactamente lo que valía—. Esta ciudad sabe cómo guardar secretos.

—Se nota —dijo Valeria, sin especificar qué.

Eduardo la condujo a un rincón menos iluminado y la sentó en un sillón de terciopelo oscuro. Se sentó a su lado y le puso la mano en el muslo sin preguntar. Valeria dejó que lo hiciera. Necesitaba estar en ese lugar, y Eduardo era el primer hilo disponible.

La mano subió despacio. Cuando encontró que ella no llevaba nada debajo del vestido, Eduardo se detuvo un segundo y soltó el aire.

—Dios —murmuró.

Valeria le empujó la cabeza hacia abajo, sin ceremonia. Eduardo se acomodó entre sus piernas y empezó con la lengua, con una habilidad que sugería práctica consistente y sostenida. Valeria apoyó la cabeza en el respaldo y lo dejó hacer, sin apagarse del todo, buscando con la mirada entre los asistentes a quien había venido a encontrar.

Se corrió en silencio, con los muslos apretados contra la cabeza de Eduardo. Él levantó la vista con una expresión satisfecha que Valeria no premió con demasiado entusiasmo.

Fue en ese momento cuando la vio.

Alta. Pelo negro azabache hasta los hombros. Ojos claros que desde la distancia se leían oscuros. Se movía por el salón con la comodidad de quien lleva años siendo la persona más interesante de cualquier habitación.

Anya llegó hasta ella como si la hubiera estado buscando toda la noche.

—Sé quién sos —dijo en español, con un acento que no era de ningún lugar específico—. Y sé qué buscás. Podemos hablar en privado.

La habitación privada tenía espejos en tres de sus paredes y una única lámpara de luz baja. En cuanto Anya cerró la puerta, se giró y besó a Valeria. No como pregunta, sino como afirmación.

Valeria respondió. Era parte del trabajo, se dijo al principio. Después dejó de decirse nada.

Se desnudaron despacio, sin apuro, con la atención de dos personas que saben que tienen tiempo. Anya tenía el cuerpo largo y firme de alguien que lo cuida con disciplina. Sus manos eran seguras y no improvisaban nada.

—Abrí las piernas —dijo Anya, sin rodeos.

Era una instrucción, no una pregunta, y Valeria obedeció sin pensarlo. Anya bajó la cabeza y empezó con la lengua. Era metódica, precisa: sabía exactamente cuándo apretar y cuándo aflojar, cuándo meter los dedos y cuándo solo usar la boca. Valeria se aferró a las sábanas con ambas manos y se corrió con una intensidad que la dejó con los brazos sin fuerza y la respiración cortada.

—Ahora vos a mí —dijo Anya, dando vuelta la posición.

Valeria se tomó su tiempo. Aprendió qué funcionaba y qué no. Escuchó a Anya perder el control con un sonido breve y honesto que fue, de alguna manera, más revelador que todo lo que le había dicho hasta entonces.

Rodaron entre las sábanas durante un rato largo, cambiando de posición, descubriendo. Entre un orgasmo y el siguiente, Anya habló. Le habló de Die Nachtfalter, del veneno, de los tres hombres muertos. Eran miembros que habían decidido que lo que sabían era negociable, dijo. La sociedad discrepaba. Anya era el instrumento de ese desacuerdo.

—¿Y yo? —preguntó Valeria.

—Vos llegaste demasiado lejos con tu investigación. Eso te convierte en lo mismo que ellos.

No lo dijo como amenaza. Lo dijo como un hecho administrativo.

Fue entonces cuando la puerta se abrió.

Stefan.

Había seguido a Valeria hasta el palacete con la placa en el bolsillo. Entró sin hacer ruido y tardó unos segundos en procesar lo que veía.

—Cerrá la puerta —dijo Anya, sin vergüenza ni urgencia.

Stefan cerró la puerta.

Anya lo incorporó al ritmo que ya existía entre las dos con la facilidad de alguien que ha manejado situaciones más complicadas. Lo que siguió no estaba en ningún protocolo policial ni en ningún plan de investigación. Los tres encontraron, sin que nadie dirigiera del todo, el lugar que les tocaba en cada momento.

Stefan cogió a Valeria por detrás mientras ella besaba a Anya desde adelante. Anya guiaba a Stefan con la voz, sin dejar de concentrarse en Valeria. La habitación se llenó de respiraciones mezcladas y el sonido específico de los cuerpos que encuentran lo que buscaban. Valeria se corrió dos veces, tres. Perdió la cuenta.

Stefan terminó encima de Valeria, con las manos aferradas a su cintura y el peso de su cuerpo hundiéndola contra el colchón. Anya los miraba desde el borde de la cama con los ojos entrecerrados y una expresión que era difícil de descifrar.

Después, todo quieto. El único sonido era el de la respiración volviendo lentamente a la normalidad.

***

Al amanecer, Anya había desaparecido. La ventana estaba abierta y el frío del Danubio había entrado en la habitación, enfriando las sábanas desde los bordes hacia adentro.

Stefan organizó los operativos durante los días siguientes. Los líderes de Die Nachtfalter fueron detenidos uno a uno. Anya nunca apareció en ningún registro. Hay quienes dicen que salió de Viena en tren esa misma mañana; hay quienes dicen que el nombre también era parte del disfraz.

Valeria publicó la historia tres semanas después. Fue el artículo más leído de la revista en cinco años y el más difícil de explicarle a su editora, que le preguntó dos veces si había dormido en la escena del crimen.

—No exactamente —respondió.

De vuelta en Córdoba, en las noches que no podía dormir, pensaba en esa habitación con espejos en las paredes, en la metodicidad de Anya, en la manera en que Stefan la había mirado desde la puerta antes de cruzarla. No lo llamó. Él tampoco.

A veces llegaban mensajes desde un número que no estaba guardado en su teléfono. Siempre una sola línea, sin firma.

—Viena todavía pregunta por vos.

Nunca respondió. Pero tampoco los borró.

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Comentarios (7)

LectorCba

excelente!!! uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

Valentina_sf

Valeria me tiene loca, que personaje!!! espero con ansias la segunda parte

DarkReader09

se me hizo cortisimo... no puede quedar asi, necesito saber que paso despues

RosarioNoche

La tension que se arma desde el principio es increible. Muy bien narrado de verdad, felicitaciones

SusanaBA

jajaja el titulo me asuste un poco pero al final no pude dejar de leer. Tremendo

MendozaFan

Me recordo a algo que me paso en un viaje hace tiempo, aunque mucho menos dramatico jaja. Muy bueno

HoracioLector

Sabes que esto tiene material para una novela? esta muy bien construido, no es un relato comun

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