Lo que Daniela confesó esa noche entre amigas
La lengua de Laura no paraba. Recorría el sexo de su tía Clara con una dedicación que no admitía interrupciones, mientras Marta seguía empujando el dildo en el culo de su hermana con un ritmo constante y preciso. Laura no tenía dudas: era la noche más intensa en la que había participado en sus veintiocho años. Y eso que la noche no había terminado.
Las piernas de Clara se sacudían. Aferró la cabeza de su sobrina con ambas manos y la apretó contra sí, frotando su sexo contra esa boca que no dejaba de moverse. La miró desde arriba con los ojos entrecerrados, como si todavía no creyera que aquello estuviera pasando de verdad.
—Tenías razón, Daniela —dijo Laura, aprovechando un segundo de pausa—. El sexo anal es una cosa aparte. No imaginaba que se pudiera sentir así.
—¿Y a vos te lo hicieron, Dani? —preguntó Sofía, abriendo los ojos—. Nunca me contaste nada.
—Creo que ya no tiene sentido guardármelo —respondió Daniela.
Leila, que llevaba varios minutos con la boca entre las piernas de Daniela, levantó los ojos un momento sin soltar el clítoris. Daniela estaba recostada en el sillón, con las piernas abiertas y la cabeza apoyada hacia atrás. Acarició el pelo oscuro de la stripper con una mano distraída.
—Contales lo del vestuario —insistió Laura, antes de volver a hundir la lengua en el sexo de Clara.
—Si me dan algo a cambio —dijo Daniela, con una sonrisa lenta.
—¿Qué querés? —preguntó Vera desde el borde del sillón, donde se masturbaba en silencio mirando la escena.
—Leila puede seguir. Pero quiero que alguien se siente a su lado.
Sofía no esperó que se lo dijeran dos veces. Se arrodilló junto a Leila y juntas empezaron a explorar a Daniela: Leila se concentró en los labios y el clítoris; Sofía besó el interior de sus muslos, subiendo despacio hacia el sexo. Daniela exhaló lentamente.
—Dale, Dani, contá —insistió Marta, sin dejar de mover el dildo en el culo de Laura, marcando el ritmo con las caderas.
—Mi marido lleva meses diciéndome que las mujeres que se ponen activas en la cama no le generan nada —empezó Daniela, entre jadeos—. Que no se casó con una cualquiera, que él prefiere la dulzura. Que eso es lo que le parece bien en una mujer. Yo le creí, o intenté creerle durante años. Hasta que me llegó un video por WhatsApp. Número desconocido, sin texto.
—¿Y qué era? —preguntó Sofía, levantando la cabeza un momento.
—Matías con otra. Él metiéndole desde atrás, ella encima de él en algún momento, y él diciéndole cosas que nunca me dijo a mí en diez años de casados. Cosas muy específicas sobre lo que le gustaba. Detalles que yo nunca supe porque nunca me los pidió.
—Hipócrita —murmuró Clara, con los ojos todavía entrecerrados.
—Sin ofenderme —dijo Carla desde la barra, girándose con la copa en la mano—. Porque a él eso le parecía perfecto conmigo. Me repetía cuánto le gustaba que yo fuera así. Que precisamente eso le encantaba.
El silencio duró un segundo. Daniela miró a Carla. Carla asintió despacio, sin apartar los ojos. Daniela apretó los labios.
—Me hirvió la sangre —continuó—. Estaba en el vestuario del gimnasio cuando me llegó, con Laura al lado. Y había dos tipos que llevaban toda la hora de clase mirándole el culo a cualquiera que pasara cerca. Uno se me acercó al salir y me invitó a salir. Era amable hasta que miró a su amigo y dijo: "Con ese cuerpito nos vamos a divertir entre los dos". Los mandé a la mierda. Pero cinco minutos después, cuando me llegó el video… algo cambió. No sé explicarlo de otra manera: algo se quebró y dejé de querer portarme bien.
Clara soltó un gemido largo cuando Laura metió dos dedos junto a la lengua, cogiéndola despacio mientras succionaba el clítoris con movimientos cortos y precisos. Sofía volvió a hundirse entre las piernas de Daniela, esta vez con más urgencia, alternando con Leila: una lamía mientras la otra succionaba.
—¿Qué hiciste? —quiso saber Vera, los dedos moviéndose en su propio sexo cada vez más rápido.
—Fui al vestuario de hombres. El que me había invitado estaba recién salido de la ducha, con una toalla alrededor de la cintura. Su amigo también. Cuerpos trabajados, espaldas anchas, esa clase de tipos que se nota que pasan horas en el gimnasio. No me importó nada de eso. Lo besé directamente. Se le cayó la toalla. El otro se acercó. Y yo decidí que iba a hacer todo lo que Matías nunca me dejó hacer en diez años.
Marta aceleró el ritmo del dildo en el culo de Laura. El sonido húmedo llenaba el ambiente, mezclado con la música baja que flotaba desde el parlante del rincón. El departamento olía a lubricante, sudor y los restos del daiquiri que nadie había terminado de beber.
—¿Y Laura estaba? —preguntó Sofía.
—Entró buscándome. Me vio besando al primero y me pidió que parara, que no hiciera una locura. Lo intentó de corazón, se lo reconozco. Pero yo ya estaba decidida. Me arrodillé y le chupé sin pensarlo dos veces. Él se entusiasmó tanto que le dijo a su amigo que se acercara a mirar.
—¿Y cómo te sentiste cuando hizo eso? —preguntó Vera.
—Bien. Muy bien. Nunca había tenido la chance de soltarme del todo, de verdad. La pija se sentía caliente y dura llenándome la garganta, y eso me excitó más de lo que esperaba. Cuando llegó el segundo, con otra igual de imponente, tampoco me resistí.
Rosa, que llevaba un rato sentada aparte con un daiquiri a medio terminar y los brazos cruzados, observaba todo con el cuerpo rígido y la mandíbula apretada. Miró a su hija Laura: el culo dilatado, brillante de lubricante, tragándose el dildo con cada embestida de Marta. Miró a su hermana Clara, con la cara de Laura enterrada entre sus piernas. Se comportan como si eso fuera lo más normal del mundo, pensó. Pero no dijo nada. Sabía que interrumpir solo encendería más el ambiente. En cambio, se quedó quieta, sintiendo cómo su propio cuerpo la traicionaba: un calor húmedo que no había invitado y que no sabía cómo detener.
—¿Filmaste? —preguntó Sofía.
—Le pedí a Laura que trajera mi celular. Ella dudó, pero terminó grabando. Al principio intentó que yo parara. En algún momento dejó de intentarlo.
—Fue cuando ya no pude —admitió Laura, con la voz entrecortada, sin levantar la boca del sexo de Clara—. Ver cómo la cogían los dos, cómo se le ponía la cara… me calentó tanto que me metí los dedos. Filmaba con una mano y me tocaba con la otra. Y no me arrepiento.
***
Carla se acercó a Rosa con una copa fría. La observó un momento: las piernas cruzadas con fuerza, los ojos que no sabían adónde posarse. Rosa tomó el vaso sin mirarla. Carla no se fue. Se quedó de pie a su lado, el calor de su cuerpo apenas a unos centímetros del hombro de Rosa.
Rosa no dijo nada. Pero abrió las piernas un poco. Un gesto mínimo, casi imperceptible. Carla lo vio. Se arrodilló despacio, sin apresurarse, como si le diera tiempo de cambiar de idea. Rosa no la detuvo.
La primera lamida fue suave, casi un roce. Rosa exhaló por la nariz. La segunda fue más firme, directa al clítoris. Rosa cerró los ojos despacio.
—¿Cómo terminó lo del vestuario? —preguntó Marta, sin soltar el dildo que seguía bombeando en el culo de Laura con ritmo constante.
—Me cogieron los dos —dijo Daniela, entre jadeos—. Primero uno en la boca y el otro en la concha, contra los lockers. Turnándose. Yo solo pedía más. Cuando intercambiaron lugares sentí que algo se terminaba de despertar adentro mío, algo que llevaba años durmiendo. Le pedí al primero que me lo metiera por el culo.
—¿Sin avisarle antes? —preguntó Vera, mordiéndose el labio.
—Le dije que empujara despacio al principio y que no parara cuando yo no pudiera hablar. Dolió un poco. Pero era ese dolor que te hace querer más, no menos. Le pedí que fuera más fuerte. Lo hizo. El otro me abrió la boca con los dedos y me la metió también. Me cogían por los dos lados al mismo tiempo, diciéndome cosas que Matías nunca se atrevería ni en un sueño. Y yo gemía y les pedía más, y no reconocía mi propia voz.
Clara llegó al orgasmo con un gemido que por un segundo tapó la música. Sus muslos apretaron la cabeza de Laura, que siguió lamiendo despacio hasta el final, recogiendo todo, sin apresurarse.
Marta sacó el dildo del culo de Laura con cuidado. Miró a su tía Clara con una sonrisa.
—¿Querés probar vos? —le preguntó.
Clara tardó un segundo. Asintió en silencio.
Entre las dos ajustaron el arnés a la pelvis de Clara. Laura se puso a cuatro patas en la alfombra y Vera se sentó frente a ella con las piernas abiertas. Laura no esperó: empezó a lamerla de inmediato, separando los labios con la punta de la lengua, succionando el clítoris con una presión lenta y constante que hizo que Vera cerrara los ojos al instante.
Clara lubricó el dildo, se posicionó detrás de Laura y empezó a empujar despacio. El culo dilatado lo recibió sin resistencia, centímetro a centímetro, hasta que la base tocó la piel. Clara cerró los ojos: el arnés le rozaba el clítoris con cada movimiento y la sensación llegaba en oleadas. Empezó a moverse con más fuerza, más ritmo, las manos aferradas a las caderas de Laura.
—¿Y vos qué hiciste cuando terminaron los tipos? —le preguntó Sofía a Laura.
—Cuando el primero se acabó dentro de Daniela, escuché el sonido y algo se me disparó. Ella llegó al orgasmo en ese mismo momento, con las piernas temblando. Yo me masturbaba viendo todo, ya sin fingir que filmaba por obligación. El otro le pidió que se arrodillara y se terminó en su cara. Ella abrió la boca, lo dejó llenarla, y me miró directamente a mí. Con los ojos muy abiertos, mirando a la cámara. Mirándome a mí.
Laura levantó la cabeza de entre las piernas de Vera un segundo, los labios húmedos, y volvió a hundirse sin decir nada más.
—¿Y después? —insistió Vera, aferrando el pelo de Laura para acercarla.
—Después le chupé la concha a Laura —dijo Daniela, con una sonrisa lenta—. Ella dice que no quería. Pero sus mejillas rojas decían otra cosa. Les pedí a los tipos que no la tocaran, ellos pusieron una condición: querían verme hacérsela a ella. Le insistí a Laura hasta que accedió a abrir las piernas. Y fue la mejor decisión que tomé en todo ese vestuario.
—Lo hice porque tenía miedo de que alguno de ellos me hiciera algo peor —aclaró Laura, con la voz entrecortada—. Por lo menos así elegía yo.
—Y, sin embargo, lo hiciste —dijo Daniela—. Eso es lo que importa.
Rosa tenía los ojos cerrados. Carla metía la lengua profundo, moviéndola con ritmo corto y preciso. Un dedo presionaba el borde del ano de Rosa, sin entrar, rozando apenas, probando la resistencia. Rosa exhaló de golpe. Las caderas se movieron solas hacia esa boca. No pensaba en nada. No podía.
Sofía soltó un gemido largo cuando Leila la llevó al borde: succionó el clítoris con fuerza, metió dos dedos y los curvó hacia adentro buscando el punto exacto. Sofía se aferró al hombro de Daniela y se sacudió entera. Daniela la sostuvo, besándola en el cuello mientras seguía recibiendo la lengua de Leila entre sus propias piernas.
Vera llegó segundos después, los muslos cerrándose un momento alrededor de la cabeza de Laura antes de abrirse de nuevo, las caderas pulsando lentas contra esa boca que no paraba.
Clara terminó también: el arnés fue apretando su clítoris con cada embestida hasta que la sensación se volvió demasiado intensa para sostenerse. Se quedó quieta detrás de Laura, las manos en sus caderas, respirando hondo por la nariz durante varios segundos.
Carla sonrió contra el sexo de Rosa. Metió el dedo un poco más adentro, moviéndolo con cuidado, sin forzar. Rosa no protestó. Apretó el borde del sillón con la mano libre y dejó escapar un sonido que no era de incomodidad. Era todo lo contrario, y las dos lo sabían.
La música seguía baja, sensual, llenando los silencios del departamento. Nadie hablaba de parar.
—Yo también tengo algo que contar —dijo Vera, desde el suelo, sin moverse todavía.
Clara levantó los ojos hacia su hija. Algo en su expresión cambió: una tensión leve, casi imperceptible, que no pasó desapercibida.
—¿Tiene que ver con lo que pasó en la ducha? —preguntó Laura, incorporándose despacio, los labios brillantes.
—Tiene que ver con lo que pasó después de la ducha —confirmó Vera, mirando a su madre de reojo—. Y creo que ya es hora de contarlo.
Clara apretó los labios. Apartó la mirada. El departamento quedó en silencio un segundo: solo la música baja, la respiración agitada de varias y el tintineo ocasional de una copa. Nadie se movió para apurar ni para detener.
Todas esperaron.